25 años – Parte XXIV

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Imagen relacionadaLa policía de Buenos Aires se encontraba siguiendo la pista telefónica del informante de Martínez, quien había asegurado que un par de ladrones especializados en joyas habían sido los responsables del robo. Detrás de ellos una mafia internacional se ocupaba de transar con los objetos preciosos, pero nunca salían a la venta en el mismo país en el que se habían robado. Por eso era imperioso capturarlos antes de que cruzaran alguna frontera, para que no interviniera la Interpol.

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Los susodichos tenían antecedentes, y el último paradero que se les conocía era en una casa en la parte superior de un local de venta de perfumes en el barrio de Once. Con la orden de registro se allegaron al local y, ante la sorpresa de la coreana que lo administraba, se dirigieron a la parte superior, pistola en mano. Como no encontraron a nadie y la coreana entre gritos ininteligibles y empujones aseguraba que allí vivían ella y su pequeña hija de tres años, cosa que saltaba a la vista por el contenido de la vivienda, se vieron obligados a volver a la línea de investigación que seguían previamente: los dueños de la joyería. Pero siguiendo una pista falsa habían perdido dos días entre averiguaciones y conseguir la orden judicial.

—Ya le expliqué, oficial Álvarez, sólo tomé uno de los diamantes para regalárselo a mi mujer. Yo no los robé. Pregúntele a mi socio. Él tenía acceso a todo el local, es más, fue él quien cambió la combinación de la caja fuerte. Me la iba a dar, pero en el medio ocurrió lo del robo.

—¿Recién ahora se da cuenta de eso?

─Es que todo esto me supera, créame que me supera…

El investigador de la compañía de seguros iba a forzar la ventana del estudio del abogado cuando escuchó ruidos en la puerta. Se detuvo con las manos aferrando el destornillador y aguzó el oído. Se oyeron pasos de alguien que entraba en la habitación del frente y comenzaba a recorrer las dos estancias que hacían de oficinas. La noche estaba oscura, olía a tilo, se escuchaba una sirena lejana, pero los pocos vecinos de esa parte de la ciudad parecían tener oídos solo para la telenovela de Luisa Kuliok y Jorge Martíez: La extraña dama. El individuo en el interior prendió las luces y buscó sin prisa hasta encontrar una caja de considerable tamaño, en un rincón, debajo del escritorio. Puso la caja sobre el escritorio y la abrió haciéndole un tajo de punta a punta con un cutter. Un ruido a cascabeles lo sorprendió y tiró la caja al piso, sobresaltado. Siguió buscando un rato más, pero, al comprobar que no había otra cosa, salió bufando y dando un puntapié a la puerta.

Mientras tanto, el investigador esperaba pacientemente a que Dumas se retirara. Cuando escuchó que bajaba las escaleras del frente del edificio, forzó la ventana y se introdujo con cautela. No había hecho dos pasos que voló por los aires, había pisado un cascabel. Apretó los ojos y frunció la nariz para contener la maldición. (Hasta ese momento no había hecho ningún ruido que pudiera delatarlo.) Se levantó y prendió la linterna. Fue recorriendo el piso y con un pie fue abriendo un camino para no volver a patinar. Echó un vistazo a las paredes y no encontró nada que pareciera una caja fuerte disfrazada. Revisó las estanterías y tampoco había libros trampa. No había nada. Entonces la caja era un señuelo. La verdadera caja estaría en otro lado.

—¿Se le perdió algo? –escuchó, al tiempo que acomodaba la vista al golpe de luz cegadora.

El investigador, sorprendido, iba a arrojar la linterna a su captor para tratar de volver a la ventana, pero de inmediato se dio cuenta de que el que lo apuntaba con un revólver era el policía que investigaba el robo.

—¡Buen susto me ha dado, Álvarez!

—Veo que se la pasa jugando a las escondidas…

—Sólo he comprobado lo que ya sabía.

─Y ¿qué es lo que sabía?

—Que el culpable es el socio que acaba de salir y su cómplice se fue sin decir adiós.

─Si usted lo dice…

—No debemos perderlo de vista.

—Dirá que no debo perderlo de vista. Usted se queda acá, mejor dicho, salga y haremos de cuenta que no ha pasado nada. Pero no se entrometa más en mi camino, porque hoy me encontró de buen humor, otro día no sé… ¡Ah! Antes, va a tener que decirme todo lo que averiguó o tendré que acusarlo de obstrucción.

Álvarez llegó agitado a la comisaría.

—Inspector, tenemos razones para sospechar que el socio Dumas está implicado en el robo. Anoche estuvo registrando la oficina del abogado al que le había dejado el paquete.

—¡Otra vez ese paquete! ¡Por Dios! Ya me tiene harto con lo del paquete.

─¿Qué hacía ahora?

─Fue a buscarlo a la oficina del abogado, pero no lo encontró. Creo que había dos paquetes, uno para despistar y otro con el contenido de los diamantes. Tal vez esa es la forma de movilizarlos, con un señuelo. Pero se encontró con que le dejaron el señuelo en lugar del verdadero. Salió hecho una furia.

─Arréstelo como sea y lo interrogaremos.

El oficial Álvarez salió del cuartel y subió a su auto. Se miró en el retrovisor porque el mechón de pelo que le caía en la frente (que no cortaba por pura rebeldía) se le había metido en un ojo. Luego pulsó el botón para el encendedor y se dispuso a fumar un cigarrillo. Pensó cuánto le faltaba para llegar a inspector. Algún día, si ese caso se resolvía bien lo ascenderían y luego… Se sorprendió soñando cuando el botón encendedor saltó y lo sobresaltó, prendió el cigarrillo, puso en marcha el auto y salió. Se dirigió al domicilio del señor Dumas. Tocó el timbre que sonaba a campanas y le abrió una empleada doméstica ataviada con delantal y cofia.

—Pensé que esas cosas no se usaban más ─dijo señalando la cabeza de la mujer.

—No crea, hay algunos cavernícolas que… perdón ─se detuvo la mujer─, no debí…

—No se preocupe, ¿está el señor Dumas?

—Salió esta mañana para el aeropuerto.

—¿Sabe a dónde iba?

—No estoy segura, iba murmurando algo sobre un abogado, pero no alcancé a escuchar, esta cofia me aprieta la cabeza demasiado, además de darme un calor bárbaro.

—Gracias.

—No tiene por qué.

Álvarez subió al auto y tomó la autopista para ir al aeropuerto. En media hora recorrió el trayecto esquivando autos, motos, bicicletas, coches de bebé y ambulancias. Ya iba saboreando la victoria, haría uso de sus contactos en el aeropuerto para conocer el destino de Dumas. En ese tiempo, además, llamó a su jefe y obtuvo autorización para seguir a Dumas a donde fuera que fuese.

—No lo pierda. Lo voy a recompensar bien, Álvarez.

—Claro, señor, no lo perderé.

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