25 años – Parte XXIII

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Resultado de imagen para avion en las nubesEl aeropuerto de Puerto Iguazú era una maravilla de verdor. Mientras caminaban por la escalerilla de desembarco, Rosalía, la secretaria de Hurtado, iba con la boca abierta como un sapo debido al éxtasis que le causaba esa vista, era el pasto más verde que hubiera visto nunca, el cielo más celeste que la mismísima bandera. El abogado tuvo que tironearla para que siguieran adelante y no entorpecieran a los demás pasajeros que querían bajar.

—Hicimos bien en escaparnos.

—Yo no escapo de nada ¿vos sí? –dijo ella pensando en pescarlo en algún revés romántico.

Volver a 25 años – Parte XXII

Volver a 25 años – Parte I

—Es una forma de decir (esta chica está un poco susceptible hoy, esperemos que no siga así la cosa).

—Pensé que había algo que te preocupaba en Buenos Aires.

—No, no seas tonta, este viaje es sólo por el placer de estar juntos y disfrutar del paisaje.

—¿Me llevarás a dar una vuelta en lancha por debajo de las cataratas?

—Es un poco riesgoso, sabes que no me gustan los deportes extremos.

—Eso no tiene nada de extremo, además, te ponen chaleco salvavidas.

—Si no hay riesgo, ¿para qué los chalecos?

—Por simple precaución.

—Pienso estar en el hotel la mayor parte del tiempo –dijo, con sonrisa insinuante.

—Eso es lo que hacemos en Buenos Aires, intentemos otra cosa.

—¿No es lo que se hace en las lunas de miel?

—Sí, tonti, pero también se sale a comer y tomar aire.

Blanca llegó a Puerto Iguazú, desesperada. Su vuelo se había demorado en aterrizar por un frente de tormenta que resultó pasajero. Estuvieron a punto de virar en redondo para ir a Posadas, pero finalmente se pudo aterrizar. Esos fueron los quince minutos más largos y agotadores de su vida. No le gustaba nada esto de volar, y menos con turbulencia, no era natural, era sólo para quienes no apreciaran mucho su vida.

—Al hotel Mirador, por favor.

—En seguida. ¿Primera vez?

—Si, ¿cómo lo supo?

—Está respirando como si se le fueran a salir los pulmones. El vuelo ¿no?

—Sí, de lo peor. Uno está allá arriba y lo único que piensa es que no hay forma de bajarse.

—Con calma. Los transportes aéreos son los más seguros. Mi mujer es azafata. Fíjese que se pasa en el aire más tiempo que en la tierra. Yo siempre le digo que se va a recibir de paloma. Ella me curó de espanto…

Bajó en el hotel y, con el apresuramiento, se chocó de frente con dos hombres altos y morochos que venían caminando hacia la salida.

—Esa mujer está un poco distraída, mirá que no vernos.

—Los argentinos son así, todos andan a las corridas.

—Allá van. No los perdamos.

Los africanos siguieron al abogado y a la joven, que se perdieron en el pasillo que conducía a la habitación.

—Hicimos mal en tomar esta pista. Estos dos lo único que quieren…

—Esperaremos. Si no pasa algo nos volvemos mañana. Tenemos que localizar al otro…

Blanca se instaló en la habitación y por la ventana contempló a lo lejos las cataratas. Respiró hondo, el aire puro tenía algo de mágico, eso era como una brisa de vida. Se lavó un poco el sudor que le había provocado el aterrizaje y salió en dirección al cuartel de policía.

El destacamento era un gran rancho. Se encontraba rodeado de plantas y se podían ver unos guacamayos asomando por una ventana. Entró y se dirigió al primer oficial que vio.

—Necesito ver a Raúl Castiglione, fue detenido hace dos días.

—No puede entrar, señora, usted no es abogada.

—Soy su representante.

—Si no tiene la credencial que la identifica no puede verlo.

—¿Podría pasarle un mensaje?

—No creo.

—Dígale que Blanca está aquí y que pronto tendrá a su abogado.

—Veré qué puedo hacer. ¿Quiere unos mates?

El detective que estaba de guardia en el cuartel de policía, el día que Raúl fue llevado detenido, lo iba a interrogar nuevamente.

—No diré nada sin un abogado. Ya le dije todo lo que sabía, el documento me lo dieron por bueno.

—¿Quién se lo dio?

—No se lo puedo decir. (En ese momento Raúl sólo pensaba en el escándalo que se armaría si decía que se lo había conseguido el diputado)

—Se está hundiendo solo, le conviene hablar. ¿Quiere unos mates?

Blanca acomodó la valija en el placar de su cuarto y salió con ropa de turista, por fin podía usar esas zapatillas que le habían costado más caras que toda la ropa que llevaba en su bolso. Recordó la aversión que sentía su madre por las zapatillas, porque le hacían rememorar épocas en que había pasado necesidades económicas y no alcanzaba para comprar zapatos. Qué irónica es la vida…

Lo primero era averiguar dónde se hospedaba el abogado. No había demasiados lugares donde una persona como él pudiera ir, así que esperaba no demorar tanto en encontrarlo.

—¿Podría decirme si el señor Hurtado se ha registrado?

—Hurtado…. Sí, aquí hay un ingreso.

—¿Me daría el número de su habitación?

—Eso es imposible, él expresamente pidió no ser molestado. En todo caso podría tratar de localizarlo para que hable con usted.

—Eso sería de gran ayuda.

Los dos permanecieron un minuto observándose en silencio.

—Comprendo, aquí tiene –Blanca le entregó una propina y el hombre comenzó a marcar los números de la habitación.

—Señor, hay una señora…

—Blanca, amiga de Raúl Castiglione.

—…Blanca, amiga de Raúl Castiglione, que quiere hablarle.

……

—No señor, está aquí mismo, en la recepción.

……

—Sí señor, inmediatamente –cortó la comunicación—. El señor Hurtado dice que no está disponible, que lo siente mucho. Que se comunique con él en Buenos Aires, a su regreso.

—Es un caso de emergencia. Llámelo de nuevo.

—No puedo, señora, usted comprenderá que las normas del hotel son muy estrictas, lo principal para nosotros es el bienestar de los pasajeros.

—¿Esto ayudará a su bienestar? ─dijo Blanca mostrando un billete.

—Me van a suspender si este hombre llegara a quejarse.

—Esta vez déjeme hablar a mí.

El abogado dejó a la chica en el cuarto de baño tomando un baño de inmersión y se dirigió a la entrada del hotel, donde lo esperaba Blanca.

—Disculpe, siento mucho molestarlo, pero es el único abogado en quien puedo confiar. Usted conoce a Raúl, él es incapaz de hacer nada ilegal. Necesito que lo ayude a aclarar la situación.

—Explíqueme un poco, ¿de qué lo acusan?

—De querer utilizar un pasaporte falsificado.

—Para entrar en Brasil no hace falta pasaporte.

—Él iba a tomar un avión para Europa. Unos tipos lo estaban persiguiendo en Buenos Aires por un trabajo que hizo. Usted sabe a qué se dedicaba él. Parece que hizo algo que era muy delicado con unos paquetes de no sé qué cosa y su vida peligraba.

—Ah, los paquetes… Usted los mencionó antes.

—Sí, dos paquetes.

Hurtado sintió un súbito calor en el pecho y en la cara.

—¿Qué más puede decirme de esos paquetes?

—Nada más, tendrá que preguntárselo a él.

—De acuerdo. Me visto y voy a verlo.

—Gracias, no sabe cómo le agradezco.

En ese momento los dos africanos se encontraban en el bar, a pocos pasos de Blanca y el abogado.

—¿Paquetes? Preguntaba uno.

—Sí, creo que aquí le dicen así a los tickets. Para algún viaje. No tendrías que haber faltado tanto a las clases de español.

—Sigamos a estos dos, yo me encargo de la mujer. Puede darnos una pista sobre el destino de los diamantes.

Hurtado y Blanca llegaron a la comisaría. Él mostró su credencial y se anunció como el abogado de Raúl Castiglione.

—En un momento podrá verlo –dijo el oficial—, sólo usted, claro –añadió mirando a Blanca.

Lo hicieron pasar y lo dejaron de pie al lado del calabozo.

—Es un poco incómodo hablar aquí con tantas orejas, su novia me estuvo comentando algo la situación. Cuénteme más, ¿qué pasó con unos paquetes?

—Eso ya no importa, ahora necesito que les explique a estos policías que yo tramité el pasaporte y me dieron uno que parece ilegal, pero yo no tuve nada que ver en eso. Lo recibí como bueno.

—¿Dónde lo tramitó?

—Ése es el problema. Como estaba tan apurado, lo pedí como favor a un cliente y él me lo tramitó de inmediato. Cuando yo lo vi me pareció bueno, en fin, qué se yo de pasaportes, no sé qué tiene de malo.

—¿Ese cliente suyo es algún funcionario?

—Sí, es alguien a quien preferiría no mencionar. Usted sabe, mi trabajo implica mucha discreción.

—Me la está haciendo difícil. ¿Cómo lo voy a descargar de culpas si no tenemos a quién responsabilizar?

—Mire, es un diputado. Se puede armar una…

—Un diputado… Déme un rato para que piense, mientras tanto dígame qué pasó con lo de los dos paquetes.

—Es muy simple, me pidieron que hiciera un par de entregas en una empresa.

—¿En dónde?

—En una empresa del microcentro. Una importadora creo.

—¿Impoclave?

—Sí, creo que esa, ¿la conoce?

—No, sólo recordé un nombre que vi en una publicidad…

Seguir leyendo 25 años – Parte XXIV

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