25 años – Parte XXII

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Imagen relacionadaUno de los policías bajo las órdenes de Guardiola, asignado al caso del robo de los diamantes, entró en la joyería robada. Era un local coqueto en plena calle Libertad. Si bien no se distinguía de los cientos de locales por la mercadería expuesta en las vidrieras, este podría decirse que tenía un aire de cierta distinción, con un par de leones de yeso a cada lado de la vidriera.

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Volver a 25 años – Parte I

—Le digo que no había nada que hiciera sospechar de un robo. Yo mismo entré aquella mañana y desactivé la alarma.

—Entonces reconoce que la operación tiene que haber sido hecha por alguien de adentro.

—Imposible, mi socio, el señor Dumas, estuvo conmigo la noche anterior y se fue a su casa como de costumbre, con su señora. En todo caso, pregúntele a ella si su marido salió de su casa en algún momento de la noche. Pero ya le digo, él fue el principal inversor en la joyería y ya teníamos comprador para los diamantes. No entiendo por qué habría de hacer una jugada así con todos los riesgos que ello conlleva.

—La gente hace cosas insospechadas la mayor parte del tiempo.

—Yo no, soy un trabajador, tengo los ahorros de toda mi vida puestos en esto. Si no cobro el seguro habré tirado a la basura lo que gané de mi retiro.

El dueño de la joyería se despidió del policía y se quedó encerrado en su oficina, un cuadrado blanco con una gran caja fuerte a sus espaldas y una mesa cubierta por un mantel de terciopelo para que destaquen las joyas sobre la superficie. Una lámpara iluminaba con fuerza el centro de la mesa y le daba al ambiente un aspecto de laboratorio, mientras el reflejo de la luz sobre las lentes de las lupas hacía juegos sobre las paredes. Norberto, el hombre en cuestión, se empezó a sentir mareado y como se encontraba solo se sirvió un vaso de agua y se quedó sentado allí con el vaso iluminado que refractaba la luz en los siete colores del arcoíris. Concentrado en el agua, comenzaron a fluir en su mente las propiedades de los diamantes, dentro del vaso de agua no se verían. ¿Y si alguien los había sacado de allí de esa manera? Metidos en una botella nadie se habría dado cuenta. Su imaginación se estaba poniendo a divagar, seguramente producto del nerviosismo. Le estaban tomando por sospechoso y eso le hacía sentir mareado, con náuseas. Pensó en su escasa experiencia en negocios propios. Ese negocio se le había presentado por obra y gracia de la casualidad, justo en el momento en que comenzaba a notar los síntomas de la catástrofe en la empresa en la que trabajaba. Había sido una charla sin pretensiones en una reunión en casa de un amigo, una reunión sin motivo alguno, solo por el gusto de reunirse, para recordar viejos tiempos. Allí se habían congregado viejos compañeros de escuela y un par de amigos de sus amigos que jugaban de infiltrados y miraban para todos lados porque se quedaban afuera de la mayoría de los chistes. Pero fiel a su espíritu sociable, Norberto se había acercado a hablar con los extraños, quizás un poco cansado de seguir sonriendo cuando le recordaban que había sido el gordito que no alcanzaba una pelota en los picaditos del barrio. Fue eso sin dudas lo que lo incitó a probar suerte con una charla más amable. Y de allí a hablar de negocios fue solo un paso, porque los extraños fueron torciendo los temas de los viajes y de la sorpresa por la unificación de las Alemanias que tanto daba que hablar en esos días. Una cosa fue llevando a la otra y cuando se hacía media noche y con unos whiskys encima, a él se le fue soltando la lengua y les comentó que iba a negociar una salida honrosa de la empresa, y que si para algo habían servido sus servicios incondicionales le deberían reconocer una suma considerable y ya vería en qué invertir, porque ahora con los problemas que tenían las provincias con sus magros presupuestos, seguirían saliendo bonos de todos los colores y si algo había aprendido en su vida laboral era a no desaprovechar una posibilidad de hacer dinero sin moverse de su escritorio y así siguió con la lengua floja dando pie a que le fueran sonsacando datos…

Qué flojo que había resultado ser. Viéndolo ahora en retrospectiva, se daba cuenta de que si hubiera caído entre gente peligrosa ya lo habrían desplumado, pero por suerte eran amigos de amigos y eso hace que las cosas sean más fáciles, aunque en realidad tan fácil no había sido porque cuando le comentaron del negocio en el que estaban invirtiendo ellos, a él se le iluminaron los ojos y supo que quería unirse, pero costó que lo aceptaran, no le tenían fe y había tenido que recurrir a servicios especiales de recomendación para que lo consideraran… Gracias a Dios, esos servicios habían dado el resultado que deseaba, y pensar que lo había ayudado su viejo camarada de la oficina. Nunca se hubiera imaginado que alguien que no descollaba mayormente entre el grupo de trabajadores, hubiera dado un giro así a su vida. La gente siempre da sorpresas, a veces cuenta con reservas de fuerza e ingenio insospechadas. A él nunca se le hubiera ocurrido dar algún tipo de servicio, si ni siquiera pensó en convertirse en asesor, se consideraba tan prescindible, tan reemplazable, tan como diría su propio jefe “hoy estamos, mañana no sabemos”… A veces esas ideas prestadas se afincan en la mente y nos volvemos o nos creemos poco valiosos. Entramos en ese universo espeso, indefinido, homogéneo y soso como una sopa sin sal que es la masa. Somos uno entre miles, irreconocibles, indivisibles, fungibles como un grano de maíz. Pensar que nos dicen esas cosas para que no nos creamos especiales, para que no reclamemos aumentos o mejoras de cualquier tipo. Nos ponen debajo de la gotita de la canilla que cae minuciosa sobre nuestra cabeza, atraviesa el oído, se mete por las neuronas, se instala en alguna, tal vez después de recorrer cientos de axones, y se va convirtiendo en nuestra propia mirada sobre nosotros mismos…

El policía, luego del infructuoso interrogatorio al dueño de la joyería, Norberto Fuentes, se dirigió a la comisaría pergeñando sus próximos pasos. En medio de pilas de papeles se encontraba el inspector, hablando por teléfono y fumando un cigarrillo negro, mientras se daba tiempo para comer unos biscochitos con grasa que habían quedado del día anterior.

—Le digo que los dos joyeros son sospechosos. Pero el que me da mala espina es el que atiende. Ése es el que tiene mayores problemas económicos. Tiene una hipoteca y puso todo en la joyería. El otro tiene otra vida, varios comercios y trabaja en una multinacional.

—Tenemos que seguirlos a los dos y ver en qué andan.

—Yo me inclino a que sigamos al que interrogué hoy.

—Usted es un prejuicioso, ¿no ve que los ladrones no necesitan ser pobres para robar?

—Como usted diga.

Guardiola llevaba años en ese puesto, había visto de todo a lo largo de su carrera en la policía. Al poco tiempo de ingresar a la fuerza comenzó a ascender ayudado por ese olfato de perro perdiguero. Su trayectoria era intachable, había logrado meter tras las rejas a unos cuantos maleantes, y no todos eran de poca monta. Sin ir más lejos, había encontrado la huella a un traficante de órganos que tenía su base de operaciones en Corrientes donde se aprovechaba de las malas condiciones de la gente y compraba niños a cambio de leche y huevos; y a unos piratas del asfalto que operaban en el negocio de los medicamentos en la misma capital de la República. Unos diamantes no eran suficiente reto, por ello no le estaba dedicando demasiado entusiasmo. Sin embargo tenía completa confianza en el oficial Álvarez, persona de lo más honrada que podía pedirse por esos lados y que venía haciendo méritos para ganarse un ascenso.

En eso llega el oficial Martínez.

—¿No hay nada?

—Nada todavía.

—Yo les dije que había que seguir la pista de mi informante…

─Esos informantes son capaces de ponerle droga a su abuela, para denunciarla y ganarse unos mangos… ─replicó Álvarez.

─No digan que no les avisé ─respondió Martínez haciéndose el ofendido y desapareciendo de la oficina tan rápido como había llegado.

─¿En qué anda éste ahora? ¿Sabés? ─quiso averiguar Guardiola.

─Anda tras la pista de unos pobres diablos que nunca han visto un diamante ni pintado. No le veo caso a investigar por ese lado.

─¿Y si tiene razón?

─No creo, yo me inclino a pensar que un robo tan grande tiene que haber sido hecho desde adentro. Además está el tema de cómo ingresaron los diamantes al país. Sin conexiones eso no hubiera sido posible.

─Entonces cuidado, nos estamos metiendo en terreno de Interpol…

─Es cierto, tan cierto como que me muero de hambre.

─Bueno ─dijo Guardiola picado de interés─, yo sigo la línea del ingreso al país, vos seguí investigando el robo local.

─Hecho. Voy a comprar comida.

En la compañía de seguros, el jefe de la oficina que tramita los siniestros trataba de calmar la ansiedad que le producía el caso, jugando al tetris en la computadora.

—Tengo una punta ─interrumpió el investigador.

—Lo escucho.

—¿Recuerda que le dije que había un hombre del que desconocemos su identidad que andaba con un paquete?

—Sí.

─Ese hombre lo dejó en la oficina de uno de los socios de la joyería, un tal Dumas.

─Aja.

─¿Cómo supo de él?

─Tengo un amigo en la vigilancia del edificio donde trabaja el socio.

─Parece un buen amigo, habrá que agradecerle…

─Sí, por supuesto. Nada es gratis…

─Y bien, ¿qué pasó entonces?

─Dumas salió con el paquete de la oficina y un par de días después volvió a salir con él. Lo llevó al estudio de un abogado. Yo lo seguí hasta allí. Pero parece que no lo encontró y salió enseguida.

—¿Y?

—Salió sin el paquete.

—¿Podemos inferir algo de eso?

—Que serían dos paquetes lo que buscamos.

─¿Por qué?

─Porque el abogado salió un día antes con otro paquete igual.

─Y eso lo sabemos porque…

─Porque la vendedora del puesto de flores me debe unos favores.

─Aja. ¿Hay forma de saber si ese sigue allí?

—Me alegra que pregunte y le puedo responder que por lo menos uno de los paquetes está en su sitio. Resulta que el abogado se fue de vacaciones con su querida cuando apareció el otro.

—¡Qué me cuenta! ¿Y no tienen miedo de perder semejante fortuna con tanto relajamiento?

—El abogado es un piscui que debe estar buscando la forma de enriquecerse, no tiene experiencia en estas cosas.

—Bien, entonces falta un paquete, o se fue de viaje, y al que quedó tenemos que abrirlo.

—Eso mismo pienso hacer esta noche.

—No me diga cómo, no quiero conocer los detalles.

—OK.

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