25 años – Parte XXI

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En la comisaría de Iguazú, una casa amplia, pero no muy fresca, acomodada como destacamento, había un poco de alboroto en torno de Raúl. Los policías no le creían y él no sabía cómo hacerles entender que era un malentendido lo del pasaporte hasta que, finalmente, se dio por vencido y cuando todo en su mente se tornaba de color negro surgió una lucecita que le hizo decir:

—Déjeme llamar a un abogado.

—Mire que aquí los abogados son todos brasileños y no conocen la legislación argentina.

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Raúl se sentía acorralado, nunca había pasado por una situación así, salvo una vez en que lo habían confundido con otra persona y lo tuvieron detenido un día en espera de que verificaran su identidad y sus antecedentes. Habían sido horas de mucha angustia en las que solo pensaba en sus amigos que habían desaparecido misteriosamente. Fueron épocas difíciles en las que cualquiera podía ser detenido, las fuerzas de seguridad se manejaban a su antojo y en algunos ambientes, cuando te despedías de alguien, no sabías si era por un rato o para siempre. Ahora las cosas habían cambiado en el país, pero algunas malas experiencias quedan tan grabadas en la memoria que cualquier cosa puede hacer revivir las angustias y los miedos por más enterrados que estuvieran.

Estaba sudando, y no era el calor del lugar que sobrepasaba los treinta grados, era el miedo, la ansiedad por la espera de verse librado de esa situación asfixiante, la impotencia y la rabia porque él no había buscado meterse en problemas. Los problemas lo habían buscado a él, aunque pensándolo bien, él había contribuido a todo este enredo, en su interior sabía que no debía seguir con ese negocio. Había dudado y ese momento de duda no lo había sabido aprovechar. Él no era un ingenuo, siempre había sabido ver las intenciones ocultas de otros y sabía cuidarse, pero esta situación lo había excedido tal vez porque estaba en una encrucijada. Se dijo que esas son las situaciones que sacan la verdadera esencia de la gente… Entonces ¿qué significaba eso? ¿Había llegado al meollo de la naturaleza humana? ¿Todos somos capaces de cualquier cosa cuando nos sentimos acorralados? ¿Esa es la verdad más profunda a la que lo había conducido su experiencia? Lo había pensado muchas veces en relación a otros, en los demás es fácil admitir las inseguridades, las flaquezas, los errores, las miserias. Pero cuando se trata de nosotros mismos, ese ejercicio es poco efectivo, nos embarga una indulgencia a toda prueba, nos auto-conformamos, nos auto-compadecemos, hacemos la vista gorda y seguimos. Y si tenemos suerte sobreviene la culpa que nos ayuda a replantear y cambiar las cosas o quizás sea al revés, si tenemos suerte nos olvidamos y seguimos adelante. ¡No!, ¿qué estaba pensando? Ya estaba volviendo a flaquear…

─¿Qué piensa hacer entonces? ─dijo el policía.

Su pensamiento volvió a situarse en el aquí y ahora. ¿Cómo podía salir de ese atolladero? De pronto obtuvo la respuesta.

—No importa, llamaré a alguien de Buenos Aires.

—Va a tener que pagar la larga distancia, chamigo ─le respondió el oficial en tono amenazante mientras engullía un chipá.

─Estos porteños piensan que pueden andar por el mundo haciendo lo que se les antoja ─le decía el oficial al compañero que cebaba el porongo.

─Sí, dejalo que llame, chamigo, que por más que no quieran van a tener que someterse a la ley.

─Viste correntino que no tiene pinta de malandra…

─He visto, chamigo, pero no nos dejemos engañar por las apariencias. Me ha pasado de pensar que mi suegra era inofensiva, pero has visto que me he equivocado, che.

─Tiene pinta de que lo engatusaron.

─Huevones hay en todos lados… Y si lo engañaron tendrá que aprender a confiar en las personas correctas.

Raúl tomó el teléfono y marcó el número de Blanca. Los oficiales conversaban mate de por medio, pero no le quitaban la vista de encima. Le tomó varios minutos explicarle la situación y, para cuando llegó a la parte del abogado, se le cortó la comunicación, había sobrepasado los cinco minutos que le habían dado.

Blanca se sobrepuso a la sorpresa de la llamada de auxilio, había estado esperando noticias de Raúl, pero no ese tipo de noticias. La tomó tan desprevenida que se le cayó la lista de libros dentro de la taza de café. Pero no le tomó mucho tiempo tomar una decisión. Se dijo que no lo dejaría librado a su suerte, por algo él estaba ahora en su vida y quería que siguiera siendo así, esos dos días habían sido larguísimos sin él, lo extrañaba tanto que una pizca de maldad o egoísmo hizo que se sintiera feliz por el problema que había surgido y que hacía que él la necesitara y que ella tuviera una excusa para no demorar más su encuentro. Así que tomó el teléfono y pidió a la operadora que la comunicara con la comisaría de Puerto Iguazú. Momentos después estaba tratando de convencer a la policía de que la dejara hablar con el detenido Castiglione para ultimar detalles.

─No la puedo comunicar, Señora. A menos que sea su letrada.

─¿Por qué no lo preguntó antes? ─chicaneó─, yo soy su abogada, por eso lo llamo.

─¿Dice que es su abogada?

─Por supuesto, ¿acaso le iba a mentir a un policía?

─Espere un momento.

─No le creo ni medio ─comentó la oficial en recepción a su compañero.

─Pasale la llamada y quedate escuchando, así sabremos un poco más.

—Raúl, ¡por fin!, creí que te había perdido en los vericuetos de la mala suerte y la burocracia.

—¡Sos fantástica! ¿Cómo lograste que te comunicaran conmigo?

—No importa, leo demasiados libros policiales. ¿Cómo puedo ayudarte desde aquí?

—Localizá al abogado, decile que necesito que aclare mi situación. Su teléfono está en mi agenda sobre la mesita del comedor. Tené cuidado de que nadie te siga, por favor, no quisiera tener que meterte en este lío, pero en este momento sos la única persona en quien puedo confiar.

─Claro, vamos a demostrar que sos inocente.

─Tené mucho cuidado, por favor, no soportaría que te pase algo malo.

─No te preocupes. Ya estoy yendo. Te quiero, Raúl.

─Yo también te quiero, mi Blanqui.

Esa no era la primera vez que escuchaba de sus labios un te quiero, sin embargo tuvo otro sabor, el sabor de la salvación del cuerpo y el espíritu, una salvación que era contención y cuidado, amor y protección. Raúl se quedó en suspenso, disfrutándolo en todo su significado abrasador, tanto que ni siquiera notó que le quitaban el teléfono y lo mandaban de nuevo para el calabozo, junto a unos vagabundos que, gracias al arresto, habían conseguido unos sanguches de mortadela.

La oficial que escuchaba del otro lado de la línea fue hasta donde se encontraba su superior con una gran sonrisa.

─La que llamaba era su novia, nos quiso pasar como alambre caído.

─¿Dijo algo importante?

─Le pidió que buscara al abogado. Decía que era inocente, pero en algo raro andan. Parece que los seguían allá en Buenos Aires. Me da una pena ─agregó la mujer─, parecía un buen tipo. Yo no le veía la cara mientras hablaba, pero juraría que ponía cara de pescado cuando le hablaba a la novia.

─El cara de surubí nadaba por aguas turbias, chamiga. Ya lo vamos a descubrir.

─Ja ja

Blanca salió de su casa con las llaves de la casa de Raúl. Apretó el paso y en minutos llegó hasta la puerta blanca. Miró detrás de sí para asegurarse de que no hubiera alguna presencia indeseable. La calle estaba como siempre, algún vecino, algún perro, nadie sospechoso. Abrió y prendió la luz, el desorden del interior se le vino encima como una cachetada, alguien había estado buscando algo con mucho apuro. No había sido Raúl, ella estaba con él el día que partió y había dejado todo en orden, como era su costumbre. Miró hacia la mesita del comedor y encontró que la libreta estaba en su lugar. Buscó el número del abogado y llamó.

—El Doctor Hurtado se encuentra de viaje, yo soy la secretaria de su socio, ¿desea que le comunique con él?

—No, gracias, ¿me dijo cuándo volvía?

—No le dije, pero estará en Cataratas por una semana, por un congreso.

—¿En Cataratas? ¿Cuándo vuelve?

—En siete días, como dije.

—Gracias, muchas gracias.

Blanca pasó por su casa como un tornado, dejando a su paso un rastro de amor arrebatado, armó un par de bolsos con unas cuantas prendas, era posible que ya no regresara y tenía que ir prevenida. Regó las plantas del patio, casi las inundó y volvió a salir. Fue directo al banco para sacar todos sus ahorros, que no eran muchos, ya que el plan Bonex le había dejado papelitos de colores casi sin valor, pero que se dijo estarían bien gastados en esas circunstancias. Tal era el temperamento de Blanca, generoso, inmensamente desbordante. Se estaba jugando todo por ese hombre. No sabía qué iba a resultar de todo eso, pero su intuición la estaba llevando a límites que no había conocido antes. Saliendo del banco pescó un taxi y fue hasta la casa de su madre.

─Hija ¿cómo es eso de que te vas? ¿A dónde vas? ¿Con quién?

─Es una larga historia, mamá. Ahora no puedo entrar en detalles. Pero apenas pueda te escribo o te llamo. Voy a estar bien, no te preocupes.

─¿Y tu trabajo?

─Todo saldrá bien. Yo les voy a avisar a mis clientes que me fui unos días de vacaciones. Nada malo va a pasar. Quedate tranquila. Lo único que te pido es que me vayas a regar las plantas y que le dejes comida a Ambrosio en la ventana, acordate que no le gusta la comida para gatos, prefiere arroz con pollo. Es solo por unas semanas, quizás un poco más.

─Es una locura. Nunca hiciste algo así. No sé quién se te ha cruzado por el camino, pero no me gusta nada lo que te está haciendo hacer.

─No te aflijas, mami, Raúl es una buena persona. Y yo estoy más que crecidita, no me va a pasar nada que yo no quiera ─y dicho esto le dio un largo abrazo.

─No quiero que te pase lo mismo que con Huberto, que parecía tan buen muchacho y terminó siendo agresivo.

─No mamá, quédate tranquila. Nada de eso se va a repetir. Ya aprendí mi lección. Ahora me fijo en los mínimos detalles y sé que no me estoy equivocando.

Salió de la casa de su madre con la sensación de plomo de quien se está despidiendo para siempre y no lo puede decir. Tomó otro taxi y se dirigió al aeropuerto. Allí compraría el pasaje a su destino.

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