25 años – Parte XX

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En Buenos Aires, dos hombres de considerable estatura, negros como la noche, narices anchas, dientes y ropas muy blancos, bajaron del avión de Aerolíneas Sudafricanas en el aeropuerto de Ezeiza. Al llegar al hall de arribos, buscaron unas pequeñas maletas y echaron un rápido vistazo a lo que los rodeaba.

─No es tan pobre la gente de aquí ─dijo Shaka en su idioma.

Volver a 25 años – Parte XIX

Volver a 25 años – Parte I

─Parece el primer mundo… ─respondió Barak antes de que los carteles luminosos pasaran varios vuelos a demorados por causa de una protesta.

Salieron rápidamente del aeropuerto como si fueran a perder un avión. Pidieron un taxi y Shaka indicó la dirección de los cuarteles de la Policía Federal donde se llevaba a cabo la investigación del robo de diamantes. Pasado un buen rato en el que fueron sometidos a un interrogatorio por parte del taxista, los dos hombres llegaban a la capital.

─Hermosa arquitectura ─comentó Shaka.

─Me recuerda a Francia o tal vez a España… ─replicó Barak.

─Nuestra ciudad no tiene nada que envidiar a muchas capitales del mundo ─agregó el taxista─, lo sé porque tuve la oportunidad de recorrer algo de mundo.

─Qué bien, ¿siempre fue taxista?

─No, antes me dedicaba a la ciencia, me fui como exiliado hace años y trabajé en algunos laboratorios haciendo investigación. Pero con la vuelta de la democracia decidí volver. Aquí me tienen… Estoy esperando que me confirmen un puesto…

─¿Hace mucho que espera?

─Casi cuatro años.

─Mucha suerte ─respondió Shaka.

El taxista les siguió contando cosas de la ciudad. Les recomendó lugares para visitar, restaurantes donde comer y un par de establecimientos nocturnos donde entretenerse y, mientras desplegaba sus dotes de guía turística, fue alargando el viaje. El camino se les hizo lento, lo suficiente para que el taxímetro corriera unos cuantos kilómetros más de lo debido.  Por un momento el hombre creyó que los viajeros no se darían cuenta, pero ellos tenían información precisa sobre la distancia y el tiempo que insumía su traslado, por lo que finalmente le dijeron al conductor, en un castellano bastante aceptable, que abonarían solo la tarifa justa y le hicieron el cálculo de los kilómetros que separaban el aeropuerto de la central policíaca multiplicados por la tarifa por kilómetro.

Con el coro de protestas del taxista a sus espaldas, se introdujeron en el edificio de la policía, un lugar con grandes puertas negras y relieves en los muros. Todo muy sobrio, muy limpio, muy bien cuidado. En algunas partes se escuchaba el eco de las pisadas que le daba un aspecto teatral. Una vez en la recepción, mostraron sus placas y pidieron hablar con el inspector Guardiola. El oficial que los atendió, un correntino que sonreía con los ojos, los hizo pasar a una oficina con una luz artificial blanca que parecía para interrogatorios, pero que se justificaba por estar en el centro del edificio, sin nada de luz natural. Allí se sentaron hasta que unos minutos después apareció el inspector.

Guardiola era un hombre de unos cincuenta años, de mediana estatura, con el cabello engominado, la cara sin un solo rastro de barba, parecía sacado de una propaganda policial. Todo en su atuendo era perfecto excepto sus medias marrón amarillento que contrastaban con la sobriedad del traje azul oscuro.

—Entiendo su preocupación, nosotros tenemos el asunto controlado –decía Guardiola.

—Nosotros estamos dispuestos a colaborar, si ustedes nos facilitan alguna información.

—No es nuestra costumbre abrir la investigación a menos que la orden venga de arriba, créame que valoro su ofrecimiento, lo pondré a consideración de mis superiores y les informaré cuanto antes.

─Entienda que cada minuto que podamos ganar es precioso.

─Lo entiendo, perfectamente. Pero no tenemos orden de Interpol para dejarlos participar.

─Eso es porque nosotros seguimos una pista que no era muy probable.

─Imagínese si nosotros nos prestáramos a cualquier sospecha…

─Pero nuestro olfato nos dice que los diamantes son los que se robaron acá.

─Veremos. No desesperen. En cuanto sepa algo les aviso. ¿Dónde se hospedan?

─Aún no nos registramos, ¿conoce algún lugar para recomendar?

Guardiola tomó un papel y escribió las señas de un hotel de tres estrellas para los visitantes.

─Aquí tienen, una buena combinación de confort y precio. Sus superiores no tendrán nada que objetar cuando vean la factura.

─Muchas gracias. Lo apreciamos ─dijo Shaka.

─¿Tiene bar? ─preguntó Barak.

─Claro, no se preocupe. Además está en el corazón de la ciudad, pueden ir a donde gusten. ¿Se quedarán mucho tiempo?

─Unos días. Esperamos que usted nos permita participar. De eso depende nuestra estadía.

─Les voy a decir una cosa… Yo no creo que les abran el juego. Pero voy a demorar la respuesta para que puedan disfrutar unos días en la ciudad.

─No hace falta, inspector.

─Me lo van a agradecer.

Los africanos se despidieron de Guardiola y se dirigieron al hotel. Una vez instalados en la habitación y habiendo abierto un par de botellitas de whisky del minibar, comenzaron a hacer llamadas telefónicas. Días atrás, desde África, previendo que el acceso a la información sería complicado, habían contactado a un investigador privado que había comenzado a recabar datos.

—En la compañía de seguros pude averiguar que están tras los dueños de la joyería ─decía el investigador─. Uno en particular me llamó la atención. Se trata de un hombre que va y viene todos los días, pero no trabaja en la joyería, se lo ha visto pasar muchas horas en una empresa. Últimamente ha tenido movimientos sospechosos, se ha visto con un abogado que no tiene muy buena reputación, tiene clientes de baja calaña, y le entregó un paquete hace un par de días.

─¿Cómo era el paquete?

─Era una caja cuadrada forrada con papel madera y atada con cinta de nylon blanca con un moño arriba.

—Dígame dónde está la oficina del abogado ─pidió Shaka.

—Aquí tiene escrita la dirección. Puedo acompañarlos. Su nombre es Hurtado.

─¿Nos consiguió el auto?

─Sí, tenga las llaves. Hice la reserva por siete días, como lo pidieron.

─Perfecto.

Los africanos dejaron al investigador, quien al recibir su recompensa por los datos y los servicios ofrecidos, sin perder tiempo, levantó el teléfono y llamó a su agente de quiniela acostumbrado.

—Poneme diez lucas al 74 en la nacional y diez lucas en la provincia.

─No le tengo mucha confianza a ese hombre. ¿Has visto su aspecto? Parece que durmió con la ropa puesta ─decía Shaka.

─Me lo recomendó alguien de Interpol. Lo importante es que consiguió información, en muy poco tiempo.

─Si nos abrieran un poco la información policial podríamos ayudar realmente…

─No contemos con eso, ya lo dijo Guardiola. Es imposible.

─Que crea que estamos de turistas, mientras tanto no nos impedirán investigar. No va a poner a nadie a seguirnos…

Al llegar frente al estudio del abogado, un local bien puesto en un barrio cercano a los tribunales de la Ciudad de Buenos Aires, dieron un par de vueltas y se quedaron en la esquina haciendo como que hablaban por teléfono. A esas horas de la noche no había nadie en esa parte de la ciudad. Se escuchaba solo el sonido de los autos que pasaban por la Avenida Corrientes, a un par de cuadras y algún colectivo que frenaba y volvía a arrancar. Pasó un buen rato antes de que vieran movimientos en el domicilio.

—Parece que es ése.

─A ver… mostrame la foto. Sí, es él.

—Está muy bien acompañado ─dijo Barak apreciando a la mujer.

—¿A dónde van con esas valijas?

—Una luna de miel en algún lado.

—¿Querrán sacar las joyas del país?

─Mira el paquete que llevan entre las valijas. Coincide con la descripción que nos dio el detective.

Los detectives africanos siguieron al abogado que salía en su auto con su secretaria. Se dirigían al aeropuerto. Después de varias vueltas para estacionar que los hicieron perderlos en varias oportunidades entre el gentío, los volvieron a ver en el  check-in de Aerolíneas. El abogado lucía ropa de sport y se veía relajado y la mujer con sombrero de playa se veía feliz por sus próximas vacaciones. Dejaron las maletas y se sentaron a esperar en una confitería, en el hall.

—Vamos a averiguar a dónde van.

Se acercaron al mostrador y sacando unos dólares del bolsillo lograron que el despachante les revelara el destino de la pareja: Iguazú. Inmediatamente Shaka se dirigió a la boletería y sacó dos pasajes en clase turista para el mismo vuelo.

La espera fue matizada por un grupo de estudiantes que protestaba contra la privatización inminente de Aerolíneas Argentinas. Shaka y Barak no perdían de vista a sus sospechosos que se prodigaban arrumacos dignos de una película romántica.

─¿Estás seguro de que llevan lo que buscamos?

─Debemos arriesgarnos. Si no es así, volvemos y seguimos la pista del otro hombre.

El vuelo despegó fuera de horario. Había un problema con el sistema informático que hizo que se demorara un par de horas. El aeropuerto era un hervidero, la gente que esperaba embarcarse no dejaba de insultar en todos los idiomas y cortaba hojas de revistas en tiritas, para arrojarlas por los aires como si fuera carnaval. Los más acostumbrados sacaron del bolso el mate y el termo y se pusieron a matear y a jugar al truco en medio del hall.

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