25 años – Parte XIX

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Resultado de imagen para bus por la selvaEs duro irse, quizás sea más duro irse que ver que otro se va. Debe ser porque irse requiere un esfuerzo propio, una lucha entre la razón y el sentimiento, es una prueba a la voluntad. Es romper una inercia, pasar de la quietud al movimiento. Es romper una barrera invisible que nunca habíamos cruzado o unas cadenas incorpóreas que no sabíamos que estaban. Porque todos estamos encadenados, con distintos tipos de cadenas, y no son solo compromisos o promesas, son las cadenas que nos unen como cordones umbilicales a ciertos lugares de nuestra vida y a personas especiales para nosotros, las que sentimos que nos dan entidad.

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Quedarse parece ser algo más pasivo, como si fuera algo que nos pasa y no algo que hacemos que pase. Pero es solo apariencia, a veces decidir quedarse también puede ser costoso de muchas maneras, implica otro tipo de luchas, es como cerrar puertas a algo que no conocemos, optar por lo que creemos que conocemos. De todas formas a veces prima la apariencia…

Como dicen por ahí, decidir es elegir una entre varias alternativas. Una decisión desecha alternativas. Algunas no nos pesan, se descartan fácilmente; otras nos generan dudas, nos pueden quitar un poco el sueño; otras sencillamente quisiéramos elegirlas, pero no podemos, esas nos causan pesar, una nebulosa en los ojos y un dolor en el pecho. Alguna tiene que prevalecer. Solo sobrevive una. Somos asesinos de alternativas, dicho de otra forma. Y esas muertes pueden ser una pesada carga cuando el resultado de la elegida no nos genera los resultados que ansiábamos.

A veces los caminos de la vida nos conducen a encrucijadas. Algunas nos empujan, otras nos dejan ir a nuestro ritmo. Raúl sentía que lo habían empujado y eso no le gustaba para nada. Primero de la empresa, después de sus intentos fallidos de trabajo, más adelante de su “brillante” negocio. Se reprochó ser tan ingenuo y tan poco imaginativo. Alguna otra cosa se le podría haber ocurrido. Pero no. Tuvo que elegir hacerse el asesor y no ponerle límite a los pedidos de los clientes por miedo al vacío que se abría bajo sus pies, no tenía ninguna idea nueva con la que reemplazar aquella otra malograda. Nada se le ocurría, ni un chispazo. Ni un lejano refusilo de idea en su cielo tormentoso. Tuvo que elegir hacer ese viaje. No arriesgarse más allí, en su querido país en el que lo estaban siguiendo y lo habían usado para fines detestables. Ya no había vuelta atrás. Ahora era el momento de nuevos riesgos. Nuevas muertes y nuevos nacimientos.

Las primeras horas de su viaje las pasó imaginando cómo sería su vida de ahí en más. Se preguntaba si volvería realmente, dónde podría establecerse, a dónde llevaría a Blanca, su Blanqui, dónde haría nuevos amigos, dónde intentaría ser feliz… Y con esos pensamientos lo fue invadiendo un sopor que lo condujo al sueño por algunas horas.

Había abordado un micro ancho y confortable, con ventanillas panorámicas desde donde podría observar todo el camino.  Al abrir los ojos presenció el paulatino cambio de la ciudad a las afueras. Las zonas suburbanas, como les dicen, tienen el maravilloso atractivo de las construcciones añosas de los cascos de estancias y las de pueblos que lucen una pátina de espejo antiguo.

Pasó un rato contando kilómetros, anticipando cuándo aparecería el próximo cartel o el próximo mojón mientras el exterior se hacía más y más verde. Los cables que acompañaban la ruta se habían ido poblando de cientos de pájaros cual guardia de equilibristas. El cielo era una aguamarina perfecta. El sol era oro amonedado que alimentaba la vida y la esperanza.

Cuando se le pasó el efecto de esa siesta improvisada, abrió el diario. No le gustó lo que leyó y lo volvió a cerrar. Entonces se acordó del libro que le había regalado Blanca y lo sacó para curiosearlo un poco.

“Una vida en un viaje” era la ópera prima de la autora. En la contratapa decía que “hay viajes que nos llevan a mundos insospechados, mundos que se encuentran en nuestros adentros”. Eso deseaba él: un viaje a las profundidades de su mente para encontrar la fuerza, la agudeza y la seguridad para enfrentar lo que vendría.

Se internó por ese viaje a lo largo de senderos de letras y sin darse cuenta se le pasó toda la tarde. Cada tanto miraba hacia afuera y veía pasar naranjales y plantas de yerba mate.

La noche le fue cayendo encima como una sábana de terciopelo y las estrellas le anunciaron nuevos sueños con Blanca.

Amaneció con el fragor de una batalla entre la noche y el día, el horizonte incendiado por completo, los sonidos alrededor mudados en sensaciones, clamores y susurros. Así fue que se dio cuenta de que después de pasar por la ardua prueba de la ruta poceada, la belleza de Misiones se iba abriendo en  circunvalaciones que dejaban a la vista retazos de selva que a cada momento iba venciendo la timidez para después aparecer con desparpajo en todo su esplendor.

 Atravesaron una ruta franqueada por decrépitas casillas de madera, una tras otra como fila india, donde niños descalzos jugaban con ramas y piedras. (Raúl se preguntaba dónde estarían los asesores del gobierno que no reportaban esa miseria como una tarea pendiente.) Y más allá estaba Puerto Iguazú. Allí terminaba su viaje, por el momento.

Bajó del micro y con todo el ruidoso contingente se dirigió al hotel de cuatro estrellas del lado argentino, un hotel muy bonito, con enormes piletas y balcones con vista a las cataratas. Mirador, así se llamaba el hotel. Y era como tener un palco al espectáculo sublime de la naturaleza.

Se instaló en su habitación y se acomodó a su nueva realidad de falso turista. Últimamente había descubierto en él una faceta que no conocía: su manejo de las apariencias. Cierto es que no había sabido usarla en su favor, que le había traído una ola de desgracias, pero algo había aprendido de ello y era que las buenas intenciones necesitan buenas decisiones. Así que en este momento se dedicaría a disfrutar un poco del viaje, a convertirse en un turista de verdad y a olvidarse por unos días de los peligros por los que había pasado.

¿Qué estaría haciendo Blanca? Lo único que no lograba manejar en ese momento era cierta presión en el pecho que le provocaba pensar en que algo pudiera pasarle a ella. Decisiones… Verdad, mentira. Cómo cuesta ser libre y hacerse cargo de uno mismo… Cuánto más fácil es decir tengo que o estoy obligado a, en lugar de quiero esto o aquello y hacer lo necesario para obtenerlo. Y mientras tanto la gente que queremos es nuestro conejillo de Indias en la aventura de vivir y decidir.

Raúl le había dicho que todo entre ellos sería real, no habría mentiras. No cabían las mentiras en ese sentimiento latifundista que los unía. Así quería que fuera su vida de ahora en más. Solo verdades y realidades. Por eso era necesario cambiar de escenario, cambiar la obra, cambiar el parlamento.

Pasó un par de días haciendo el recorrido con el contingente. Tratando de imitar el entusiasmo de los que sacaban fotos hasta de las piedras. Su plan era pasar a Brasil y quedarse allí. Tendría que llevar la valija, pero ya había hablado con el guía del tour para arreglar los detalles.

─¿Por qué nos quiere abandonar?

─Me está esperando un familiar que vive en Brasil. Pero no quería perderme el espectáculo de este lado. Así que aproveché el tour y luego sigo camino.

─Ah, me parece bien. Hay que aprovechar las oportunidades de pasarla bien.

─¿No habrá problemas con que me quede del otro lado?

─No, hombre. Acá la frontera es como si no existiera. Somos todos lo mismo.

Todo iba saliendo como esperaba y eso le permitía disfrutar un poco del paisaje y la pileta del hotel. Se reprochó estar gastando de más en esa estancia de lujo, pero inmediatamente se dijo que tal vez lo que le esperaba en el futuro fuera más duro de lo que alcanzaba a imaginar y le vendrían bien unos días de vida holgada. Por momentos se dejaba abatir por el pesimismo y por otros una inconsciente alegría lo hacía resurgir. Lo desconocido lo ponía en frente de un espejo que por momentos le mostraba sus flaquezas y por otros su perfil fotogénico, porque el balance de su vida se había roto, había perdido la confianza que da la bonanza y el futuro ahora era un péndulo buscando un nuevo equilibrio en la incertidumbre. Pero cuando miraba por el retrovisor del bus recuperaba algo de su fuerza pensando en todo lo que había hecho para llegar hasta allí.

Al iniciarse el paseo a la reserva natural del lado brasileño, el guía, un muchacho gordito de unos treinta y pico que se la pasaba garroneando cigarrillos a los turistas y sonriéndole a las chicas atractivas, preguntó si todos llevaban documentos. Raúl se palpó el bolsillo del pantalón donde llevaba el pasaporte y el DNI. Todos asintieron como un coro de niños y el guía indicó al chofer que iniciara el viaje, pero que se detuviera un momento en una casa de artesanías.

Al llegar a la parada, todos fueron guiados hacia la casa, donde los turistas, alborotados y jocosos, se volcaron sobre sombreros, mates, mantas y otras menudencias autóctonas ofrecidas a los viajeros, mientras el guía recibía su comisión en dulces y unas botellas de licor local.

Al llegar a la frontera el guía les informó que debían bajar para completar los formularios de migraciones. Todos formaron una fila delante de la ventanilla de la oficina administrativa que daba los permisos. A Raúl le temblaban las manos. Sentía la emoción de estar dando un gran paso. Y cada día faltaba menos para que Blanca lo siguiera.

—Documento-por-favor ─dijo un empleado en mangas de camisa, notoriamente acalorado.

—Aquí tiene –Raúl metió la mano en el bolsillo, para sacar el documento, y sin querer, el pasaporte se deslizó y terminó en el piso.

El oficial que se encontraba a unos pasos se acercó para alcanzarle la libreta. Por un momento se lo iba a alargar sin darle importancia, pero se detuvo y lo abrió.

—¿Este pasaporte es suyo? –dijo con voz burlona y clavándole una mirada torva.

—Sí, oficial.

—Me temo que va a tener que acompañarme.

—¿Por qué?

—Para averiguación de antecedentes por portación de documentación falsificada.

—¡Falsificada! ¡Imposible oficial!

—No haga un escándalo, Señor. Acompáñeme.

Don Raúl salió de la oficina con el policía pegado a sus pasos y sujetándolo de una muñeca, mientras un rumor de desaprobación se elevaba del grupo de viajeros que lo habían acompañado. El guía se encargó de apaciguar los ánimos, pero no podía evitar mirar por el rabillo del ojo a ese hombre que le había comentado unos planes un poco sospechosos.

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2 comentarios sobre “25 años – Parte XIX

    historiasconk escribió:
    17 marzo, 2018 en 8:56 pm

    Interesante. Aunque quiero saber más. De momento, me está gustando.
    Un saludo.

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