25 años – Parte XVIII

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Ese viernes con los amigos…

─Che, Raulito, ¿cómo se te metió en la cabeza esa idea de rajarte?

─No estoy loco, Tito. No sabés el jabón que me pegué…

─¿No pensaste en llamar a la policía?

─No… Tendría que blanquear mi negocio y se me podría armar un buen lío…

Volver a 25 años – Parte XVII

Volver a 25 años – Parte I

─Yo sabía que esto no iba a terminar bien ─dijo el chueco─. Te hubiera convenido consultar con un profesional.

─Qué sé yo, por un momento fue como estar en la gloria. Me sentí valorado, necesitado, útil… Hasta un poco ajeno a la realidad que nos rodea. Como si nada pudiera afectarme. ¿Desocupación? ¿Qué era eso? ¿Un mal recuerdo? Tenía en mis manos una pequeña mina de oro que producía y se reproducía y me daba la seguridad que había perdido. ¿Engaño? Mentiras blancas, nada que pudiera tener malas consecuencias. ¿Irresponsabilidad? ¿Qué significaba esa palabra cuando todo lo anterior lo justificaba? Pero la realidad es como un embarazo, al final no se puede ocultar…

─Ja ja ─festejaba el chueco─, sos todo un pensador, como siempre.

─No se rían, que me duele tener que irme. Muchas veces he pensado que para sufrir, mejor hacerlo en tu tierra, con tus afectos. Pero… Esta vez mi pescuezo está en juego, lo siento…

─Ya lo sabemos. Pero seguro que no vas a aguantar mucho tiempo lejos. Vos no naciste para vivir sin tu mate y tus bizcochitos.

─Es cierto. Y pensar que por un momento pensé en alejarme de Blanca… Eso sí que no lo resistiría. A esta altura de mi vida me he vuelto flojo y más sentimental que de costumbre.

─Bienvenido al club ─respondió Tito─, por más que me queje, por mucho que me exaspere, mi Lucy es lo mejor que podría pedirle a la vida. Y eso que hay veces que la quisiera matar…

─No coman delante de los pobres ─saltó Julián─, ¿no ven que me van a hacer perder años de terapia? ¿Para qué me la paso elaborando la idea de que estar soltero es la mejor opción?

─Vos… ya te dije que tengo una prima de mi mujer para presentarte ─dijo el chueco.

─Salí… si es la misma que me dijiste que le ibas a presentar a Raúl. Esa mujer no tiene cura.

─¿Y vos sí?

─Yo soy un espíritu libre. No me dejo atrapar fácilmente.

─Y cuando te atrapan te dejan pagando.

─Sí, si viviera Freud diría que…

─Bueno, nos estamos yendo de tema ─interrumpió Tito─. Raúl, te esperamos pronto de vuelta. Esos malandras se van a olvidar de vos en unos días.

─Ojalá. Yo sé que no soy nadie importante, solo que a veces encuentran un gil y lo explotan hasta que no puede más.

─No te confundas, Raúl. Vos sos alguien importante. Solo que hay gente que no lo sabe ver porque trata a todo el mundo como insignificante.

─Por Raúl ─dijo el chueco levantando su vaso─, ¡por un buen viaje que le dé alegrías y le abra nuevos horizontes!

Se despidieron con un brindis con cerveza negra. Se palmearon la espalda un largo rato y él inició su camino a casa con la sensación de que hay amigos para toda la vida que ninguna distancia podría separar. Eso necesitaba creer en ese momento en que su mundo estaba dado vuelta como un caracol.

En el bar habían quedado los tres amigos.

─Este vuelve en una semana. No creo que aguante un exilio, aunque sea voluntario ─decía Tito.

─Se arriesgó a quedarse cuando se llevaron a algunos amigos en los setentas, no sé qué le dio ahora… En aquella época lo vi andar por la calle mirando para todos lados, volteando en las esquinas, buscando sentarse en un bar de frente a la puerta, saltando por la explosión de un globo. Ahora no hay punto de comparación. Se está tomando las cosas a la tremenda. ¿Andará bien? ─decía el chueco.

─Yo lo veo bien. Pensá que se lo llevaron. Eso fue muy fuerte. Igual, yo creo que a la primera de cambio pone una excusa y lo tenemos acá ─volvió a decir Tito.

─No sé, si Blanca lo sigue a lo mejor nos da una sorpresa. No hay que subestimar el poder de una yunta de bueyes ─sentenciaba Julián.

Al otro día, Raúl se levantó bien temprano, miró el cielo que estaba celeste como un pañuelo, fue hasta la cocina y preparó unos mates amargos. Tomó un par de mates mirando por la ventana, luego le agregó bastante azúcar y se lo llevó a Blanca que seguía en la cama. Se asomó a la puerta de la habitación, pero ella seguía dormida, abrazada a la almohada, con su cabello tapando parte de su cara y una expresión calma y dulce.

Entonces decidió ocuparse de sus aves. Limpió la jaula, preparó una bolsa con todo el alpiste que tenía, otra con las manzanas que quedaban y se las quedó mirando. Piaban pero no cantaban. El jilguero se había puesto de espaldas a él. Los canarios saltaban. A Raúl se le deslizó una lágrima.

Se armó de coraje y las llevó a lo de la kiosquera, quien finalmente se había entusiasmado con la idea de tener su propio concierto matutino.

─Cuídemelas bien, Jimena. ¿Está segura de que me las va a devolver cuando vuelva? Mire que son muy cariñosas.

─Claro, hombre. No se preocupe. Ya le dije que tengo gatos… encontré un lugar seguro, pero no voy a abusar de la suerte de estos animalitos. Dicen que algunos gatos tienen el poder de hipnotizar y hacer que los pájaros abran la puerta de la jaula. Así que, por favor, vuelva pronto.

─¿Dónde las va a poner? ─preguntó Raúl preocupado por la ocurrencia de la kiosquera.

─En un gancho que puse en el centro del patio techado. Es un lugar luminoso y no le da la lluvia. También está reparado del viento, porque hay una medianera muy alta.

─¿No hay peligro de que las alcancen los gatos?

─No hay muebles altos desde donde puedan saltar los mininos.

─¿Tampoco hay ramas de árboles o de plantas?

─No, Raúl. Quédese tranquilo ─le dijo la mujer palmeándolo para que se sosegara.

─¿Y la medianera?

─No, Raúl. La medianera está lejos. Ni aunque fueran equilibristas las alcanzarían ─la mujer lo miró con dulzura.

─Me da mucha pena separarme de ellas. Sabe que mi señora fue quien las compró… Fue un año antes de morir.

─Su señora… sí, la recuerdo bien. Ella venía a comprar siempre unos chocolates con corazón de frutilla.

─Eran para un sobrinito que venía a visitarnos. Qué lindo recuerdo…

─Por las aves no se preocupe, lo van a estar esperando. Y cuando pueda llame y le cuento cómo andan.

─Hoy no han cantado, deben intuir algo.

─Sí, seguramente. Los animales intuyen…

─Bueno, Jimena, las despedidas no son mi fuerte.

─Vaya tranquilo.

─Hasta la vuelta ─dijo él, sin estar convencido.

─Buen viaje. Disfrútelo. Y no se preocupe por nada.

Raúl se quedó en la puerta del kiosco  mientras Jimena entraba con la jaula. Había dejado la puerta abierta, y Raúl pudo ver dónde la mujer colocaba a los pájaros. Se alejó un poco del kiosco, apenas unos metros, y cuando estaba por llegar a la esquina, como si hubiera sido preparado, se escuchó un pequeño concierto. El jilguero, ese malhumorado, no cantaba, era un dúo de canarios. Se oía que los cantantes se estaban esmerando y el otro seguía su huelga de picos caídos. Sintió un nudo en la garganta, respiró hondo y siguió hasta el puesto de diarios.

─Buen día, Raúl ─le decía el diariero.

─Buen día, Pancho. ¿Qué nos depara el mundo hoy?

─Ah… Mire, mire ésto ─le respondía mostrándole los titulares de esa mañana.

Hay mañanas en que el mundo parece estar patas para arriba. Esa mañana parecía ser una de esas. Los diarios decían que Margareth Thatcher elogió por carta al presidente capicúa por el envío de tropas al Golfo.

─Mi Dió… ─dijo Raúl agarrándose la cabeza─. Linda fecha elegí yo para viajar. Cuando me acuerde de este día me va a venir a la memoria ese titular. Es como dice la canción de María Elena Walsh… me dijeron que en el reino del revés…

─No se preocupe. Cuando vuelva capaz que Maradona es presidente.

─No me extrañaría, si ahora los políticos se quieren parecer a los famosos… ─respondió Raúl exaltado.

─Veremos cómo nos va con el capicúa.

─Si no hace algo para que la gente trabaje…

Al volver a su casa, Blanca ya se había levantado. Habían pasado la noche juntos prodigándose abrazos como náufragos y solo había dormido unas horas. Raúl entró y la encontró recogiendo la ropa de cama.

─Vení, sentate un poco.

─Ahora voy.

─¿No tenés ganas de que nos quedernos un rato más acá…? ─dijo Raúl señalando la cama.

─No vamos a llegar a tiempo, ya te conozco…

─Sí, es cierto. Cuando me entusiasmo no tengo medida. La culpa es tuya ─dijo él dándole un empujoncito con el hombro.

─Te hice unos mates con miel hoy.

─Gracias, Blanqui. Vos seguí así, que los osos nos volvemos locos por la miel…

Raúl la tomó entre sus brazos y le dio un largo beso. Y luego otro y otro más en una espiral interminable. Ella le correspondió con la misma urgencia de bosque incendiado. No pudieron evitarlo y rodaron sobre las sábanas convirtiéndose en fantasmas enamorados en busca de espantar ausencias. Mezclados con la humedad de sus ojos, los besos supieron salados y tibios. Y ese mismo sabor se extendió poco a poco por todo su cuerpo. Se amaron a sus anchas durante un rato, hasta que volvieron a la realidad del horario del bus y se despegaron con suma pereza. Se miraron como queriendo fotografiar ese momento. Ella intuía que algo podría salir mal, pero no lo dijo. Él no estaba seguro de querer complicarle la vida a ella, pero tampoco lo dijo. Y cuando por fin sonó la alarma del reloj, avisando que era la hora de partir, se estaban besando los dedos de las manos presas de un cosquilleo de ganas de repetir.

─¿Vas a llevar algo para leer en el viaje?

─Llevo el diario de hoy.

─Mirá que el viaje es largo. ¿No llevás nada más?

─¿Me trajiste algo?

─¡Sí!

─A ver…

─Es una novela que siempre quise leer y todavía no lo hice.

─Es un regalo interesado. Vas a querer que te la preste después de leerla.

─Por supuesto.

─¿De qué se trata?

─Es la historia de un viajero que encuentra algo muy valioso.

─No suelo leer novelas, pero me está gustando la idea.

─Vas a ver que te va a gustar.

─¿Cómo se llama?

Una vida en un viaje, de Matilde Gutiérrez.

─Prometo leerla.

Mientras esperaban el taxi, se quedaron sentados en el sillón donde tantas veces compartieron abrazos y contemplaron la casa semi-vacía y silenciosa. Raúl se preguntó entonces por qué la vida le hacía jugarretas. Tal vez tuviera que ser más egoísta. Tal vez no tendría que pensar en protegerla de él, tal vez debería creer que todo iba a salir bien. Sus fuerzas se desplomaron cuando ella habló de nuevo.

─Prometeme que me vas a esperar allá.

─Te lo juro. Te quiero en mi vida por mucho tiempo más ─respondió Raúl besando nuevamente sus manos.

Ella lo acompañó a la estación de autobuses de Retiro que a esa hora hervía de gente. Multitud de personas esperaban iniciar su viaje: familias, parejas, grupos de amigos, gente sola, pero la mayoría se notaba que eran jubilados que viajaban en temporada baja: la playa en invierno, la montaña y selva en verano. No es cuestión de tener que hacer descuentos para que los abuelos puedan viajar en las mejores épocas. De todas formas, hay que ver el lado positivo: es una manera de entrenar corazones, circulación y presión sanguínea para afrontar los aumentos de los medicamentos y el estancamiento de las jubilaciones.

Blanca se había prendido al brazo de Raúl, apoyando su cabeza en el hombro de él. Caminaron así hasta llegar a la dársena de la que partía el micro. Mientras miraban a los viejitos paseanderos, se imaginaban dentro de algunos años compartiendo un viaje de placer. Se sentía reconfortante pensarse acompañado durante la madurez. Ese era un tiempo de complicidad, casi como volver a ser adolescentes pero con experiencia y sin riesgo de embarazo. Raúl sonrió pensando en las muchas cosas que se le ocurrían para compartir con Blanca.

Se despidieron con un abrazo largo y pegajoso y Raúl no pudo evitar decirle a Blanca, su Blanqui, que la extrañaría a morir, aunque fueran pocos días. Ella le respondió que no se libraría fácilmente de su presencia, aunque diera la vuelta al mundo en un zeppelín.

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