25 años – Parte XVII

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Imagen relacionadaEn una oficina del quinto piso de una compañía de seguros muy importante del país, el jefe de siniestros y un investigador discutían acerca de un robo reportado la semana anterior.

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Volver a 25 años – Parte I

—Si no logramos descubrir quién robó esos diamantes vamos a tener que pagar ─decía el más alto y entrado en kilos─, ¿Leíste el reporte extraoficial de la policía?

—Sí, andan detrás de una banda internacional. Dicen que hay un informe de la policía africana sobre un robo multimillonario de diamantes que ocurrió hace un par de meses, un par de semanas antes de la fecha en que estos declararon la compra. La descripción y los kilates de las piedras coinciden con los reportados aquí. Han interrogado a varios sospechosos, los principales implicados fueron los dueños de la joyería. Aquí tengo la copia de sus declaraciones.

—Dejame ver –el empleado, oficial retirado de la policía, permaneció un buen rato leyendo el reporte, fruncía la boca, el ceño y la nariz como si lo escrito le produjera picazón—. Estos no son los peces gordos, son apenas la cara visible de algo más grande. Vas a tener que hacer la investigación por tu cuenta, como siempre, no podemos confiar en que la policía por sí sola descubra la verdad. Menos cuando hay un asunto internacional. Seguro se va a llenar de agentes de Interpol y no nos darán acceso.

—Sí, claro, es cierto. Ya me preparé para empezar. Voy a volver a interrogar a los dueños. Algo saldrá, siempre que los interrogan quedan puntos oscuros, la gente se abatata y dice la mitad de las cosas.

El segundo hombre era un investigador privado, contratado por la compañía de seguros, un hombre que formó parte de las fuerzas de seguridad, pero seguía en el rubro por el gusto de andar metiendo la nariz donde no lo llaman y la paga que complementaba su exangüe retiro. Por algo le decían “el sabueso”.

En la casa, Rubén andaba enloquecido dejando un surco por donde iba y venía. Se agarraba la cabeza, miraba al piso y al techo. Volvía a caminar. Movía las manos como si fuera a despegar. Se sentaba. Volvía a pararse. Se diría que era un cable de alta tensión cuando se rompe y emite sus descargas en la tierra dando coletazos.

—Yo no voy a volver a pasar por una situación igual, Blanca. ¿Sabés en qué pensé? En nuestra época oscura, cuando hacían desaparecer a la gente…

─Me asusté mucho cuando no te vi en la calle. Pensé en llamar a la policía, pero no me hubieran tomado en serio, me habrían dicho que te habías escapado de mí. Así que esperé un buen rato y cuando al fin me fui para casa hice todo el trayecto caminando para preguntarles a los comerciantes del barrio si te habían visto. Nadie había visto nada, como siempre pasa. La gente no se quiere meter en problemas o anda volando en su nube personal. Pensé que  te habían llevado de la puerta de casa, ahora que están de moda los secuestros express.

─Sí, hay parte de las fuerzas de seguridad que ahora curran con eso. Lo único que saben hacer es meter miedo a la democracia. La gente empieza a pensar que estábamos mejor con los militares, ese pensamiento es muy peligroso ─dijo Raúl, más ofuscado aún.

—¿Qué vas a hacer ahora? ─respondía ella pasándole una mano por los hombros.

—Ya llamé a un conocido para que me acelere los trámites del pasaporte.

—¿A dónde pensás ir? ─se alarmó Blanca.

—Lo estudié detenidamente. Primero voy a Cataratas, después paso a Brasil, me embarco en un micro hasta San Pablo y de allí me tomo un avión a Italia.

—¿Por qué tanta vuelta?

—Solo por precaución.

─Y ¿qué vas a hacer en Italia?

─Me voy a quedar un tiempo con una vieja tía por parte de mi madre. Hace mucho que ella me ofreció ir a conocer y nunca le acepté la invitación. Me voy el tiempo suficiente para que se olviden de mí.

—¿Pensás que te están siguiendo?

—No lo sé, no me daría cuenta ni aunque me pusiera un espejo retrovisor en el brazo. Pero esos hombres me dieron miedo, mucho miedo. No quiero que me lleven otra vez o que te hagan algo a vos, y no pienso prestarme al juego sucio que están jugando. Estoy seguro de que es algo muy turbio. Esto me pasa por ser tan confiado, ya sabía yo que las cosas se estaban dando demasiado fáciles.

—Raúl, estás exagerando, yo no creo que te vayan a causar más problemas.

—No Blanca, es una vergüenza lo que te voy a decir, pero casi me hago encima cuando me llevaron. Esta vez no hubo problemas, pero no dudo que esos tipos sean capaces de cualquier cosa. Esos dos grandotes tenían unas caras… Y Dumas, ese tiene pinta de mafioso. Solo le falta la cicatriz en la mejilla. Además, tiene cara de no querer detenerse cuando encuentra un hueso para roer, y en este caso el hueso vengo a ser yo.

—Sí, puede ser… Yo a veces soy tan confiada… pensar que fui yo quien te dijo que siguieras adelante, me arrepiento tanto…

─No lo lamentes, ya está. A lo hecho, pecho.  Vas a venir conmigo, ¿no es cierto?

—Yo te acompañaría ahora, pero está por llegar mi hermana del exterior y hace tanto que no la veo… En una semana me reúno con vos. Vos me dirás dónde estás y allá me iré sin dudarlo.

─¿Tenés el pasaporte?

─Sí, no hay problema por eso. Solo tengo miedo…

—No te preocupes. A vos no te va a pasar nada, ni siquiera te vieron. Yo te voy a llamar desde Brasil y allí nos juntamos.

—No es por mí. Es que no quiero que te vayas solo.

—No te hagas mala sangre, voy a estar bien. A veces las cosas se van dando de maneras ridículas. Yo sentía que algo andaba mal, no sé por qué no reaccioné a tiempo. Es que a veces pienso demasiado y no presto atención a la intuición. Eso de entregar paquetes… Si hasta puedo quedar pegado en un robo… ¿qué sería lo que contenían esos paquetes? Si lo supiera, por lo menos, podría ver si en los diarios aparece algo.

—Mejor que no sepas nada.

—Sí, tenés razón, no sé qué haría si lo supiera.

─Claro. Así estás más protegido, por las dudas, amor.

─¿Pensás que la policía estará investigando a estos?

─No lo sé. Quisiera que todo este asunto fuera una fantasía, que la realidad se presente en un momento para darnos cuenta de que estuvimos soñando un raro sueño de policías y ladrones.

─Sí, a veces deseo que todo esto sea un sueño. Pero luego recapacito y pienso que me tocó vivir una realidad más estimulante que la fantasía. Quizás no me comprendas, es medio contradictorio lo que te voy a decir, pero esta realidad me está haciendo tomar decisiones sobre mi vida. Si eso no es vivir, no sé qué sería…

─No te dejes tentar por la adrenalina.

─Lo que me tienta es la aventura, aunque sea forzada. Sin esta situación, no me hubiera planteado un cambio. Estoy haciendo un movimiento en el tablero de la vida. Un movimiento inesperado, que no sabía que podía hacer. Como si la presión hiciera surgir cosas en mí que no sabía que estuvieran allí.

─El problema es que este cambio no es una solución. Es solo una huida.

─Sí, sí, lo sé. Es un escape temporal, pero tengo planeado no desperdiciar el viaje, quiero ver cómo viven en Italia, qué cosas hay allá que no hay acá y copiar alguna idea. Mucha gente vive de ideas prestadas, trae novedades y le va bien. No sé por qué a mí no me podría pasar.

Después de almorzar, Raúl salió a caminar por un rato. Necesitaba calmarse, despejarse un poco, perder de vista cualquier atisbo de malos presentimientos. Además, le molestaba hasta los huesos tener que separarse de Blanca aunque fuera por poco tiempo y eso lo ponía a temblar. Los árboles del barrio se habían llenado de flores que iban dejando un colchón sobre las veredas. Miró las flores y se preguntó cuánto tiempo tendría que estar lejos de ella. No estaba seguro de si convenía que la llevara. Le había dicho que la esperaría en Brasil, pero quién sabe si las cosas no se complicarían. Sobre todo no quería que ella pudiera salir perjudicada en ninguna forma.

Al volver a su casa, acomodó lo que sabía no iba a utilizar por largo tiempo. Cubrió muebles y objetos con sábanas para que no las estropeara la tierra. Por su mente pasó por un momento que su casa ahora habitada por fantasmas sería en un tiempo no muy lejano la cuna de su renacimiento. En eso, sonó el teléfono.

—Hola, Raúl, ¿me recuerda?, soy el oficial Martínez.

—Sí, oficial, mire… no es un buen momento. Justamente estaba por salir y…

—Está bien hombre, sólo necesito hacerle un pequeño pedido, es cosa de un minuto. ¿Podemos encontrarnos?

Raúl miraba el reloj, tenía que ir a retirar el pasaje a la agencia de turismo del barrio.

—¿Hoy?

—Sí, lo antes posible.

—Yo estaba saliendo, tengo un viaje.

─Hombre, ¿no me puede hacer un pequeño favor? Es cosa de nada, serán solo un par de minutos.

─Pero…

─No me haga rogar, es una pavada.

─Bue… lo espero en el café El país, dentro de una hora.

—Allí lo veo, Raúl. No se demore.

Raúl entró en la agencia de viajes y saludó al empleado, un joven de unos veintitantos años con cara de felicidad.

─Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?

─Vengo a retirar un pasaje a Cataratas. Lo reservé ayer por teléfono.

─¿Su nombre?

─Castiglione, Raúl Castiglione.

─Tome asiento, Señor Castiglione. Enseguida busco su boucher.

Raúl se sentó pensando que en otra época los pasajes se llamaban boletos. Tantas cosas cambian. Toda la vida hay cambios. Algunos son microscópicos como los cambios de la piel que se va arrugando poco a poco y sin que nos demos cuenta. Otros son por modas, como los cambios en las palabras que se usan a diario: algunas desaparecen, otras pierden su sentido de antes, otras nacen simplemente o se importan de lejanos lugares. Hay cambios saludables, como cuando dejamos de ponerle mayonesa a las milanesas para rociarlas con limón. Cambios filosóficos, como cuando nos damos cuenta de que algo que solíamos hacer no tiene sentido y dejamos de hacerlo. Cambios miméticos como cuando nos acostumbramos a algo porque lo vemos todos los días en la calle o en la televisión, aunque si nos dieran a elegir no los elegiríamos. Cambios premeditados como cuando cambiamos el lugar de las cosas para ejercitar la memoria. Cambios obligados, bruscos y enormes como los que había sufrido en estos últimos meses. Cambia, todo cambia… comenzó a cantar para sus adentros. Pero al momento volvió el joven con su sonrisa de turista experimentado y comenzó a preparar un sobre con el boleto.

Raúl salió de la agencia con el pasaje de autobús y la estadía en el hotel en el bolsillo, hacía tiempo que no tomaba vacaciones, no le gustaba salir solo y los contingentes de turistas lo espantaban un poco con su afán por fotografiar desde el aleteo de una mosca hasta la inmovilidad de una piedra. Tenía que reconocer que había algo de emocionante en ese pequeño viaje que iba a hacer, el peligro de su situación por mucho que lo angustiara le daba un sabor especial, nunca le había latido el corazón de esa manera extraña.

Caminó con pasos rápidos hasta el café, a cada rato se daba vuelta para ver si había alguien siguiéndolo. Entró y desde la puerta recorrió todas las mesas con manteles a cuadros. En un lugar retirado de la entrada estaba el oficial Martínez mirando hacia la puerta. Iba de civil, pero no por eso dejaba de tener la mirada vivaz y alerta que distinguía a los de su especie.

—Bien, dígame, lo escucho.

—Necesito que llame a este número y diga que es mi informante. No hablará conmigo, sino con mi pareja, le dirá que tiene datos sobre el paradero de unas joyas robadas.

—Eso es muy complicado oficial. Yo no hago ese tipo de encargos.

—Es por única vez, nunca más lo molestaré.

—Mire que no quiero complicaciones.

—Nada, Raúl, sólo es pasar un dato, tengo un informante que no puedo revelar y necesito cubrirme para que no lo identifiquen. Imagínese, si uno pierde las fuentes de información confiable se queda sin investigación. No se complique, Raúl. No pasa nada.

En la casa de Dumas se respiraba un aire intranquilo. Él hablaba con sus dos guardaespaldas de anchos hombros y quijadas trapezoidales, mientras fumaba un habano perfumado, con pequeñas pitadas.

—Le aseguro que el cana sabe algo. Yo no pude alcanzar a escuchar toda la conversación, pero sí distinguí cuando le decía que hiciera una llamada para alertar a la policía sobre el paradero de las joyas –decía uno de los hombres que había secuestrado a Raúl.

—¡Eso es imposible! Los paquetes estaban sellados, no sé cómo podría saber cuál era su contenido.

—Yo lo oí claramente. Hablaban de joyas –indicaba el hombre de los brazos desproporcionados.

—Bien, hay que seguirlo. No te le despegues.

—¿Lo dejo hacer la llamada?

—No podemos impedirlo. Esto no se tiene que salir de su cauce. Además, por más que le crean, nunca podrán demostrar nada.

—Lo mantengo informado.

—OK

Raúl volvió a su casa y comenzó a preparar la valija que lo acompañaría en su viaje. Metió ropa para el calor y ropa para el frío, solo lo esencial, no podía andar muy cargado, así que se dijo que viajaría como los turistas extranjeros, con zapatillas y ropa deportiva. Si llegaba a necesitar otra ropa ya vería. Buscó los ahorros que guardaba en el ropero y los metió en distintos bolsillos del equipaje y en una faja que ajustó firmemente a su panza. Allí llevaba todo lo que tenía, por un momento se sintió desfallecer… ¿y si le robaban todo?

Sintiéndose a contramano con lo que hacía, con un golpeteo persistente en su cabeza, llamó a la policía. Lo atendió el compañero del oficial Martínez, quien lo interrogó brevemente. Raúl estaba nervioso, pensaba que podría ser descubierto por cualquier inflexión de su voz que sonaba a canario afónico, pero no contaba con que el otro no le daría demasiada importancia al llamado.

—Estos buchones sólo buscan un poco de guita para drogas… —comentó el  oficial mientras colgaba el teléfono.

Al terminar la conversación, Raúl se santiguó. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Dios, en ese momento se encomendó a su benevolencia y ya que había conseguido la comunicación aprovechó para pedirle también por las tropas argentinas que, finalmente, eran enviadas al Golfo Pérsico a defender el petróleo ajeno…

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