25 años – Parte XVI

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Imagen relacionadaEn la reunión semanal con sus amigos, el negocio de Raúl era el motivo de charla cuando no sabían de qué otra cosa hablar.

—Es un claro caso de curiosidad desmedida ─decía Tito.

—No me gastes…

—Sí, che, vos sabes que la curiosidad mata al gato ─agregaba el chueco.

—Y embaraza a la mujer ─remató Raúl─. Me pregunto quién habrá inventado ese dicho. Es demasiado machista… ¿Quién habrá sido el que no quería que las mujeres fueran curiosas?

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—Es realista, Raúl. Pensá un momento… ─decía Julián─. Si todos supiéramos para qué estamos siendo usados o nos tiraríamos todos juntos a un acantilado o nos volveríamos locos.

—Eso, me estoy volviendo loco, no saber dónde estoy parado, a quién estoy sirviendo, me complica la vida.

—Vos aunque te dijeran que la vida es un tateti pensarías que es un Teg ─arremetió Tito.

—Claro que es un Teg o un juego de ajedrez, si preferís.

—No siempre.

—Está el tema de la complicidad.

—¿Cómo es eso? ─preguntó el chueco.

—Es que en algunos casos estoy siendo cómplice de situaciones no claras, no quisiera ser exagerado pero bien podrían ser delictivas.

—Tanto como trabajar en un kiosco que vende en negro ─dijo Tito.

—Vos lo minimizás.

—A todos nos toca un poco el tema, ¿creés que sos el único? ¿creés que vivís en uno de esos países donde la gente llama denunciando al que no le dio factura? ─dijo el chueco.

—Está bien… mejor dicho ¡no! ¡no está bien!, pero te digo que hay cosas que me huelen muy mal.

—Rechazalas y listo el pollo, problema resuelto. Ahora nos jugamos un truquito. Y si no, te acompañamos a un psicólogo, vas a ver cómo te endereza los pensamientos ─cerró Julián.

─Vos siempre con los psicólogos… ¿Será que te pagan comisión? ─rio Tito.

No había pasado una semana que se le comenzaron a presentar nuevas complicaciones. Un potencial cliente le pedía no sólo la llamada, también debía poner el cuerpo. Blanca lo escuchaba como siempre con su oído atento para sacarle ideas negativas de la cabeza.

—Me hizo ir a la oficina para entregarle un paquete.

—¿Qué había en el paquete?

—No lo sé. Sólo se escuchaba como si se movieran unas piedritas adentro.

—¿Lo sacudiste?

—Claro, mi curiosidad me lo dictó.

—¿No ibas a cuidarte de esos pedidos que no te olían bien?

—Sólo era un paquete y me dijo que era un regalo. Tenía que aparentar que ese día era su cumpleaños.

—¿Así dijo? ¿Aparentar?

—Sí.

—Eso es muy extraño.

—¿Por?

—¿Por qué querría uno aparentar su cumpleaños?

─¿Pensás que quería aparentar tener otra edad?

—No, Raúl. Pienso en varias alternativas: la más inocente sería para aparentar que alguien se preocupa por él, tal vez para impresionar a alguna mujer. Otra sería que quiera sacar algo de la oficina y necesitaba la caja y una excusa para tener una caja allí. Otra que la caja contuviera algo que no sabemos qué es y que debía ingresar de manera de no levantar sospechas.

—Voy a llamar al policía que fue mi cliente.

—¡No!

—Sí, es la única persona que conozco…

—¡Vas a violar tu código con los clientes! ¿Qué pensaría el policía si le vas con el cuento de otro? ¿Cómo se sentiría si pensara que con él podrías hacer lo mismo?

—Estoy atrapado.

Por unos días, Raúl decidió descolgar el teléfono y su conexión con el mundo. Se lo veía nervioso y cansado, con la barba algo crecida, con ojeras como dos parches de pirata, solo le faltaban el aro y el loro.

Por ese tiempo no prestaba atención a sus aves que se esmeraban en vano en cantar valses vieneses y polcas paraguayas, atrayendo a los gatos del vecindario que miraban con ojos de huevo frito pegados al vidrio del patio.

Raúl decidió instalar en la cocina un sistema de circuito cerrado para observar a quien tocara el timbre. A cada rato iba a mirar para comprobar que los perros de la vecindad dejaban sus “regalitos” en la base de su árbol, mientras los dueños de los canes miraban para otro lado. Lo único que le sacó una sonrisa fue ver al vecinito de al lado entregarle un chicle a la nena de dos casas más allá. Eso le devolvió por un momento una enorme paz interna.

Entre sus temores y la guerra que se desarrollaba en el Golfo, andaba con los pelos de punta y cualquier cosa lo alteraba. Hasta la campanilla del teléfono lo ponía mal. Blanca se preocupó al punto de ir a verlo todas las tardes, llevándole una medialuna de grasa o bizcochitos para compartir con el mate.

─Tenés que arreglarte un poco. No importa que no salgas.

─Sí, tenés razón. Soy un despojo humano. Decime la verdad…

─¿Qué?

─Ya no soy el hombre del que te enamoraste, ¿no?

─Sos una versión apabullada por la realidad. Pero no me importa, ¿sabés? Esto te va a durar un día más, solamente. Porque si no yo te voy a poner un petardo en la silla y te voy a hacer salir volando.

─Bueno, no me esperaba eso ─dijo besando su mano.

─No creas que conocés todo de mí. Cuando quiero puedo ser muy dura.

─Ya veo.

─Mañana salimos de compras. Te vengo a buscar temprano.

─Pero estamos en emergencia económica…

─¿Ya te arrepentiste de que nos mudemos juntos?

─No, solo digo que hay que cuidar los pesos.

─No estarás haciendo un circo para decirme que no.

─No, eso nunca. No pienses mal de mí, lo único que me faltaba que ahora vos no me creas… ¿Ves? Eso es lo que pasa cuando uno se mete en asuntos grises. Después pierde toda credibilidad.

Esa mañana saldría con Blanca a comprar unas sábanas y otras cosas necesarias para su pequeño ajuar.

—Blanca, te espero en la puerta.

—Ya salgo.

La calle se veía despejada. Sólo unos chicos jugaban a la pelota en el pasillo del edificio de al lado. De repente un auto muy moderno se estacionó frente a su casa y dos hombres de aspecto rudo bajaron acomodándose los pantalones claros y los anteojos oscuros.

—Disculpe, Don, ¿conoce al señor Raúl?

—Sí, ¿quién lo busca?

—Trabajamos para un cliente suyo. ¿Le avisa, por favor?

Raúl estuvo a punto de salir corriendo, pero pensó que Blanca estaba por salir en ese mismo momento.

—Soy yo, señores. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Acompáñenos, nuestro jefe tiene que hablarle.

Raúl se introdujo en el auto y guardó silencio por un buen rato. Blanca estaría preguntándose por él. Estaría intranquila. No tenía forma de avisarle que… ¿todo estaba bien? Comenzó a sudar copiosamente. Se pasó la mano por la cara y la sacó empapada. Quiso buscar un pañuelo en el bolsillo del pantalón, pero inmediatamente el hombre que estaba a su derecha le sujetó el brazo con bastante presión.

—¿Algún problema?

—Sólo quería secarme el sudor –respondió mirando el brazo tremendo que lo sujetaba.

El hombre le acercó un diario para que se secara la cara. Raúl vio el titular que decía que el presidente no enviaría tropas al Golfo junto a la recaudación millonaria para el súper clásico.

─Lo único que nos faltaba era ir a meter la nariz en asuntos que no nos incumben y que encima es para beneficio de otros ─pensó en voz alta.

—Ya estamos por llegar.

—De acuerdo.

Llegaron a una esquina de un barrio de chalets. El auto se detuvo frente a la entrada de un garaje de portón blanco. Era una casa estupenda de dos pisos, bastante moderna, con rejas negras y unos adornos dorados en las puntas. Tocaron bocina un par de veces y el portón se elevó. Cuando bajaron en el interior de la cochera, los dos hombres se le despegaron y lo dejaron solo. Apareció entonces un hombre de unos cuarenta años con un poco de sobrepeso, anteojos oscuros, chaqueta a cuadros, pañuelo al cuello, expresión de hombre no habituado a labores duras, se diría que su cara no reflejaba emociones, como si estuviera delineado solo el contorno de su cara, sin arrugas de expresión.

—Lo hice venir porque han surgido algunas complicaciones.

—No entiendo, usted me hizo entregarle el paquete, yo cumplí mi parte. ¿No podía llamarme por teléfono?

—Sí, pero no alcanzó con la entrega y necesito que ahora me entregue otro paquete en la misma dirección.

─Pero… ¿no era que necesitaba simular su cumpleaños? ¿Otra vez va a cumplir años?

─Hombre, mire las estupideces que dice…

—Yo… no puedo, me he retirado de la actividad.

—Mire, hombre, no tengo tiempo para explicarle nada. Sólo le pido que lleve esto, volví a anotar la dirección, por si la olvidó –alargó la mano con una tarjeta de presentación—. Ahora salga, tómese un taxi y llegue en un par de horas. Le pido que no se distraiga por el camino, no podemos arriesgarnos a que pierda la entrega.

—No lo voy a hacer –dijo Raúl con voz temblorosa.

—Ahora ya está, vaya y haga lo que le digo –respondió y, a un movimiento de su cabeza, los dos custodios volvieron a acercarse.

Raúl estaba pálido y temblaba. Su respiración entrecortada le hacía acordar a cuando estuvo a punto de tener un infarto. Le habría subido la presión, le latían las sienes, sentía presión en el pecho y le dolía la nuca provocándole un mareo.

—Esta es la última vez que hago esto. Nunca más, juro que nunca más.

Paró un taxi y le indicó que fuera hasta su casa. Estaba más lejos de lo que pensaba, mientras el tachero le daba cátedra de tango al compás de Caminito, miró detenidamente la tarjeta. “Sr. Dumas”, si tan solo supiera qué diablos hace este hombre… el taxi dio vuelta a la esquina y frenó frente a su casa.

─Espéreme un segundo.

Entró, pero no encontró a Blanca. Tomó el teléfono y la llamó para tranquilizarla, pero lejos de eso la dejó con la mitad de la explicación y le tuvo que colgar porque le corría el taxímetro. Volvió a subir al auto y se dirigió a la dirección de la tarjeta. Allí había un edificio muy moderno, con mucho vidrio y ascensores de los que tenían un ascenso rápido y una frenada muy suave. Todo era trajín de trabajo. Nadie le prestó atención, ni siquiera cuando se paró delante del mostrador de la recepción. La recepcionista hablaba por teléfono, gesticulaba y hacía movimientos con la cabeza. Trataba de hacerle entender a un proveedor lo que significaba que no hubiera llegado la factura antes del jueves, que es el día en que se deciden los pagos y cualquier factura que llega después tiene que esperar a la semana siguiente.

Raúl esperó un momento y luego, cuando vio que ella colgaba, se agachó para decirle en voz baja a quien estaba buscando.

—El señor Dumas no ha llegado aún. Siéntese por favor. Desde los sillones de allá lo podrá ver entrar.

—Es para entregarle este envío.

—Lo que sea, espere por allá, por favor.

Raúl pensó en ese momento que la mujer no lo había reconocido. Eso era bueno. Se sentó tranquilo en un sillón y allí se quedó esperando. Pasaron quince minutos y, por fin, llegó su cliente. Este, al verlo, le hizo señas para que lo siguiera a una oficina de vidrio a la vista de todo el piso. Era el lugar de la otra vez, el mismo piso y la misma oficina.

—Vio que no era tan difícil.

—Sí, listo, ya cumplí con mi parte ─dijo Raúl mirando hacia ambos lados.

—No tan rápido. No me ha dicho cuánto son sus honorarios.

—Considérelo una cortesía por ser la última vez que cumplo sus encargos.

—Justamente, una cortesía sería que siguiera prestándome servicios.

—No quiero ni puedo, Dumas. Tengo decidido dejar el negocio.

—Mire que la calle está dura. Usted… a su edad, no puede esperar agarrar un diario y conseguir algo fácilmente.

—Lo tendré presente. Gracias y adiós.

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