25 años – Parte XV

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Imagen relacionadaAl día siguiente, Raúl tuvo la solución en una ráfaga de pensamiento que lo despeinó al cepillarse los dientes.

—Ya sé lo que voy a hacer, Blanca.

—¿Tan rápido encontraste la solución? Yo pensé que ibas a estar días, tal vez semanas para decidirte.

─Fácil llega, fácil se va, dicen.

─Contame.

—Es muy simple…

Volver a 25 años – Parte XIV

Volver a 25 años – Parte I

Mi sentimiento de angustia se origina en que creo que me están usando para fines non santos. En otras palabras, tengo miedo de estar jodiendo a alguien. Bien, lo que voy a hacer es localizar a esas personas que me contrataron y averiguar cómo resultó el asunto. Así podré saber cuáles fueron las consecuencias. Corroboro que mis sospechas son ciertas o me quedo tranquilo.

─No, Raúl. Eso no te va a servir de nada. La gente no te va a blanquear sus negocios o sus trampas…

─Algo voy a conseguir. Necesito quitarme esta sensación de mugre de encima. ¿No ves? Apenas lo pienso y parece que me pica todo… ─dijo rascándose los brazos.

La tarea que comenzó Raúl no era para nada fácil. Tenía un número telefónico de cada cliente, pero no sabía si lo podría localizar allí. Aunque eso podía ser un indicio, si la persona había llamado desde un número donde no podrían rastrearlo era mala señal, si en cambio, lo encontraba allí, podía pensar que las intenciones no habían sido tan malas. Y si la persona en cuestión le daba algún tipo de explicación se podía quedar tranquilo.

Con esa simple lógica tomó la libreta donde anotaba los datos de sus clientes, nombre, teléfono, motivo de la consulta. Comenzó por el primero, el vendedor de autos usados.

—Hola, quisiera hablar con Esteban, por favor.

—Equivocado –respondió un hombre de voz áspera.

—¿Es el 881-5532?

—Sí, ese es el número, ¿a quién dice que busca?

—Busco a alguien que contrató mis servicios hace unos meses, yo le daba un… —aquí Raúl cayó en la cuenta de que no podía describir abiertamente el asunto, tenía que encontrar la forma adecuada de hacerse conocer, o estaría violando la confidencialidad que aseguraba a sus clientes—, yo le daba asesoramiento para uno de sus negocios, la venta de un auto.

—Mire, nosotros vendemos autos, pero aquí no hay ningún Esteban y tampoco contratamos asesores. Yo soy el dueño, ¿quiere decirme qué necesita?

—Quería saber cómo había resultado mi servicio. Pero para ello necesito hablar con quien me contrató ─dijo Raúl pensando la manera de salir del brete.

—Cuénteme un poco, ¿en qué consistía el servicio? –el hombre estaba muy intrigado.

—Discúlpeme, pero si usted me hubiera contratado lo sabría.

—Aquí hay algo muy raro, mire, hace poco me robaron un auto, y el que lo robó fue uno que contraté y duró unos pocos días, Sergio se llamaba, duró un par de semanas solamente. Si usted tuvo algo que ver con él, le pido que me diga, porque el asunto lo sigue investigando la policía.

Raúl colgó horrorizado. Un sudor frío le recorrió la espalda. Se estaba cumpliendo su peor predicción. Trató de tranquilizarse. Era muy difícil pensarse como cómplice de un negocio tan turbio como el robo de un auto. ¿Y si tenían identificador de llamadas? ¿Y si ahora lo estaban rastreando para detenerlo? ¿Dónde se podría meter? Comenzó a caminar en círculos alrededor del teléfono. Lo miraba como si el aparato le pudiera responder sus dudas. Luego decidió que una mancha no hace a un tigre y tomó coraje para otra llamada.

Discó el siguiente número con las manos temblorosas y transpiradas. Era el número de un empresario que había solicitado lo halagara delante de un cliente.

—Buenas tardes, busco al señor Guzmán.

—Sí, él habla, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Soy Raúl, su asesor de imagen, ¿me recuerda?

—Temo que no, ¿asesor de imagen, dijo?

—Sí, yo lo asesoré hace unos meses. Usted estaba por hacer un contrato importante con un cliente.

—No… me confunde usted.

—No creo, tengo su número.

—Eso es cierto. Vea ¿qué es lo que desea?

—Quería saber cómo le resultó mi trabajo.

—Vuelvo a decirle, no recuerdo que usted haya trabajado para mí.

—¿Es el señor Ricardo Guzmán?

—El mismo. Vea, no sé qué pretende usted. Si alguna vez prestó algún servicio para mí, le estoy agradecido. Ahora, buenas tardes.

—Buenas tardes. ¿Está seguro de que no contrató una llamada?

─Muy seguro, señor. En esta compañía una llamada significa dinero, nosotros movemos capitales de inversión y usted no parece tener intenciones de invertir, ¿me equivoco?

─No, está en lo correcto ─respondió Raúl pensando en la llamada en la que, luego de alabar el trabajo del susodicho, le pedía que trasladaran unas mercaderías desde Argentina hacia una isla del Caribe.

─Buenas tardes.

Raúl se quedó un rato pensativo. No parecía ser la voz del hombre que lo había contratado. Esto quería decir que el verdadero Guzmán no había sido quien lo contrató. Hubo alguien que quiso hacerse pasar por Guzmán. ¿En qué lío se había metido? Y todo esto gracias a su “feliz” idea…

Dos horas después, ya había llamado a varias personas, el que no le colgaba de inmediato, le respondía mal y el que no, simplemente simulaba no conocerlo. Llamó a su exjefe.

—Hola, quisiera hablar con el señor Norberto.

—En seguida lo comunico.

Esperó un momento, se oía el martilleo de una impresora.

—Hola

—Hola, ¿Norberto?

—Sí, ¿quién habla?

—Soy Raúl, ¿cómo anda?

—Raúl, cuanto hace que no hablamos. Bien, bien, aquí me tiene, en plena tarea. Algún día nos tenemos que reunir a charlar un rato. Dígame, ¿sigue con su servicio de asesoramiento?

—De eso me gustaría hablarle. Necesito algo de usted. No lo tome a mal. Sólo es para fines estadísticos. ¿Cómo le resultó aquello?

—Bien, bien, hombre, la verdad es que me vino de maravilla. Todo como yo esperaba.

—Y, eso a usted le significó empezar su negocio…

—Claro, imagínese usted, fue como si me hubieran hecho una carta de recomendación. No fue todo, pero fue una buena parte.

—¿Y le está yendo bien en los negocios?

—Seguro, las cosas marchan bien.

—¿Es un buen negocio?

—Sí hombre, es bueno. ¿Por qué le preocupa mi negocio?

—No, sólo quería saber si estaba conforme.

—OK, en otro momento lo hablamos con más profundidad.

—Sí, seguro, cuando quiera.

—Hasta pronto, Raúl.

—Que siga bien.

Luego siguieron el médico, el investigador, la maestra, la estudiante y tantos otros. Algunos le pedían que no insistiera, otros le daban evasivas o fingían no reconocerlo. El abogado lo trató amigablemente, pero le dijo que no siguiera metiendo la nariz en los asuntos de sus clientes, porque se dice el pecado pero no el pecador. Así fue pasando la tarde y Raúl se sentía cada vez más frustrado.

Dejó para el final al político. A él no le cabían dudas de que había utilizado sus servicios y además, era el que más en confianza se sentía con él como para hablar.

─Ya le dije, Raulito, a veces es necesario una mentirita blanca…

─Si el fin lo justifica…

─Por supuesto, esa es la filosofía… piense que en política no podemos ser directos, ser muy franco cae mal y asegura muchos enemigos. La gente no acepta sus errores, a casi nadie le gusta que lo corrijan y para eso hay que disfrazarse a veces. Si volara sería Súperman, al servicio de la humanidad, pero no vuelo, así que me conformo con ser un político que piensa en la gente y que para ello recurre a estrategias más mundanas.

Esa tarde Raúl estaba ya a punto de tachar al útimo cliente de su libreta. Blanca lo miraba con ternura pensando que era un buen hombre, con muchos escrúpulos, alguien realmente confiable y honrado, pero que ello le podría traer problemas de salud.

—¿Qué pensabas?

—No sé, la verdad, no sé qué pensaba.

—Mirá si ese hombre te iba a usar para algo turbio.

—Sí, tenés razón, ¿qué derecho tengo a indagar? ¿Acaso el que fabrica armas se pregunta para quién las hace?

—¡Qué comparación! A ver, ¿a quién le vendiste armas? ¿A la mafia? ¿A algún espía? ¡Qué barbaridad! ¿En todo caso el que inventó las palabras se imaginó que iba a haber algunas que se usaran como insulto? Todo tiene un lado positivo y otro negativo, hoy estás viendo sólo lo negro y me estoy empezando a enojar.

—No te enojes conmigo, esto es una piedra en el zapato, tengo que encontrar una manera de sacarla porque me está lastimando la planta del pie.

—Yo te voy a proponer algo. Olvidate por un tiempo de estas investigaciones. Seguí con lo que estás haciendo y mientras tanto pensá en qué vas a hacer cuando lo dejes.

—Tengo esta espina atravesada… —y se tocó la garganta.

Días después su teléfono seguía llamando.

—Necesito sus servicios.

—Dígame cuál es la situación.

—Tengo un marido que piensa que soy insignificante. Necesito que me llame para poder demostrarle que valgo algo para otra persona. Siempre hablando de cuestiones laborales. Necesito que me haga decir que estoy agradecida por su agradecimiento, si se me permite la redundancia.

—Entiendo. Dígame, a qué se dedica usted.

—Soy empleada en un local de venta de objetos usados. Todo lo que va a parar allí son cosas que algunos desechan y otros aprovechan. Pero él quiere que me vaya a otro lado, que busque trabajo en una tienda, en un gran supermercado si fuera posible. Yo estoy muy bien donde estoy, es más, estoy comenzando a aprender el oficio de reciclado de muebles. ¿Sabe lo que eso significa? Tomar algo que está medio estropeado y hacer que vuelva a tener brillo y dignidad como cuando fue hecho…

—Será un gusto, hablemos de los detalles…

Y siguieron apareciendo llamados.

—Quiero que me felicite por mi cumpleaños. Yo estoy sola, no tengo familia, mis amigos a veces no se acuerdan de esta fecha y este año, no sé por qué, necesito que me saluden… No crea que es un autoengaño, no me va a saludar cuando esté sola y triste en mi casa. No es que no conozca gente, en el trabajo me conocen y me aprecian, en las reuniones de alcohólicos anónimos me conocen y me quieren, pero nadie se acuerda de mi cumpleaños, y yo soy demasiado tímida para hacerme propaganda… Por eso quisiera que me llame cuando estoy en la reunión, para que se enteren y me feliciten.

—Me gustaría que mi mamá piense que tengo muchos amigos, ella vive en Perú y vendrá a visitarme por unos días, si se da cuenta de que todavía no estoy muy adaptada a esta ciudad, no podría volver tranquila a su casa. Lo que más quiero es que ella se sienta bien, que esté tranquila y no me pida que vuelva. Me gusta la ciudad, me estoy adaptando de a poco y bueno… Usted me ayudaría a ganar un poco de tiempo, los cambios no se dan de un día para el otro, hay que tener paciencia, a veces me siento discriminada por ser de otro país, pero tengo una amiga que sigue en Perú y me está por poner en contacto con otros peruanos que se vinieron para acá hace un par de años.

—Mi marido me engaña. Yo lo sé, lo he visto con mis propios ojos. Lo seguí una tarde cuando él pensaba que yo estaba en mi trabajo. Él es viajante y no tiene horarios, se me hace muy difícil saber cuándo sale para trabajar y cuando no, pero empecé a sospechar cuando apareció con ropa nueva y no vi los gastos en la tarjeta. Él no se compra nada sin que yo lo acompañe, es muy indeciso, por eso me resultó raro verlo con una chomba muy bonita, así que ese día llamé al negocio y avisé que me ausentaría. Lo esperé sentada en el bar de la esquina, desde allí lo vi salir y fui tras sus pasos. Ni siquiera me notó, iba tan contento que no se dio cuenta de nada. Cuando llegó a su cita, ella lo estaba esperando, se vieron, se abrazaron, se besaron, fue muy doloroso. Pero no se fueron juntos a ningún lado, por eso creo que todavía tengo una oportunidad.  Quiero darle celos, necesito que me llame y me pida que salga, varios días, siempre en el mismo horario, para que él sospeche algo y reaccione.

—Mi hermana no se decide a dejar a su novio. Él es muy mal tipo, la controla, la cela, creo que a veces hasta le ha puesto una mano encima. No puedo asegurarlo, pero él es muy cerrado y nunca la deja reunirse con amigas, yo para verla tengo que ir a la casa de su madre. Necesito que la llame y le diga que es mi amigo y que piensa mucho en ella, para que se revalorice y piense seriamente en dejar a su novio. Yo le voy a dar los horarios en los que ella va a estar sola, por ningún motivo tiene que sorprenderla él, ¿entiende? Ella necesita sentir que dejarlo no es el fin del mundo, que habrá alguien allí afuera dispuesto a pensar en ella…

—Mi nena perdió su perrito. Se nos escapó cuando andábamos haciendo las compras. Yo tendría que haber asegurado mejor la correa, se zafó y salió corriendo. Y Silvi no para de llorar desde entonces. Quiere a su Pupi, todo el tiempo está preguntando por él. Hicimos carteles para poner en el barrio, los pusimos en todos los negocios, en los postes de teléfono, en las paradas de los colectivos, pero no aparece, se lo deben haber robado. ¡Era tan lindo! Cualquier nene pudo haberse enamorado de él, era tan dulce… Yo quisiera que me llame y diga que lo encontró, nosotros compraremos uno parecido y se lo daremos, para que no siga sufriendo…

Blanca miró su libreta de teléfonos y decidió que ya era suficiente. Para levantarle el ánimo a Raúl estaba bien por ese día. Además, los servicios de Raúl había que pagarlos y ya se le estaba yendo parte de sus ahorros…

Esa tarde cuando se encontraron en casa de Blanca, él le comentó que había tenido varios llamados que le habían devuelto la fe en lo que hacía, aunque también le mostraban un lado muy triste de la gente.

—Blanca, no sé cómo hacer para salir de este atolladero.

—¿Seguís teniendo dudas sobre la moralidad de lo que haces?

—Ahora han cambiado los pedidos, me encuentro en situaciones que son por demás complejas, personas solas, maltratadas, necesitadas…

—¿No sentís que estás haciendo un bien?

—Estoy en un brete, ahora siento que si les cobro me estoy aprovechando de la debilidad de ellos.

—Ay, por Dios, ahora esto…

—Está decidido, lo dejo.

—Creo que hay otra solución. Si tomas un caso de éstos no cobras y si es de los otros recuperas.

—¿Así de simple…?

—Así de simple.

—Entonces seré como un abogado o un médico, que trata tanto al delincuente como al buen tipo.

—Algo así. Sólo que vos ni siquiera sabés si alguna vez trataste a un delincuente. Son sólo especulaciones.

—Yo sólo quiero saber para qué me están usando. Me siento un instrumento sin sentido. Soy un tornillo, pero no sé si me van a usar para armar la bomba atómica o un tomógrafo.

—Vos no sos un tornillo, a vos se te zafó un tornillo ─respondió Blanca riendo─. ¿Estás seguro de que sabiéndolo te vas a sentir más tranquilo?

—Tranquilo, no. Seguro que no.

—¿En qué quedamos?

—Nada, nada, ni yo me entiendo… Vos ¿nunca tenés dudas?

─Las he tenido muchas veces.

─¿Cómo las resolviste?

─Creo que pensando que no soy todopoderosa. Trabajando desde mi pequeño lugar para no perjudicar a nadie.

─Eso mismo quiero hacer yo.

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