25 años – Parte XIV

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Conforme pasaban los días, Raúl iba acumulando cuantiosas llamadas misteriosas. No había forma de parar su negocio. Lo requerían personas de todo tipo, algunos más ansiosos que otros, pero todos tenían en común la necesidad de apoyo estratégico o un empujoncito, como le gustaba decir a Raúl. Como él lo había anticipado, se trataba de un asesoramiento de carrera ya que, hasta el momento, se habían presentado casos laborales.

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Raúl llevaba un registro pormenorizado de los casos. Se había comprado una agenda y junto a los apuntes que identificaban particularidades del interesado, anotaba los principales puntos que debía tratar. No indagaba demasiado en los motivos. Sabía que se trataba de temas delicados, por eso dejaba que la gente se explayara cuanto quisiera. Luego él le daba su interpretación del caso y si el cliente corroboraba su interpretación, pasaba a la segunda fase: el armado de los guiones. En hojas en blanco armaba los diálogos que se desarrollarían en las llamadas, para finalmente fotocopiarlos y enviarlos al cliente. El cliente entonces lo aprobaba y fijaba el día, la hora y el número telefónico donde se desarrollaría.

Todo ese proceso llevaba una o dos semanas. Trataba de no tomar casos muy urgentes, siempre meditaba los diálogos, no quería parecer un charlatán. Buscaba dejar una buena impresión en sus clientes para que lo siguieran recomendando.

El rato en que armaba los guiones era el momento creativo del día. Se instalaba en la cocina, cerca de sus aves. Les pedía que cantaran un poco y cuando el coro se encontraba a pleno, se dejaba llevar sacando a relucir sus dotes de escritor improvisado. En esos diálogos todo se desarrollaba de manera muy formal, ya que de eso dependía la seriedad y la credibilidad del asunto. No es fácil que un tercero ajeno a una conversación llegue a darse cuenta cabalmente de lo que se dice en ella, teniendo en cuenta que el otro hablante está del otro lado del tubo. Pero Raúl se las ingeniaba para que las respuestas de su cliente fueran lo suficientemente claras como para no dejar lugar a dudas.

─Me alegra mucho que haya decidido unirse a nuestra compañía ─decía Raúl.

─Disculpe, pero aún no he decidido si acepto ─le hacía responder al otro.

─Pero ¿lo está considerando?

─Sí, claro, lo estoy considerando. No es una decisión fácil.

─¿De qué depende su decisión?

─Estoy evaluando otras propuestas ─decía el cliente.

─¿Hay algo que pueda hacer para mejorar nuestra oferta?

─Bueno… tal vez…

Y allí el interpelado se despachaba con algún pedido especial.

Así se iba logrando un relato bastante convincente que alguien más escuchaba y procesaba en silencio sin sentirse aludido personalmente. Era una presión indirecta que no se sentía de manera agresiva. Nadie presionaba realmente. La llamada se producía en ese momento por mera casualidad. Muchas veces terminada la conversación telefónica, el tercero reaccionaba con rapidez, para no perder la presa. Otras, se iba pensando en alternativas para ofrecer en otro encuentro.

Cualquiera fuera la reacción, inmediata o diferida, Raúl había logrado un elevado porcentaje de éxito, es notable como la posibilidad de que aparezca competencia hace que la gente pierda la prudencia y se lance tras el bocado que es codiciado por otro, como si fuera el último sobre la Tierra y no tenerlo significara morir de inanición. Era como una puja en una subasta, se necesitaba la aparición de otro interesado para mejorar las ofertas. Y sus clientes se lo hacían saber. Raúl tenía una lista de clientes satisfechos que lo llenaba de orgullo y lo hacían pensar en nunca abandonar ese camino.

Había momentos en que Raúl se preguntaba cómo se le había ocurrido esa idea. De dónde había sacado la inspiración… Pero ante la falta de comprensión de cosas sin respuesta se encogía de hombros y seguía pensando en los casos por venir. Ya estaba empezando a armarse un catálogo de diálogos, porque algunas situaciones se repetían y así se evitaba pérdidas de tiempo innecesarias. A los clientes más nuevos él les proponía un solo diálogo para no generarles más confusión y evitarles el momento de indecisión que podría echar atrás el negocio. A los de más confianza les daba a elegir entre nuevos guiones sabiendo que las novedades siempre le aportan un cariz de trabajo hecho a medida.

En los momentos de duda, que los había, por supuesto, Raúl recurría a otro tipo de llamada. Discaba el número de Blanca y le contaba un poco del asunto. Ella sopesaba los pros y los contras y ese ejercicio de pensar en voz alta con ella del otro lado le devolvía la claridad y lo ayudaba a terminar de escribir.

Iban desfilando por su llamada misteriosa todas las profesiones.

Un empleado de una concesionaria le pedía: Llámeme entre las dos y las tres de la tarde, necesito que me encargue un auto, de preferencia rojo, usado, un modelo de diez a quince años de antigüedad, económico, con buen motor, si fuera posible con poco kilometraje, sin detalles de pintura y que no haya sido taxi o remise. Y cuando yo le diga el precio no lo dude, pídame que se lo entregue de inmediato.

Raúl quiso asesorarlo sobre el contenido de la llamada, pero el hombre lo rechazó cortésmente. Pero, pensándolo bien, le pareció adecuado el pedido para un vendedor que recién se iniciaba en su actividad y necesitaba mostrar que lo que él vendía era pan caliente.

Un arquitecto le encargaba: Llámeme a mi estudio, yo voy a estar con un cliente que no se decide entre hacer una ampliación o comprar. Yo quisiera que haga la ampliación, ya que eso significaría trabajo para unas cuantas personas, pero claro… él no quiere pasar las molestias que cualquier obra implica. Eso sí, necesito que me solicite un diseño para una casa de country, con pileta y quincho, baños con yacuzzi y un sauna. Creo que si ve que otros se animan, él va a tomar la decisión correcta.

Y nuestro amigo se conformó pensando que sería un mentor para darle trabajo a varios gremios de la construcción, más allá de apuntalar el trabajo del profesional.

Un representante de artistas le decía:

─Necesito que me llame para contratarme cuando estoy con Pocho Cumbiero.

Raúl no tenía idea de quién era. Por las dudas no preguntó, pero su cara debe haberlo dicho todo porque el hombre agregó:

─¿No lo conoce? ¡El cantante de cumbia!

─Ah, sí. Creo haber escuchado algo sobre él.

─Es el nuevo astro de los bailables de zona Sur.

─Y quiere conseguirlo como cliente…

─Claro. Estoy seguro de que con mis contactos lograré impulsar su carrera mucho más que esos otros improvisados que solo se ocupan de conseguirles trajes con lentejuelas. A veces a los artistas los explotan, les consiguen shows lamentables en lugares deplorables o les comen las ganancias mintiéndoles sobre las ventas de entradas y yo, en cambio, lo voy a hacer brillar. Él está mal asesorado, los familiares no son buenos consejeros.

Y Raúl pensó que era un hombre con gran confianza en sí mismo que necesitaba una oportunidad para ayudar al cumbiero a ir por el buen camino.

Hasta lo empezaban a requerir de lugares insospechados como consultorios médicos y oficinas de investigadores.

El médico le explicaba:

—Usted diga que me invita a un congreso con todo pago. Esos del laboratorio no se van a dar cuenta. A ellos no les conviene que recete medicamentos de otro laboratorio y yo quiero que me dejen más muestras gratis para mis pacientes del hospital y que me inviten a los congresos que organizan ellos, que son muy buenos. Verá, usted ya se debe haber dado cuenta de que la mentira es parte de la vida y una parte muy importante. Hay psicólogos que dicen que la gente más inteligente es la que sabe manejar mejor las mentiras. Hay toda una explicación neurológica para eso…

En ese momento Raúl se sintió disminuido, hasta ese momento él se había manejado siempre con la verdad, ergo, había sido un tonto toda su vida… Pero el asunto de conseguir muestras gratis tal vez fuera una cuestión humanitaria que no podía soslayar.

Un investigador le decía:

—No piense que no creo en la ciencia, soy un convencido de que el acto de investigar es parte de nuestra naturaleza y que poniendo los recursos, en algún momento se logra desentrañar algo. A veces cuesta más, pero no hay que dejar de hacerlo. Sin embargo hay quienes opinan que sólo jugamos a hacer experimentos y deciden que no vale la pena poner la plata. Esta llamada la vamos a hacer enfrente del representante de una fundación, no importa que sea verdad lo que vamos a decir, lo que importa es que él lo crea. Yo ya sé que el proyecto es difícil, pero no importa, tenemos que ganar tiempo, algo va a salir a la luz, estoy convencido. Es cuestión de un poco de paciencia.

─¿Qué investiga?

─Estamos buscando una solución que mejore la respuesta de las células dañadas por quemaduras, pero mientras tanto vamos a ir trabajando en cremas anti-age. En realidad es poco lo que pueden hacer las cremas solas, pero se venden como complemento a una alimentación sana, mucha hidratación y ejercicios. También podríamos analizar los efectos de determinadas sustancias en la coloración de la piel. Hay mucha gente que busca lucir bronceada aunque no tome sol y otra que quisiera verse más blanca.

Raúl se dijo que no estaría contribuyendo a un logro científico de real importancia para la salud, pero tal vez pudiera estar ayudando a la gente a sentirse más conforme consigo misma.

Otra vez lo llamó una estudiante de contador. La joven tenía que preparar un examen y no lograba pedir un día por examen en el estudio contable donde trabajaba. Siempre había cosas y más cosas que hacer y los dueños le daban más y más tareas. Necesitaba que alguien llamara a la oficina con alguna urgencia familiar para poder salir y preparar su examen.

Otro día lo llamó una maestra.

—Necesito que me llame a casa cuando estén mis chicos y mi marido. Ya no los aguanto. Todo el día con críos y griterío. Y después, querida esto, querida aquello, que mamá dónde están las zapatillas, que querida dónde pusiste el aceite de máquina. Necesito salir de casa por un rato. Irme por ahí, ver una película, caminar por los bosques de Palermo, tal vez tener una aventura. No me malinterprete, no soy una cabeza fresca, solo necesito un poco de paz por unos días. En fin, usted debe estar acostumbrado a tratar con gente que no puede decir “me voy por un rato”, sin alguna excusa que sea creíble, y la verdad, me da vergüenza pedirle esto a una amiga, qué van a pensar, son todas del tipo “mamá perfecta”, no me entenderían. Usted me entiende, ¿verdad? Y no puedo decirle a mi marido que quiero un descanso, no lo aceptaría, él también piensa que soy la mujer perfecta.

Raúl se conformó pensando que tal vez estaría ayudando a que la mujer no sufra un ataque de nervios y estrangule a uno de sus alumnos o a alguno de sus hijos. Había escuchado de casos de maestros sobrepasados por el exceso de trabajo, la falta de materiales, la mala paga y los problemas en general que terminaban con licencias psiquiátricas y sin poder ejercer la docencia o cumplir con sus obligaciones familiares.

Otro día lo llamó un conserje de hotel: Necesito que nos pida una reserva de veinte habitaciones dobles para un evento durante una semana. El hotel parecerá completo como en las mejores épocas.

Esa vez Raúl no entendió muy bien de qué se trataba el asunto, pero no le pareció que pudiera hacerle un mal a nadie por ello. Tampoco le extrañó que ese cliente lo llamara reiteradas veces.

La mayoría de sus clientes lo reclamaban una o dos veces. Su cliente más asiduo era un político. El hombre lo había llamado primero para que lo halagara por una supuesta ayuda a un comedor escolar. Después tenía que ofrecerle integrarse a una comisión para investigar un caso de corrupción en la compra de material de computación para un ministerio. Luego lo había hecho llamar en horas de la cena y también en días feriados para hacerlo salir de la casa. Más tarde lo había tenido que hacer salir de una reunión política para recibir información de un supuesto complot contra el partido. Finalmente lo había tenido que llamar a otro partido y repetir la escena del complot en el sentido inverso. Hubo un día que lo tuvo que interrumpir varias veces. Todas las llamadas eran por el mismo motivo, solicitarle le vendiera la primicia de la próxima postulación presidencial.

—Usted ni se imagina el favor que le está haciendo a la Nación. Tenga en cuenta que no siempre tiene la razón el que dice la verdad. La verdad es tan relativa… Lo único que nos separa de los animales es la mentira. Fíjese bien, los animales no pueden mentir, pueden comunicarse entre ellos pero no mentir. Si tienen hambre lo dicen, si tienen sed, lo dicen, si quieren aparearse lo dicen. Aquí entre nos, si uno quiere irse con una chica tiene que mentir, si no, su esposa no lo deja, ¡ja ja ja! Pero hablando en serio, ¿usted se fijó en eso?, los animales tienen hábitos, construyen casas, viven en sociedad, pero no mienten, a lo sumo se esconden.

—Es algo que no había pensado nunca, tendré que meditarlo –mintió, con la imagen de un camaleón en su mente, mientras lo decía—. Tal vez tenga razón –comentó pensando en cuál es el motivo que justifica la mentira del camaleón.

—Piénselo, piénselo, va a ver que no encuentra motivos para mentir en los animales. Nosotros, en cambio, tenemos montones de motivos para hacerlo y muy pocos para no hacerlo. Las reglas, por ejemplo, hay tantas y tan ridículas, que hay que mentir para no caer en prácticas arcaicas. No siempre tenemos la posibilidad de cambiar algo, pero sepa que usted está haciendo un aporte al engrandecimiento de nuestro sistema democrático.

Ya estaba cansado del político cuando fue requerido por un abogado. El único guión que habían hecho lo tenía que repetir hasta el cansancio: “le aviso del Tribunal que los oficios ya están presentados y que es cuestión de días para que salga el fallo aprobando el beneficio jubilatorio”, lo singular era que siempre debía mencionar a distintas personas. Otra cosa curiosa era que no tenía que llamarlo a él sino a su secretaria. Se sabe que es difícil que una secretaria posea la virtud de la discreción. Ésta en particular, tenía la mala costumbre de escuchar los problemas de los clientes y de tanto problema a veces se ponía sensible. Tenía ideas un poco raras la chica, pensaba que la caridad es cosa plausible en una persona, cualquiera fuera su ocupación. Él en realidad sólo quería llevársela a la cama y, por medio de esos llamados, iba a lograr que la mujer creyera la historia de que él hacía trabajo social y que no seleccionaba a sus clientes por la billetera. Tenía que ganársela a como diera lugar.

La historia que el abogado le relató a Raúl, por supuesto, no tenía nada que ver con la verdad. El trabajo consistía en recordarle a su secretaria que parte de su actividad era social, porque la mujer le estaba pidiendo aumento otra vez y él no ganaba lo suficiente para otorgárselo.

Raúl no estaba muy seguro de hacer ese trabajo. Dudó… Pero finalmente la balanza se inclinó hacia el lado de la recomendación, ese cliente había sido recomendado por el político, no podía dejarlo mal parado.

Otra vez lo llamó un policía. Se lo oía agobiado por una carga pesada. Primero le preguntó por sus antecedentes, le pidió que le comentara qué clase de trabajo realizaba, si le podía dar alguna referencia de alguno que hubiera hecho antes y, cuando se quedó conforme con los ejemplos mencionados sin recurrir a nombres ni señas, se despachó con su problema.

—Ocurre que tengo que ver a unos testigos. A algunos los conozco y no quiero ser muy duro al interrogarlos. El interrogatorio lo tendría que realizar junto a mi compañero y no puedo decirle que no quiero interrogarlos. Su llamada sería más bien de distracción. Yo me pondré a hablar con usted y dejaré que mi compañero lleve adelante el interrogatorio.

Raúl no tenía ni idea de los procedimientos policiales. Si el oficial no quería interrogar a unos testigos ¿qué mal hacía? a lo sumo sería una cuestión de táctica en la investigación, no creía que fuera una cuestión moral la que estuviera en juego en ese caso, le dio un par de vueltas al asunto, pero no le podía imaginar una objeción, así que se decidió a llevarlo a cabo.

Un día lo llamó un ingeniero. Tenía que conseguir una licitación de una obra pública y necesitaba que alguien llamara a la oficina del gobierno para que le pasaran unos valores. No dio más explicaciones. Solo eso, es una pavada, necesito que anote bien los números que le van a dar y luego me los pasa, ¿entendio? No puedo llamar yo, no quiero incomodar a los empleados.

Otro día lo llamó una empleada de una agencia de apuestas. Le preguntó si podía ayudarla a conseguir un pasaporte para viajar a Europa. Dijo que necesitaba el trámite con urgencia y que le pagaría buen dinero por ello. Solo tenía que conseguirle un contacto en el Registro Civil para que apurara el asunto.

En ese caso nada pudo hacer, ya que no era su materia. Así que le recomendó que iniciara el trámite express que había escuchado que funcionaba muy bien.

A los pocos días lo llamó un hombre que por las preguntas que hizo más bien quería averiguar cómo era el negocio. En cierto punto le dijo:

—Si usted escribiera cartas podría dedicarse a garantizar préstamos. Su valor depende de lo que pueda conseguir a cambio, ¿lo pensó? Podría subir sus tarifas. ¿Qué me dice?

Ese día fue el colmo. Comenzó a hacer un análisis de los últimos trabajos que había realizado y de los pedidos que había tenido. No le estaban gustando nada las aristas que mostraban algunos. Veía muchas zonas grises que le hacían pensar mal. Y decidió que no podía seguir.

—Sos un tonto.

—Ya lo sé. Es un buen ingreso el que me deja. Pero tendré que buscar otra cosa. No soporto más tanta mentira o tanta realidad, ya ni sé qué es…, hoy me compararon con un estafador y la chica esa de la agencia, ¡mirá si se quiere fugar con un premio! ¡Voy a explotar conociendo tanto secreto y tanta desvergüenza! ¡Ni siquiera se toman el trabajo de ocultar las malas intenciones! Yo siempre me creí alguien con un gran sentido de la realidad, nunca me extrañó el egoísmo y sé positivamente que la malicia es parte del mundo, pero esto me supera. Creo que voy a dedicarme a pasear perros. Por lo menos ellos no mienten, como me dijo el político. No entiendo cómo hacen los psicólogos cuando escuchan tantas confesiones, los curas, ¿cómo hacen? ¿creen en la gente? ¿pueden pensar que haya alguien bueno? ¿o son todos escépticos y se cubren de una coraza de plomo para evitar contaminarse?

—No siempre es así, estás exagerando. A veces tu trabajo sirve también para fines nobles. Ya volverán a aparecer casos de esos y tendrás ganas de continuar.

—La verdad es que llevo meses haciendo esto y cada vez le veo menos el lado amable. Cuando pienso en que estoy ayudando a alguien no puedo dejar de ver del otro lado. No sé si es producto de mi imaginación o realmente están haciendo cosas turbias con mi ayuda.

—De acuerdo, pensá en otra cosa. Algo se te va a ocurrir.

Esa noche Raúl no durmió. Dio tantas vueltas en la cama que terminó enredado entre las sábanas. Blanca quedó apoyada sobre el colchón y en cierto momento se despertó porque sintió frío.

—¿Pasa algo?

—Tengo miedo.

—¿Por qué? ¿Escuchaste ruidos?

—No, no es eso. Temo que ya no podré volver a creer en nada ni nadie.

—Otra vez con eso. Tenés que calmarte. Ahora dormí, mañana vamos a pensar los dos juntos.

Raúl manoteó el despertador y cambió la hora de la alarma. Necesitaba descansar un poco más de lo usual.

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