25 años – Parte XIII

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Resultado de imagen para asesorDías después, Raúl entraba en la oficina para saludar a sus excompañeros. Todo seguía igual, su escritorio había sido despojado de los papeles que él había dejado y apenas se notaba una ausencia. Sintió un aguijoneo de nostalgia, la vida que llevaba antes no le resultaba desagradable. Se detuvo un momento frente a la máquina de café. Sintió el deseo de servirse uno y saborearlo como solía hacer a media mañana. El aroma le traía recuerdos de charlas con sus compañeros. Hablaban de cualquier cosa, de fútbol, de política, de plantas, de mujeres de ahora y de mujeres de antes.

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Eso era lo que más extrañaba. También la seguridad, la tranquilidad, eso que no se nota hasta que se pierde. Y cuando se pierde se siente un cosquilleo, un temblor de corriente atravesando el cuerpo, algo que no mata, que mantiene alerta, que convierte a los días en posibilidades, que hace que uno se transforme en un perpetuo buscador de oportunidades. Que hace de las personas un animal al acecho, al tiempo que una víctima del juego sin descanso de esa libertad tan deseada y tan temida. Ir por cuenta propia no es fácil. No es la panacea. Es enfrentarse cada día al mayor de los riesgos, es vivir la soledad de cada decisión y el peso de cada error. Por eso se busca aliados, se buscan contactos, puntos de apoyo. Y si se tiene éxito se transforma en una sensación de plenitud, se vivencia al héroe que todos tenemos en su mayor expresión. Pero esa metamorfosis no es rápida, se va gestando poco a poco, con tropiezos, con marchas y contramarchas, y a veces ni siquiera se logra y si se logra no nos damos cuenta de los cambios, no percibimos lo que dejamos atrás, simplemente despertamos como alguien nuevo que reniega de lo viejo.

—Se lo ve bien, Raúl. ¿Le puedo preguntar qué lo tiene de tan buen humor? ─preguntó el cadete, un muchachito flacucho pero muy vivaz, el único en la empresa que estaba autorizado a andar en zapatillas.

—Sí, claro, es que a veces hay que aprender de lo que nos rodea y adaptarse.

—Habla como los de las capacitaciones, Raúl.

—En algo tienen razón, todo es cuestión de ideas y creatividad. Hay que darle a la gente un buen motivo para sacar el billetito de la cartera.

—Cuente, don Raúl, ¿en qué anda?

—Vine a hablar con un par de personas que solicitaron mis servicios.

—Cuánto misterio, si no quiere contar…

—Es muy simple, sé exactamente dónde están los archivos de algunas cosas y me pidieron que los ayude.

—Ah, eso… Sí, desde que usted se fue nadie encuentra nada. Parece mentira que en esas pequeñeces lo valoren a uno. Sin ir más lejos, contratamos a una empresa que nos da el servicio de almacenamiento de archivos. Pero es tanto el papelerío que juntamos que ya no vienen con los carritos, ahora vienen con unas carretillas con ruedas que parecen de camión. Si habrán cortado árboles para que hagamos borradores y avioncitos. Pero, para ser sincero, yo que usted, no venía nada, que se las arreglen…

—¡Don Raúl! –lo llamó su exjefe desde la oficina.

—¿Cómo anda? Ya estoy con usted.

Raúl se dirigió hacia la oficina de Norberto. A su paso iba saludando a sus viejos compañeros que se fueron levantando para recibirlo en medio de las preguntas previsibles. Se detuvo un momento a saludar. Les contó que buscar trabajo era un trabajo y que pensaba que pronto estaría en el buen camino. No quiso ofrecerles sus servicios porque no quiso ponerlos en la situación de pensar que podían necesitarlo. Las cosas no estaban muy claras en la empresa. No se sabía si seguirían los despidos o la cosa se calmaría. Y no era cuestión de avivar los fantasmas que ya estarían rondándolos.

La oficina de Norberto estaba en el otro extremo del pasillo y se veía revolucionada como si la hubieran estado registrando. El escritorio estaba particularmente desordenado y los estantes, donde antes se acumulaban biblioratos, estaban medio vacíos. Eso no era producto de una limpieza, era otra cosa… Eso sí, el banderín de River seguía en su lugar, sobre la pared del costado del escritorio, bien a la vista de cualquiera que entrara.

Norberto lo esperaba en el umbral de la oficina. Se veía como siempre a excepción de que había adelgazado un poco, el cinturón le fruncía la cintura del pantalón dándole un aire de hombre mayor. Sus patillas parecían más canosas, pero quizás fuera efecto de la luz. Se lo veía tranquilo, pero algo sombrío.

—Aquí me tiene, Norberto.

─¿Cómo anda, Raúl? ¿Cómo andan sus cosas?

─Bien, ahora van marchando un poco mejor.

─Veo. Debe haber pasado momentos de preocupación.

─Sí, la verdad que así fue. Uno se siente en la cuerda floja muchas veces. Pero ahora no me puedo quejar. Me alegró que me llamara.

─Usted me envió una presentación de sus nuevos servicios y creo que me puede ayudar.

─Usted dirá.

─¿Funciona su sistema?

─Mire, yo lo he probado con unas cuantas personas y nadie se ha quejado. Al contrario. Me dan las gracias.

—Bien, bien. Bueno, mire, es muy simple. Necesito impresionar a alguien.

—No me dirá que su puesto está en peligro…

—No sólo eso, ayer llegué a un acuerdo para retirarme.

—Me sorprende escuchar eso, lo siento.

—Yo ya sabía que esto iba a pasar. Lo sabía cuando tuve que darle la misma noticia a usted, pero en mi caso fue un largo proceso de negociación. Ellos no querían aflojar.

—Entiendo…

—Mire. Yo quiero entrar en un negocio y busco dar una buena imagen a los otros inversionistas. Me parece que usted podría ayudarme cuando los reciba en mi casa.

─¿Gente conocida?

─No, solo por intermedio de un viejo compañero.

─¿Ya probó pidiendo un crédito?

─¿No vio la tapa de los diarios de hoy? Van a cerrar 51 sucursales del Banco Hipotecario. ¿Se imagina? ¿Quién va a conseguir un préstamo barato ahora?

─Sí, es cierto. Si el gobierno no apoya los emprendimientos independientes, quién va a conseguir crédito…

─Es como dije siempre, los bancos prestan plata a quien tiene plata. Y si no, hay que jugar al prode que con los pozos vacantes esta semana se juntaron tres millones de dólares.

─Y siguen conformando a la gente con el azar… En fin, cuénteme cómo puedo ayudarlo… Ya sabe que no miento, solo doy un empujón. Le puedo ayudar con la llamada o con una carta de recomendación…

─Me interesa la llamada, tengo fe en que eso bastará. Los socios son gente que me recomendaron unos conocidos. Al parecer tienen varios negocios. Para mí sería mi primera vez. Pero no quiero aburrirlo con mi historia. Mire, lo que yo necesitaría es…

Unas semanas después, Raúl se encontraba en la casa de su amiga Blanca. La relación había prosperado al punto de que él a veces se quedaba a dormir en su casa. Habían llegado al acuerdo de que quien iba de visita tenía que lavar los platos, pero el que recibía cocinaba, así que últimamente había empezado a ver un programa de cocina, para ampliar el repertorio culinario y agasajarla. Esa noche había cocinado ella, un pollito al champignon con vino blanco.

—La gente cree en lo que le hacen creer.

—Siempre es así, ¿recién te enterás?

—Pienso en todas las cosas que he creído hasta ahora y se me pone la piel de gallina. ¿Vos me estás haciendo creer algo que no es?

—Ay, ¡Rubén! Yo no soy capaz de hacer eso, ya deberías conocerme. Cuando me alcanzaste las llaves me hiciste pensar en la gentileza, tan perdida, y ese día supe que podía confiar en vos.

—Podría haber sido una treta para engancharte, solamente.

—Una mujer se da cuenta cuando un gesto es natural. Nosotras tenemos experiencia leyendo miradas.

—Estoy empezando a ver que mi negocio no es nuevo.

—Es cierto, no sé por qué pensaste otra cosa. Hay cientos de personas que se dedican a lo mismo, en diferentes áreas, en mayor o menor envergadura. No hay que mirar muy lejos, la empresa en la que yo trabajaba se hacía publicar en un boletín de noticias siempre contando cosas grandiosas. No sólo los políticos recurren a la prensa amiguista. Le llaman publicidad…

—Dirás que soy un ingenuo… Ya no leo los diarios, cada vez que leo algo pienso si no será el invento de alguien para beneficiar a otro.

—Y a eso sumale el teléfono descompuesto.

—Cierto, yo dije “a” y lo traducen en “b”. Pero es tan desconcertante, ¿cómo hace uno para sentir que está manejando la realidad cuando hay tanta estafa? Estamos muy solos, y por más que haya miles de diarios y radios siempre la cosa pasa por creer o no creer.

—Están los hechos. Eso no engaña.

—Vos decís que no engañan, pero… ¿y si el edificio de la otra cuadra lo están construyendo con unos planos aprobados por alguien que creyó que el arquitecto tiene un buen equipo de trabajo, con experiencia, y no era así? ¿Y si se quisieron ahorrar unos mangos y le pusieron materiales truchos? ¿Tenemos que esperar a que se desmorone para saber que estaba mal hecho?

—No seas paranoico. Hay muchos que obran bien, no podemos pensar en que todo es una farsa. Está el tema del prestigio, ¿qué le pasará a ese arquitecto si su edificio se desmorona?

—No sé, tal vez le eche la culpa a los materiales. Tal vez diga que el ingeniero se equivocó en los cálculos o algún juez amigo le de una mano. Tantas personas hablan sus verdades, pero todo es una verdad a medias, disfrazada o aumentada.

—Uno construye la verdad con sus experiencias y con las creencias que le han inculcado y que por alguna razón uno valora más allá de que sean las mejores o las que más se acerquen a la realidad.

─Es cierto, muchos creyeron que nuestro presidente haría cosas por la gente común. Se dejaron llevar por su aparente militancia. Esto es solo una muestra de tantas veces en las que anteponemos la creencia a la razón, ese es el verdadero problema, aunque el cerebro nos diga una cosa…

—Nuestros padres nos dijeron, nuestros amigos opinan, nuestros compañeros de trabajo piensan, nuestros compañeros militantes creen, es difícil hacerse una opinión propia sin sacrificar al grupo. Y por más que digamos que los demás piensen lo que quieran, yo sigo pensando como yo quiero, siempre hay alguna presión del entorno.

—Están los miedos también, temor a perder un amigo, un familiar, temor a que te miren mal en el trabajo, que no te den un aumento, por ejemplo.

—Sí, temores a que sólo por dar una opinión se pierda algo que consideramos valioso. Aunque no nos demos cuenta de que hay cosas que son más valiosas. En mi familia reinaba la consigna que de política y de religión, en la mesa, no se hablaba… Fueron varias las peleas que dividieron a la familia. Alguna vez me horrorizó esa forma de pensar, decía que no podía ser que se negaran al intercambio de ideas, pero podría ser otra cosa, podría ser la postura de decir, ya sabemos que todos tienen sus verdades, todos tienen sus razones, y como no podemos lograr que todos piensen igual, por un rato cambiamos de tema, para no dividir a la familia por eso. Tal vez es un busquemos un rato las coincidencias y no las cosas que nos dividen.

—Qué se yo… todos nos pasamos opinando, como cuando vemos un partido de futbol, todos somos árbitros, pero opinamos desde afuera y no tenemos pruebas, siempre hay contradicciones que avalan o refutan.

—Y está bien que sea así, porque si sólo escucháramos un cuentito bien armado, entonces ahí estaríamos en problemas. Que exista la duda es preferible a que no haya información, la duda te mantiene alerta. La duda te aconseja no creas todo lo que dicen, algo de todo esto no es cierto, te obliga a pensar dos veces cuando escuchas algo. Yo desconfío de los que dicen tener la verdad absoluta, los que tienen demasiadas certezas pareciera que no tuvieran pensamiento crítico ni autocrítica.

—Sí, es cierto, si hubiera solo una historia, ese sería el final del pensamiento libre, viviríamos como hipnotizados.

—Necesitamos que haya gente que informe y que no esté vinculada a los poderosos, que pueda pensar sin tantos condicionamientos.

—Necesitamos a quien creerle.

—Necesitamos gente confiable. Porque en el fondo queremos creer. Y no vemos las señales de alerta. Y repetimos errores y parecemos amnésicos. Porque la esperanza es más fuerte que la experiencia.

—Este trabajo me está afectando. Creo que voy a tener que pensar en otra cosa.

—Sí, es posible, aunque ahora te propongo que pienses en algo más próximo a vos, como yo…

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