25 años – Parte XI

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Imagen relacionadaMientras tanto, cada día, después de las cinco de la tarde, Blanca se instalaba en el sillón del living, frente al teléfono, con aire de hipnotizadora. Esperaba la llamada que le había devuelto el asombro y la esperanza cuando el espejo le comenzaba a sacar la lengua y a mostrar más imperfecciones de las que tenía ganas de tolerar. El teléfono era una especie de oráculo, un punto en el universo que la conectaba de nuevo con sus sentimientos.

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A los cuarenta y ocho años, habiendo tenido una vida bastante interesante, se hallaba en una meseta, en una zona neutra y sin sorpresas. Sus días se habían hecho un poco monótonos, era metódica en la mayoría de las cosas que hacía, esa era una palabra que usaba a diario para no llamarse rutinaria.

Sin embargo, fiel a su espíritu de aventura y a su método, tenía algunas rutinas que la sacaban de lo reiterativo. Dedicaba los sábados a la tarde a recorrer la ciudad. Se vestía de turista, porque los turistas tienen una forma de andar por el mundo que es fácilmente reconocible, cargaba su cámara, llenaba una cantimplora con agua y salía por ahí, con una guía de lugares entre los que se encontraban museos, edificios antiguos, casas notables y toda suerte de curiosidades de las que solo un turista sabe disfrutar. Estaba persuadida de que su metamorfosis era necesaria porque de haber mantenido su aspecto de local nadie la hubiera tomado en serio y la habrían espantado como persona no grata. Los turistas vienen con dólares en la billetera, los locales piden rebajas…

Parece que la gente solo piensa en turismo cuando se va lejos de donde vive y por ello se pierden de la magia y el sabor especial que tienen algunos lugares que ven a diario. Blanca había dado vuelta ese concepto, ella ya no viajaba por el mundo, viajaba por su mundo y eso le resultaba tan gratificante que podría decirse que había encontrado una forma novedosa de diversión. Se sentía otra al cambiar su ropa, cargar la cámara y salir con aire despreocupado. Se sentía feliz porque se tomaba en serio ese rato de extranjera en su propia ciudad. Dicen que no se puede amar lo que no se conoce, ella buscaba conocer sus lugares, como un amante busca conocer a la mujer que ama.

Blanca tenía un lugar especial en su mundo: la calle “Caminito” en el pintoresco barrio de La Boca. Ese recorrido lo hacía como culto una vez por año. Se internaba por las calles, paladeaba el ambiente tanguero aunque no bailaba ni una pizca. Se quedaba en la calle escuchando alguna orquesta callejera, mirando los cortes y quebradas de los espigados bailarines, saboreando un choripán o un plato de locro. Le gustaba particularmente ir en alguna fiesta patria, porque entonces la calle se ponía más de fiesta que nunca y hasta se podía bailar en las calles sin temor a demostrar torpezas.

Pero los días de semana, Blanca se dedicaba a su trabajo de mercachifle a domicilio. Tenía una gran mochila a la que llenaba con libros que iba reuniendo en las ferias de plazas como Centenario, Lezama y tantas otras. Era habitué de esos lugares, tenía amigos que le avisaban cuando recibían alguna “joyita” y le hacían precio porque sabían que ella volvería siempre por más.

Antes de salir a recorrer oficinas públicas, armaba especialmente una lista y la llevaba para que los clientes fueran eligiendo para la próxima vez. Así se evitaba tener que andar trasladando demasiados libros. De todas formas, siempre aparecía con alguno fuera de lo esperado, para regocijo de los lectores voraces que no pueden contenerse. Esos le agradecían sus sorpresitas con la mirada de un perro que se reencontró con su dueño.

A veces buscaba libros a pedido. Se trataba de libros especiales, primeras ediciones de famosos o ejemplares de escritores olvidados antes de ser conocidos, pero que alguien había escuchado nombrar en algún lugar dudoso. Esos eran muy difíciles de encontrar. Tenía que revolver montañas de libros sepultados bajo una gruesa capa de polvo, pero eran los que le producían la mayor satisfacción, porque la hacían sentir que estaba resucitando un alma perdida en el limbo.

Blanca sentía que los libros tenían un alma. Un pedazo de alma, en realidad. Porque pensaba que quien los escribió había puesto una parte de su vida interior en esas sucesiones de signos enlazados por un algo tan inmaterial y eterno como una historia.

Si la suerte la acompañaba, vendía lo suficiente para atender a sus gastos y para ayudar a un hogar de perros abandonados de su barrio. Alguna vez había fantaseado con abrir ella su propio hogar de mascotas, pero nunca lo había llevado a cabo ya que no disponía de terreno en su casa y no se había topado con la posibilidad de hacerlo de otra manera.

Para satisfacer su deseo de proteger a otro ser vivo se había hecho amiga de un gato que andaba por el barrio sin techo fijo. Y cuando no tenía ganas de hablar con humanos se asomaba a la ventana y lo llamaba para acariciar su lomo. El animal reconocía el nombre que ella le había dado: Chelo. Y parecía tener un oído ultrasensible ya que volvía desde grandes distancias cuando era invocado. A veces acudía solo, otras en compañía de sus amigos de turno y la casa de Blanca se transformaba en una fiesta de maullidos de gatos borrachos de leche que perseguían lauchas imaginarias en el living.

Así iban pasando los días, sin prisas, sin sobresaltos. Con pequeñas emociones enlazadas como un collar de perlas. Una sola cosa le pesaba a Blanca, pero era un secreto que guardaba celosamente. Ni sus mejores amigas estaban enteradas. Lo mantenía en el interior, como si ella misma fuera una caja de seguridad. Había perdido la fe en los hombres, no en la humanidad, sino en el género masculino en general y en los hombres de su edad en particular. Había visto fracasar uno tras otro los matrimonios de su gente cercana, sus padres, su hermana, sus amigas. Caso tras caso le habían abonado la idea de que la felicidad en pareja es un bien tan escaso como los milagros de los santos y que a los hombres no se los podía tomar en serio a menos que fueran especialmente dependientes. Y los hombres dependientes no le atraían.

Su último amor había sucumbido al terremoto emocional de un engaño. Ella había sido muy confiada por lo que la situación la tomó por sorpresa. No se imaginó que los cambios de horarios, los nuevos hábitos y la ropa nueva pudieran ser indicio de algo. Naturalmente confiada, ella había pensado que la relación volvía a florecer. La flor se le marchitó de golpe cuando vio salir de un hotel alojamiento a su novio junto a una chica de por lo menos diez años menos que ella, vestida a la moda y con el pelo mojado. ¿Qué la había llevado a pasar por ese lugar? ¿Cómo fue que caminó por el frente de ese hotel? Tal vez la Providencia la llevara montada en pelo sobre su lomo, porque ese día le habían dado una dirección en la que hallaría una librería escondida, donde encontraría una joya de la literatura universal en versión traducida por Cortázar: “Robinson Crusoe” del año 1945, final de la Segunda Guerra. Ese día iba meditando sobre las casualidades, el hombre y la naturaleza, el hombre y la guerra, el hombre y la imprevisión, cuando vio a su propio hombre y la otra.

Las casualidades no existen, le dijo mirándolo a los ojos. Y él pensó que ella lo había estado siguiendo e inició una escena de hombre indignado. Ella se refería a que el Universo sabe lo que hace, pero nunca llegó a explicárselo ya que se dio media vuelta, volvió al departamento que compartían e hizo las valijas. Él se demoró a propósito, no quería enfrentarla de nuevo. Andaba dando vueltas por el barrio como lobo desorientado y cuando vio que ella se alejaba arrastrando la pesada maleta, inició el acercamiento.

Desde esa noche, Blanca inició una vida de asceta que la condujo a fantasear innumerables veces con un compañero de vida. Pero cada fantasía la llevaba de vuelta a aterrizajes forzosos cuando veía que se iban cayendo las parejas más cercanas.

El día que conoció a Raúl, no era un día muy distinto a los demás. Solo que llevaba su voz interna en bajo volumen, al parecer, porque cuando ese hombre se acercó a hablarle no se prendió la alarma que le gritaba escapar. Lo miró y vio sus ojos mansos, notó cierta inquietud de una persona afligida por un problema, y decidió que no era alguien de temer. Tuvo un pensamiento fugaz sobre las posibilidades de que fuera un ser muy dependiente, pero se dijo que no, que valía la pena el intento. Tal vez fuera un ser que tropezó con algo más grande que él y necesitaba una mano para no caer de la cornisa. Le gustaban las tareas de rescate, sacaban una parte de su interior de la que se sentía orgullosa, pero luego esperaba que el rescatado tomara vuelo propio y le ofreciera su brazo para tomarse de él. Sacudió de su cabeza la escena de película antigua con otro pensamiento que afloró con fuerza, ¿y si ese hombre tenía pareja? ¿Quién dice que lo que queremos está siempre disponible? Todo eso pensó en un segundo mirándolo a los ojos y ese pensamiento se escapó volando cuando él comenzó a hablarle y no se detuvo hasta obtener su número telefónico.

Los días que mediaron entre ese primer encuentro y la llamada telefónica le crearon la duda de si en realidad no había sufrido una alucinación. Cierto es que uno a veces ve lo que quiere ver, pero le había parecido tan real que hasta podría dar sus señas para un identikit. Era un hombre… interesante y no era el adjetivo que se usa para decir que alguien en realidad es feo. Todo lo contrario, su cara transmitía confianza, tranquilidad, aplomo. Su postura era segura, sin nada de pedantería. Y su voz era melodiosa con la inconfundible marca de una erre arrastrada. ¡No había mirado sus manos! ¿Llevaría anillo de bodas? Eso no tiene nada que ver, actualmente muchos hombres no la usan. Y si era casado y no lo usaba cómo se daría cuenta… Tal vez por eso no le dio un teléfono. ¡Qué mala suerte la mía! Y así siguió delirando con preguntas y auto-respuestas día tras día. La llamada sorpresiva fue la frutilla del postre de un día agotador en el que había caminado media ciudad buscando una primera edición de “El Aleph” de Borges. Un punto en el que todo el universo cabe, un punto en el que todo es posible… Tal vez el universo sepa lo que hace y nada sea casualidad.

El encuentro en la confitería fue de lo mejor. Raúl era un gran conversador, tanto que a ella no le daba pudor explayarse en sus habituales historias ridículas. Cuando él hablaba lo escuchaba atentamente, saboreando sus palabras y sus gestos. Así empezó a notar que había palabras que repetía como muletilla, la que más le gustó fue “ bochornoso”. Una palabra dejada de usar por estos lares, que solo se escuchaba en otros países de Latinoamérica. Dedujo por eso que tenía un amplio conocimiento de la literatura. Sin embargo se equivocó. Su mayor pasión eran el diario y los noticieros. En una oportunidad llegó a confesar que de chico había leído un diccionario, pero la pasión por la lectura se le fue hacia los temas políticos. No era afiliado a ningún partido, por lo que podía criticarlos a todos. Eso fue lo que le dio a ella la seguridad de que era un librepensador y que podía hablar con él de cualquier cosa que se le ocurriera. Así pasaron de un tema a otro y se les hizo la tarde, hasta que él tuvo que partir por un compromiso.

Ese día no le dijo de qué se trataba, pero la vez siguiente que se encontraron le fue sincero:

─Estoy en una situación complicada, laboralmente hablando. Trato de buscar una forma nueva de ganarme la vida. Tengo que olvidarme de todo lo que conocí hasta ahora. No hay lugar para falsos romanticismos o para añoranzas. La espiral del mundo no me va a dejar a un costado.

─Me alegra que te lo tomes así. Hay que estar dispuesto al cambio. Y lo pasado que sume experiencia, pero que no te limite. Lo primero que hay que vencer es el miedo. Lo segundo la falta de fe. Lo tercero la confianza ciega. Es un delicado equilibrio como el de los platillos chinos. Pero hay que pensar que mucha gente lo logra.

Así fueron pasando los días y se fueron sumando encuentros y llamadas. Él resultó tan buen conversador que a veces se quedaban hablando hasta la madrugada. Raúl se iba quedando dormido en el sillón del comedor donde tenía el teléfono y se enredaba con el cable. Blanca se adormecía en su cama abrazada a un almohadón con forma de corazón. Y cuando ya se les cerraban los ojos se despedían con la promesa de soñar esa noche con estar juntos en un bote en Venecia y así con la música del agua mecida por los remos se les cerraban los ojos y se sumían en un sueño compartido a la distancia.

Fueron descubriendo que tenían muchas cosas en común, cosas de la edad, de las vivencias de esos años de locos, de esa obstinada fe en la humanidad. Ella no se había casado, pero sabía lo que era el amor por haberlo perdido. Él había disfrutado de un amor realizado a pleno. Así que él tomó las riendas y la fue llevando a reconocer los síntomas poco a poco. No son las cosquillas ni el pensamiento obsesivo los que delatan el sentimiento, es ese momento en que pasa algo, cualquier cosa y querés correr a contárselo a esa persona, o cuando sabés lo que te va a responder o cuando aparecen gestos de ternura por las mínimas excentricidades del otro. Poco a poco las confidencias trasnochadas se fueron convirtiendo en una especie de líquido amniótico que fue gestando una criatura nueva y vieja al mismo tiempo. Una criatura mágica, incorpórea, fantástica, llamada amor.

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