25 años – Parte X

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Resultado de imagen para entrevista laboralUn par de días después, una luz de esperanza se abría paso en el cielo nocturno. Raúl recibió un llamado telefónico pidiendo que se presentara a una entrevista. Fue un mensaje escueto, una señorita preguntó por él y le dijo que habían recibido su currículum y les interesaba entrevistarlo. Le pidió que se presentara en una dirección por la zona de Retiro. Raúl se preguntó qué tipo de empresa podría estar en esa zona, pero aceptó sin chistar. Luego tomó la guía Filcar y se fijó bien dónde quedaba. Era a pocas cuadras de la estación de trenes. Calculó que podría llegar hasta la terminal y, desde allí, caminar un corto tramo.

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Al día siguiente hacía un sol hermoso, se dijo a sí mismo que ese sería un gran día y se preparó para la entrevista. De punta en blanco como siempre se lanzó a la aventura del transporte público. Después de un complicado viaje en colectivo, porque era plena hora pico y tuvo que viajar “colgado”, llegó a la estación del Retiro. Al pasar por una vidriera se dio cuenta de que debía recomponerse un poco. Se enderezó, se estiró el saco y siguió su camino.

Cuando se paró delante de la estación y recordó en su mente el trayecto que tenía que hacer para llegar a destino, se dio cuenta de que había un problema. El camino era un descampado solitario a lo largo de un tramo de ruta de doble vía donde no había casas ni negocios ni nada, ni siquiera vereda. Un poco desanimado, evaluó las posibilidades y se dijo que el tema valía el intento, así que resolvió tomar un taxi.

Raúl indicó al taxista la dirección a la que iba y notó en su cara una expresión contrariada.

—Eso está en la villa.

—¿Cómo en la villa?

—Sí, esa calle es la que entra a la villa.

—¿Está seguro que a esa altura…

—Sí, hay algunos negocios, si quiere vamos.

—Sí, por favor, lléveme y vemos qué hay.

El taxista atravesó la ruta y llegó a la zona donde había comercios. Se veía una calle atestada de gente, con tanta vida como la calle principal de cualquier ciudad del gran Buenos Aires. Progresivamente el taxi aminoró la marcha para que Raúl pudiera observar la numeración de la calle.

—Aquí es la altura que usted me indicó.

—Sí, qué extraño… de una vuelta, por favor.

Raúl se negaba a creer que todo fuera una farsa. Quería encontrar algo, un comercio, una fábrica, un taller, cualquier cosa que estuviera en la dirección indicada para bajar y tener su entrevista de trabajo. Necesitaba esa entrevista, era lo único bueno que le había pasado en los últimos días, excepto por Blanca, claro. Era su fe en que la vida le estaba volviendo a ser generosa lo que estaba en juego. Ni siquiera se detuvo a reflexionar que, de estar allí la empresa, iba a tener que recorrer ese tramo descampado todos los días. Está visto que la esperanza supera la experiencia.

Vio un edificio con un cartel que anunciaba una empresa de colectivos y se entusiasmó.

─Puede ser allí ─señaló con la mano.

El auto se acercó y Raúl miró la numeración.

─Pero no coincide con la dirección que me dieron…

—¿Quiere que vuelva a pasar?

—Sí, por favor.

—¿Conoce el lugar?

—Tenía una entrevista, me llamaron por un trabajo

El taxista enmudeció. Raúl miraba fijamente las chapas de los números para tratar de identificar la dirección que buscaba.

—Se ve que hoy no es mi día.

—Hay gente para todo…

—Volvamos.

 

 

Hay personas que pasan horas, días, meses meditando hasta conseguir que una idea se abra camino en su mente. Y cuando surge algo, una punta, la punta del ovillo, luego viene otra idea y se suma, y otra, y otra más que las complementa. Así resulta como una construcción, ladrillo sobre ladrillo, y va creciendo y tomando la forma que el pensante intuía. Y se puede modificar, se sacan bloques de un lado y se ponen en otro. Una y otra vez. Pero hay otras personas que tienen ideas súbitas, ideas que aparecen como un milagro del pensamiento, sin saber bien cómo ni por qué… Quizás son construcciones inconscientes que de golpe afloran, ideas que necesitan un disparador, cualquiera sea; así le pasó a Raúl, quien de repente supo con total certeza qué era lo que tenía que hacer.

El viernes siguiente a su fallida entrevista, estaba tostando unos panes con jamón y queso, escuchando los comentarios de los partidos de ese día, cuando sintió que su idea estaba cocinada. Un artista diría que fue producto de la inspiración, él prefirió pensar que había sido un acto fallido de su evasivo optimismo.

 

Ese viernes se presentó en el bar de siempre con una sonrisa de oreja a oreja.

—Muchachos, se me ha ocurrido algo. Sólo necesito que ustedes me presten algunos contactos.

—A ver, contá, ¿de qué se trata?

—No, no, no. Tendrán que confiar en mí.

─Cuánto misterio…

─Sí, es cierto, es un poco misterioso el tema. Es novedoso, también. Ni yo puedo creer lo que se me ocurrió…

─¿No podés adelantar nada?

─Voy a ofrecer una especie de asesoramiento.

─¿De qué?

─De carreras.

─¿Qué tipo de carreras? ¿Autos? ¿Motos?

─No, che. Yo no sé nada de autos… Carreras de vida.

─¿Y vos sabés algo de eso?

─Voy a hacer un intento, es tan simple y a la vez tan intenso que me emociona. Estoy convencido de que no puede salir mal. Y si sale mal a lo sumo habré perdido un poco de tiempo. No necesito invertir nada más que un traje y unas tarjetas. Deséenme suerte.

─Claro.

─¿Qué tipo de contactos necesitás?

─Personas que trabajen o no, que tengan proyectos o no… Todos los contactos que tengan. Todos pueden llegar a necesitarme.

─Dale, contá.

─Bueno, a ver cómo lo puedo explicar…

 

Unas semanas después, Raúl salía de su casa con un nuevo traje de buena marca. Los zapatos de cuero genuino y la corbata de seda con un rayado moderno. Antes de poner un pie en la calle se detuvo un momento y, para sus adentros, se preguntó si podría convencer a alguien siendo que él nunca había hecho nada ni remotamente parecido a la venta y si de venderse a sí mismo se trataba no tenía mucha experiencia. Inmediatamente, sacó esa idea de su cabeza y palpó el bolsillo interno para comprobar que sus tarjetas de presentación estaban allí; ese día tenía cita con varias personas de agencias de gobierno y algunos empleados de empresas privadas. Sacó una para contemplarla. La tarjeta decía: “Raúl Castiglione, asesor de imagen”.

 

Inició su recorrido según lo había organizado en su agenda. Ese día visitaría a seis potenciales clientes. En realidad, ellos no sabían que lo necesitaban. Él iba a mostrarles que sus servicios eran imprescindibles.

 

El primero fue un funcionario del gobierno. Un hombre maduro, con grandes mostachos negros. Vestido con un impecable traje gris con rayas finitas, zapatos de charol y corbata con rayas más gruesas. Llevaba un morral de cuero, muy bonito. De este había sacado su teléfono para atender un par de llamadas que interrumpieron su reunión.

─¿En qué puedo ayudarlo? Me dijo Tito que está ofreciendo un servicio novedoso.

─Soy asesor de imagen.

─Eso no es novedoso para mí, aquí crecen asesores de imagen detrás de cada planta.

─No de ese tipo. Me especializo en actings, situaciones en las que yo intervengo para crear una situación favorable a mi cliente.

─No le entiendo…

─Es simple, usted necesita que lo llamen por teléfono y le digan algo positivo delante de otros, o que nos crucemos en alguna oficina y lo halague, o que dé referencias suyas a alguna persona interesada. Allí intervengo yo.

El hombre lo miró pensativo. Una ráfaga de ideas cruzó por sus ojos como chispazos. Se podría decir que lo miró por primera vez.

─Acláreme algo. Usted está ofreciéndome mentir delante de los demás…

Raúl se enderezó, sintió un leve escalofrío en la espalda. Pensó un momento y respondió.

─En realidad, yo le ofrezco mejorar algo, potenciar una virtud que no está tan a la vista, embellecer lo cotidiano o resaltar lo extraordinario…

─Eso mismo podría hacer con la ayuda de un amigo…

─Sí, pero en ese caso si fuera muy amigo sería poco fiable su opinión ante los demás, y si fuera un extraño expondría su debilidad delante de alguien en quien no sabe si podría confiar y le debería un favor…

─¿Y a usted no le debería nada?

─Mis honorarios son accesibles. Además, yo pertenezco a otro mundo, nadie daría conmigo y en caso de hacerlo, yo soy fiel al secreto profesional. Puede considerarme como a un médico, me especializo en la salud de su carrera.

─Entiendo, ¿sabe qué? Usted me agrada. Me gusta su forma de pensar, su manera de plantear las cosas. Diría que usted tiene alma de político. Déjeme pensarlo, puede ser que me interese. Y, desde luego, si llega a resultarme positiva su intervención, puedo presentarle a mucha gente, cuente con eso ─el hombre se alejó unos centímetros y lo miró de arriba abajo, evaluándolo nuevamente─. Estoy seguro de que pronto lo llamaré ─dijo asintiendo con la cabeza.

─Cuando guste… Le dejo mi tarjeta.

─Asesor de imagen… ja ja Usted es mucho más que eso. Buena idea la suya. Asesor… Ja ja. Se va a llenar de clientes…

 

Al salir de su primera entrevista, Raúl sintió vértigo. No se explicaba de dónde le habían nacido las palabras que había empleado. Una oleada de euforia lo elevó por los aires y le hizo ver, por primera vez, el mundo desde arriba. Era embriagador, era como sentir que todo lo podía. Era como descubrir que había estado oculto, que por fin se desplegaba, que podía con todo y con todos. Se dijo que algo así tenía que cuidarlo, que había sido una revelación y por su carácter inexplicable sería bueno. Y así siguió su día repartiendo su nueva visión.

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