25 años – Parte IX

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Resultado de imagen para mujer en la ventanaCuando colgó el teléfono, Raúl se miró al espejo por primera vez en mucho tiempo. No porque no se mirara todos los días al afeitarse, sino porque había dejado de verse, de observarse, de tenerse en cuenta. Se notó más canas de las que recordaba y, dispuesto a hacer lo imposible por verse joven, no se le ocurrió mejor idea que hacerse una escapada hasta la perfumería y comprar un tinte para el cabello. Sabía que había productos que no eran tinturas, solo oscurecían el cabello por poco tiempo y se iban con pocos lavados, así que salió de su casa y fue a la perfumería para conseguir uno.

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Una hora después se miraba nuevamente al espejo, pero no reconoció a ese hombre morocho. Se miró y se miró una y otra vez. Movía la cabeza de un lado a otro, se ponía de frente y de perfil, pero no se reconocía. Finalmente decidió dar marcha atrás a su proyecto de rejuvenecimiento y se lavó la cabeza dos y tres veces con agua con bicarbonato para volver a su gris plateado usual.

Cuando logró recuperar la imagen de sí mismo, se apuró a vestirse, ya se le habían pasado un par de horas con ese asunto del color. Se vistió, se perfumó y salió. Caminó tranquilo para no llegar transpirado. Y al doblar la esquina de la confitería se miró nuevamente en una vidriera y se alisó la camisa. Un hormigueo le recorría el cuerto, estaba como adolescente en su primer cita.

Unos pasos más adelante la divisó. Estaba sentada a una mesa que daba a una ventana. Se la veía muy tranquila. Raúl se quedó un momento mirándola desde lejos. Ella jugaba con una pulsera. Miraba el reloj. Se tocaba un mechón de pelo que le caía sobre los ojos y luego miraba por la ventana hacia las copas de los árboles. Todavía faltaban unos minutos para la hora de la cita, a Raúl le gustó ese detalle de puntualidad que, por otro lado, no era usual en las mujeres. En eso ella giró la cabeza y, al verlo, le sonrió. A Raúl se le encogió el corazón. Hacía un tiempo largo que no estaba con una mujer. No es que no hubiera  tenido alguna pareja desde que enviudó, solo que esa mujer, estaba seguro, no sería como las anteriores. Le invadió un miedo atroz que se le anudó en el estómago. ¿Y si ella lo rechazaba? Tendría que haber esperado a conseguir un trabajo. No estaba en condiciones de tolerar tanto desastre.

 

—Hola, pensé que no se acordaría de mí, Blanca ─dijo con total sinceridad.

—Claro que sí. Hoy en día no hay mucha gente amable, su gesto, aunque parezca pequeño, fue todo un mensaje para mí. Fíjese que hay tantos que hubieran pasado de largo… Las calles ofrecen miles de oportunidades de ser cortés, los ascensores, las puertas de los locales, los colectivos, las colas del supermercado, pero no, la gente va ensimismada, como si no existiera nada más en el mundo y uno se acostumbra a esa falta de cortesía, entonces cuando ve un gesto noble se sorprende.

—Bueno, no exageremos. Queda mucha gente educada, solo es cuestión de tener paciencia.

─Dicen que lo cortés no quita lo valiente, pero aquí ese refrán ya se ha olvidado. ¿A qué te dedicás Raúl? ¿No te molesta que te tutée?

—No… para nada. –se apresuró a responder él pensando que la pregunta le daba un poco de aire para pensar—. Yo soy medio antiguo pero aprendo rápido.

—Me decías a qué te dedicás…

—Bueno… En estos momentos… Estoy en plena búsqueda. Me he retirado de la empresa en donde trabajé veinticinco años y estoy viendo posibilidades. ─Raúl suspiró después de responder, se sentía bien decir la verdad aunque estuviera un poco adornada.

—Es muy duro reincorporarse a nuestra edad. Yo lo sé por experiencia. Hace dos años, la empresa en la que trabajaba quebró y quedamos todos en la calle y sin indemnización. No había forma de reclamar nada, los abogados dijeron que habían mandado toda la plata al exterior a una de esas islas donde no se pagan impuestos.

—Eso es terrible.

—Ni que lo digas. Gracias a Dios mi familia pudo darme el apoyo que necesitaba. Estaba muy deprimida, si no hubiera sido por ellos, no sé qué hubiera sido de mí.

—Entiendo. Debe haber sido desesperante.

—Sí. Pero es como el cielo que se vuelve más oscuro cuando está por salir el sol. Sin darme cuenta encontré una forma de ganarme la vida sin tener que depender de nadie.

—Qué interesante, ¿de qué se trata?

—Voy a oficinas públicas y ofrezco libros usados.

—¿Con eso se gana la vida?

—Sí, parece ridículo ¿no? No creerías lo bien que me reciben. Los empleados públicos leen mucho y los costos de los libros nuevos son altísimos. Así que yo compro libros de segunda mano y los revendo. La ganancia es pequeña, casi un contrabando hormiga, pero en las oficinas tengo muchos clientes, todos en el mismo lugar, eso es lo mejor. Eso sí, yo tengo cuidado de no llevar cosas que puedan ofender la sensibilidad de esta gente. Por ejemplo, no llevaría un libro como “El castillo” o “El proceso” de Kafka, vos me entendes…

—Claro ─afirmó Raúl pensando que tenía una deuda enorme con la Literatura.

─A veces hay que llevar libros que hagan más tolerable la realidad. Eso sí, si me los piden los consigo.

─Claro ─respondió Raúl sin mucha idea de lo que estaba hablando.

—Si vos tuvieras algún producto interesante para ofrecer, yo te podría presentar a mis clientes.

—Es usted, perdón, sos muy amable. Estoy pensando en algo, pero aún no lo tengo muy claro. Cuando esté seguro te cuento.

El resto de la charla fue amena, la mujer tenía unas manos delicadas que movía al ritmo de lo que iba diciendo y su mirada era tranquila y luminosa. Hablaron, se rieron de pavadas cotidianas y quedaron para ir al cine otro día.

─Blanca. Me gustaría verte otro día ─dijo Raúl dando por finalizada la cita. Tenía que ir a prepararse para su debut como mozo.

─Claro. La semana que viene… ─respondió ella con total naturalidad, como si lo que iba a ser hubiera sido lo único posible.

─Sí, sería perfecto. Te llamo y combinamos.

─Seguro ─ella lo miró un poco extrañada. Se notaba que de pronto él estaba apurado por algo, pero no quiso ser entrometida y no preguntó nada.

─Te acompaño hasta la parada.

─Vamos.

Raúl la acompañó hasta la parada del colectivo y antes de que ella subiera le tomó la mano y la besó. Ella se sorprendió tanto que se quedó paralizada. De pronto una risa que no se sabía bien de dónde provenía los asaltó a los dos. Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla y le hizo un guiño justo antes de subir al transporte. Raúl se fue silbando todo el camino hasta su casa. Flotando en una nube no se percató de que eran las siete y en media hora tenía que estar en la fiesta para su debut como mozo.

Llegó a su casa y vio el reloj de pared de la cocina, entonces reaccionó. Se convirtió en una tromba y en menos de diez minutos ya estaba cambiado. Salió literalmente volando y dejando tras de sí una estela de años de modorra.

A la hora indicada estaba en el lugar del evento. Entró por la puerta reservada para los que trabajaban para la fiesta. Allí lo instruyeron sobre los platos y las bebidas que servirían. En media hora le dieron indicaciones sobre las posiciones de los cubiertos y las copas, donde van las servilletas, qué hacer cuando alguien pide más y todos esos detalles que hacen del natural acto de comer un asunto de etiqueta. Él no estaba al margen de algunos detalles, pero le llamó la atención que le dijeran que había personas a las que deberían llenarles las copas con más frecuencia que a otras. Cuestión de privilegios, dijeron.

Así instruido salió al ruedo. Lo primero fueron los canapés. Recorrió todo el salón con su bandeja plateada y fue dejando que la gente diera rienda suelta a su apetito contenido. O más bien, eso parecía ya que se arrojaban como buitres sobre una presa. Con mayor o menor disimulo las manos se iban posando sobre la fuente. La marabunta con corbata no hacía distinción entre palmitos, camarones, roquefort y otros quesos y salsas totalmente desconocidos para él. Raúl prestaba atención a lo que hablaban, el ambiente era distendido y cuando alguien quería tocar algún tema comprometedor enseguida lo disuadían a que ese rato lo aprovecharan para distraerse.

Pasaron las horas, a los canapés siguieron los calentitos, y luego unos sanguchitos de carnes bien sazonadas. Raúl ya empezaba a renguear del esfuerzo cuando escuchó que un grupo hablaba de los problemas de desocupación que se avecinaban. Hizo un esfuerzo por acercarse a ese grupo, pero fue llamado por el jefe de mozos quien le pidió que comenzara a preparar los postres.

Raúl realizó la tarea con suma diligencia, quería volver a escuchar lo que hablaban afuera. Pero se llevó una gran sorpresa cuando apareció de nuevo en el salón. Una gran kermese se había largado y los invitados participaban de variados sorteos. Televisores, DVDs, viajes, eso por mencionar solo aquello que Raúl pudo ver y escuchar. La gente estaba muy contenta porque el organizador había tenido el gesto de agasajarlos con presentes.

En unas horas muchos ya estaban tirando la toalla. Los que se habían entonado contaban chistes verdes o sacaban a bailar a políticos de la oposición mientras cantaban marchas de antaño. Todos estaban alegres, tanto que no recordaban lo que pasaba puertas afuera. Era un oasis de despreocupación en medio de un desierto de penurias.

Raúl terminó la jornada más amargado que contento. Recibió su paga con pesar, ya que sentía que le estaba robando la plata a los contribuyentes que pagaban sus impuestos. Si eso era la política entonces menos mal que nunca se había decidido a participar. Mejor aún, había vivido en una burbuja creyendo que había algunos políticos rescatables, seguramente no eran los de esa fiesta.

Volvió a su casa con los zapatos en la mano, el moño desecho y la camisa desabotonada. Le dolían las rodillas y las caderas, sentía huesos que no sabía que tenía, el brazo de llevar la bandeja se le había acalambrado y las falanges estaban tiesas. Se dijo que la tarea no era tan ingrata, excepto por los indeseables invitados. Cuánto tiene que soportar una persona cuando trabaja para otra, pero ¡cuánto más tiene que soportar alguien que cumple su tarea cuando trabaja para otros que no lo hacen!

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