25 años – Parte VIII

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Resultado de imagen para vender agua en el desiertoLa semana pasaba con lentitud de condena, pero llegaba el viernes 8 de Junio y ese día tenía que ser un día de festejo: iniciaba el Mundial de Fútbol en Italia. El equipo de Bilardo, con Maradona a la cabeza daría el puntapié inicial del evento defendiendo el título obtenido en México ’86.

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Ese viernes Raúl vería el partido inaugural, Argentina versus Camerún, con sus amigos y para eso ya había comprado bizcochitos de grasa para acompañar los mates en casa de Tito. La mujer del anfitrión había tenido la buena idea de invitarlos y dejarles la casa a su disposición. Ella vería el partido en casa de una de sus amigas. Estaba claro que los comentarios femeninos no cuajaban con el fanatismo masculino y para que todos disfrutaran a su manera habían llegado a ese arreglo.

Los planes en marcha le daban a Raúl la certeza de que se sentiría reconfortado aunque solo fuera un rato. La iba llevando bastante bien, pero a veces se sentía encerrado o falto de ingenio para encontrar cosas para hacer, a lo que se sumaba la falta de teléfono, pero ya se sabe que lo que no te mata te hace más fuerte y con ese espíritu avanzaba en su búsqueda.

Esa tarde se esmeró en su presencia. No era cuestión de ir a dar lástima. Al mal tiempo, buena cara, dice el refrán. La fortaleza interna es un bien que lo acompañó en muchos trances, pero reconocía que los años lo fueron haciendo más blando, esponjoso y llorón.

Llegó a la casa de Tito y ya estaban el dueño de casa y el chueco embarcados en una competencia a ver quién cortaba más salamín para la picadita. Raúl los vio y toda la dureza con que se había mentalizado se le cayó al piso.

—Muchachos, estoy desesperado.

—Calma Raúl, en algo vamos a poder ayudarte ─le respondió Tito.

—Ojalá… Nunca imaginé que la realidad fuera tan distinta a lo que dicen los diarios. Se la pasan discutiendo sobre lo que uno le dijo al otro y lo que le contestó y lo que quiso decir, lo que podría haber querido decir y lo que posiblemente vaya a decir en un futuro. ¡Minga de lo que pasa en la realidad! Es sólo charlatanería que nos va distrayendo de las cosas verdaderamente importantes. Vivimos adentro de una pecera y nos cambian las algas para que pensemos que es otra parte del mar. Cuando la pecera se rompe quedamos boqueando, despanzurrados nos contorsionamos y no podemos hacer nada.

—Tranquilo… que te va a hacer mal ─lo contuvo el chueco frotándole la espalda.

─El lunes fui a la agencia del gobierno. Me ofrecieron trabajar de mozo.

─Algo es algo ─dijo Tito.

─Pero no es lo que yo sé hacer.

─Tenés que pensar en positivo ─dijo el chueco─. Esto es transitorio. Es para pasar el bache.

─Esto más que un bache es un cráter. Me cayó un meteorito, muchachos. ¿Me imaginan a mí trabajando de mozo hasta jubilarme?

─No es tan malo, Raúl.

─No es un mal trabajo, no me malinterpreten, pero… ¿qué hago cuando no pueda sostenerme en mis piernas? ¿Cómo es que pretenden que uno a medida que se va poniendo más cachuzo trabaje en cosas que exigen mayor fortaleza física?

─No te preocupes, a vos te queda resto ─lo consoló Tito.

─Ya va a aparecer algo, ¿comprás el diario, los clasificados? ─preguntó el chueco.

—Sí, claro, los clasificados son mi especialidad últimamente. Empecé por los agrupados, pero allí convocan solamente a profesionales. Luego seguí por el rubro de empleados de comercio, nada, todos piden gente menor de cuarenta años. Y ahora ando por los de empleos varios, quizás me llamen de alguno aunque sea para personal de seguridad en un supermercado.

─¿Alguna vez usaste un arma? ─se sorprendió el chueco.

─No… qué va. Lo que pasa es que ya no sé qué más intentar. Esto del gobierno es trabajo salteado, y que yo sepa hay que comer todos los días…

—Vos lo que tenés que leer son los que dicen vendo fondo de comercio. Tenés que ponerte algo propio y hacer rendir esa plata. ─dijo Tito.

—No sé, puede ser… pero… ¿qué se puede vender sin tener la competencia de tanto cachivache importado?

—Cosas que la gente no cambiaría, cosas bien tradicionales.

—No voy a vender arena en el desierto.

—No, arena no, agua.

—Acá hay de todo, además, los que venden un fondo de comercio, seguro se fundieron, ¿qué haría que a mí no me pasara lo mismo?

—Hay algunos que cierran porque se separan los socios, otros que se divorcian, otros que se mueren, en fin, algo tiene que aparecer ─repuso el chueco.

─A ver… hagamos una lista de las cosas que sabés hacer.

─Sé contabilidad, sé algo de administración, sé de caja, sé de facturas…

─No, pensá en otras cosas. Oficios, ¿sabés algo de eso? ─preguntó el chueco.

─Está bien lo que dice. Él tiene que ponerse un negocio, sabe todo lo que tiene que saber para manejar uno ─insistió Tito.

─Pero para eso necesita usar el capital que tiene. Es mejor un oficio.

─No se me dan muy bien los oficios. Hasta un cuerito me animo, después  tengo que llamar al plomero.

─Al final, resulta que es mejor aprender un oficio que saber cosas de oficina. ¿No vieron lo exquisitos que son los plomeros, electricistas y constructores? Hay que llamarlos veinte veces hasta que te responden la llamada. Y cuando vienen te cobran como si fueran cirujanos.

Esa conversación no le estaba ayudando mucho. Raúl se fue para el living y se sentó delante del televisor con un vaso de vermouth y un platito con queso y aceitunas. En una reacción repentina, se sumergió en los preparativos de la fiesta inaugural que se realizaba en Milán, eligiendo la amnesia temporal como tibio aunque precario refugio contra la realidad.

─Lo estamos presionando mucho ─dijo Tito mirando por la puerta de la cocina.

─Sí, me parece que se nos fue la mano ─respondió el chueco.

─Voy a averiguar algo y el próximo viernes veremos qué dice. Tengo un conocido que está por irse a Brasil. Se quiere dedicar a traer productos textiles. Capaz que necesita ayuda.

─Yo quisiera poder ayudar de alguna manera, pero la gente que  conozco no es abierta, es de esos que están todo el tiempo quejándose de problemas financieros. Así no dan lugar a nadie a que les pidan algo.

El resto de la tarde ocurrió en esa casa lo que en miles de hogares argentinos. La inicial soberbia del campeón quedó pisoteada por la sorpresiva respuesta de los cameruneses. Una lección que muchos deberían aprender y valorar. Pero por otro lado… Una oleada de esperanza para los subestimados, los desconocidos, los menospreciados. Una especie de David y Goliat de la modernidad.

El sábado Raúl se levantó temprano. Compró varios diarios y unas revistas en el kiosco de la avenida. De camino a su casa fue dando un vistazo a los titulares. Se regodeó en la derrota de la Selección y cuando ya no le quedaba una sola neurona que no pensara que su mala suerte había mufado a los futbolistas, se dedicó a chusmear las revistas de chismes. Todas le resultaron imposibles de entender. Hablaban de algunas personas que nunca en su vida habían tenido un trabajo serio, si por serio entendemos que la gente no se ríe mientras desarrolla sus tareas. En eso se reconocía un poco prejuicioso, para él el trabajo no podía verse como diversión, al menos no como una fiesta. Si tenía esa apariencia, entonces no era trabajo. No sabía qué clasificación darle, pero trabajo seguro que no. ¿Cómo hacían para ganar el sustento sin algún tipo de esfuerzo?

Llegó a su casa. Allí se escuchaba el coro de trinos matutino. Cerró los ojos y fue como si estuviera en un auditorio al aire libre escuchando una sinfónica. Se quedó un rato disfrutando esa sensación. Al abrirlos su humor había mejorado notablemente, así que se preparó un mate con café y cascarita de naranja, se sentó en la cocina, abrió el diario y con optimismo fue directo a los clasificados.

“Vendo fondo de comercio, kiosco.”

En eso estaba cuando sonó el timbre de la puerta.

—¿Quién es?

—La compañía de teléfonos. Venimos a instalar su aparato.

—Un momento, ya les abro.

Abrió la puerta. Allí había dos hombres en mameluco azul.

—¿Usted es el titular de la línea?

—Si. Raúl Castiglione.

—¿Dónde quiere que se lo instalemos?

—En el living.

—Muchachos pasen los cables por la ventana.

—No, por esta ventana va a quedar mal, ¿cómo la voy a cerrar en invierno? ¿No pueden entrarlos por aquél costado? Hacen un pequeño agujerito en la pared…

El hombre que estaba pasando el cable por la ventana se detuvo esperando instrucciones del otro que parecía ser quien llevaba la batuta.

—Nosotros tenemos órdenes de que la instalación sea lo más directa posible. Entiéndame, es norma de la empresa…

─Pero no pueden… Hay que hacer un agujerito y listo… ─insistía Raúl.

─Órdenes son órdenes ─repuso el otro.

—Está bien —dijo resignado, Raúl—, ¿cuánto me saldría?

Esa misma mañana estrenó el teléfono para llamar a Blanca, la mujer de la peluquería. Ensayó un par de presentaciones, hacía tiempo que no invitaba a una mujer a salir, así que meditó un rato con el tubo en la mano, se miró al espejo y practicó, dio un par de vueltas a la casa, volvió a tomar el tubo, tomó coraje y discó el número:

—No sé si me recuerda, soy Raúl, el de la peluquería, el que le alcanzó las llaves…

—Claro que sí, Raúl, ¿cómo está? Tanto tiempo…

─Hubiera querido llamar antes, pero bueno… las cosas de la vida. Hoy me instalaron el teléfono y…

Quedaron en encontrarse esa misma tarde para tomar un cafecito en un pequeño lugar con grandes ventanas guillotina con cortinas blancas, sillas y mesas antiguas, un piano vertical en el fondo y un gran espejo ocupando una pared completa con lámparas que parecían candelabros, el lugar ideal para una cita con alguien que esperaba fuera especial. De camino a su encuentro, Raúl seguía dándole vueltas al asunto de si le diría o no que no tenía empleo.

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