25 años – Parte VII

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Resultado de imagen para cola de desocupadosAl lunes siguiente… Raúl se encontraba leyendo y protestando, porque el diario decía que los barrabravas ya tenían los pasajes pagos para ir al mundial de fútbol, cuando  sonó el timbre de su casa. De un salto llegó a la puerta, era lo que esperaba, el correo.

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El cartero lo saludó con la cortesía que caracteriza a los portadores de noticias potencialmente delicadas, le hizo firmar el recibo y le entregó el telegrama. Por las dudas, se quedó un momento mientras Raúl lo abría. Su buen tino le había ayudado a socorrer a un par de personas en trance de ataque cardíaco. Por eso cuando vio que Raúl ponía buena cara, se despidió contento y aliviado.

─Que tenga buen día, Señor ─dijo pensando que había sido favorecido por la buena suerte. Últimamente los telegramas que entregaba eran de despido.

─Gracias, comienza bien, al parecer ─respondió Raúl con su mejor sonrisa.

Mientras el cartero se alejaba pedaleando, Raúl abrió el telegrama. Decía que debía presentarse ese mismo día, antes de las diez de la mañana en las oficinas de la Avenida Independencia. Eran las nueve y cuarto, no tenía tiempo de nada… Se sacó la chomba y se puso camisa y corbata. Salió todo lo a prisa que pudo sin tropezar con las veredas, corrió el colectivo, saltó de ese a otro agarrándose del pasamanos y finalmente, llegó con la lengua afuera justo cuando el reloj de la sala de recepción daba las diez.

Se presentó con la recepcionista, tenía en la cara los colores de un maratonista.

─Buenos días, Señorita. Recibí este telegrama ─dijo con esfuerzo.

—Ha llegado fuera del horario, Señor, lo lamento, pero el trabajo se lo hemos dado a otra persona.

—Son las diez. El telegrama me llegó hace menos de una hora. Hace cuarenta y cinco minutos para ser exacto ─dijo señalando su reloj pulsera─. Y tengo un buen rato desde mi casa hasta aquí en colectivo. Fíjese cómo estoy…

—Lo lamento mucho. Hay gran cantidad de gente como usted y no podemos atender las particularidades de todos. La próxima vez esté listo. Lo podemos llamar en cualquier momento.

Salió de la agencia bufando. Protestando contra la compañía telefónica, el correo en general y las agencias de trabajo en particular. Al salir del edificio vio nuevamente las carpas que se agolpaban a lo largo de la vereda, había más que la vez anterior. Intrigado, se acercó a un hombre que estaba esperando que se calentara una salchicha en un jarro sobre el calentador a gas. Le preguntó el porqué del sitio. Varios le respondieron que esperaban un trabajo. Que esa agencia era muy buena, pero pretendía que la gente estuviera inmediatamente a su disposición. En eso son inclementes, aseguraron.

—¿Cómo se enteran? ¿La agencia no avisa a la dirección del formulario?

—Hay una dirección alternativa, además, ellos ya saben, salen, vocean el nombre y esperan unos minutos.

Raúl se alejó del lugar pensativo. Al pasar por una casa de camping miró los precios de las carpas. Sacó la idea de su cabeza mediante un sacudón. Era imposible hacer eso. Esperaría un poco.

Volvió a su casa pasando por la verdulería, necesitaba lechuga y manzana para los pájaros, zanahoria e hinojo para él, estaba en plan de ahorro.

La verdulera le preguntó que cómo andaba y él le respondió que como el país, que nunca había visto tanta gente desocupada y que algo tenían que hacer los del gobierno porque la gente no es vaga, sólo necesita oportunidades para trabajar, que es muy fácil decir son un cinco o un diez o un quince porciento, lo difícil es estar en los zapatos de cada uno de los que hacen cola para pedir un trabajo, que ellos no tienen ni idea de lo que significa salir a buscar un trabajo porque todos se abrojan a sus amigos en el poder y más les valdría salir a patear la calle para darse cuenta de lo que pasan los que los votaron y les dieron todos los privilegios que tienen y también les vendría bien leer la Constitución para recordar que el Estado debe promover al bienestar general y no de unos pocos… La mujer lo miró torcido, nadie quiere que le agüen la mañana, además, no estaba acostumbrada a verlo así, como sacado de su habitual compostura, y le ofreció unas frutillas muy dulces llegadas recién nomás.

—Si usted sabe de algún trabajo, acuérdese de mí –llegó a decir con vergüenza estampada en sus mejillas─, y la verdad es que me da vergüenza tener que pedir trabajo y es que no entiendo por qué  algo que es de derecho natural hay que andar mendigándolo, porque así como es natural la vida, es natural el comer y si el hombre prehistórico cazaba y pescaba para alimentarse, ahora eso no se puede hacer, todo está mediatizado y la única forma de conseguir comida es trabajar para tener el dinero e ir a la carnicería, o ¿qué se piensan, que uno trabaja para irse de vacaciones al exterior solamente?

—Sí, claro. ¿Qué sabe hacer?

—De todo un poco.

Lo bueno de esos días fue que su jilguero había dejado la huelga y lo recibía con los mejores trinos que le había escuchado nunca. Raúl improvisó un postre especial para sus animales. Les preparó manzana rallada con canela, que las aves devoraron como si fuera miel.

Esa tarde salió a caminar, se había propuesto no quedarse demasiado en su casa, para espantar los fantasmas de la vagancia y de los flotadores en la cintura. Después de dar todo un rodeo a la plaza y desviarse en más de una oportunidad para tardar más en volver, lo estaba esperando el hombre del correo con un nuevo telegrama.

─Se está haciendo una costumbre esto de los telegramas.

─Ojalá no tengan que ser muchos.

─Si son buenos, qué más da.

Raúl se emocionó porque esta vez iba a poder atender a tiempo la llamada. Así que esa noche no pegó un ojo pensando en las posibilidades de que fuera algo realmente a su medida.

Al día siguiente estuvo puntual como señorito inglés en la puerta de la agencia, para recibir los datos de la entrevista. Era una empresa conocida y de mediana envergadura. Sintió una súbita alegría y así, sonriente, fue a la entrevista con el gerente financiero.

La recepción se veía ordenada, cuidada, un lugar donde daría gusto trabajar. Sobre la pared, a sus espaldas, colgaban varios cuadros con publicidades del producto. En un rincón había un paraguas con la marca, abierto, se ve que nadie era supersticioso por allí.

El gerente que lo entrevistaría estaba ocupado en ese momento, así que tuvo tiempo de cruzar un par de palabras con la secretaria. Mujer interesante, tenía un audífono y recibía órdenes a través de él mientras hablaba por teléfono y tecleaba en la computadora. Minutos después lo hicieron pasar a través de una planta abierta donde una docena de empleados se afanaba en sus tareas. Apenas lo notaron, cada uno estaba en lo suyo. Algunos hablaban por teléfono en inglés, otros operaban su computadora.

Entró en la oficina y el gerente le indicó que tomara asiento. Era un hombre muy elegante, bien vestido. De su atuendo lo que más le llamó la atención fue el Rolex de oro.

—¿Tiene experiencia haciendo operaciones de comercio exterior?

—La empresa en la que trabajaba hacía operaciones de exportación, pero yo estaba vinculado a ellas en forma indirecta. Tenía que controlar parte de la documentación, pero no era quien las llevaba a cabo.

—Entiendo… Estas agencias mandan gente para hacer bulto, piensan que por mandarme diez o quince personas tienen justificada la tarifa que nos cobran…

Raúl no sabía dónde meterse. Quizás el hombre pensaba en voz alta y no se daba cuenta del efecto devastador de sus palabras…

Dos minutos fue todo lo que duró la entrevista. El gerente lo despachó y Raúl se vio de nuevo en la calle. Esta vez sintiéndose humillado, porque ni siquiera le habían dado la oportunidad de demostrar que podía con el puesto.

“Al final hay que mentir para que a uno le den una oportunidad” se dijo Raúl en ese momento.

Un rato después de salir de la entrevista fue hasta el teléfono público y llamó a la oficina del gobierno que ofrecía puestos de trabajo. Un hombre, con marcado acento provinciano le explicó que debía presentarse personalmente y anotarse en la lista. Los trabajos se entregaban por orden de llegada y no importaba la edad, sólo tenía que hacerse una revisación física que se llevaba a cabo en el mismo lugar.

A la mañana siguiente, volvió a vestirse de oficinista y se dirigió a la agencia del gobierno. Estaba ubicada en un extremo de la ciudad, en un barrio donde no había más que casas bajas. La cola era astronómica, una serpentina que doblaba una y otra esquina. En la entrada se veía un cartel enorme: “Argentina a la vanguardia”, con la foto de trabajadores de la construcción, con cascos y herramientas, empleados vestidos de traje y enfermeros de ambo celeste portando instrumental quirúrgico. Todos sonreían, se los veía felices y satisfechos. Parecían de una propaganda de dentífrico.

En la cola había de todo, hombres, mujeres, viejos y jóvenes, oficinistas y obreros, gente que parecía haber perdido el trabajo hacía poco a juzgar por su impaciencia y otra que parecía tener experiencia en baches laborales (los delataba el termo y el mate). Como recién llegado se acomodó en último lugar y aguzó el oído a ver si pescaba algo. Los de adelante comentaban los últimos puestos que se habían ofrecido: seis personas fueron a colocar guirnaldas para el acto de un intendente, dos fueron a cortar el pasto en la casa de un funcionario, ocho salieron con tachos de engrudo para pegar carteles en la 9 de Julio…

—Así no vamos a ningún lado –pensó en voz alta.

─¿A dónde quiere ir?

─Vengo por un trabajo, no por una changa…

─Se ve que usted es nuevito en esto. Mire, le voy a decir algo… ─dijo alguien con tonada paraguaya─. Cuando el hambre apremia no se le ve los dientes al caballo.

Raúl iba a corregirle el refrán, pero se contuvo. No estaban los tiempos para esas sutilezas.

─Sí, amigo ─agregó otro. Panza llena, corazón contento.

—¿Cuánto pagan? ─quiso saber Raúl.

—Lo suficiente para un kilo de carne, una leche y un cuartito de pan francés. También dan boletas gratis para las elecciones.

─Qué suerte, no sea cosa que no haya en el cuarto oscuro.

Después de dos horas de cola, Raúl fue recibido por un funcionario. El hombre, un hombre de mediana edad con una calva incipiente y una barriga desbordante, se presentó sonriendo. Le palmeó en el brazo y lo invitó a tomar asiento frente a su escritorio de madera oscura. Lo miró por unos momentos y volvió a sonreír.

─Esta es su primera vez ─afirmó en tono paternal.

─Sí, es cierto. Acabo de quedarme sin trabajo.

─¿Lo despidieron?

─Así es.

─Nosotros vamos a ayudarlo. Va a ver como las cosas se encarrilan.

─Eso espero. La verdad, no es agradable estar sin hacer nada. Uno piensa que si tuviera tiempo haría un montón de cosas y cuando lo tiene…

─Claro, lo entiendo. Bueno, complete este formulario. Anote todas las cosas que sabe o que le gustaría hacer.

─¿Todo?

─Sí, todo. Nunca se sabe por dónde puede darse la oportunidad.

Al cabo de unos minutos Raúl le entregó el formulario completo. El hombre se estaba limpiando una mancha de café y se interrumpió para mirar la hoja.

─Aquí dice que conoce todo tipo de tareas de oficina.

─Sí, por supuesto. Es lo que he hecho por muchísimos años.

─¿Y no hay otro tipo de cosas que pudiera hacer?

─¿Como cuáles…?

─Construcción, jardinería, pintura, oficios…

─La verdad es que soy oficinista. Algunas de esas cosas las hago, en mi casa, pero no sé si podría hacerlas por un sueldo.

─Bueno, no importa, usted anote, anote todo lo que se le ocurra.

─Pero…

─Le voy a ser franco. Aquí no contratamos oficinistas. Ni siquiera nos piden esos puestos. Para eso hay que tener algún amigo en alguna repartición pública. Usted sabe cómo es, no se deja entrar a cualquiera. Si tiene suerte lo hacen entrar como contratado y después le van renovando.

─No tengo esa clase de amigos, lamentablemente.

─Por eso. Usted ahora tiene que hacer un cambio de vida. Imagínese en otra cosa. Cualquier cosa es mejor que estar parado.

─Sí, claro. Pero…

─Justamente nos están pidiendo unos mozos para una fiesta en una quinta. Usted se ve bien en traje. ¿Qué le parece eso?

─Podría ser…

─Un poco más de entusiasmo, hombre. ¡Vamos qué se puede!

─Sí, sí, es que…

─¿Tiene miedo de intentarlo?

─No, es que… Tengo pies planos y várices.

─No estamos en la colimba. Aquí eso no importa.

─Bueno, si usted lo dice.

─Tenga. Aquí está la dirección y la hora en que tiene que presentarse. Pase mañana y le tendremos el traje preparado para usar en la reunión. Es una fiesta política, algo de rutina entre gente preocupada por hacer cosas por el país.

─¿Qué comidas se sirven? ─quiso saber Raúl.

─Lo usual: sushi, canapés de salmón, langostinos… Vino, champán, esas cosas… Mire, me olvidaba, aquí tiene unas boletas para las próximas legislativas. Lo espero mañana.

 

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