25 años – Parte VI

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El día después de fin de mes Raúl cayó en la cuenta de que estaba sin trabajo. No tenía la obligación de levantarse y cumplir con su rutina, no debía cumplir horarios ni tenía a nadie que le pidiera cosas sin importancia de manera urgente. Lo único que lo ataba a la costumbre de levantarse temprano eran esas aves que ya estaban parloteando como si se quejaran porque ese día las estaba haciendo esperar demasiado y la necesidad de buscarse un futuro.

Volver a 25 años – Parte V

Volver a 25 años – Parte I

Desayunó como víctima de hambruna y se vistió con pantalón y chomba. Pasó por el kiosco, compró su diario y siguió camino hacia la agencia de empleos.

Al llegar había un importante tumulto que se movía como un enorme ciempiés. Tuvo que hacerse finito para pasar entre los mínimos intersticios que quedaban entre la gente. Una vez adentro suspiró y se dijo que evidentemente esa agencia tenía una gran convocatoria, tanta que eso sería un buen presagio.

Al entrar al local siguió la rutina que ya había aprendido, se acercó a la secretaria, se presentó y esperó. Es curioso cómo la gente y sobre todo las empresas se nutren de rutinas. Crean hábitos institucionales, los ponen por escrito en los procedimientos, circuitos y diagramas de flujo y luego esperan que la gente aporte creatividad… Es un poco contradictorio todo eso, ya que cuando uno se apega largo tiempo a la rutina cuesta mucho salirse de ella para crear algo nuevo. Lo saben los que crean, lo saben los que educan, lo saben todos, pero lo olvidan. Y cuando no surge la chispa todos se preguntan en qué se ha fallado. Y la persona en cuestión es catalogada como alguien poco útil, que no sobresale del montón.

─Señor… ¡le estoy hablando!

─Ah, sí. ¿Decía?

—¿Trajo los papeles completos?

—Sí, aquí tiene –le alargó los formularios a la recepcionista.

—Tome el número y espere, por favor.

—Gracias, Señorita.

─De nada. Y… permítame que le diga algo, si quiere encontrar un trabajo, muéstrese un poco más colaborador que ahora.

Fastidiado por el comentario, Raúl se fue a un rincón. Allí se quedó mascullando sobre la insolencia de algunas personas que son capaces de dar consejos cuando nadie se los pide y de opinar cuando no saben nada. Miró a la mujer de soslayo un par de veces y pareció que ella le devolvió la mirada iracunda porque se le cayó una ceja y cuando digo que se le cayó, es porque literalmente se le cayó.  La mujer tenía cejas postizas. Se tuvo que agachar debajo del escritorio para encontrarla.

No había dejado de reír para sus adentros, cuando escuchó una voz llamando su número. No lo atendió el mismo asesor que antes. Esta vez era una mujer de mediana edad, con el cabello arreglado como para una fiesta, la ropa impecable, las uñas algo largas para las tareas de oficina, pero una voz de urraca que desentonaba por completo con su apariencia.

—Señor Castiglione, le comento cuáles son los siguientes pasos a seguir. Nosotros ingresamos sus datos en nuestra base de información. De allí van a surgir algunas posibilidades y, cuando estas estén disponibles, cruzaremos la información con los pedidos de empleados que tenemos en otra base de datos. Si hay coincidencia entre posibilidades y pedidos, ubicación geográfica, edad y otras variables, lo llamaremos.

—¿Cuánto demora todo el proceso?

—Sólo unos días. La semana que viene tendrá noticias nuestras. Esté pendiente del teléfono.

—Lamentablemente no tengo teléfono. ¿Puedo venir personalmente?

—¿No hay algún teléfono que nos pueda dar, de algún vecino o familiar?

—No, lo siento.

—Entonces le enviaremos un telegrama –agregó la mujer con una mueca.

—De acuerdo.

—Buenos días.

Raúl salió de allí y se dirigió al banco. Un imponente edificio con paredes de mármol y herrajes con arabescos. Se acercó hasta la ventanilla mirando hacia los costados para asegurarse de que nadie lo estaba siguiendo. En voz muy bajita, para que nadie lo escuche, pidió el saldo de su cuenta. El cajero, un hombre de mediana edad que reflejaba la luz con todo el oro que se había puesto encima, lo miró con cara de “qué le pasa a este idiota” y, con la voz de siempre, le informó que había un problema en el sistema y que hasta que no se solucionara no podría realizar ninguna transacción, ni siquiera obtener el saldo. Le recomendó que fuera a hacer sus otros trámites y luego, en un par de horas, volviera, que a veces un fallo en la luz eléctrica descomponía alguna de las máquinas y demoraba un rato en recomponerse todo.

Raúl decidió entonces que emplearía el tiempo en recorrer la calle Florida. Hacía rato que no se daba una vuelta por allí. Y mientras sorteaba obstáculos, veredas rotas y cables de luz sueltos, caminó hacia la plaza San Martín. Vio muchas mujeres mirando vidrieras y muchos hombres de traje caminando con un ladrillo en la oreja. Así le decían a los nuevos teléfonos celulares que usaban algunos oficinistas que necesitaban estar siempre conectados.

Los negocios no hacían más que ofrecer artículos importados, algunos por precios increíbles, de lo más variado de lo que cualquier humano pudiera prescindir en su vida. Así y todo se allegó hasta una vidriera en la que se exhibían unos relojes que además de dar la hora daban el pronóstico del tiempo con una exactitud del noventa y ocho por ciento garantizado, totalmente probados en distintas latitudes y longitudes del mundo para comprobar la independencia de criterio de su maquinaria. Se dijo que algo así era imposible pero que igual lo probaría. Entró en el negocio y el vendedor de inmediato captó su interés. Le mostró varios modelos, todos con una malla plateada con incrustaciones de un material que cuando cambiaba el tiempo cambiaba de color. Raúl lo miraba con incredulidad. Le recordaban las estatuitas del tiempo, esas que se ponen rosa cuando va a llover y celestes cuando está despejado.

Para rematarlo, cuando el vendedor creyó que podría dar el zarpazo final, poniendo ojos de águila le espetó:

—Es imprescindible para alguien con muchos compromisos, alguien que anda de reunión en reunión o simplemente recorre mucho la ciudad. Piense que está a la mitad de su precio real.

Raúl lo miró con ganas de estrangularlo, pero igualmente le dijo:

—Bien, voy a pensarlo.

—Pero…

—Voy a pensarlo –cerró el tema y salió sin dudar.

Llegó a la plaza San Martín sólo para comprobar lo dichosas que son, aunque no se den cuenta, las personas que pueden disfrutar de un rato caminando al sol en medio de una jornada laboral. Ni qué decir de los que se tiran con una lonita a comer un sándwich. Con la mirada perdida en el cielo que ya no es tan celeste, pero por la fuerza del acostumbramiento uno no se da cuenta, dio toda la vuelta a la enorme plaza y se encaminó nuevamente hacia el banco.

Esta vez el cajero le siguió el juego y le dio el saldo en voz muy baja. Raúl le agradeció el gesto y lo saludó hasta la próxima. Raúl no era amigo de los cajeros automáticos que habían aparecido poco tiempo atrás.

Habiendo comprobado que el dinero de su indemnización estaba en su sitio, decidió darse un lujo por ese día y siguió camino hasta un precioso café sobre Avenida de Mayo. Tuvo que hacer cola para entrar porque se habían agolpado un par de contingentes de turistas japoneses en la puerta. Fotos por aquí, fotos por allá. Todos tenían cara de estar riendo, aunque con los ojos rasgados nunca se sabe del todo.

Allí, en medio de esa atmósfera tanguera se puso a silbar una estrofa de “Cambalache”. Los japoneses lo miraron y le sonrieron, pero un argentino puso cara de mufa. En eso un mozo se le acercó y él dejó de silbar pensando que estaba haciendo algo impropio para el lugar. El mozo en vez de reprocharle su conducta le sonrió efusivamente y le recomendó que volviera los jueves a las cinco de la tarde, cuando se juntaban varios silbadores que estaban formando un coro para presentarse en unos shows.

─¿A qué hora ensayan? ─quiso saber Raúl.

─A las tres de la tarde casi siempre.

“El mundo da para todo, sólo hay que tener recursos”, pensó. Y le agradeció la invitación con un “Tal vez vuelva”.

Tomó ese café como si fuera una cosecha añeja del mejor vino, paladeó el sabor de los granos colombianos y se dejó embriagar por el aroma. Por fin, se acomodó el cuello de la chomba y se retiró dejando unos billetes sobre la mesa (las monedas ya no tenían valor).

De vuelta en su casa lo esperaba una sorpresa. Una carta de la compañía de teléfonos anunciándole que en los próximos días debía quedar alguien en el domicilio, en el horario de ocho a catorce horas, porque pasarían a instalar el aparato. Asimismo, le comunicaban el costo de instalación del modelo estándar de aparato. En caso de querer otro, podía comprarlo y tenerlo listo antes de que llegaran a hacer la instalación pero, en ese caso, el costo se incrementaba.

Raúl no sabía si reír o llorar. Justo en ese momento, acertó a pasar una vecina. Al verlo suspendido en un largo pensamiento sin atinar a abrir la puerta de la casa le preguntó si se sentía bien. Él contestó que sí que no había problemas y la mujer siguió su camino, pero tuvo que volverse porque su perro se había prendido de la botamanga del pantalón de Raúl y éste no sabía cómo sacárselo de encima sin patearlo.

En su casa lo esperaba la canilla del baño goteando minuciosamente. Fue hasta la cocina y buscó un repasador para envolverla y acallarla un poco, luego prendió el televisor y se dispuso a buscar alguna noticia. Pero a esa hora era imposible, los noticieros ya habían terminado y sólo se podían ver novelas y programas destinados a amas de casa que después de limpiar, planchar y cocinar, todavía tenían ganas de hacer manualidades. Iba a apagar el aparato cuando lo sorprendió un tremendo beso en la boca de los protagonistas de la novela y se quedó extasiado, viendo. Fue hasta el cajón del aparador y sacó el papelito que estaba guardado desde unos días atrás. Lo miró y pensó que tal vez, aunque no tengo el valor, pero todo es posible, ella era tan simpática, es raro que me haya dado bolilla pero justo ahora que estoy sin trabajo qué pensará ella que era… un vago o un oportunista… y podría no decirle, pero sería poco hombre no ser franco y bueno lo pensaré ahora que tendré teléfono…

La noche lo sorprendió con la divulgación en el noticiero de un programa del gobierno para combatir el desempleo: Argentina a la vanguardia. Los interesados podían dirigirse al número que figuraba en pantalla. Corrió a anotarlo en su gastada agenda gris.

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