25 años – Parte V

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Resultado de imagen para despedido del trabajo animadoEsa noche Raúl volvió bastante entonado a su casa. Un par de vasos de vino lo afectaban lo suficiente como para no distinguir las monedas para el colectivo. El colectivero notó sus pasos de flamenco tambaleante y tuvo la amabilidad de parar bien cerca del cordón por miedo a que rodara por los escalones. El hombre sonrió al escuchar que Raúl cantaba muy bajito “La cucaracha” ya que la última vez que había escuchado esa tonada, él era un niño.

Por suerte, no había nadie en la calle que pudiera notar sus eses de mal bailarín y su hipo contenido. Y como nadie lo esperaba en su casa, no era tan terrible. El tema iba a ser levantarse al otro día en condiciones de hacer algo, para eso tenía una receta infalible: dormir con almohadas altas, casi sentado. Eso ayudaría. Igual no se iba a hacer problema por dormir un poco más un sábado. Terminó de pensar esto y se felicitó por ese cambio de actitud.

Así como llegó, dejó el saco y la corbata que traía enrollada en el bolsillo derecho sobre la mesa del comedor. Se preparó un café bien fuerte y puso el televisor para escuchar alguna noticia perdida que pudiera sacarlo de ese estado de desorientación en que se hallaba. Menem, el presidente capicúa, como decía un compañero suyo haciendo referencia al palíndromo, iba a buscar la re-elección. No hacía dos años que había asumido el gobierno y ya estaba pensando en perpetuarse. Qué desgracia con estos políticos, que no saben cuándo parar. No tienen límites, se sienten indispensables o quién sabe qué.

Despabilado por el baldazo de agua de las noticias, fue a buscar los papeles de la agencia de empleos y se puso a completarlos. Estuvo un par de horas ya que las letritas lo tuvieron a mal traer y, cuando ya no quedaban preguntas sin responder, lo dobló, lo guardó en el cajón del modular y se fue a dormir.

Fue una noche intranquila, la canilla del baño se la pasó perdiendo, el gato de la vecina andaba tratando de enamorar a alguna gata del barrio y había una fiesta, no podía precisar dónde, pero la musiquita seguía sonando dale que dale “oh, girls just wanna have fun”… La calle estaba desierta y sólo se veía el resplandor de las luces que llegaban de la avenida. Y seguía sonando la musiquita “oh girls…” y él, que no entendía en inglés más que lo justo para sus papeleos, alcanzaba a entender el sentido de la frase dolorosa y se iba a dormir solito y solo como decía otra canción.

La semana siguiente fue como una estrella fugaz. Los días se pasaron volando y él solo pensando en su deseo de encontrar un trabajo. No ayudó mucho la situación general. Mientras Alfonsín le pedía a Menem que cortara relaciones con los conservadores, un desocupado fue rescatado del suicidio por dos policías. Esa noticia lo conmocionó. Le hizo enfrentarse cara a cara con su miedo profundo al sufrimiento, al desamparo y a lo desconocido. Lo arrinconó contra la pared de los futuros inciertos y lo hizo enmudecer.

La noticia lo revolcó en la realidad como una ola gigante. Sus compañeros lo notaban distante. No se ocupó de hacer las efemérides de la semana de Mayo como otros años. No volvió a relatar que French y Berutti no habían repartido emblemas celeste y blanco ni a desmitificar el tema de los paraguas en la plaza de 1810. Tan solo se limitó a dejar sus cosas en orden, informar a todos donde guardaba cada cosa y transmitir los más antiguos saberes que recuperó de su memoria para que no se acordaran de su familia cada vez que no encontraran algo.

Los días siguientes, la mente de Raúl se ocupó de lo que lo rodeaba, y vaya si había cosas para ocupar una mente torturada por el futuro…

Se sintió confundido porque Washington y Moscú prometían reducir sus arsenales nucleares. Le resultaba muy extraño que los eternos contendientes hubieran logrado alguna coincidencia.

Se sintió alarmado porque el ejército argentino coqueteaba con los boinas verdes en nuestro propio territorio. Todavía le causaba escozor cualquier cosa relacionada con el color verde.

Se sintió esperanzado porque la DGI (Dirección General Impositiva) salía a la caza de los evasores que, esperemos, no sean solo los pequeños comerciantes…

Se puso muy contento por la modista que ganó el prode. Aunque tal vez fuera una noticia de esas que están destinadas a conformar a los que no tienen esperanzas de mejorar por la vía del trabajo y sueñan con ganar unos pesitos con la ayuda del azar, dejando de paso, su aporte a las arcas del Estado.

Tembló de emoción con el golazo de Maradona que hizo que la selección argentina le ganara a la de Israel.

Se inquietó hasta el tuétano con la limitación de las huelgas que aprobó el Senado de la Nación y que iba a contramano de todo lo que se esperaba de ese representante del partido de los trabajadores.

Se conmovió irremediablemente con la sesión de tierras a los villeros de Capital. Aunque hubiera deseado que les aseguraran un trabajo para que pudieran mantener sus casas.

Y casi se desmaya cuando vio que “palito” Ortega, el otrora cantautor de “la felicidad ja ja ja ja…”, sería candidato a gobernador en Tucumán. ¿Sería posible que la felicidad fuera un don que este hombre pudiera transmitir a los habitantes de su suelo?

¡Cuántos sentimientos puede despertar la realidad! Cuánto pueden hacer por un corazón sensible y preocupado. Se diría que los diarios hacen drama, comedia y poesía. Tanto que hay quienes mueren de emoción, mientras otros se ríen de todo y unos cuantos se dejan llevar por los versos…

Pero el tema de la reelección seguía dando que hablar y eso era una patada en el hígado para él. Sobre todo ahora que el FMI nos volvía a dar crédito. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara, decía alguien… ¿La cara de quién o quiénes lavarían? La política internacional tenía muchos puntos oscuros para él, por eso siguió al pendiente de las noticias, a ver si en algún momento llegaba a comprender ese Teg gigantesco y desquiciado.

Después de esa semana abrumadoramente emocional, llegó el último día. “Su” último día. Arrancó la mañana a contramano, olvidando que debía llevar una caja para recoger sus pertenencias. Así que cuando estaba por subir al colectivo se arrepintió y volvió hasta el almacén de la esquina a pedir una caja de cartón.

─Una caja chiquita, no tengo tantas cosas para guardar.

─¿Se muda?

─Podría decirse…

─Le deseo suerte. Por este barrio empezaron a haber muchos robos. Fíjese que tuve que poner una camarita y una alarma anti-robos.

─¿No estará exagerando?

─No. Al kiosco de la otra cuadra le robaron tres veces ya y dicen que ahora hasta llegan a secuestrar gente para pedir rescates.

Mirando a diestra y siniestra por encima de sus hombros, Raúl se encaminó a su trabajo. No se veían cacos por las cercanías. Caminó rapidito como si estuviera lloviendo. Por suerte el colectivo llegó enseguida.

El día en la oficina se le hizo largo como chicle. No iba a trabajar en realidad, solo a despedirse. Y las despedidas no estaban entre sus actividades preferidas ya que sacaban a relucir su naturaleza sentimental.

Haciendo esfuerzos por contener las lágrimas, pasó el día de escritorio en escritorio rememorando anécdotas y recibiendo los mejores deseos para los próximos tiempos y los días por venir. Algunos sinceros, otros por compromiso, todos ponían cara de circunstancia y lo llenaban de palabras esperanzadoras. Preguntaban si tenía algún plan y ante la ausencia de proyecto sacaban a relucir su mejor sonrisa comprensiva y volvían a la carga con el asunto ese de la suerte y la buena estrella que sigue a los que se la merecen.

En la última hora de su último día en la empresa, se despidió de sus compañeros más cercanos, uno por uno, hasta del gerente de personal, quien no sabía dónde poner las manos de lo contrariado que se lo veía. Su jefe, por otro lado, no había tenido el coraje de despedirlo, dejó su escritorio después del almuerzo y desapareció para ir quién sabe a dónde. Así que Raúl se fue con la idea de que hay quienes todavía son capaces de sentir vergüenza ajena. Esa idea lo reconfortó. No podía creer que hubiera vivido engañado por tanto tiempo con el buen carácter y la buena disposición de ese hombre.

Al llegar las seis de la tarde, agarró su caja y salió. Siguió cruzando saludos por el camino y al atravesar la puerta de vidrio de la entrada miró hacia atrás como un enamorado al despedirse de su amada. Tantos años… uno llega a querer lo que hace aunque no haga lo que quiere.

Raúl había decidido que le dieran la plata de la indemnización para así cortar toda vinculación con la empresa. No había sacado cuentas, sólo intuyó que la inflación seguiría jugando en su contra y por otro lado le importaba dejar atrás ese asunto y encaminarse hacia lo que fuera que viniera. Sentía un gran vacío debajo de sus pies, una conmoción en el estómago como si estuviera en una caída libre, en un espacio del que no se veía el fondo, sin embargo esa sensación se confundía con una especie de optimismo rayano en la inconciencia.

Camino a su casa pasó por la peluquería. Iba a hacerse el mismo corte que en los últimos veinte años. Tenía el pelo entrecano, todavía tenía bastante cabello, y algo rebelde, por lo que usaba una abundante cantidad de gel.

─Mateo, necesito un cambio.

─¿Qué te parece si cortamos más cortito a los costados? Atrás dejamos un poco más largo y podemos hacer algo con este matorral de arriba con esta tijera de entresacar…

─Dale, vos sabés. Hoy es un día de quiebre en mi vida. Necesito que mi exterior refleje lo que pasa por mi interior.

─Vas a quedar como nuevo.

─Me pongo en tus manos.

Cuando salió de la peluquería se volvió a mirar el reflejo en la vidriera, así fue cómo divisó a una mujer madurita que se reflejaba muy bien en ese vidrio. Se dio vuelta de inmediato y vio que la mujer iba a entrar a la peluquería. Entonces la detuvo para avisarle que ya había cerrado porque el horario era de diez de la mañana a siete de la tarde. La mujer pareció contrariada, miró su reloj y luego lo miró a él. Necesitaba hablar con Mateo, explicó. Y Raúl ni lerdo ni perezoso se ofreció a llamarlo a su casa si era realmente urgente, no fuera a ser que molestara al peluquero por poca cosa. Ella agradeció con una amplia sonrisa que significaba que sí, que esperaría a que lo llame.

Mientras Mateo atendía quién sabe qué pedido de la mujer, Raúl merodeaba sin decidirse a irse. Algo en esa mujer le resultaba tan atractivo que no podía seguir su camino. Ella lo notó, pero siguió hablando con el peluquero. Minutos después se despidió y comenzó a caminar hacia la esquina. Viendo que Raúl se había quedado petrificado en la puerta de la peluquería, dejó caer unas llaves que hicieron ruido como si fueran un sonajero. Él lo detectó al momento y su instinto le hizo dar un salto y estirarse hasta el piso para recogerlas.

─Es pesado ─comentó Raúl.

─Son las llaves del reino…

─Es claro, debí saber que estaba en presencia de una reina.

Ese fue el inicio de una agradable conversación que comenzó con una enumeración exhaustiva de torpezas mutuas y terminó con él acompañándola hasta la parada del colectivo 60, “el internacional”.

A Raúl no se le daba fácil la conversación, sentía el espanto de lo casi no practicado, pero fue remando la charla con la prudencia y el encanto de la sinceridad. La mujer tenía la risa fácil y no desperdició oportunidad de festejarle alguna ocurrencia.

Los dos prometieron hablarse y cuando iban a hacer intercambio de teléfonos, él tuvo que reconocer que no tenía, pero pidió que ella le diera el suyo bajo juramento de llamarla. Raúl guardó el papelito con el número de la mujer en el bolsillo de su saco, después de doblarlo con cuidado y con una sonrisa en los labios.

Mientras se alejaba se sintió invencible, el corazón le latía con fuerza y ritmo suficiente para correr una carrera, sus pasos se hicieron ágiles y firmes. Ese había sido un buen comienzo. Parecía que estaba en el buen camino.

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