25 años – Parte III

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 A veces con humor, con ironía o con pesar, Don Raúl, el protagonista de nuestra historia, atraviesa situaciones de equilibrista en una Argentina que no incluye a todos y que lo van llevando a tomar decisiones que no siempre resultan ser las ideales.

 

 

 

Volver… 25 años – Parte II

Al día siguiente, por primera vez en años, Raúl faltó al trabajo. No importaba si le enviaban médico, tenía dolores de sobra para convencer a cualquiera de que era una ausencia justificada. La espalda le tiraba como si hubiera dormido enroscado en un rollo de cable, las rodillas rechinaban como vidrio mojado, el cuello crujía con sonidos de ramas secas y dependiendo del día, la presión, la humedad y otras yerbas, se le hinchaban los tobillos como dos globos. Además… qué podía importarles a los de la empresa, qué podrían decirle faltando tan pocos días para ese fin de mes.

Como siempre, inició la mañana dialogando con sus aves que parecían intuir algo porque andaban medio alborotadas y volcaron el agua un par de veces. El canario más viejo picoteaba su rodaja de manzana con impaciencia, mientras que el otro saltaba de un lado a otro. El jilguero no, ese sí que estaba templado en acero. Se limitó a emitir unos píos como si estuviera tratando de comunicarse. Quizás lo estaba consolando.

Raúl se preparó su ducha tibia. Estuvo sumergido por más de veinte minutos, dejando vagar la mente por vericuetos de lugares y tiempos añorados, algunos olvidados por mucho tiempo que parecieron revivir en su memoria vaya uno a saber por qué, y luego se vistió con ritmo de caracol indeciso. Se puso uno de esos pantalones jogging que nunca le gustaron por la flojera en sujetar sus partes, pero que reconocía que eran cómodos para andar entre casa. Luego se dirigió al living, sacó papel y lápiz de uno de los cajones de la cómoda, se sentó y escribió: “Regalo aves que trinan. A cambio de unos pocos cuidados le darán mañanas esperanzadas”.

Dio un par de vueltas por la casa sin saber qué hacer, estaba todo acomodado, todo limpio. Se preguntó qué haría un jubilado de su edad con tanto tiempo libre y sin ningún interés por arreglar cosas rotas. Luego salió de la casa y se dirigió al kiosco de la otra cuadra para poner su aviso pegado en un vidrio.

—¿Cómo va a regalar esos pobres animalitos? –le reprochó la kiosquera que lo conocía desde hacía unos cuantos años. Y su voz se escuchó profundamente consternada, tanto que la ceja derecha se elevó casi hasta mitad de la frente.

—Merecen tener alguien que los pueda cuidar –fue toda la respuesta.

─Diga que yo tengo un gato, que si no… Dicen que los gatos hipnotizan a los pájaros enjaulados y los atraen hasta tenerlos a la mano ─comentó con un poco menos de indignación.

─Muchos vivimos como pájaros enjaulados, Doña Jimena. Y no nos damos cuenta hasta que nos abren la puerta de la jaula. Pero yo no voy a hacer eso con mis animalitos.

─¿Y por qué no les abre la puerta?

─Ah… Eso sería solo una fantasía. Cuando se vive enjaulado por tanto tiempo la libertad asusta. Es como un vacío, una caída libre que no se sabe dónde termina. Yo no quiero eso para mis aves, quiero que tengan alguien que los cuide.

─Bueno, si veo a alguien que parezca buena gente se los ofrezco ─dijo la rolliza mujer con los ojos húmedos.

─Gracias.

De vuelta a su casa aprovechó el tiempo para dar unas vueltas por el barrio. Estaba mirando las copas de unos árboles que se habían quedado pelados prematuramente cuando vio un cartel por demás extraño. Estaba agarrado con unas chinches a un poste de teléfono. En letras rojas sobre fondo amarillo decía: “Si lo que busca es trabajo, comience a pensar la mejor forma de no trabajar”, firmado por un tal Quiñones que se decía licenciado en recursos humanos y cuyo teléfono figuraba al pie del papel.

Estos universitarios no saben qué más inventar, se dijo y memorizó el teléfono. Lo fue repitiendo las siguientes cuadras como la nena de una vieja propaganda de margarina y tuvo que hacer un esfuerzo para no distraerse porque cualquier pequeñez podía significar olvidarse de él. Al llegar a su casa buscó un diario y  anotó el número en una esquina de los titulares que esa mañana no leyó, porque, por primera vez, sintió que si no podía con sus propios problemas  menos podría con los de los demás.

Sin pensarlo dos veces, buscó unas monedas en el bolsillo del saco que había usado el día anterior y salió nuevamente en busca de un teléfono público. Lo encontró, después de varias cuadras, medio destartalado, con inscripciones en pintura negra y le faltaban pedazos del disco de acrílico, pero se podía marcar con cuidado. Discó el número, extrañado de su determinación de sonámbulo, y esperó a que contestaran. La campanilla se escuchó tres veces y luego se escuchó a una señorita con voz aterciopelada que comenzó dándole la bienvenida a los servicios de Siempre Trabajadores. Luego de una evasiva introducción a las actividades de la empresa, pasó a sugerir que para mayor información se dirigiera a las oficinas centrales ubicadas en la Avenida Independencia 946 donde le darían la respuesta adecuada a su necesidad particular, porque cada persona es única y merece toda nuestra atención.

Raúl se sintió intrigado y, como ese día no pensaba hacer nada de lo que se suponía tenía que hacer, se encaminó a la Avenida Independencia en medio de una sordina de bocinas, porque habían cortado una calle para poner pasacalles conmemorativos del 25 de Mayo, a las nueve de la mañana.

Esquivando veredas rotas, llegó. Allí se encontró con un local con cortinas metálicas que, subidas a media asta, dejaban traslucir una recepción azul y blanca con una secretaria bastante bonita en su escritorio y varias personas con cara de espanto en la sala de espera. Afuera, un par de carpas despedían un aroma a café recalentado y sopa paraguaya. Serían trabajadores públicos, reflexionó, estarán arreglando las veredas.

Entró con paso seguro y se plantó delante de la mujer, quien lo miró esperando que fuera él el primero en hablar. Como él no se decidía, la mujer le dijo:

—Señor, tenemos el mejor asesoramiento para personas con problemas laborales, si gusta esperar su turno será atendido por uno de nuestros asesores.

—Claro —fue todo lo que respondió, y se dirigió a una de las sillas, pero tuvo que volverse a acercar para que la mujer le diera el número del talonario de espera.

En eso recordó el cartel: “si lo que busca es trabajo, comience a pensar la mejor forma de no trabajar”.

─Señorita, ¿puedo hacerle una pregunta?

La rubia se mostró un poco molesta. No le gustaba que le hicieran preguntas. Todos parecían tener dudas, no entender y necesitar explicaciones extra. Pero ella no estaba para eso.

─Dígame ─respondió un poco fastidiada.

─¿Qué significa el slogan de la empresa?

─¿Se refiere a lo de no trabajar?

─Sí, eso mismo.

Todos se enganchan con eso, pensó ella para sus adentros.

─Eso tiene que preguntárselo a los asesores, ellos son especialistas en el tema. Yo no puedo brindarle esa información.

Raúl se quedó rumiando para sus adentros lo poco colaborativos que pueden ser algunos empleados y lo mentiroso de algunas publicidades.

Para cuando habían pasado cuarenta minutos,  ya había contado todos los pliegues de la alfombra desteñida como lomo de laucha, las manchas de las cortinas que alguna vez fueron blancas y los hilos de telaraña que caían del techo. Por fin alguien asomó por el pasillo y llamó su número:

—Catorce.

—El borracho —pensó—, claro, sólo estando borracho pude haber venido hasta un lugar como este, mejor me voy. Quién sabe qué clase de charlatanes llevan este negocio…

—Señor ─dijo un hombrecito desde una oficina─, será sólo un momento, ya que se tomó el trabajo de venir hasta aquí…

—De acuerdo ─refunfuñó.

Pasó a la pequeña oficina cuadrada, mal pintada y sin ventilación y tomó asiento delante del escritorio de formica imitación madera de su interlocutor, un hombrecito huesudo, que parecía haber sufrido la hambruna de un país tercermundista, pero firme como si fuera a jurar a la bandera. Tenía la cara oscurecida, tal vez por la falta de luz diurna, o quizás fuera de esas personas que sufren múltiples enfermedades imaginarias, que no existen pero que molestan. Con esa cara de sufrimiento comenzó a hablar.

—Nuestra organización se ocupa de casos en que la gente normalmente pierde la noción de la realidad.

—No lo sabía.

—En estos momentos usted se siente desorientado. Algo cambió drásticamente en su vida y no sabe cómo lo resolverá.

—Cierto.

Don Raúl comenzó a divagar. No le gustaban los largos discursos, tampoco la gente acostumbrada a darlos. Miraba al hombrecillo como si estuviera en otra dimensión, lo veía mover sus labios pero perdió noción de lo que decían. Escuchaba cosas intermitentemente. Acertadas dada su situación. Por un momento pensó en una adivina que tiraba frases amplias, apropiadas para cualquier persona cualquiera fuese su historia de vida.

—No tiene que contarme ahora qué fue lo que ocurrió, pero sabemos que es un tema laboral y que lo tiene preocupado, y no tome a mal esto que le voy a decir, porque es un elemento clave en nuestra futura estrategia, pero sobre todo, teniendo en cuenta su edad.

—Así es ─respondió, saliendo del encantamiento.

—No crea que nosotros le vamos a prometer cosas imposibles. Sólo estamos dedicados a mostrar posibilidades y por la experiencia de estos últimos años sabemos que hemos sido exitosos. Nuestra tasa de empleo ronda el 55% eso es todo un récord, en realidad, sobre todo teniendo en cuenta el contexto económico actual.

—Debe haber mucha gente con los mismos problemas que yo…

—Tal cual, el mercado está convulsionado, por eso estamos entrenados y sabemos que podemos ayudarlo. Sólo necesitamos que usted también lo crea posible.

─Dígame algo, ¿qué es ese slogan que tienen?

─Ah… Todo el mundo viene por el slogan. Pero la mayoría se equivoca, no estamos diciendo que no hay que trabajar, todo lo contrario. Cuando uno encuentra un trabajo a la medida de uno, cuando se siente que está haciendo lo que desea hacer, eso, señor mío, es no trabajar en absoluto. A eso apuntamos como compañía, a conseguir un trabajo adecuado que no le implique sacrificios o mejor dicho, donde los sacrificios sean aceptados y valorados por quien los hace.

—Entiendo… ¿Cuánto me costaría obtener su ayuda?

—Nuestra tarifa es la misma que se le cobra a alguien que quiere tramitar su jubilación: tres sueldos.

—Es bastante, bah, no porque sea alto mi sueldo, sino porque tres sueldos son tres meses de vida…

─Usted dispondrá de unos meses de indemnización… Supongo que lo estarán indemnizando…

─Sí, eso espero. Me ofrecieron un retiro voluntario. Pero ese será el único dinero con el que cuente en caso de que algo salga mal.

—Sí, así es, pero lo que nosotros le brindamos son muchos meses de trabajo. Todo depende de usted. Nosotros le damos la oportunidad y usted debe aprovecharla. Saque cuentas.

—Cierto. ¿Qué hay que hacer?

—Comencemos por completar este formulario ─el hombre le extendió varias hojas preimpresas─. Aquí necesito que usted sea completamente sincero, si le preguntamos qué cosas sabe hacer limítese a lo que realmente sabe y no a lo que cree que podría. Si lo completa bien, el cuestionario nos dará una idea cabal de sus posibilidades y nos permitirá elegir una estrategia que se adapte personalmente a usted y a nadie más.

—Es bastante serio.

—Por supuesto. No crea que somos improvisados. Estas preguntas fueron elaboradas por nuestro Instituto de Investigaciones Laborales que se especializa en perfiles y nuestras estrategias se nutren de casos de todo el mundo.

—Pero aquí estamos en Argentina, no es lo mismo…

—Créame que lo hemos tenido en cuenta. Ahora, tómese su tiempo, llévelo a su casa y lo completa tranquilo. Lo espero mañana para continuar con nuestro plan.

—De acuerdo. Aunque… mañana no podré venir, hasta fin de mes estaré trabajando. Lo veo la semana entrante.

—Como guste. Lo espero ─dijo el hombre estirando una mano para estrechar la de Raúl.

—Hasta luego ─respondió él estrechando esa mano blanda como plastilina.

Raúl salió de la oficina creyendo que tal vez no era tan trágico lo que le estaba pasando. Luego de esquivar las carpas de la puerta de la que ahora salía olor a caldo de pollo, caminó de vuelta a su casa y se dispuso a prepararse unos mates bien cimarrones, pero con un toquecito de cáscara de naranja. Por el camino miraba pasar la gente y se preguntaba quiénes estarían trabajando y quiénes no. ¿Serían identificables las caras de los desocupados? ¿Es la cara de la desesperación o solo es otra cara de preocupación? ¿Saldría él de la empresa con una “X” en la frente o se vería como todos los días? Es curioso, pensaba, cómo uno se siente culpable por algo sin serlo, culpable por ser empleado y no profesional, culpable por tener la edad que tiene, culpable por querer vivir decentemente sin deberle nada a nadie… Y mientras tanto, los que deberían asegurar que todos tengamos la posibilidad de tener una vida activa y fructífera en la sociedad no se sienten culpables de no lograrlo… ¿Qué digo culpables?, pareciera que ni siquiera se sienten responsables…

Seguir leyendo… 25 años – Parte IV

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3 comentarios sobre “25 años – Parte III

    25 años – Parte II « isladelosvientos de Mirna Gennaro escribió:
    25 noviembre, 2017 en 1:23 am

    […] Seguir leyendo… 25 años – Parte III […]

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    Estrella Amaranto escribió:
    28 noviembre, 2017 en 8:13 pm

    Gran giro inesperado, con ese cartel que causalmente (no por casualidad), Don Raúl encontró al dar unas vueltas por el barrio y cuando había decidido regalar sus aves. Ciertamente el diálogo con el asesor para personas con problemas laborales reúne bastantes puntos claves, donde se puede apreciar hasta qué punto nos dejamos esclavizar por el sistema, intercambiando dinero por vida y cómo si trabajásemos en lo que nos gusta o en lo que potencialmente llevamos innato, la realidad sería bastante diferente y como le dice el asesor: “Cuando uno encuentra un trabajo a la medida de uno, cuando se siente que está haciendo lo que desea hacer, eso, señor mío, es no trabajar en absoluto.” Con lo que estoy de acuerdo y siempre pensé cuando trabajaba como profesora: “Si en lugar de adoctrinar a los alumnos, les permitiéramos potenciar sus innatas facultades ¡el mundo cambiaría radicalmente! porque el ser humano no nació para “enjaularlo o manipularlo”… En fin, no quiero alargarme más de lo necesario, pues creo que ha quedado clara mi reflexión.

    Me alegro que a través de tu interesante novela, vayas compartiendo este interesante aprendizaje. Me encantó leerte y ojalá tuviera más tiempo disponible para no retrasarme tanto en contestarte. Gracias también por dejarme tu huella allí en mi blog, ya sabes que siempre he conectado contigo fácilmente.

    Un abrazo grande.

    Le gusta a 1 persona

      mireugen respondido:
      28 noviembre, 2017 en 11:14 pm

      Gracias Estrella! Me alegra que lo escrito de pie a reflexiones. Qué más puedo pedir?
      En el caso de Raúl le va a costar un poco encontrar eso que lo haga sentir que ha logrado lo que deseaba. Pero no me voy a adelantar.
      Un gusto tenerte por aquí.
      Un abrazo

      Le gusta a 1 persona

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