25 años – Parte II

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Don Raúl, un cincuentón solitario y trabajador es el personaje central de nuestra historia que se desarrolla en una época en la que la Argentina enfrenta serios problemas económicos y sociales. Una época de cambios y de proyectos que a veces no incluyen a las personas y que a él afectará de manera insospechada…

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Al llegar al sexto piso del edificio donde trabajaba, Raúl bajó del ascensor y después de dar un par de pasos decididos se detuvo en seco. De golpe, así como si hubiera despertado de una ensoñación, se acordó de lo que significaba ese día. Era 19 de Mayo de 1990… un 19 de Mayo hacía veinticinco años había entrado por primera vez en esa empresa. Lo había hecho por la puerta grande, como uno de los que habían aprobado el duro exámen de ingreso. Se había preparado durante semanas porque decían que la cooperativa era muy seria y pocos pasaban.

Algunos años después, allá por fines de los setentas la empresa había sido comprada o según dicen los especialistas fue absorbida por la gran corporación en la que se encontraba ahora. Llevaba trabajando quince años cuando ocurrió eso y todavía recordaba el miedo y la tensión vividos en esos días en que no sabían si iban a elegir a la gente por su capacidad o con un ta te ti. Finalmente pareció imponerse el ta te ti, porque quedaron en el camino personas que él consideraba de una idoneidad indudable y permanecieron otras que, quizás por su menor edad, parecían más prometedoras. Hay que ver cómo eligen los que eligen, se decía, a veces por estar atrapados en un presupuesto suman y restan cabezas por el valor de lo que ganan.

Pero no iba a ponerse triste en ese día. Él había sido recomendado por su jefe y siempre supo dar lo mejor de sí mismo, aunque las épocas fueran particularmente duras para la sociedad argentina y uno supiera que no podía opinar libremente porque cualquier mínima indiscreción servía de motivo para ser desaparecido en un auto verde. Habían sido tiempos de no saber quién era amigo, quien era amigo pero te ponía en una libreta junto a otros nombres comprometedores y quien era amigo, pero tenía una familia que proteger y puesto a elegir…

Volvió a tomar consciencia de su aquí y ahora. Avanzó tranquilo hacia su escritorio y se sentó en su silla. Ahora las sillas tenían un asiento acolchado, si no de cuero por lo menos de cuerina, antes había que sentarse en esos asientos duros y de respaldo recto todo el día. Los recordaba perfectamente, la cintura no le mentía, y no era que fuera un hombre poco activo, caminaba una hora por día. Religiosamente, al llegar del trabajo, él y su señora salían por el barrio de casas bajas a dar la “vuelta del perro”. Ahora salía solo, las cuadras se le hacían más largas que antes, las piernas le pesaban más, pero no aflojaba, a veces por no mostrar su flaqueza delante de los demás, pero la mayor parte de las veces por sí mismo, por puro sentido de poder hacer las cosas.

Levantó la vista del escritorio y vio venir, con paso decidido, a su jefe, Norberto, un hombre que de no haber sido oficinista hubiera sido un buen barman. Siempre tenía en su oficina una provisión de botellas escondidas en un armario. Él no solía tomar, pero a veces recibía visitas del exterior y les improvisaba algún trago. Raúl lo había sorprendido un par de veces acomodando los vasos de whisky y no le había preguntado nada, con ese silencio que guardan los empleados ante los deslices de sus jefes, pero que en realidad son silencios cargados de pensamientos inculpatorios de todo tipo y color, por lo que el hombre se había deshecho en explicaciones pensando que quizás lo hubiera tomado por alcohólico.

—Raúl, lo necesito en mi oficina.

—Enseguida.

Fue tras los pasos de su jefe, esperando que en algún momento alguien hiciera referencia a ese memorable día, aunque la oficina de personal debería tener otras cosas en qué pensar que en hacerle un homenaje a él y por otro lado… quizás no guardaran registros de su ingreso en la compañía anterior. Entraron en la oficina sin cruzar palabra y su jefe le indicó que cerrara la puerta.

Norberto era un hombre de 45 años, pelo entrecano, grandes patillas y una panza que se resistía a la hora de bicicleta diaria que le imponía. Era de esas personas que valoran la puntualidad y la buena presencia, él mismo era muy metódico. Siempre se lo veía con corbatas de moda con traba enchapada en oro, aunque ya no se usaran. Tenía un gesto bastante amable regularmente, si bien no hacía mucho por acercarse a sus empleados no era alguien a quien temieran o no soportaran. Era ferviente seguidor de River y cuando se cruzaba algún Boca-River se le podía ver la vena del cuello hinchada por la efusividad de sus palabras defendiendo al club de sus amores. Esta mañana estaba más serio que de costumbre y, cuando Raúl atravesó la puerta de su despacho, se detuvo de pie, esperando que éste se sentara.

—Como habrá escuchado por ahí, la empresa está pasando por una situación muy delicada, Raúl.

—Algo se comenta, Norberto, y cuando el río suena…

—Justamente, se ha filtrado, no sabemos cómo, pero bien, la realidad es como un embarazo, no puede ocultarse por mucho tiempo. Lo cierto es que la empresa ha decidido hacer recortes y, lamentablemente, lo más rápido para eso es ajustar la plantilla, por eso nos han pedido que propongamos una lista de empleados en condiciones de acogerse a un retiro voluntario.

—Y ¿mi nombre estaría en esa lista…? ─preguntó Raúl con cautela.

—Eso depende de usted, Raúl. Yo me siento en la obligación de proponérselo, usted dirá si consiente en incorporarse a la lista. Los beneficios serían que seguiría cobrando un sueldo hasta llegar a la edad de jubilación, pero no tendría los otros beneficios que da la empresa.

—Disculpe la pregunta, pero ¿qué gana la empresa si me paga el sueldo y no trabajo?

—Le voy a ser completamente franco, su sueldo de hoy dentro de unos meses se irá licuando por la inflación. Ha visto cómo están las cosas en estos últimos tiempos. Venimos de la híper y no sabemos a dónde vamos… Pero en fin, no me quiero ir por las ramas. Le decía que decididamente no tendrá los incrementos salariales que los que siguen empleados, usted sacará cuentas.

—Norberto, a mi edad me va a resultar muy complicado conseguir otro empleo, ¿eso lo evaluaron?

—Usted podría emprender un negocio propio, tal vez haya algo que esté postergando desde hace mucho ─respondió con poca convicción y esquivando la mirada.

—Ya veo, y ¿qué pasa si me niego?

—Las opciones son el retiro voluntario con el sueldo mensual o el retiro voluntario con el 50% de la indemnización toda junta.

—Ya veo… así que… yo tengo que decidir cuál es el mal menor…

—Así es, Raúl, lo siento mucho.

—Bien, ¿tengo algún tiempo para pensarlo?

—Sí, faltan unos días para fin de mes, para entonces necesitaría una respuesta.

—Correcto.

Raúl salió de la oficina arrastrando los pies. Se dirigió a la máquina de agua, le dio un golpecito para que destrabara y se sirvió un vaso. Tomó despacio, muy despacio, dejando que el frío del líquido se hiciera eco en todo su cuerpo. Se sirvió otro y repitió la operación. Sentía que el frío le compensaba el calor repentino, pero su mente estaba en blanco como su futuro. En eso se le acercaron dos de sus compañeros, Franco y Damián, los más jóvenes de la oficina que siempre andaban en mangas de camisa y con el botón del cuello desabrochado en señal de rebeldía.

—Raúl, venga, tenemos que hablarle –dijeron tratando de mantener un aire misterioso, pero no pudiendo contener la ansiedad.

Caminaron por el pasillo rumbo a la sala de reuniones del piso. Los escritorios se iban vaciando a su paso. Para cuando llegaron a la puerta de la sala, todos estaban detrás de ellos dos. Delante, la mesa adornada con dos floreros, completamente cubierta de comida, vasos, botellas de gaseosa y unas sidras. En un extremo unos globos de colores con sonrisas dibujadas con fibrón y un sillón esperando ser ocupado.

—Adelante, Raúl. ¡Hoy es su gran día! –exclamó el “colorado”, el encargado de organizar.

—Ya veo…

Todos pasaron a la sala y fueron ocupando los espacios vacíos. Raúl se preguntaba cómo podía haber tan poca comunicación entre distintos sectores de la empresa. Más que una organización racional, eso era un monstruo esquizofrénico que un momento pensaba de una manera y al siguiente de otra, sin darse cuenta.

—Silencio, por favor ─dijo el “colorado” cuya cara parecía que fuera a explotar de lo animado que estaba─, nuestro querido Raúl tiene que decir unas palabras.

—Yo… no, por favor, no me hagan esto, por favor…

El jefe de Raúl, que había seguido la caravana y entró en último lugar, permanecía en silencio, sabía que las contradicciones son parte de la vida aunque fueran crueles.

El jefe de personal haciendo un gesto de entendimiento a Norberto, tomó entonces la palabra:

—Nuestra empresa se siente muy agradecida por contar con gente como Raúl. Personas como él hacen posible que el venir aquí todos los días, no sea sólo para cumplir con una obligación, sino formar parte de algo que es nuestra vida. No creo equivocarme si digo que Raúl es parte de nuestra familia y hoy queremos homenajearlo por estar con nosotros desde hace veinticinco años.

Se escuchó un gran murmullo de aprobación y todos fueron alzando las copas burbujeantes.

—Gracias, estoy seguro que todos sienten las palabras de nuestro jefe de personal. También estoy seguro de que sus palabras reflejan el sentimiento que hace que cada día sea una oportunidad para formar parte de un grupo de personas que estimo sinceramente. Pero permítanme llamarme a silencio, estoy muy emocionado ─dijo con su último aliento.

Un gran aplauso comenzó a sonar en ese momento, mientras unas lágrimas pesadas y lentas rodaban por las mejillas de Raúl.

—Por todo lo dicho, Raúl, la empresa quiere otorgarle este recuerdo –volvió a hablar el jefe de personal extendiéndole un disco de plata con el nombre de Raúl grabado debajo del nombre de la empresa, con las fechas de ingreso y de los veinticinco años—. Y no sólo esto, como sabrá Don Raúl, al cumplir veinticinco años tiene derecho a un bonus, que actualmente le podría alcanzar para hacer un viaje por algún lugar del mundo que quisiera conocer.

Otro aplauso se elevó en la sala, mientras se barajaban los posibles destinos que cada uno le daría al bonus.

La reunión duró hasta que no quedaron bocadillos en la mesa y la botella de sidra se agotó. Raúl, por consideración al esfuerzo de sus compañeros no comentó nada de lo que había hablado con su jefe. Se limitó a volver a su escritorio y poner en orden los papeles de ese día. Trabajó como si de eso dependiera su vida, y a las seis en punto, se levantó y se fue. No tenía ganas de saludar a nadie. Solo quería meterse en la cama, taparse la cabeza con la sábana, dormir sin pensar y despertarse dentro de diez años para tramitar su jubilación.

Bajó del colectivo unas paradas antes de su casa, necesitaba despejarse. Caminó un rato. Eso le devolvía algo de entidad. El caminar le hacía sentir que era él quien tenía el control de sus movimientos y también de su vida.

Pasó por delante de unos canteros con flores y los miró con ganas de arrancar una y salir corriendo, pero se contuvo. Pensó en las veces que había robado flores para su mujer y la añoró intensamente, añoraba su risa, su timbre de voz, sus caricias, añoraba tener alguien que a la llegada de la oficina le dijera: “¿qué tal tu día?” Pero no estaba tan solo, en su casa estaban sus aves, así que al trasponer la puerta comenzó a hablarles:

—Hemos tenido mejores días —les comentó, y sacó el latón de la base para lavarlo en la pileta del lavadero.

—¿Saben que hace veinticinco años que quiero volver a la tierra de mis padres? Sí, de buena gana me iría a Italia, pero ustedes no me podrían acompañar. Pensándolo mejor… ¿qué haría yo solo por allá? Tienen razón, mejor pienso en otra cosa. Los muchachos se encargarán de ayudarme a encontrar una salida. Así fue cuando el negro se fundió y entre todos le ayudaron a conseguir otro socio. O cuando el toño tuvo paperas y necesitó alguien que lo cubriera en la farmacia sin robarle el puesto. O cuando Octavio perdió la licencia para conducir y el tacho necesitaba seguir generando plata, se fueron turnando para que no parara. Así sería con él también. Si los amigos no están en las malas… reflexionó. Pero en estos días las cosas en el país andan tan raras que… ─quitó esos malos pensamientos de su cabeza y siguió dándoles de comer a las aves─. La semana recién comienza, no es cuestión de tomar decisiones apresuradas –terminó de decir, mientras se tocaba el pecho, había comenzado a sentir una gran presión.

Esa noche, antes de acostarse como hacía siempre, de su lado de la cama, sacó un martillo de la caja de herramientas y un clavo de acero. Lo colocó en una pared bien visible del living y allí colgó el plato conmemorativo. Le costó hacer entrar el clavo en la pared que estaba demasiado dura. Cuando por fin logró hacerlo, suspiró por el esfuerzo.

Miró un rato el plato como si el brillo fuera un caleidoscopio cambiando las escenas de su vida interminablemente. Su padre dándole palmaditas en la espalda luego de su primer gol, su madre planchándole el delantal del colegio, la emoción de su primer día de trabajo, la vez que tuvo que salir corriendo luego de una reunión política, Estela aceptando casarse con él, la sonrisa de Estela, siempre sonriente, los últimos gobiernos militares, el médico que les dijo que no podrían tener hijos, la sonrisa de Estela a pesar de todo, las vacaciones a la orilla del Paraná, la vuelta de la democracia, la larga enfermedad de Estela, su jefe dándole las últimas noticias… Luego decidió que la vida era un cachivache y él solo no podría cambiar ese hecho y se fue a dormir.

Soñó con bebés recién nacidos y bebés que aprendían a caminar, sintió la inseguridad, el miedo, la excitación del primer paso y los golpes contra el suelo, uno tras otro.

Seguir leyendo… 25 años – Parte III

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4 comentarios sobre “25 años – Parte II

    25 años – Parte I « isladelosvientos de Mirna Gennaro escribió:
    25 noviembre, 2017 en 1:21 am

    […] 25 años – Parte II […]

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    25 años – Parte III « isladelosvientos de Mirna Gennaro escribió:
    25 noviembre, 2017 en 1:28 am

    […] Volver… 25 años – Parte II […]

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    Estrella Amaranto escribió:
    28 noviembre, 2017 en 7:41 pm

    ¡Hola Mirta!
    He seguido atentamente este segundo capítulo, donde la melancolía unida a la impotencia me han creado cierta inquietud, pues resulta demoledor comprobar también en esta “ficción”, el hacha del sistema, en forma de corporación comercial y sus consecuencias tan dramáticas para este humilde trabajador, Raúl, quien ayudó en su momento a levantar la empresa y generar beneficios monetarios para ese destructivo e inhumano sistema, cual dios Saturno devorando a sus propios hijos.
    Quedo expectante para seguir con la lectura del tercer capítulo y te felicito, amiga Mirta, por describir fluidamente las vicisitudes del protagonista.
    Un beso.

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      mireugen respondido:
      28 noviembre, 2017 en 10:05 pm

      Gracias Estrella. Es cierto que es una “ficcion” como bien dices. Dude un poco al decidirme a tratar este tema. Porque a veces la realidad ya es bastante pesada y uno quiere leer algo que lo aleje de ella. Pero este personaje se me fue imponiendo y bueno… seguiré relatando sus desventuras.
      Gracias por pasarte por aquí. Un abrazo

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