La mente tras el cerebro

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El laboratorio estaba cerrado. Lara buscó la llave en su bolso y abrió la puerta después de varios intentos. Las llaves magnéticas a veces se descomponen y uno se queda sin saber qué hacer, más cuando una está ansiosa por entrar. Encendió las luces y allí estaba, soberano de la mesa principal, en un frasco dentro del líquido aséptico, conectado a un sistema de irrigación artificial desde la noche anterior.

Era un cerebro de buenas dimensiones y buen color. Lo examinó detenidamente desde todos los ángulos. Había sido extraído de un hombre caucásico de cuarenta y pico. Él le había dado un buen uso, según le explicaron, ya que se trataba de un ingeniero naval. Venía teniendo suerte en ese aspecto antes había tenido uno de un arquitecto, una abogada, un técnico, una maestra y un profesor. Lo contempló por un buen rato como si esperara que le dijera algo. Había momentos en su trabajo que le hacían pensar en una película de ciencia ficción. Ella se sumergía y se trasladaba a un escenario de misterio y suspenso. En ese momento notó que estaba parpadeando poco, los ojos le enviaron una señal a su cerebro indicando que estaban irritándose. La atención era tan intensa que no reparaba en la fuerte luz blanca que iluminaba cada rincón del laboratorio.

─No me tardo, le dijo. Y fue en busca de su guardapolvo y sus guantes.

Varias veces había realizado esa prueba. Debía insertar un chip en la corteza, en el lóbulo prefrontal. Eso luego sería acompañado por una serie de estímulos eléctricos que esperaba se expandieran hacia otras regiones. Con eso estudiaría patrones de difusión de los impulsos a lo largo de la red neuronal por medio de un método nuevo que era más exacto que los tradicionales con pacientes vivos. Los impulsos del chip disparaban imágenes y sensaciones.

Lo novedoso del estudio es que se hacía con cerebros de personas que habían fallecido. Habían descubierto que si bien la actividad eléctrica cesa momentos después de la muerte, es posible detectar las huellas de la misma, como después de borrar un archivo en un ordenador. Por lo tanto es posible reactivar el sistema y recuperar su memoria. Ellos eran pioneros en esto, es más, el descubrimiento se guardaba con total secreto en el interior de la CCN, Central de Ciencia Neurobiológica. Este cerebro sería el último que corroboraría los resultados encontrados hasta el momento. Con este cerraría la investigación y permitiría presentar las conclusiones a la comunidad científica y en una revista prestigiosa.

El calor era sofocante. Como siempre, había que usar barbijo para evitar aspirar cualquier residuo. Él lo sabía perfectamente, pero ese día andaba con el barbijo bajo porque tenía un cigarrillo en su boca. ¿Quién notaría el olor a cigarrillo en ese lugar? En primer lugar, ese día estaría solo por unas horas. Su compañero había solicitado un franco especial, como hacía últimamente por tomar de más o comer de más. En segundo lugar, los hornos despiden de por sí un olor rancio que se cuela, pese a todos los recaudos técnicos, y llega hasta donde estaba él.

Tomó la sierra y se dirigió hasta donde estaba el cuerpo. Un corte limpio y los sesos saldrían por sí solos. Ya lo había hecho un par de veces. Le daban una buena paga por ello. Ni siquiera supo bien cómo llegó a la conclusión de que su pequeño robo no era ilegal. Pero sentía que los cuerpos no necesitarían de ese par de kilogramos de masa, los parientes ni se enterarían y eso nunca saldría a la luz.

Ya estaba terminando el corte. Lo bueno de los muertos es que no sangran. Lo malo es que no contestan. Estar allí solo con los cuerpos inertes, en el fondo, le hacía mal. Por eso ponía música y hacía de cuenta que estaba en la sala de operaciones de un hospital, como debería haber estado si hubiera aprobado todas las materias de medicina. Pero esto le hacía sentir que salvaría algo para la ciencia. Ese podría una especie de paliativo.

En eso se abrió la puerta lateral. Su compañero, el que se suponía que no vendría, entraba sin hacer ruido.

Él ya había colocado el cerebro en su tupper con líquido aséptico. Así lo debía transportar. Al darse cuenta de que lo observaban dos ojos pasmados por la sorpresa, no atinó a decir nada. Solo se quedó en su lugar.

Su compañero comenzó el interrogatorio en medio de exclamaciones de sorpresa y de rechazo. Era un hombre honesto, padre de familia, con un sentido de la decencia que solo tienen las personas que creen en el castigo divino. Él se quiso explicar. Trató de convencerlo de que lo que hacía no le hacía daño a nadie. Después de todo… no lo va a necesitar en el horno… ya no sirve… los familiares no se darán cuenta… y todo lo que se le ocurrió. Pero su compañero tuvo una reacción imprevista y salió corriendo a buscar asistencia policial.

El policía lo persiguió por los fondos del crematorio. Estaba ubicado en un predio alejado de la ciudad, por ese motivo solo había una forma de escapar, por el frente que daba a la avenida. Cuando lo tuvo acorralado lo esposó y lo condujo a la seccional.

La sala estaba colmada. Los asistentes, todos de traje y corbata, esperaban la presentación. El grupo de investigadores de la CCN se encontraban en la parte trasera del auditorio, a la espera de la señal para llegar a la tarima.

El murmullo acompañó los pasos de los investigadores, quienes para esa ocasión habían preferido ir con sus delantales de punta en blanco. La concurrencia se dividía entre los que esperaban con verdadera expectación y los que solo estaban allí para presenciar la catástrofe de otra teoría que caería por su propia ridiculez.

Los investigadores comenzaron a explicar algunos detalles de la investigación. El contexto, las pruebas, los aciertos y los fracasos. La concurrencia no perdía detalles. Los investigadores se turnaban y en ocasiones contaban alguna anécdota graciosa. El silencio reinaba en la sala. Por eso, al irrumpir la policía de manera un poco teatral, hubo varios que se sobresaltaron.

La investigadora de campo Lara, se encontraba afirmando que la base fisiológica retiene la memoria eléctrica cuando la policía la interrumpió y suspendió el evento. Se dirigieron directamente hacia ella. La tomaron de un brazo, le mostraron la placa y le leyeron sus derechos.

La concurrencia se dispersaba, pero alcanzaron a ver cuándo se la llevaron esposada, mientras seguía moviendo los labios tratando de zafarse inútilmente.

En la seccional, Lara dio todas las explicaciones del caso, en ningún momento titubeó, estaba convencida de lo que había hecho, pero ni siquiera así consiguió que le tuvieran un poco de consideración. Ella debía probar la teoría, era de consecuencias importantísimas para los tratamientos y últimamente no había forma de conseguir cadáveres, todos se hacían cremar, la gente le huía a la tierra porque ya nadie quería visitar los cementerios. Por otro lado, no accedían a ceder órganos y mucho menos cerebros, donde se suponía que estaba el alma y las llamas purificadoras eran preferidas a la profanación. La investigadora se topó con uno de esos detectives que no apoyaban los métodos de la ciencia. Él la trató con dureza e inmediatamente la puso a disposición de un juez inflexible. El proceso fue rápido, Lara perdió su licencia y tuvo que cumplir su condena como ayudante de enfermería en una instalación penal. Sin embargo, más rápida fue la difusión de la noticia de la comprobación de la teoría. Y prontamente los resultados dieron lugar a nuevos métodos de tratamiento. Lara siguió los resultados de cerca. Le permitían recibir noticias por Internet. Así comprobó que los hallazgos no redundaron en mejoras, eso la deprimió al punto de abandonar la ciencia y dedicarse a la orfebrería.

Lo que ningún científico supo fue que todas las pruebas se habían hecho sobre cerebros enfermos y las conclusiones estaban equivocadas. Ese fue un secreto que guardó celosamente el empleado del crematorio. Él siempre supo lo que hacía su compañero. Él fue quien digitaba los días de licencia, para dejarlo solo con los cuerpos cuando ingresaba algún enfermo mental. Él fue quien cambiaba los antecedentes, haciéndolos parecer mentes adecuadas para ser estudiadas. Así lo había planeado junto a la congregación religiosa a la que pertenecía. Lo que tampoco supieron los científicos fue que miembros de esa congregación se hallaban infiltrados en muchos consultorios y laboratorios, y que, por ahora, eran mayoría.

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