Antigüedades

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Imagen relacionadaEra un viejo que apenas se podía tener en pie. Parecía salido de esas historias de patriarcas, con su barba larga y canosa y sus manos temblorosas. Entró en el local trayendo un estuche de guitarra. Yo tengo un local de antigüedades, así que pensé que traía alguna guitarra de algún lutier reconocido y extinto.

Entró caminando despacito, ayudado por su bastón. Miró los objetos que formaban parte de mi colección de muñecas antiguas y sonrió. Luego pasó por el estante de las copas y vasos labrados y no hizo ningún gesto. Pero al llegar a la mesa donde tengo las cajas de música se detuvo. Se mostró particularmente atraído hacia una y la abrió. Luego la dio vuelta y le dio cuerda. Momentos después estaba mirando embobado a la bailarina que giraba sobre su pie en punta.

─Una vez regalé una igualita a esta… ─dijo con la voz quebrada.

Me acerqué rápidamente. Esa era la pieza de mayor valor de mi local. Esa caja de música había sido una de las primeras en fabricarse con ese mecanismo. Tenía un valor inmenso, sobre todo emotivo. Varias veces me la habían querido comprar y yo me había negado. Había llegado a mis manos cuando falleció mi abuela Sonia. Y fue lo que motivó que yo iniciara mi negocio.

El hombre la apoyó sobre la mesa y la dejó abierta. Yo me acerqué enseguida para cerrarla, no quería que le entre una sola mota de tierra. El hombre abrió grandes sus ojos. No aprobó mi reacción. Pero no dijo nada, en cambio, se acercó al mostrador y depositó el estuche gris a fuerza de tiempo.

Me acerqué a él y le pregunté qué me traía. Él se mostró cordial, sonreía mientras me contaba que era algo que le había comprado su padre a su madre, allá por 1910.

─Tenga por cierto que es un objeto de valor de colección. Se lo aseguro como que me llamo Antonio. No tengo descendencia a quien dejárselo y podría haber ido a cualquier otro sitio, pero sé que usted es la persona indicada para recibirlo.

Al abrir el estuche, ahí estaba un muñeco de porcelana, de mirada perdida. Cachetes sonrosados y nariz algo grande como de payaso. A primera vista no era algo que dijéramos digno de ser admirado. Pero había algo en el color de sus ojos que me estremeció. Una especie de brillo inquietante. Un resplandor apenas perceptible que solo era captado por mí.

Quise rechazarlo. Le expliqué que no podía dejármelo, que yo solo compro cosas que pueden tener comprador. Pero insistió una y otra vez hasta que noté que sus ojos se aguaban, así que temiendo que el viejo se pusiera a llorar le dije que por esa vez iba a hacer una excepción.

Al marcharse el viejo, tomé el estuche y lo dejé detrás del mostrador. Ya era hora de cerrar, estaba cansado y no tenía ganas de esforzarme por buscarle un lugar a semejante esperpento.

A la mañana siguiente entré al local, abrí las ventanas y me acerqué a la mesa de las cajas de música. La bailarina ya no estaba.  En su lugar había una carta. En ella solo me decían que se habían reencontrado después de muchos años. Firmaban Sonia y Antonio.

Fui hasta el mostrador en busca de un teléfono para pedir ayuda policial. Era claro que alguien había entrado a mi local durante la noche. Pero al pasar detrás del mueble encontré el estuche del muñeco vacío.

Di varias vueltas por el local. No faltaba nada más. Pasé unos minutos de terrible angustia hasta que de pronto comprendí todo. ¡El muñeco espantoso se había ido con la bailarina! Maldije la hora en que no decidí ponerlo en la calle. Ya decía yo que no se puede confiar en las mujeres, ni en la fealdad de los hombres…

Mi corazón dio un brinco, no me había repuesto de la pérdida y ahora esto, me tuve que sentar.  Pocos minutos antes de abrir el negocio me habían contado que ayer tarde un viejo en la esquina del local había sufrido un ataque y un vecino lo acompañó al hospital, donde falleció. Ahí caí en la cuenta de que la vida a veces tarda, pero siempre da una segunda oportunidad, de maneras insospechadas.

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4 comentarios sobre “Antigüedades

    Tirma Tiatula escribió:
    25 julio, 2017 en 5:12 pm

    ¡Ay por favor Mirna! Con lo inquietante que son las muñecas antiguas, con esas caras de porcelana blanca, las boquitas pequeñas y rojas y los ojos grandes y fijos. Me imagino una tienda llena de ellas y se me pone la piel erizada. Desde luego es una buena ambientación para un relato de misterio como este tuyo, en que cuentas con visos de realidad casi hasta el final hasta el giro de tuerca final.

    Le gusta a 1 persona

      mireugen respondido:
      25 julio, 2017 en 9:12 pm

      Sí, puede llegar a ser inquietante, Tirma. Muchas gracias por dedicarle un rato.
      Un abrazo

      Me gusta

    davidrubios escribió:
    25 julio, 2017 en 11:37 pm

    Un cuento precioso. Creo que fue Hemingway quien hablo de que un relato debía ser como un iceberg, en este encontramos una estructura de cuento clásico, un anciano que deja su muñeco, pero se queda prendado de la bailarina de la caja de música, un final mágico en el que ambas figuras desaparecen, como el soldadito de plomo y su bailarina. Pero ello creo que esconde una hermosa historia de amor entre el anciano y la que en su día fue propietaria de esa caja de música. Como siempre creas magia con las letras. Aprovecho para desearte un feliz verano, o invierno en Argentina, ha sido un placer contar con tus relatos y tu compañía. En septiembre, más y mejor. Un fuerte abrazo!!!

    Le gusta a 1 persona

      mireugen respondido:
      25 julio, 2017 en 11:43 pm

      Muchas gracias, David! No recuerdo quién habló del iceberg pero es cierto que ese es el efecto que siempre se busca, la sorpresa, el cambio en el sentido. Si lo he logrado me siento más que afortunada.
      Espero que disfrutes tus tan merecidas vacaciones. Aquí hace frío pero también se puede disfrutar de un pequeño descanso.
      Hay que recargar las pilas para seguir creando.
      Un enorme placer que me acompañes semana a semana y ya te lo dije en tu blog, me quedo esperando tu vuelta.
      Un abrazo grande!

      Me gusta

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