Un día miércoles B.A.

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Resultado de imagen para dia agitadoA veces tenemos esa clase de días que nos hacen pensar en largas vacaciones en una isla, solo rodeados por palmeras. Pero es posible que nos encontremos dando un bello paseo por la costa y que un coco se nos caiga encima…

Era una mañana tranquila, el noticiero daba las noticias del día anterior: robos, huelgas, algún homicidio. Las noticias, por la mañana, siempre saben a café amargo y a tostada quemada… Una termina por desarrollar cierta capacidad para oír y no oír, al mismo tiempo. Para el día por venir anticipaba cortes, paros, protestas y una posibilidad mínima de lluvia. Todos tomamos riesgos, permanentemente, aunque no nos demos cuenta. Yo decidí arriesgar y salí sin paraguas. No crean que soy muy osada, era setenta porciento que no, a treinta que sí. Mal hecho.  Entre gotas del tamaño de monedas de dos pesos, corrí a la parada del colectivo. Suelo guarecerme debajo de las ramas de un gran pino, pero resulta que justo mi vecino tuvo la ocurrencia de podarlo.

Qué le vamos a hacer, uno comienza su trajinar de resignaciones temprano. Me dije Ommmm y me hice a la idea de viajar un poco mojada, total en el tren el calor humano no permitiría que me enfriara.

La estación era un hervidero. El tren hacía más de media hora que no pasaba y así lo evidenciaba la cara de los que aún seguían esperando. Desde los altoparlantes, como un eco de ultratumba, llegaban noticias de lejanos e inentendibles desperfectos que se producían, casualmente, a la hora que viaja más gente. Si uno quisiera pensar mal diría que son programados. Pero pensando bien, hay que decir que las casualidades existen todos los días… aunque luego se produzca una privatización o una reestatización de la empresa de transportes.

Allá venía el tren, ya quedó en el olvido el chucu chucu que tanto nos gustaba de niños. Ahora, la era de la electricidad y la tecnología le otorgaba un sonido de ssssssss que debe ser tan impresionante para nuestros niños como lo era antes el sonido del vapor. Aunque nada iguala el sonido de la chimenea.

Menos mal que una tiene la posibilidad de soñar despierta. De aislarse un poco de las situaciones incómodas, molestas, “duras”… Porque si no fuera por eso no se podría viajar en un tren en el que uno entra a presión, a riesgo de que se salgan los pulmones por la nariz.

Tomé aire, como si fuera a sumergirme en una pileta y, literalmente, me zambullí en la apretada multitud entre olorienta y dormida que hace las veces de un colchón sin cama. Siguiendo con mi actitud de resignación, me arrimé a un grupo de señoras, de apariencia tranquila como yo. No se puede abrir un libro en medio de tal situación, se los puedo asegurar porque soy de las ridículas personas que por optimismo o desubicación han hecho el intento. En realidad se puede lograr, pero solo será útil si una es capaz de leer con el libro a cinco centímetros de su nariz, cosa que mi presbicia hace imposible.

Después de un par de estaciones, la abigarrada multitud fue aflojando, llegando al punto en que pudiendo mover los codos sin incrustarlos en nadie, me di vuelta hacia la ventanilla y pude sacar mi libro. Entre historias de liliputienses y caballos moralmente desarrollados, seguí mi viaje con la tranquilidad que da la inocencia y pensando que la visión pesimista que tenía Swift en el siglo XVII sobre la humanidad era un poco exagerada.

Poco duró mi tranquilidad, me esperaba un corte de luz que afectó a los trenes eléctricos y que, por lo visto, sería prolongado. Como en esos momentos en que no hay respuestas a las preguntas y de repente se hace la luz, las puertas del tren comenzaron a hacer un zumbido y se abrieron. Un guarda, que iba pasando de coche en coche, nos fue animando a bajar con la consigna de no pisar la parte de los rieles.

Me sentí un vagabundo, pateando latas por la vía. Piedritas, latas de gaseosa, envoltorios de galletita. Pareciera que la gente no puede encontrar otro lugar donde arrojar la basura cuando viaja.

La lluvia amenazaba, pero gracias a las fuerzas del más allá, no se ensañó con nosotros. En cambio, pude ver de cerca unas ratas que salieron de unos agujeros y se enojaron por las molestias que les estábamos ocasionando. Se paraban sobre sus patas traseras y parecía que nos iban a atacar. Fue allí que trastabillé y caí sobre una de mis rodillas, rompiendo el pantalón comprado una semana atrás y que cuidaba con tanto esmero.

Después de la travesía junto a las vías, llegamos sanos y salvos a Constitución. Por un rato bendije la posibilidad de viajar ahora en subte, libre de las complicaciones de los paros sorpresivos. Fue un viaje corto, en relación a lo que me había parecido el viaje en tren. Al llegar a la estación de destino, subiendo las escaleras mecánicas, esperaba la lluvia, esta vez era un buen chaparrón difícil de eludir. “No importa”, pensé. Podía comprar un paraguas. Y como respuesta a mis deseos, en ese momento divisé a un hombre con varios modelos, ofreciéndolos por cien pesitos. “No es tanto si pensamos en las molestias evitadas”, pensé. Me di el lujo de elegir uno bastante lindo. Uno no busca tanto diseño en un paraguas, solo que no tenga goteras y que se abra en el momento requerido. El asunto es que al meter la mano en la cartera para sacar la billetera noté que no la tenía.

Y la lluvia se siente bien, después de todo. Ya les hablé de la resignación. Nada podría enturbiar mi día, estaba decidida a ello. Aunque significara no quejarme de cosas por las que hay que quejarse.

Pero mi temple fue puesto a prueba una y otra vez en ese día. Para empezar, el nuevo “chiche” de la oficina: un aparatejo que marca la entrada y salida de los empleados. Mis llegadas sobre la hora serían por siempre leídas por un ser electrónico que nada podía entender de conflictos gremiales, lluvias y torceduras de pie.

No obstante eso, y después de haber dejado mi huella para la máquina, me encontré con un papelito rosa sobre el teclado de la computadora. Decía: “necesito el informe de gastos”. “Claro que sí”, pensé, “inmediatamente”. Y esas satisfacciones que uno siente cuando ha realizado sus tareas a conciencia y a tiempo se vio impedida de desplegarse por completo cuando encendí la computadora y no respondió. ¿Había estado trabajando  en la red o en el disco duro? La pregunta del millón fue respondida de inmediato, porque cuando pedí el backup que hacen de los archivos de la red cada noche, me encontré con que no estaban reflejados en él los cambios que hice a última hora.

Siempre el trabajo es un desafío, ahora el desafío era recordar los cambios, volver a hacerlos, todo en menos de media hora. ¿Cuánto me habían llevado ayer? Dos horas, creo. Bueno, el trabajar contra reloj siempre es estimulante…

Felizmente, logré el objetivo, trabajando en máquina prestada y todo. Pero no podía ser todo tan bueno, tenía que haberme olvidado algo. Así lo notó mi jefe, quien me devolvió el informe pidiéndome que ampliara información de un par de puntos.

Me disponía a continuar cuando un golpe de tensión hizo parpadear la luz. Las catástrofes siempre se anuncian de alguna manera. La cosa no iba a quedar ahí, nomás. A los pocos minutos y con mi archivo abierto y en pleno trabajo, se cortó la luz por obra y gracia del mal o inexistente mantenimiento de la red eléctrica de la ciudad.

¿Qué se hace en una empresa que no cuenta con grupo electrógeno? Las próximas investigaciones en tecnología deberían ahondar el uso de energías alternativas, como las velas, por ejemplo, para hacer funcionar las computadoras.

Pero no todo estaba perdido, algo de la pequeña contrariedad se podría solucionar si volvía la luz pronto o si nos enviaban a casa a trabajar desde nuestras propias computadoras.

La cosa no mejoraba y nos mandaron de vuelta a casa. Subte, tren, colectivo, ahora sin problemas, me condujeron a la paz de mi hogar, donde pude terminar, felizmente, el trabajo y enviarlo por mail. La paz del hogar es incomparable. Uno se relaja, nadie controla, nadie se acerca a conversar cuando estás más concentrada, se siente un poco aislado, solamente. Pero como es algo transitorio, se soporta. Tan relajada estaba que reparé en unos papeles que había dejado sobre un mueble. Pensando que eran facturas de impuestos para archivar, y sin tener otra cosa para hacer, me dispuse a ponerlos en orden. Grande fue mi sorpresa al encontrar entre las facturas del gas y la luz una carta. Era “La carta”. La carta del año, diría. La mismísima carta en la que mi ex me dio a conocer que había estado engañándome y que se iba con la otra. “Cosa superada”, pensé al verla. Pero se me dio por releer unas líneas, y, como si fueran gotas de agua cayendo sobre una grieta, algo se me revolvió no sé muy bien dónde, si en el pecho o en la cabeza…

Volví a la computadora dispuesta a cambiar el clima de llovizna pertinaz que se me había instalado y me encontré con el que ahora es mi amigo con derechos…

Me decía que nos encontráramos esa tarde. Total él salía temprano y yo estaba en casa, podíamos reunirnos a la luz del sol. Hice un par de cosas, cumplí mi tarea del día para la empresa y me fui a bañar. Me vestí con cierta intención provocadora. A veces es bueno que te vean arreglada para matar, aunque sea miércoles por la tarde.

Volví a la computadora para chequear los mails, por si mi jefe había hecho algún pedido nuevo. Solo había uno en el que decía: “gracias, ya nos arreglamos con el informe de Ricardo”. Ricardo… mi pesadilla. El que quería mi puesto y se las estaba arreglando para anticiparse a algunas cosas. Ese era un tema que tendría que tener presente los próximos días. ¡Qué cansancio! No alcanza con tener uno que mostrarse eficiente, también hay que mostrar que uno es más eficiente que otro…

Andaba con las monedas justas, me habían llevado la tarjeta en el robo y no podía ir a un cajero, y con la cuestión de la luz no había tenido tiempo de pedir un adelanto de sueldo. De esto me percaté cuando quise pedir un remise y me encontré con que no tenía plata suficiente. Bien. Respiré hondo y me fui caminando, total lo que venía era puro placer, qué me costaba un pequeño esfuerzo.

Allí estaba, mi salvador, el que le daría un giro a las contrariedades de ese día. Nos encontramos cerca de la estación y me llevó a su casa, con la promesa de una rica cena.

Es bueno intentar algo nuevo, uno se predispone a lo mejor, vuelven a aparecer esperanzas y sueños. La vida se ve más hermosa. Conversamos por un rato y me reí de buena gana. Sentía la conexión. Estaba siendo feliz nuevamente. Pero no estaba muy segura de que a él le pasara lo mismo. Había tenido un par de gestos que me hacían dudar. Las dudas son importantes, la hacen reflexionar a una, sin embargo esta vez se estaba convirtiendo en un presentimiento… Si yo fuera bruja jugaría a la lotería. Eso debí hacer después de la velada romántica. Un buen plato de fideos, un poco de vino, un montón de besos y bueno… ya saben. Lo que no saben es que uno a veces puede tener las más disparatadas experiencias en los momentos menos pensados. No voy a entrar en detalles, solo baste decir que estábamos en un momento crucial de la situación cuando sonó el celular de él.

─Hola, mi amor, ¿dónde estás?

─Seguro, ya te lo alcanzo.

─¿Era tu hija?

─No, era mi ex.

─¿Le decís “mi amor”?

─Es una historia muy larga… Otro día te la cuento.

Esto de salir con alguien que te invita a su departamento puede ser engañoso. Tal vez no era su casa, realmente.

Pretexté cansancio y me volví.

Quise viajar en colectivo porque necesitaba despejarme. Gran error, el bondi fue desviado por unos piqueteros que a esa hora de la noche seguían protestando porque no les daban el trabajo que buscaban. Habían quemado gomas en mitad de la avenida y todo el humo se me vino a los ojos, dándome una excusa para liberarme de algunas lágrimas que venían presionando desde hacía un rato.

Llegar de vuelta a casa siempre es un momento grato, salvo que se te escape la perra y veas que un perro grandote te la agarra en la esquina. Uff, no sé si faltaba algo más pero miré hacia arriba y vi el cielo sin una sola estrella. Las nubes comenzaron a descargar una tormenta que hizo que cerrara todas las ventanas.

Serían las once de la noche cuando el agua comenzó a entrar por la puerta de adelante. Trapos de piso y maderas eran mi trinchera. Pero el agua siguió entrando, inclemente. Lo bueno es que se cortó la luz, así que no habría riesgo de que me quedara electrocutada. El único problema es que no sabía si la bomba había llegado a enviar agua al tanque por lo que bañarme con agua caliente al otro día iba a ser un verdadero misterio.

Mientras tanto, al correr un poco los muebles para evitar que se mojen, cayó del cielo, o mejor dicho del estante, una factura que vencía justo ese día.

¿Podía pasar algo más? ¿Sería yo capaz de superar otra prueba?  Hay momentos trascendentes en la vida de la gente. De esos que hacen un click y cambian todo. En ese, un pensamiento como una flecha dio en el blanco de mi pregunta. En la billetera que me habían robado tenía el comprobante del envío de mi novela a un concurso convocado por una institución de México. Ya había llamado para saber si había llegado a destino y aún no lo había hecho. ¿Cómo reclamaría ahora? No solo fallaban mis fuerzas, fallaba el correo también.

Me fui a dormir, con la esperanza de que a la mañana las aguas habrían bajado y me quedé profundamente dormida, hasta que fui sobresaltada en medio de un hermoso sueño por el sonido del televisor que se activó cuando volvió la luz.

Lo apagué y volví a programar el despertador. No mencioné que necesito tres despertadores para la mañana. Pero esos son detalles sin importancia.

La nueva mañana llegaría con bochinche pero con alegrías. Parece que soñar con aguas que recorren un arroyo y delfines en el mar tiene efectos benéficos…

Después de limpiar los restos de agua con basura que entraron por la hendidura de la puerta del frente, de tomar un baño con agua no muy fría y de saborear un café con chocolate, me dispuse a comenzar el día jueves.

Un timbrazo me puso nuevamente en alerta. Esta vez algo bueno tenía que suceder. Y así fue, por carta certificada una editorial me comunicaba que estaban interesados en mi novela.

¡Bien! Había logrado pasar un día miércoles en B.A.…

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