Bajo la luna roja

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Resultado de imagen para luna rojaQuién hubiera dicho que la noche depara los mayores cambios de la vida… Eso le pasó a Wolf justo cuando pensaba que había alcanzado la luna con las manos.

Tenía todo lo que deseaba: una mujer que lo amaba, un buen trabajo, una bella casa en los suburbios, un proyecto para el futuro, entusiasmo y deseos de vivir. Y sin embargo, un día descubrió algo al mirarse al espejo. Y al otro día un poco más y al siguiente más aún.

La luna fue testigo de todos sus cambios. Y vaya si los tuvo. Cambió su habitual traje blanco por un abrigo de piel rojizo. Dejó de frecuentar el campo y comenzó a ir por la noche a la cima de la montaña. Dejó su hogar suburbano por una cueva abrigada en las alturas. Y por último y no menos importante, se alejó de su novia a la que amó desde que la primera vez que la vio.

La luna hizo real su más profunda fantasía. Para ello solo le pidió una cosa.

Así que de un día para otro, de manera inexplicable sus vecinos se encontraron con la casa vacía, la puerta abierta de par en par. Se asustaron y llamaron a la policía, porque no podían entender cómo un muchacho siempre tan ejemplar, tan buen vecino, había desaparecido sin decir palabra, sin dejar un mínimo rastro, dejando todo abandonado. Pero la policía no tuvo forma de encontrarlo. Tampoco tenía motivos para relacionar su ausencia con la aparición de numerosas víctimas de un perro salvaje.

Entonces comenzaron los mensajes. Diana recibió primero una carta de despedida en la que él le decía que debía alejarse por motivos que ella no entendería. Semanas después llegó un ramito de flores con una tarjeta en la que le explicaba que pese a la distancia seguía pensando en ella. Otra vez fue una caja de bombones de licor en la que le decía que ese sabor le hacía acordar a sus besos.

Ella estaba tan confundida que cada vez que salía a la calle sentía su presencia en las esquinas, esperándola como una sombra. No podía dar dos pasos sin mirar a todo el que se le cruzara. Comenzó a verlo en las vidrieras de los negocios y en las plazas disfrazado de can. De noche lo soñaba, pero no lo veía con su cara, se le aparecía como un animal salvaje corriendo por una llanura, libre, sin límites, voraz.

Wolf seguía con su nueva vida, no sin remordimientos. La sangre le hervía últimamente y solo podía calmarla con la sangre de sus víctimas. Los ojos de los inocentes son el mejor espejo del mal. Así lo sentía al mirarlos. Se sentía portador de una maldición, representante de una anomalía del universo. Así y todo, cada noche hacía su aparición desde los oscuros recovecos de la ciudad. Asechaba y atacaba. Necesitaba sentir la sangre tibia en su paladar. No mataba, solo clavaba sus colmillos en una mezcla de apetito y frenesí que iba menguando conforme el líquido vital lo iba satisfaciendo.

Escapar no era problema al principio. Nadie estaba prevenido, pero cada vez más había vigilancia y se le hacía difícil esquivarla. Así y todo se asomaba a su viejo vecindario a escondidas para observar la ventana de Diana.

Y ocurrió una noche fresca en la que solo se movían las hojas de los pinos que un perro callejero se le vino encima enfurecido. Él trató de escapar, pero el perro era muy rápido y no le tuvo miedo, lo persiguió hasta arrinconarlo y tuvo que trenzarse en una lucha feroz que lo dejó sin aliento ni sosiego. Fue esa noche cuando se dio cuenta de que debía dejar por completo su anterior vida. Debía dejarla reposar y decantar. Que se fuera al fondo de su alma y no se agitase jamás.

Entonces Diana, al no recibir más mensajes, decidió ir a buscarlo. Se dejó guiar por una intuición. Sintió que debía buscar el lugar donde solían ir a contemplar la luna. Así que fue por su escopeta, subió a su jeep y se fue a las montañas.

Pasaron algunas noches antes de que diera con él. Lo encontró en todo su esplendor en la cima donde vivía, erguido en sus dos patas traseras y aullando a la luna.

Alguien podría pensar que ella se sorprendió y huyó, o que él la reconoció y, completamente metamorfoseado, la atacó, o que ella sacó su escopeta y terminó con su sufrimiento, o que los dos se dieron cuenta de que ya nada los unía y se separaron para siempre. Pero no. La luna tiene sus sorpresas. Todo lo bueno o todo lo malo ocurre bajo su influencia. El caso es que esa noche la luna desplegó todos sus rojos y extendió su sangriento brillo sobre las cabezas de nuestra pareja.

Lo que ocurrió después es leyenda. Ellos fueron la primera pareja de lobos humanos sobre la faz de la tierra. Por eso y porque la luna no se equivoca, los dos solo pudieron amarse en su forma humana, y fueron humanos solo bajo la luz del sol. Mientras la luna, esa cómplice insensata, los volvía a su naturaleza fantástica.

El tiempo no les dio tregua. Los humanos organizaron cacerías, ofrecieron rescates y pusieron sistemas de alarmas rodeando la ciudad. La ciudad se volvió una fortaleza comparable a una base militar. Wolf y Diana lograban escabullirse en su forma humana y una vez en su callejón-guarida se transformaban. Nadie los lograba detener. Algunos decían haber visto su sombra. Otros contaban el horror de sus aullidos. Ya se sabía que eran dos, que andaban siempre juntos, que los ojos de él brillaban en amarillo y los de ella en blanco. Decían que atacaban a los que tenían deudas con la sociedad o a los que se alejaban de la gracia de Dios… Pero nada de eso se pudo comprobar.

Ellos seguían corriendo riesgos. La otra noche los ladridos de un perro alertaron a la que iba a ser su próxima víctima. Un policía acudió y se enfrentó cara a cara a la amenaza. Esa noche fue la última. Diana miró a amado con dolor y se dejó atravesar por una bala. Wolf no lo pudo soportar, atacó al guardián del orden y lo destrozó, mientras la luna contemplaba con disgusto su reacción.

Ese fue el final de Wolf. La luna no se lo perdonó y lo envió a los bosques a morir solitario. Esa noche, antes de marcharse me miró a los ojos y no me atacó, solo me contó su historia para que supiera. Me preguntaba por qué, para qué lo hizo y no pude evitar seguirlo hasta la montaña. Luego lo perdí de vista. Un instante antes de que desapareciera en el bosque lo vi transformarse en humano mientras que yo, tomaba conciencia de que ahora la luna me llamaba a mí. Una luna roja que se convertiría en mi única compañera por siglos. Porque la luna aprendió con Wolf que la eternidad no puede competir con el amor entre hombre y mujer.

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10 comentarios sobre “Bajo la luna roja

    ombu21 escribió:
    16 julio, 2017 en 9:43 pm

    Me gustó mucho esta historia, felicitaciones.

    Le gusta a 1 persona

    juan re crivello escribió:
    17 julio, 2017 en 11:34 am

    Un saludo cordial j re crivello

    Le gusta a 1 persona

    davidrubios escribió:
    19 julio, 2017 en 12:04 am

    Estupendo relato, con esa frase que cierra “la eternidad no puede competir con el amor entre hombre y mujer”. Una historia con todos los elementos de fantasía que requiere un hombre lobo, sujeto a una maldición que quizá no sea tal, que solo sea a ojos de los humanos normales. En todo caso, una historia sin fin, porque el narrador quizá encuentre pronto su pareja. Un abrazo!!

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      mireugen respondido:
      19 julio, 2017 en 12:34 am

      Gracias, David. No sabemos si la encontrará o seguirá su idilio con la luna… En todo caso será una forma diferente de vida, solo posible merced a la fantasía.
      Un abrazo

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    DAVID escribió:
    23 julio, 2017 en 5:50 pm

    Bonito… No puedo decir mucho más. Bonito relato.

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    seresdeluzblog2016 escribió:
    9 agosto, 2017 en 10:38 pm

    Me ha encantado tu relato Mirna! Es poético y oscuro al mismo tiempo. Los designios de la luna roja son inescrutables, aunque el amor es más fuerte… Un bonito relato de hombres (y mujeres) lobo. Un fuerte abrazo! ; )

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      mireugen respondido:
      9 agosto, 2017 en 10:45 pm

      Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado. Me gusta eso que dices sobre oscuro y poético. No suelo escribir ese estilo y me ha resultado muy grato.
      Un abrazo

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