El dragón sin escamas

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Hacía décadas que no nacía ningún dragón en esa ciudad. Eso había pasado luego de que hubiera una gran pelea entre los dragones  y muchos murieran a consecuencia de las diferencias que tenían entre ellos. Ninguno quería escucharse. Ninguno quería saber lo que pensaba el otro.

Y nació Arturo. Todo el pueblo celebró ese huevo. Era el anuncio de una nueva era de paz y prosperidad.

Arturo era un bebé precioso, lástima que al salir del cascarón se dieron cuenta de que no tenía escamas, ni cola, ni alas, ni orejas como los dragones.

Los ancianos lo miraban con recelo. La mamá lo miraba con amor, como cualquier mamá.

El padre lo miraba y pensaba “pobrecito, no va a poder volar o echar fuego como los demás”.

Hubo un consejo de emergencia para tratar el tema del dragón sin escamas. Y mucho se debatió sobre las posibilidades de que tuviera una vida normal.

Finalmente no se llegó a ninguna conclusión. No podían imaginar qué otras virtudes traía esa forma extraña que tenía.

Arturo dormía plácidamente mientras los demás pasaban a ver a ese bebé extraño.

Hasta que un día la mamá dijo “basta, mi bebé no es una rareza, de ahora en adelante si quieren ver algo raro miren su propio reflejo en el lago”.

Y Arturo fue creciendo con ganas de parecerse a sus padres. Pero cuanto más crecía menos se parecía.

Y comenzó a explorar las tierras cercanas y luego las lejanas. Y de cada lugar que visitaba traía algo. Aprendió a fabricar aparatos y esa era su gran diversión ya que no podía volar por sí mismo.

Pero eso no lo acobardó. Con un ato de ropa y de comida, salía a la aventura de ver mundo y traérselo a su familia.

Los dragones lo miraban con recelo, pero les resultaba curioso ese ser y como había nacido diferente lo aceptaban con sus rarezas.

Arturo, un día se encontró con un anciano humano. Y lo miró detenidamente, ya que se dio cuenta de que tenían rasgos parecidos. Arturo le habló en lengua dragón y el anciano le respondió de la misma manera.

Hablaron durante un largo rato y el anciano le preguntó:

─¿Sabes cómo se hace el fuego?

─Mi familia lo tiene en su interior. Pero yo lo hago con hojas secas y unas piedras.

─¿Sabes cómo se vuela?

─Mi familia despliega sus alas y se eleva. Yo armé un aparato para deslizarme por los aires.

─¿Sabes cómo se lucha contra un enemigo?

─Mi familia arroja fuego y golpea con su cola. Yo tengo esta gomera para arrojar piedras encendidas y esta espada.

─¿Por qué te lamentas de no ser un dragón, si puedes hacer todo lo que ellos hacen?

─Porque al mirarnos en el reflejo del lago no nos parecemos.

─¿Darías tu vida por tu familia?

─Claro que sí.

─Entonces tú eres un dragón.

Y fue así que Arturo vivió siempre con su familia y siguió llevando a su pueblo todo lo que iba aprendiendo en el mundo. Los otros dragones aceptaron a ese “dragón sin escamas” y conforme lo aceptaban comenzaron a aprender cosas nuevas. Esa disposición hizo que valoraran lo que sabían los demás y no pelearan tanto, porque los dragones que no quieren aprender nada de nadie, esos son los que se pelean.

Meg ©Todos los derechos reservados

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2 comentarios sobre “El dragón sin escamas

    mensajedearecibo escribió:
    18 diciembre, 2016 en 10:59 am

    Precioso cuento, Mirna, como todos los que salen de tu pluma. Un verdadero canto a la diversidad y a su aceptación.
    Un abrazo.

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      mireugen respondido:
      18 diciembre, 2016 en 12:55 pm

      Gracias, Bruno. Siempre eres muy gentil. Un abrazo

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