El cerro

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Todos los días iba hasta la choza del brujo a pedir consejo. Últimamente su vida transcurría en la cornisa del cerro más alto, con temor a dar un paso en falso.

La tribu se encontraba en la quebrada, dispuesta a realizar un sacrificio para evitar que el volcán se derrame sobre la ladera y aplaste con su vómito sangrante el poblado.

El jefe de la tribu no tenía descanso. Sobre su cabeza reposaba la vida y la muerte de los suyos. El brujo le pedía que confiara en su propio juicio, que eligiera.

Muchas veces se había imaginado conduciendo los destinos de los demás, pero esta prueba era demasiado tremenda. Y el brujo no estaba ayudando, las piedras no hablaban, los huesos no hablaban, las hojas no hablaban. Todo había enmudecido, como si el espíritu del más allá solo se contentara con su decisión.

¿Qué debía hacer? ¿Un sacrificio a los dioses? ¿Ofrecería a los más ancianos, símbolo de la sabiduría? ¿Ofrecería a los guerreros, poseedores de la fuerza y de la astucia? ¿Ofrecería a los padres de familia, símbolo de la continuidad de la tribu? ¿Ofrecería a las vírgenes con su pureza? ¿Ofrecería a los niños con su inocencia?

El chamán lo miraba con pena. Sentía que no soportaría la presión de esa decisión. Y seguía insistiendo con sus métodos otrora infalibles para conocer la voluntad divina.

Así pasaron varios días sin respuestas. El jefe de la tribu tomó una decisión. Empacó unos alimentos y comenzó a subir por la ladera del cerro. Conforme ascendía una idea iba tomando forma en su mente. ¿Y si la falta de respuestas era la respuesta?

Al llegar a la cima y asomarse al cráter sintió el aliento de azufre del cerro envolviéndolo. Sintió que la decisión ya había sido tomada desde mucho antes y dio un paso al frente.

El brujo de la tribu arrojó sus piedras y lo vio todo. Pensó que la presión había sido tan insoportable que lo impulsó a la autodestrucción. La gente de la tribu vio en ese sacrificio un modelo para sí mismos y para sus siguientes dirigentes.

Nunca se supo la verdad, pero el pueblo prosperó gracias a la sabiduría de los ancianos, la fuerza y la astucia de los guerreros, la generosidad de los padres, la pureza de las mujeres y la inocencia de los niños. Los siguientes jefes no fueron elegidos entre los más fuertes, sino entre los más valientes.

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Un comentario sobre “El cerro

    Mamen Piriz García escribió:
    8 diciembre, 2016 en 6:46 pm

    Una historia bonita, Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

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