A la larga todo se sabe

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Ella tenía una frase de batalla: “con la verdad se llega lejos”. Sus hijos la habían escuchado por años, crecieron inmersos en esa filosofía y uno de ellos se hizo filósofo, mientras que el otro se convirtió en fiscal.

Pasaron los años y la señora se fue acercando al final de su vida. Adquirió entonces un pasatiempo para acompañarse en sus ratos de soledad. Escribía un diario. Pero no era un diario común y corriente, lo escribía en símbolos porque decía que eso la ayudaba a ejercitar el cerebro y prevenir ataques cerebro-vasculares.

La cuestión es que un día la señora falleció de un paro cardíaco. Se le detuvo el corazón, dijo el médico. Sus hijos, días después  del funeral, fueron a su casa a disponer de sus objetos.

Comenzaron por embolsar ropa y elementos de tocador. Al abrir un pequeño alhajero, se encontraron con una libretita verde. El filósofo la abrió y se encontró con una especie de diccionario donde había una compleja equivalencia de símbolos. Picado por la curiosidad, lo mostró a su hermano abogado, y llegaron a la conclusión de que buscarían bien para encontrar aquello para lo que servía la clave.

Así pasaron dos días en que no quedó objeto sin registrar. Estaban por darse por vencidos cuando encontraron en el descanso de la ventana una madera floja. Removieron la madera y allí hallaron lo que buscaban. Era el diario de su madre, con una bella encuadernación de cuero y las hojas de color amarillo.

En la casa del filósofo se dispusieron a leer. Pero antes de iniciar la lectura, el abogado se preguntó qué harían si encontraban algún secreto que perturbara la memoria que tenían de su madre. El filósofo se inclinó por saber la verdad, sin importar cuál fuera. Siguieron discutiendo un rato. Barajaron la posibilidad de que si no les gustaba harían de cuenta que nunca lo habían leído. Pero el filósofo se negó. En cambio, propuso que él sería el primero en leer y si, a su juicio, no era malo le daría el diario al hermano. Así lo hicieron. Cuando el filósofo terminó de leer, entregó el diario a su hermano. El abogado a las pocas páginas comenzó a enojarse. Le reprochó a su hermano no haber cumplido su palabra y haberle mostrado una faceta oculta de su madre. El filósofo le respondió que las primeras palabras de su madre le deberían haber advertido. Ella había escrito que quien no quiera enterarse de verdades que mantenga la curiosidad a raya. Vos no lo hiciste. Yo, sin embargo, no pasé de la primera página. Ahora sé que nuestra madre nos ocultó algo durante años, contradiciendo su lema, pero también sé que al final se reivindicó. Eso me alcanza.

La verdad a veces lleva su tiempo. El abogado se amargó durante unos meses sabiendo que su hermano no era su hermano. Pero no dijo nada. Hizo uso de su capacidad para guardar un secreto. El diario quedó en su casa, en un estante de su biblioteca, porque la verdad no hay que ocultarla, pero tampoco hay que forzarla.

El filósofo mintió, había leído todo el diario, pero no creyó necesario decirlo, porque hay verdades que no tienen ningún sentido cuando la existencia las contradice.

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