A grandes problemas, grandes soluciones

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Muchas veces no es  fácil encontrar un remedio para una situación enojosa…

Llevábamos siete meses de casados cuando mi cuñada se quedó sin trabajo. Ella es una mujer alegre, siempre dispuesta a la risa. La cuestión es que cuando perdió su trabajo parecía preocupada, andaba concentrada, ensimismada, con el ceño fruncido. Pero no nos decía que saliera de su casa para buscar trabajo. Lo atribuimos a las nuevas formas de buscar empleo, todo por Internet, por mail.

Pasaron un par de meses y nos vino a visitar… en realidad vino a anunciarnos que no conseguía nada y se tendría que mudar con nosotros. Mi marido y yo nos miramos. Él puso los ojos bizcos y yo finalmente accedí. Eso fue hace cuatro meses…

Día a día se fue abriendo la cebollita… Desordenada. Despreocupada. Despistada. Parecía que esperaba que la vinieran a buscar en un carruaje. Se sentía una reina y no se toma el trabajo de mirar un diario para buscar avisos. Ni hablar de decirle que se presentara a trabajar de moza en un restaurante. Demás está decir que no contribuía con las tareas de la casa, ni siquiera era capaz de sacar la bolsa de residuos. Los fines de semana se volvieron una tortura. Queríamos disfrutar de nuestro reciente matrimonio, pero ella siempre estaba en el medio para comentar alguna ridiculez de las que mandan por celular. ¡El colmo fue que quiso organizar una fiesta para sus amigos!

Ya no aguantábamos más. Se me ocurrió una solución. Llamé a mi suegra, le dije que su hija estaba sufriendo y la necesitaba. Mi suegra se limitó a decir que a grandes problemas, grandes soluciones. Solo eso dijo…

Como si fuera poco, la gota que rebalsó el vaso fue un amigo de mi marido. Él también se quedó sin trabajo y solicitó asilo en nuestra casa. Vino a instalarse con todo su equipo de montañista, carpa incluida. Fue amor a primera vista. Ahora se la pasan metidos en la carpa en medio del living y tenemos que ver la tele en la Tablet, metidos en nuestra habitación. De buscar trabajo ni hablar… Solo se escuchan sus risas y se siente el olor de la comida que asan en un fueguito que se armaron.

Con mi marido llegamos a tener que pedir permiso hasta para ir al baño. No se salvan ni los víveres, ni las toallas ni el champú y menos el desodorante. Estamos pensando que vamos a dejarles la casa. Nosotros podemos irnos lejos, buscar una casa más pequeña, tan pequeña como para que no quepa una carpa. Pequeñas soluciones son a veces grandes soluciones.

 

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