Cartas imperfectas

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Rescate

Iba recorriendo horas de penurias. No caminaba por cornisas, tampoco cruzaba semáforos en rojo. Fue como si me hubiera despertado con quince años, habiéndome dormido con cincuenta. El mundo se abría delante de mí como una caja mágica, llena de secretos, siempre cambiante y con la novedad y la incomodidad que produce todo lo nuevo. También había una intensa sensación de descubrimiento. Un anhelo de aventura como el olor a libro nuevo. Pero no estaba ajena al miedo. Las inseguridades del terreno inexplorado me trabajaban por dentro.

Cada paso que daba se me ocurría el más excitante, el más difícil, el más desconcertante, el más peligroso. Era una brazada en un mar donde el mito de la serpiente marina estaba vivo y latía con fuerza.

No ayudaba sentir que no confiaba en mis fuerzas. No confiaba en mi capacidad para discernir el peligro. No confiaba en mi intuición ni en mi inteligencia. Para ser más gráfica, mi mente había pasado por una licuadora de ideas. Y de tanto rechazarlas, las heroicas no tenían casi fuerza.

Tanteando, poniendo un pie delante del otro con cuidado, como si estuviera aprendiendo a caminar, así me encontraste.

Y surgió una puerta. Yo la abrí sin pensar y me detuve en el umbral, sorprendida. Por ella entraste con tu alegría de vivir, tu risa contagiosa y tus ojos chispeantes. Te conté que había estado sola por una eternidad y me abrazaste. No me preguntaste por qué camino había venido. Solo me diste la mano y la aferraste. Aún recuerdo el final de nuestra primera noche. Me dijiste: “mejor te llevo a tu casa, si no no nos vamos a separar más”.

Recuperando la armonía perdida

 

A veces pasa

Y no hay quien pueda distraerse de ello

Que a raíz de un tropiezo

Se encuentra un nuevo punto de equilibrio

La lluvia cae

Humedece el pasto, el suelo tibio

Y la tierra devuelve el brillo

Sorprendiendo con el nacimiento de una flor

Renacida

A un mundo de esperanzas y deseos

A un camino veraniego

Me columpié en la dulce hamaca del amor

Amor reciente

El que te hace hacer dibujos en los márgenes

El que te vuelve angel

y extrae al diablillo que late en tu interior

 

Deseando más

El campo es sediento de lluvias y soles, de tréboles y de aves que esparcen las semillas. Así el amor… Nos vuelve dependientes de una caricia, de una voz cuyo timbre acaricia los oídos y una piel que se extraña cuando no está tan cerca. También nos vuelve mendigos de la aceptación de nuestras pequeñas “rarezas”, esas cosas que no divulgamos o preferimos que no se nos vean.

Pero por sobre todo, como una gran manta en invierno, nos convierte en cobijo, en seres hambrientos por dar, por entregar…

¿No disfrutamos al hacer un regalo? ¿No nos genera una hermosa sensación ver la expresión de felicidad o gratitud? ¿No es parte de lo que nos motiva a regalar el efecto que vemos en el otro? Sorpresa, felicidad, diversión, agradecimiento, bienestar, alegría, emoción, remembranza, ilusión, todas estas cosas nos vuelven como un bumerang emotivo. Una pequeña dosis de egoísmo nos motiva a regalar. O una gran dosis, todo depende. Por eso regalamos, porque sentimos que haciendo feliz al otro nosotros somos arco y flecha de felicidad, un poquito dioses de la alegría.

Así fue contigo. Yo sabía que nuestro amor tenía horarios y límites, pero igual… Comencé a necesitar darte y que me dieras esa agua escurridiza de la complicidad y la compañía. Deseaba tenerte cerca, el mayor tiempo posible, colmarte de besos, volcar mi vocación de mujer amante en las playas tibias de tu vida. Nuestros encuentros, retazos de la seda de la vida, me colmaban por un rato, me dejaban con sensación de desamparo al pasar las horas.

 

En estado incierto

 

La razón se nos nubla con algunos sentimientos.

Nos metemos a una nube y solo intuimos el cielo.

No lo vemos.

De pronto un sonido se escucha cercano.

¿Qué lo está emitiendo?, nos preguntamos.

No lo vemos.

Y quizás ese run run permanece a distancia.

Llega un momento en que no se percata.

No lo vemos.

Como si fuera un acompañamiento.

Como si dijera a mí misma me miento.

No lo vemos.

Y un día llega la intuición.

Esa inteligencia hace aparición.

No lo vemos.

Madre de todas las sospechas, la intuición.

Es la comezón, la piel, la sensación.

No lo vemos.

 

Realidad fría y dura

El sol en una mañana de escarcha hace que el frío se eleve. Nos duelen las manos. Nos hace taparnos la boca para darnos calor con nuestro aliento sobre las palmas y con ello calentar todo el cuerpo. El aliento se hace vapor y disipa el frío. Puede ser que nos gotee la nariz. Alguno sacará un pañuelito del bolsillo, otro usará una manga… Entonces sentimos frío en los pies. Quizás la suela de los zapatos no alcanza a aislarnos lo suficiente. Quizás demos unos saltitos en el lugar. Y después, poco a poco la caminata va poniendo en movimiento nuestros músculos y todo se va entibiando. Lentamente la sangre se reactiva y los miembros entumecidos ya no sienten dolor.

La realidad fue esa mañana de escarcha. Después de un sinfín de preguntas, la respuesta vino a congelarlo todo, hasta las ganas de seguir sabiendo.

Y la respuesta mía… ¿cuál debía ser?

Una lágrima requiere una caricia y tal vez un abrazo y un beso. Sin mediar disculpas, sin reproches, la nueva sensación de desamparo encontró en sus brazos un motivo para no doler y para no sentir.

 

Lejana

 

La vuelta del sol,

(como si alguna vez se hubiera ido)

trae los rumores de la tierra.

Destierra

de nuestros algodonosos pensamientos

miedos, titubeos

y esa sensación de barranco.

Dice que no es tanto,

que el dolor con unas lágrimas se exorciza,

que es más lo que puede la brisa sobre un campo

que lo que puede un vendaval sobre el mar.

Y le da fuerzas a nuestro espíritu inquieto

le da alas y fuego

para comenzar a caminar.

Con cada paso en el sentido contrario

se siente el viento

proa a sotavento

mirada a babor y a estribor.

 

Recayendo en la nostalgia

Y llega ese día en el que una melodía se nos antoja pegadiza. Sin darnos cuenta comenzamos a tararear un estribillo… Una palabra, una frase, un verso completo se integran a nuestras vidas. Como el agua se absorbe por la raíz, nuestro cerebro incorpora una idea que se interna por los meandros de los conocimientos desconocidos por nosotros mismos.

Entonces un zapato de cada color, la llave que se olvida, la agenda guardada en la heladera, algo, cualquier cosa nos dice que hay un pensamiento que puja por salir. Y suena esa canción, la ¡tan inofensiva! y nos remueve la tierra fértil de los pensamientos. Y surge, como si nunca se hubiera escondido. Y era él. Era su imagen, su olor, su cálido aliento. Y empieza la agonía de la piel y de los recuerdos. Y los minutos se confabulan para arrinconarnos entre dos ideas opuestas.

Un día cualquiera, de esos que se desperezan y bostezan, la larga mano de los recuerdos enciende el fosforito de la pregunta… ¿Qué mal hago en llamarlo?

Una catarata de reproches anticipados se precipita haciendo el ruido característico del agua. Pero luego el fluir manso aparece como una señal de que las cosas podían seguir su curso y no hacerle daño a nadie.

 

Escozor

 

La sombra sigue al caminante.

La verdad también.

No importa cuánto deseemos ignorarla,

allí está con su ropita de fiesta,

dispuesta

a salir a la menor invitación.

Y la suertuda encuentra la ocasión

y se regodea con los “te lo dije”

y lo que es su fiesta es nuestra ruina.

Termina

por aguarnos la velada.

Creer mucho en las hadas

no es la respuesta a su presencia…

ella maneja la esencia

de hormiguita colorada.

 

Decir que no

Pocas cosas hay tan simples como la palabra no… Pocas cosas hay tan difíciles como la palabra no…

Creo que el problema son las contemplaciones. Los benditos “pero”… Odiosos, necesarios a veces, cobardes, grandiosos, según la ocasión. Un mundo sin peros sería blanco y negro. Le faltaría el colorido de los puntos intermedios. Es todo un arte manejar los peros, es como hacer una receta de comida y probar con distintos niveles de especias o ingredientes. Una torta lleva harina y huevo, pero si se exagera en los huevos puede salir un panqueque.

Hay cosas que seguramente deben ser de un solo color. Pero allí aparece el pero… “me ayudaste en determinado momento”, “estuviste cerca cuando pasó…”, “me acariciaste en el momento justo”, “fuiste la única persona a la que le conté”, “te interesaste por”, “me miraste con amor”, “me hiciste reír cuando…”.  Los peros positivos nos juegan malas pasadas, nos ablandan. Los peros negativos nos piden que seamos duros.

Un buen ejercicio para la voluntad es pensar que no necesitamos nada. Mas, ¿cuánto podemos sostener esa mirada sobre el mundo? Uno puede ir a mirar vidrieras y decirse “ahora no”. Una vez, dos veces,  tres… Si uno va todos los días a mirar vidrieras ya resulta una tortura. Por eso lo mejor es alejarse, tomar distancia, no volver más. El problema que tenemos ahora es que las distancias se recorren con un click…

 

Mi puerto seguro

 

Incapaz de poner condiciones,

me abres las puertas a tu juego.

Un juego plácido, sin ataduras,

tan libre que da miedo.

Me recibes con brazos abiertos.

Me curas las penas de amores.

Atraco mi barco y te celebro

con alegría y nuevas pasiones.

Me dejo llevar por esas costas

que solo tienen arenas blancas.

Y allí retozamos nuestro tiempo

y colonizamos las sábanas.

Me pregunto qué soy en tu vida,

qué parte tomo, qué represento.

En mi interior solo siento

deseo de ser más que amiga.

 

La historia sinfín

Ya llevamos siete. Siete rupturas. Siete, mi número mágico. Cada año es testigo de una nueva esperanza de no necesitarte. Es triste que la esperanza haya pasado de querer ser más a querer ser menos… Menos dependiente de tu presencia.

La luz que se introduce por la ventana ilumina buenos deseos, tanto para vos como para mí. Lástima que no sean para nosotros…

Sentada junto a la ventana, veo las pequeñas motas de tierra que flotan. Parecen formar un puente. Si fuera tan liviana como para subir a él y cruzar al otro lado… Si fuera así, me elevaría hacia el cielo y buscaría tu aura, distinguiéndose entre miles. Esa que me hace bien cuando te tengo cerca.

Pero estoy allí, sentada, mirando el pulmón de manzana lleno de árboles. Y no puedo dejar de pensar que vos estás en tu casa, viviendo una vida a la que no estoy invitada.

Salgo a caminar. Me bebo el aire de la mañana plena de vida, de sorpresas, de nuevos días. Y cuando menos lo espero, se me cruza un cachorro. Un pequeño perro abandonado. Lo tomo en mis brazos. Está temblando, tal vez me tenga miedo, tal vez sienta frío. Lo miro a los ojos y le digo  “no te preocupes, todo va a mejorar”.

 

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2 comentarios sobre “Cartas imperfectas

    Conxita Casamitjana escribió:
    17 abril, 2016 en 8:34 am

    Cuantos sentimientos, cuantas reflexiones. En cada una de tus frases se escriben miles de historias.
    Ese amor que hace viajar en un carrusel de emociones intensas, de la dicha más profunda al más triste desamor y se repite y no se aprende.
    Precioso aunque triste.
    Un saludo

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      mireugen respondido:
      17 abril, 2016 en 12:33 pm

      Las idas y vueltas de un amor… Gracias por tus palabras. Un abrazo

      Me gusta

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