Isla de los Vientos – Capítulo XVIII

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Una nueva despedida

Villafranca ya hacía tiempo que iba y venía por aguas españolas y francesas como si anduviera por su casa y en calzas. Sus negocios habían sido todo lo prósperos que le habían prometido, sin lugar a dudas. Ahora había mejorado su aspecto, a pesar de andar con esa pestilencia típica encima, que lo identificaba de lejos como negrero.

Se veía bien en su exterior. Su interior seguía siendo un nido de ratas. Cruzaba el Atlántico con tal tranquilidad como si fuera el dueño de las aguas. Hablaba con un francés con la misma soltura que con un español y nadie tenía nada que recriminarle. Las cosas entre España y Francia estaban mejorando y él era prueba de ello. Ya había quedado atrás la disputa por los territorios de Santo Domingo, si bien habían perdido casi la mitad de la isla, pese a tener un rey indolente, impúber, con unos validos que daban calambre, las cosas marchaban de alguna manera más pacíficamente.

Fue una tarde de otoño cuando se volvieron a encontrar. Los muelles son lugares terribles, de encuentros y despedidas. Él acababa de desembarcar para tomarse un reposo en una taberna y luego dirigirse a casa de Dante, quien le tenía algunas encomiendas para su viaje a Curaçao. Ella estaba esperando para embarcarse hacia España. Aurora y su padre estaban demorados con los baúles.

Se reconocieron al instante y ella, indecisa, esperó que él se acercara. Él dirigió sus pasos sin rodeos y le extendió la mano. No le pidió la mano para besarla, la estrechó como si estuviera con otro hombre.

—El tiempo pasa, Villafranca, y tú sigues igual.

—El tiempo ha sido benigno contigo. Solo ver lo resplandeciente que te encuentras es un motivo de regocijo para los ojos de quienes te miran.

—Estoy esperando un hijo.

—Eso lo explica todo.

—Ahora me dirijo a Europa, voy a casa de unos familiares, mi madre ya está en la nao, esperándome para partir.

En otras circunstancias, Villafranca hubiera sentido deseos de besarla. De pronto volvieron a su memoria momentos en que había experimentado felicidad plena y otros de desolación, pero los sentimientos relacionados con esas situaciones no acudían a su memoria, solo los hechos.

—Pues no quiero hacerte perder el barco. Fue un placer verte.

Ella dudó, estaba por dar un paso y se detuvo.

De pronto Villafranca sintió que algo en su interior cambiaba.

—Tenías razón cuando dijiste que mi padre…

La nube que se cernía sobre sus ojos se esfumaba.

—¿De qué sirve reconocerlo ahora? Tal vez porque tú misma has cambiado.

Comenzó a distinguir el verde de los ojos de Esperanza. Pero todo lo demás seguía velado.

—Yo no he cambiado en nada Alonso.

—Yo sé que sí.

—Yo no me involucré nunca en esos negocios inhumanos.

—Tú te sirves de mi trabajo “inhumano”. Te llenas la boca con tus virtudes y no haces más que aprovecharte de los que nos ensuciamos.

—¡No voy a permitir que digas eso!

—Tu misma estás viviendo gracias a las prebendas que tu maridito logró conseguir cuando el rey extendió las encomiendas por una vida más y, por lo que sé, tú no cosechas el cacao con tus manos.

—Mi maridito está muerto, no insultes su memoria.

—Lo siento. Era un buen hombre, honorable si los hay. Lo supe apenas lo conocí. ¿Lo amaste?

—Nunca tanto como se hubiera merecido.

Ahora distinguía el negro de su cabello con total claridad.

—Pero llevas un hijo de él, eso ya es un premio a sus virtudes.

—Adiós, Villafranca.

—¡Espera! Tú debes estar conmigo —dijo sin pensarlo—. Es el destino que quiso que nos encontráramos aquí, habiendo tantos sitios en los que podríamos haber estado.

—El destino se empeña en mostrarnos nuestras diferencias, en lugar de señalar aquello que nos unió.

—Yo hace rato estoy embarcado en esta nave, que no es la que deseaba, pero es la que conseguí. Las cosas son de una manera cuando eres joven, ya no puedo darme el lujo de elegir demasiado.

—Siempre podemos elegir, la vida es un abanico de grande riqueza. Hoy tienes delante de ti un motivo para cambiar tu vida y no sabes reconocerlo.

—¿Me estás dando esperanzas?

Ella seguía siendo hermosa. ¡Dios! Sus ojos, sus labios, la manera en que movía su boca. Su mirada se hizo más dulce y se quedó un minuto mudo, disfrutando de ese placer vuelto a sentir.

—Estoy diciendo que siempre hay esperanzas. Tienes que volver a los principios que alguna vez te guiaban, ese hombre del que me enamoré sigue vivo en mí.

Ella tocó la cicatriz de su frente. Instintivamente buscó en su bolso y sacó un frasco que contenía uno de sus dulces. Se lo entregó a Villafranca que lo miró con incredulidad.

—Ven conmigo. Te haré mi reina.

—Me están esperando. Y tengo meses por delante que requerirán de mí con todo mi corazón.

—Lo comprendo. Sigo siendo el mismo imprudente. ¿Ves que en algo soy el viejo Villafranca?

—Espero verte.

Desde el batel le hacían señas para que se aproximara. La nao estaba lista para partir en cuanto los últimos pasajeros estuvieran a bordo. Ella subió con cuidado y se sentó mirando hacia el muelle. Desde allí le dirigió la última mirada en tierra caribeña.

Villafranca quedó en suspenso, viendo partir el batel. Abrió el frasco que le había entregado y probó un poco de su contenido. ¿Y si ella tenía razón? Tantas veces había soñado con el momento en que la vida los pusiera de nuevo juntos. Allá en la cárcel ella había sido el aliento que lo impulsaba a tolerar las desgracias y las injusticias. ¿Qué tenía que hacer? ¿Estaba él realmente en condiciones de virar su nave hacia nuevos puertos? Esa maldición que pesaba sobre él seguía siendo su ancla.

Los siguientes días los pasó en un estado de ensoñación que le impidió siquiera pensar en comer. Había vuelto a lucir como un despojo.

—No puede ser el destino que estemos siempre separados —se dijo. Y comenzó a planear la forma de salir de ese atolladero.

Fue en busca de François.

—¿Todo listo para zarpar?

—No, todavía. Tenemos un par que se atoraron en la taberna.

—Ve a buscarlos inmediatamente, necesito a toda la tripulación del Tigre de la Mer. Y al que no quiera venir, latigazos.

—Yo no contaría con eso. Domínate Villafranca. Ellos siempre te han sido fieles, aún cuando…

—¿Aun cuando qué?

—Aún cuando tú no definías de qué lado estabas.

—¿Y tú, de qué lado estás?

—Del tuyo, sin dudas. Pero eso no significa que deba decirte a todo que oui, monsieur.

—Vaya, pues lo único que me faltaba era un motín.

—No estoy diciendo eso. Mírate, te has convertido en un ermitaño. Ni las ratas se te acercan. Has logrado ser reconocido y aceptado en la Metrópoli, has logrado tus barcos, pero sigues siendo el mismo hombre desesperado.

—No necesito ahora una lección de vida. Necesito a mi tripulación.

—¿Adónde vamos esta vez?  El Tigre de la Mer no lo utilizas para tus negocios con la Corona.

—Tengo un par de asuntos que requieren atención especial.

—¿No me dirás?

—No, hasta que sea el momento.

François se retiró contrariado por la obstinación de Villafranca. Él podría haber seguido su propio rumbo, no necesitaba soportar a ese capitán que por momentos se volvía exasperante, pero se había quedado con él debido a la gran amistad que los unía y a esa expresión de desvalido que él le sabía reconocer. Sin embargo, ya iba quedando poco de esa amistad. Tendría que dejarlo librado a su suerte.

Se dirigió a la taberna donde estaban los hombres y comenzó a arriarlos como ovejas. En medio de bufidos, en unas horas estuvieron todos en sus puestos.

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