Isla de los Vientos – Capítulo XVII

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Vivir sin el amor

Esperanza y Fernando venían de pasar unos meses en España. Allí habían viajado luego de su boda, que había resultado de las más concurridas de Santo Domingo. El cura que los casó, el padre Romualdo, no dejaba de admirar a la novia, tal era la belleza que ofrecía a la vista con su traje celeste cielo bordado con piedras y perlas.

Las semanas habían pasado rápidamente. Recorrieron la costa del Mediterráneo y algunas ciudades en las que tenían familia. Europa era sin dudas otro mundo, coexistían en él la audacia de algunas construcciones con la delicadeza de los paisajes, la intrincada red de calles y la calma de los arroyos, lo estruendoso de las ferias y lo sublime de las montañas. De allí venían con los deseos de que el nuevo mundo se pareciera más al viejo.

Al llegar al puerto, los esperaba Matías, un servidor de Fernando, con el carruaje y algunas novedades. El padre de Esperanza estaba malo de salud. Había sufrido una conmoción al enterarse que sus tres barcos habían sido capturados por los piratas, por “el pirata”. La economía de su familia se derrumbaba, ya que estaba metido en deudas por las compras de los barcos y ni el oficio real, ni la promesa del alcalde de recuperar las naos pudo convencer a los acreedores de darle mayores plazos. Podía llegar a ir a la cárcel por sus deudas y, para cuestiones de dinero, no contaba con el apoyo del alcalde.

Se dirigieron entonces a casa de sus padres para intentar hacer algo y Esperanza se encontró con un hombre abatido, ojeroso y malhumorado. Su madre seguía siendo la fiel compañera que aún en las malas se mostraba solícita para que su marido superara el trance, pero su mirada dejaba traslucir un cansancio que no le conocía.

Al comenzar a indagar en los asuntos que lo aquejaban, Don José dio a entender que los barcos que había perdido eran negreros.

—¡No es posible! —decía Esperanza.

Fernando, si bien comprendía que su mujer estuviera decepcionada de su padre, no alcanzaba a ver el tremendo alcance de sus palabras.

—No te preocupes. Yo atenderé algunas de las deudas de tu padre, no se quedarán en la ruina.

—Eres el mejor hombre del mundo —respondía ella llorando.

—Sí, es cierto, pero no lo divulgues o habrá cientos de mujeres buscándome.

—Nunca pierdes el sentido del humor, Dios te lo guarde siempre.

—Yo a Dios le pido que nos mantenga siempre unidos.

Pasadas unas semanas, Fernando comenzaba a inquietarse por la marcha de sus propios asuntos en la plantación.

—Esperanza, veo que ya no puedo hacer nada aquí. Le he dado a tu padre la tranquilidad de salir de este trance, ahora debo volver a nuestras tierras, para no descuidar la marcha de la cosecha.

—Lo que más me inquieta, Fernando, es el estado de abatimiento que aqueja a mi madre, si ella no logra sostener a mi padre estarán en problemas.

—Ten por cierto que estarán mucho mejor si te quedas unos días más con ellos. Yo puedo arreglármelas solo por una temporada.

—Eres un sol. Le diré a mi madre que me quedaré por un tiempo con ellos.

—Mamá, ¿está segura de poder atenderlo sola? Yo podría demorar mi partida. Fernando está de acuerdo, él mismo me ha dicho que los acompañe.

—No hija, por nada del mundo debes dejar a ese hombre. Siento que estás en tan buenas manos que tengo plena confianza en tu felicidad. Deja que estos dos viejos se las arreglen. Ya has hecho bastante.

—Pero padre anda muy malhumorado. No quiero que descargue su enojo con usted.

—Eso no ha de suceder, ya sabes que si no me trata bien lo pongo en vereda.

No conforme con la seguridad que intentó transmitirle su madre, Esperanza dejó precisas instrucciones a Aurora.

—Ten estos dineros. Por favor, si llegaras a notar que mi madre flaquea, o que mi padre empeora, envía un mensaje urgente a la Alborada. Sabes que yo deseaba que nos acompañaras ahora pero, ante esta situación, pienso que es mejor tenerte aquí. Tienes toda mi confianza. Me voy algo más tranquila sabiendo que tú velarás por ellos.

—Niña, no se preocupe, yo sé bien que su padre ha de pasar este mal momento y pronto andará mangoneando como de costumbre.

—Aurora, ¿has seguido viendo al mulato de la Iglesia?

—Sí, mi ama, estamos pensando en casarnos como su señor Dios manda. El padre Romualdo nos ha pescado, finalmente, y nos dio un buen sermón. Dijo que tenemos que salvar nuestras almas, que todavía estamos a tiempo.

—Entonces no podrás venir a La Alborada.

—Yo iré donde usted me necesite.

—No, Aurora, al menos tú tendrás la posibilidad de compartir tu vida con quien amas.

—No diga eso, amita, el señor Fernando se le va a hacer carne más de lo que usted sospecha. Es de esa clase de hombres que van poco a poco, con paciencia de orfebre. ¿No vio con cuanto cariño la trata? y ya ha visto cómo lo quieren sus padres que no lo conocen tanto.

—Yo lo quiero mucho, Aurora, solo que…

—No ande pensando más en ese pirata, olvídelo, hágame caso. Quiero verla feliz de nuevo.

La Alborada estaba reluciente, esperando a la feliz pareja. Allí se reunieron todos los trabajadores y les organizaron una fiesta de bienvenida, ya que no habían podido presenciar el casamiento.

Lo que vino después fue la consagración de la fidelidad y el respeto por encima de todo. Esperanza fue fiel a su palabra empeñada y ciertamente era bastante feliz con su marido. No podía pedir un hombre más cariñoso y bien dispuesto. Así como no podía pedir a alguien que tuviera ideas tan parecidas a las de sus tíos, ya que la filosofía de La Alborada era que el trabajo igualaba a la gente.

Los días en que su mente se obstinaba en pensar en Villafranca, eran los días en que más duro se la veía trabajar. Así se hizo fama de ser la más incansable de las mujeres y así se ganó el nombre taíno Bibijagua, con el que los indios conocían a una hormiga laboriosa.

Las noches también eran difíciles. La intimidad con su marido fue complicada al comienzo, si bien él la trataba con suma calidez y ella respondía de la misma forma, no lograba que su piel dejara de reclamar las caricias de Alonso. Eran tan parecidos en el cuidado que ponían al tratarla pero eran tan distintos en la reacción que provocaban que al concluir el encuentro ella se quedaba recostada abrazándose a sí misma como buscando retener esos otros brazos y esas otras caricias. No hay peor aliado para el olvido que las coincidencias y, cada vez que Fernando coincidía en tocarla como lo había hecho Alonso o en decirle una palabra que hubiera dicho Alonso, un relámpago de recuerdos la invadía para hacer zozobrar sus nuevas ilusiones.

En el otro extremo de la isla grande, Villafranca seguía con sus planes. Ajeno a cualquier pensamiento en Esperanza, tampoco se le había conocido mujer que lo hubiera enamorado. Los hombres de su tripulación, aquellos que lo acompañaran a la Isla de los Vientos, habían ido sucumbiendo en el viaje, no pudiendo nadie explicar la causa de tales acontecimientos. Solo François había sobrevivido y había jurado sobre su propio cadáver nunca revelar en qué lugar habían enfermado. Más bien fue un pacto silencioso que lo mantenía cerca de Villafranca para ser quien impidiera que éste demostrara su furia en toda su dimensión. Porque ese Villafranca ya no era el compañero afable de otros tiempos, ahora era un hombre ensimismado, falto de sentido del humor. Solo le importaba cumplir los objetivos que se iba proponiendo. Pero por otro lado, era un alma asolada por los estragos del amor y eso lo hacía más humano.

Villafranca ya estaba al tanto de que había logrado derribar a Don José. Solo ese sentimiento había experimentado en los últimos tiempos, la satisfacción de la revancha, y era un sentimiento por demás agradable que le daba a sus días un poco de luz, aunque nunca llegara a distinguir los colores de la vida. Lo que no sabía era que Don José estaba planeando un contraataque. Fiel a su estilo, Don José hizo lo que tuvo que hacer para conseguir contactarse con Villafranca. El ofrecimiento era otro esta vez, ya no se trataba de un perdón, que no lo necesitaba, ahora le ofrecía una sociedad para seguir con la trata de esclavos. La propuesta era por demás interesante, él comandaría la única nao que tenía en ese momento, tendría tratos directos en Costa de Marfil y se llevaría la mitad de las ganancias.

Villafranca no salía de su asombro, tal era el temperamento de ese Don José que no importaba que el pacto se realizara con un amigo o con un enemigo. Tal vez en el fondo se parecieran más de lo que él mismo quisiera reconocer. Tal vez hice mal en denunciarlo con su hija siendo que finalmente… Eran tales sus pensamientos cuando François entró en la habitación.

—Tengo nuevas del barco de Don José.

—Yo también tengo nuevas de Don José.

—Tú primero.

—Nos está ofreciendo un trato.

—¿Se cansó de soportar las pérdidas?

—Finalmente se cansó.

—¿Qué ofrece?

—Incorporarnos al tráfico de negros.

—Te quiere contagiar el hedor ese pícaro.

—Algo así.

—Son muchos doblones los que pone en juego.

—Ciertamente.

—¿Piensas aceptar?

—¿Tú no tienes nada que oponer a ello?

—No me gusta, y menos viniendo de él, pero tú sabes que puedes contar conmigo.

—Que así sea, entonces.

Esa noche se embriagaron en “El Jabalí Negro”. Villafranca se fue con una mujer que entre viaje y viaje le calmaba las ansias.

—Te noto de mejor ánimo —comentó Claudette.

—Estoy por entrar en un nuevo negocio.

—¿Venderás ilusiones, ahora?

—Esclavos, Claudette.

—¿No eras tú el que decía que había que eliminar esa peste?

—No hay nada que no haya probado, será un cambio de aires.

—Malos aires. Me pregunto qué dirán tus marineros negros…

—Son los mismos negros los que capturan a sus hermanos para venderlos. Yo solo soy una pieza necesaria.

—Sí, ellos son los verdaderos responsables, tú solo te prestas a un juego ajeno.

—Eres una mujer muy comprensiva.

—Sí, ya sé que solo soy eso.

—Si algún día conocieras a un hombre que te amara él sería muy afortunado.

—Pero tú nunca serías ese hombre.

—Nunca.

—Daría una moneda por tus pensamientos. Siento celos de quien los ocupa con tanta constancia.

—No intentes conocerlos, ya te he dicho que así no hay trato.

—¿Te quedarás toda la noche?

—Sí, veré si duermo.

—La comprensiva Claudette te irá a preparar una infusión de hierbas para ayudar a tu sueño.

—Dime, Claudette, ¿de qué color es tu pelo?

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