Isla de los Vientos – Capítulo XIX

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La isla maldita

Parecía que lo peor ya había pasado, el ajetreo del mar y el viento habían cedido, pero François sabía qué era lo que se avecinaba. Estaban en esa isla maldita y la intención de Villafranca era hacer a pie juntillas lo que le había dicho el curandero, evidentemente. ¡No podía ser que pusiera en peligro a su tripulación! Esta vez sí que se había extralimitado. No lo permitiría. Las imágenes de lo ocurrido volvían a su memoria, tantos hombres que se perdieron luego de aquella incursión. Ni siquiera habían logrado descubrir cuál había sido el motivo para tantas muertes repentinas. Y si no hubiera sido porque llegaron algunos vivos, los hubieran acusado a ellos de perpetrarlas. Al principio se habían hecho a la idea de que había sido alguna especie de peste que se pescaron de algún barco negrero. Pero nadie había sufrido las típicas dolencias de la peste. Finalmente hubo quienes arriesgaron algún tipo de maleficio, sin embargo, el secreto de su estada en la isla había quedado resguardado porque el estado en que se encontraban no les permitía hilvanar ideas para relatar lo acontecido.

François, que había sido dejado a un lado en medio del zarandeo que fue pasar la tormenta y acercarse a la orilla, meditaba sobre lo que haría. Por fin se decidió a hablar con sus hombres. Disimuladamente, mientras éstos se preparaban para avanzar hacia el castillo, comentaba el estado de enajenación del capitán. Se había propuesto amotinarse y salir de allí lo antes posible. Algunos lo escuchaban. Blaquier, sediento de mantener ese puesto de confianza que había ganado inesperadamente, comenzó a oponerse a las palabras de François, a pesar de que en el fondo sentía una profunda contradicción.

—No lo escuchen, solo está dolido porque De la Croix lo ha corrido de su lado.

—No saben lo que ocurre en realidad, nos está exponiendo a un terrible mal.

—Ahora que sabes que aquí está el ron, ¿acaso lo quieres solo para ti?

—No entiendes, el capitán está mal, está sufriendo una indisposición y nos está arriesgando a todos con él.

—Al único que se lo ve mal es a ti. Estás molesto porque ya no eres su hombre de confianza.

—No sabes lo que ocurrió en nuestra anterior incursión en esta isla.

Fueron subiendo por la playa de blancas arenas y por las rocas. La disputa entre François y Blaquier continuaba cada vez con mayor animosidad, pero los hombres estaban decididamente a favor de llegar al ron.

Antes de llegar a los escombros del castillo, los hombres fueron dejándolos en medio de un círculo, para que disputaran su preeminencia entre ellos. En un momento casi se van a las manos y tuvieron que ser separados por dos tripulantes.

—Eres un pobre ingenuo, Blaquier… no sabes nada —decía François—. ¿Sabes qué le aconteció a la tripulación del Douce Vengeance? Lo has oído muchas veces como un rumor, pero es cierto. Fue aquí mismo que los hombres enfermaron. ¡Yo estuve aquí! ¡Yo, no tú! Y sé que esta isla está encantada. Villafranca está tentando al diablo. Son nuestras vidas las que está arriesgando.

Los hombres lo miraban atónitos. De pronto las palabras de François cobraban sentido y había quienes comenzaban a santiguarse y rezar.

Los tres grupos ya reunidos en torno a la torre se encontraron ante un Villafranca demacrado y sordo, impaciente ante la demora del grupo de Blaquier.

—Busquen en el interior del castillo y en el subsuelo.

—¡Alto! ¡Nadie se mueva! —gritó François.

—¿Ahora qué alimaña te ha picado, François?

Blaquier y otro hombre rápidamente sujetaron a François quien al verse sometido comenzó a gritar, desesperado:

—¿Eres tan egoísta que no dudas en poner la vida de todos nosotros en riesgo?

—¿De qué hablas? Yo no tuve la culpa de sus muertes.

—Pero la tendrás de éstos si no nos vamos inmediatamente.

El hombre que sujetaba a François lo soltó y comenzó a hacer gestos de interrogación a sus camaradas.

—Arriesgas la vida de tus hombres, no tienes perdón, tu vida no vale nada. Estás tan desesperado que olvidas a quienes te siguen y apoyan contra viento y marea.

—¿De qué vida me hablas, François? Yo ya no la tengo. Es eso lo que he venido a recuperar.

—Matándonos al resto. Dime acaso qué diría Esperanza si supiera lo que haces. ¿Crees que te amaría sobre los cadáveres de toda tu tripulación?

—Ella me ama, lo ha dejado claro.

—¿Y tú piensas que lo seguirá haciendo?

—No sigas.

—Yo mismo me encargaré de que se entere de lo que estás haciendo.

—No te atreverías.

—¿Acaso no te das cuenta de que es tu propia voluntad la que va a lograr que las cosas cambien? Te dejas guiar por un curandero de malas artes que a cambio de unas monedas te diría lo que quieres oír.

—De alguna forma tiene que terminar eso que fue hecho antes —Villafranca dudaba.

—Eres tú el que tiene que volver atrás, en tu conciencia, eres tú el que debe revisar lo hecho y decidirse a cambiar. No hay fuerzas superiores que te lleven a hacerlo, es tu propia fuerza la que conseguirá que encuentres lo que buscas.

—Lo siento amigo, estoy desesperado, ya no sé qué hacer. Desde que la vi por última vez he sentido tanto dolor. Es insoportable.

—Entonces ya te has dado cuenta de que tus sentimientos han vuelto. ¿No es eso lo que estabas buscando?

—El cielo se ve tan azul y la mar tan verde que duele. Las olas son tan blancas que duelen. Todo a mi alrededor ha seguido la derrota de la vida y yo estoy aquí estaqueado como si nada pudiera hacer que mi vida tuviera sentido.

—¿Y qué hay del dolor que vas a sentir si sales de aquí sin aquellos que han depositado su confianza en ti? Ya lo has pasado y aún sufres las consecuencias. Ése es el verdadero motivo de tus males.

Los hombres se habían quedado de una pieza. Seguían dudando. Blaquier escuchaba atentamente, solo se convenció de que era verdad lo que decía François cuando vio a Villafranca caer de rodillas y comenzar a llorar. François logró liberarse de los brazos que lo habían vuelto a sujetar y corrió a abrazarlo. Era la primera vez que Fran-çois veía caer lágrimas por las mejillas curtidas de Villafranca.

El murmullo del mar comenzaba a hacerse audible para Villafranca. Los colores habían vuelto en toda su potencia. Esta vez vio brillar el sol.

En eso se escuchó decir a Blaquier:

—Vayan por el ron.

De súbito Villafranca comprendió todo.

—¡No toquen nada! ¡Ni siquiera intenten acercarse a esas piedras! —exclamó.

—¿Qué pasa, capitán? —protestó Blaquier.

—Nos vamos —indicó Villafranca a la tripulación —No toquen nada de esta isla.

—¿Y el ron?

—El ron corre por mi cuenta —respondió François.

No sin protestas, El Tigre de la Mer emprendió la vuelta despaciosamente. Esta vez los vientos se combinaron para darle vigor al velamen. Conforme se alejaban de la Isla, Villafranca iba sintiendo que sus esperanzas se renovaban y fortalecían. Dejó la nave a cargo de François mientras él contemplaba maravillado el horizonte en toda su anchura y esplendor. El viaje hacia Santo Domingo duró lo que un soplido. La nave cambió la bandera para ingresar al puerto. Era una tarde serena. El trajinar en el muelle, los ruidos de las gaviotas, las olas golpeando la costa, todo eso ahora resultaba reconfortante. Era tremenda esa sensación de estar dejando atrás los malos días.

—Debo preguntarte algo —quiso saber François.

—Adelante.

—¿Por qué cambiaste súbitamente y no permitiste que trajéramos el ron?

—Cuando la tripulación del Douce Vengeance comenzó a desaparecer, revisé todo lo que había pasado en la isla, en aquél momento no lo comprendí. Pero al volver ahora a la isla, reviví lo que había pasado y me di cuenta que los únicos que no habíamos tocado las piedras fuimos nosotros dos, de allí que concluí que el mal se escondía entre ellas.

—Pero yo entré al castillo.

—Sí, sin embargo, las piedras del exterior estaban cubiertas de moho, no así las del interior.

—Tú estabas tan preocupado por lo que hacías que entraste directamente y yo te seguí.

—¿Puedo pedirte algo mi amigo?

—Si está a mi alcance…

—He de viajar a Europa. Si la buenaventura me acompaña, quizás no vuelva por largo tiempo. ¿Te harías cargo de mis naves?

—Con todo gusto. Yo mismo te conduciré hasta España.

—Gracias.

—¿Has notado el cambio en tu rostro? Juraría que también se ha producido en tu pecho.

—Sí, así es. Estas heridas por fin están sanando.

FIN

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