La neblina

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El pueblo se vaciaba a las dos de la tarde. Quedaba solo en la plaza el perro que era de todos y de nadie. Pero no tardaba en rumbear hacia alguna entrada, sigiloso. Meterse por alguna puerta era una invitación al zapatillazo. Pero héroe de las calles, él lo intentaba todo.

La hora de la siesta era la esperada para la novela. Faltaba el último capítulo. Los protagonistas darían un giro a la historia para que la gente fuera feliz, una vez más.

Había tres canales de aire. En uno se podía ver un programa para amas de casa laboriosas, en otro una recopilación de entrevistas a personajes en su mayoría fallecidos. Y en el tercero “la novela”.

La neblina lo ocultó todo esa tarde. Era una masa densa y fría que se inspiraba y se exhalaba como vapor. La gente se acomodó en las salas de su casa, frente al aparato de televisión, con la impaciencia y la inquietud del último momento, y giró la perilla. Pero nada pasó. Todo eran rayas, en los tres canales.

Estuvieron mirándose entre todos, mirando el aparato sin entender nada, durante un buen rato. En eso estaban cuando el perro de todos y de nadie se levantó de su rincón y pasó delante del televisor ladrándole a las rayas.

La zapatilla voló, se estrelló con su trompa. Y él salió gimiendo su desconcierto hacia la calle nuevamente.

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