Isla de los Vientos – Capítulo XV

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Mentiras que cuestan

Villafranca llegó esa misma tarde a la posada de la bruja, con la esperanza de que aliviara esa profunda desilusión que sentía. Era una desilusión doble, por un lado ver a la mujer que amaba embarcada en una nueva vida, ajena a su sufrimiento y aparentemente satisfecha con su futuro, lo entristecía; por otro, el no haberse atrevido a indagar en las razones o sentimientos de ella lo tenía enojado consigo mismo. Nunca había sido cobarde, no le temía a la verdad, sin embargo fue más fuerte la sensación de que su intromisión en la vida de Esperanza en esas circunstancias solo le traería más sufrimientos a ella y él no deseaba eso. Ni siquiera fue el verla con alguien a quien él estimaba, no era tan altruista en realidad, solo que ella parecía estar conforme y evaluó que sus posibilidades eran demasiado pocas… Fue su pesimismo lo que lo detuvo, un convencimiento a priori de que llevaba las de perder.

Dando largos pasos cansados se aproximó a la puerta rústica y sin aldabón. Dio unos pequeños golpes, como si cierta indecisión le impidiera tomar fuerzas.

La bruja se encontraba escudriñando el fondo de hojas de una infusión, vislumbrando entre los restos cómo habrían de desarrollarse los acontecimientos para su nuevo trabajo. Había previsto que él estaría allí ese día, había notado su impaciencia y con pericia tenía calculado que no demoraría más de una semana. Ya habían pasado siete días y estaba todo preparado para atenderlo.

Abrió la puerta con lentitud y asomó la cara por la hendija.

—¿Has cumplido la primera prueba?

—Satisfactoriamente.

Al escuchar esas palabras, la bruja abrió la puerta por completo y lo miró directo a los ojos relucientes.

—Es importante que hayas escuchado de sus labios que no te ama —dijo en tono de amonestación.

—Sí, así fue —respondió secamente Alonso.

—Bien, entonces estás decidido a seguir adelante.

—Completamente.

—Pasa.

Villafranca se internó en su residencia y de inmediato percibió unos olores confusos que provenían de un caldero.

—Ten en cuenta que pueden ocurrir cosas horribles si la prueba no ha sido suficiente.

—Téngala por cumplida. Ella no me ama —respondió él con los ojos devastados.

La bruja se acercó al caldero y sumergió una tasa para sacarla llena de un líquido con apariencia de caldo espeso.

—Bebe esto. Te hará bien. Y ten, aquí te doy este preparado para lo que vendrá luego.

—¿Qué es?

—Son cortezas de caoba. Enseguida te explicaré cómo deben usarse.

Villafranca estuvo más de una hora escuchando lo que debía hacer para cumplir la prueba final. Salió de la casucha oscura con total certeza de que esa debía ser su última noche en Santo Domingo. Ahora no tenía nada que lo retuviera allí. Estaba preparado para lo que vendría y sería más feliz volviendo con los suyos. Ya había dejado en claro a Don José que se marchaba y éste no había logrado oponer ninguna razón suficiente para retenerlo. Así es que pasó por su pequeña residencia en las afueras de la ciudad, recogió algunos petates y se dirigió a la caballeriza para cambiar de caballo. De allí fue directo a casa de su amigo Dante para arreglar los últimos detalles.

—Necesito que me embarques, debo llegar lo más cerca posible de Tortuga.

—Puedo acercarte, pero no demasiado. Sabes que no puedo correr demasiados riesgos.

—Me parece bien. Ten por cierto que, si en cualquier momento necesitas de mi ayuda, solo tendrás que enviarme un recado a Tortuga.

Salió al amanecer, con paso lento pero seguro de sí. Subió al pequeño batel y al pasar al viejo galeón se encaramó a la borda por el resto del viaje. El mar se hizo gravemente azul y verde. Las gaviotas que despedían la costa hacían tanto ruido que se le metieron entre las orejas. Pudo escucharlas por largo tiempo, aún después de haberlas dejado atrás y, mezcladas con el viento de proa, era una especie de trueno lejano que clamaba en su interior. Seguía repitiéndose no me ama, pero no llegaba a convencerse por completo.

Bajó en las costas de Monte Cristi, cerca de la desembocadura del Yaque del Norte. En el agua se veían pequeños remolinos causados por la confusión del agua de río con el agua de mar. De allí en más quedaba librado a su destino. Le propusieron dejar un batel, para que se aproximara más al oeste yendo a lo largo de la costa pero él prefirió caminar su suerte. Caminaría por días enteros hasta allegarse a un poblado donde pudiera volver a embarcarse. Eso le haría bien, sin dudas. Su amigo Dante se había arriesgado todo lo que podía esperarse de él en esa situación. Seguir más hacia el oeste implicaba mayor riesgo de cruzarse con barcos piratas y estaba claro que Villafranca era su amigo, pero esos otros no tenían ningún compromiso para con él.

Andando con sus últimos alientos llegó a Puerto Real. Allí reconoció enseguida a algunos viejos tripulantes de su nave que lo recibieron con los brazos abiertos.

—Parece que la vida de un español no está segura ni en sus propias tierras —dijo uno.

—Es que extraña pasar hambre y correr de los uniformados, ni que hablar del surtido de mujeres que tenemos —agregó un segundo entre risas.

—Nada de eso, Villafranca está bien para la mar, allá en tierra es como un pájaro con las alas cortadas —comentó un tercero.

—La vida es demasiado complicada en aquellos lugares, señores, aquí todo es más simple, hay amigos y enemigos.

—Y tú, Villafranca, ¿eres amigo o enemigo? —interrumpió François desde un rincón.

—¡Amigo! —exclamó Villafranca estirando los brazos para rodear a su viejo compañero.

—Estaremos zarpando en un par de horas, cuando tengamos la encomienda resuelta. ¿Te unes?

—Ciertamente, a eso vine. Pero tengo que hablar unas palabras contigo.

—Sí, salgamos por un momento de aquí.

François y Villafranca desaparecieron por la puerta del frente y se encaminaron hacia el muelle. Los otros quedaron adentro con una nueva excusa para seguir brindando.

—Necesito ayuda, realmente es algo difícil lo que he de pedirte.

—Te escucho.

Villafranca le explicó lo que necesitaba.

—Entonces queda develado el misterio. No es por nosotros que has vuelto. Pues bien, me alegra que así sea porque de otra forma hubiéramos sospechado que venías a espiarnos y hubiera tenido que matarte.

—Entonces, ¿crees que podrán ayudarme? —respondió Alonso sin inmutarse por la amenaza.

—Tenlo por cierto. Esta es la época seca. Ya has visto que nos estamos gastando el dinero bien habido jajaja. Faltan meses para que vuelva el convoy de España, podemos poner proa a un nuevo destino. Aunque sea algo descabellado, lo mereces, es por ti que hoy estamos acá —reafirmó François.

—Gracias.

A la mañana siguiente, cuando el alba despuntaba sobre las montañas del Este, el Beau Sommeil, el patache de los piratas, dejó el puerto para dirigirse a aguas españolas.

Por allí anduvieron, recorriendo las costas del Norte de Santo Domingo, hasta dar con el barco que buscaban. Era una zabra de las que transportaban mercancías y llevaban el correo entre La Hispaniola y el continente, demorada por el intenso viento arremolinado que, en lugar de propulsar la nave, había amenazado con romper las velas y hasta el mástil. Villafranca le indicó a François que lo siguiera para abordarlo.

Con un par de disparos de cañón, lograron atraer la atención de la nao, que al tiempo que luchaba por sacar del viento la fuerza suficiente para impulsar el velamen, se apresuró a disponer sus cañones para combate. Pero el Beau Sommeil, mucho más liviano que la zabra, se aproximó por la popa, empujó un par de veces a la embarcación acechada y luego de tirar ganchos y escalas se pegó a su derrota permitiendo hacer un abordaje rápido. La lucha que se dio en cubierta fue digna de un barco militar. Los tripulantes del Reina del Caribe se defendieron hasta el punto de comenzar a arrojar las mercancías por la borda, pero los hombres que acompañaban a Villafranca fueron más rápidos y comenzaron a arrojar tripulantes a las aguas surcadas por tiburones.

Una vez doblegada la defensa, Villafranca se dio a conocer ante el capitán del Reina del Caribe y le ofreció unirse a ellos, como era costumbre en esos casos. Tras la negativa esperada por Villafranca, los tripulantes fueron arrojados al agua en las cercanías de la costa de La Hispaniola con la misión de llevarle un mensaje a Don José Durán: “No quedará en pie ni una sola de sus naos. El capitán Villafranca se encargará personalmente de ello”.

Habiendo conseguido barco, ahora era cuestión de poco tiempo que Villafranca localizara una isla para cumplir el segundo trabajo que le había encomendado la bruja.

Por esos días, entonces, comenzó la pequeña guerra entre Villafranca y los navíos de José Durán. Unos perseguían a otros y viceversa. Se sabía en toda La Hispaniola de la conjura que había entre ellos y los chismes auguraban muy mal futuro al negocio de  Don José. Las noticias no se hicieron esperar en La Alborada, Esperanza estaba deshecha. No había forma de tomar partido por un bando. Pero ella ahora estaba matrimoniada con Don Fernando y su vida estaba encauzada por el trabajo y las alegrías que se venían dando, dado que la incorporación de los negros a la plantación había sido todo un éxito. Eran gentes orgullosas pero amables en su mayoría. Cierto era que habían sido maltratados cruelmente y tenían el orgullo herido por la forma en que habían sido secuestrados y traídos; algunos se decían príncipes de sus territorios africanos y eso les daba un motivo más para guardar rencor a sus supuestos dueños, pero en cuanto se encontraron bien tratados no tardaron en aceptar las nuevas condiciones de vida. No había grilletes en La Alborada, desde el mismo día en que arribaron a la plantación, les fue mostrado que trabajarían en igualdad de condiciones con los indios, quienes se manejaban libremente y disponían de casas de madera para cada familia y los mismos alimentos que todos. No hacía falta que huyeran, la selva no los trataría mejor. Así y todo, lo que partía el alma a Esperanza era ese canto lastimero que se elevaba desde la puesta del sol por largo rato y que era como un andar de almas desnudas por el desierto de un mundo sin recompensas. Libertad es poder elegir, había dicho ella misma, aunque en otras circunstancias, pero ese sentimiento la seguía acompañando cada día. Así fue que decidió poner en práctica algunas nuevas ideas con la plantación, como ofrecerles cambios en las tareas a los que las trabajaban, para calmar su cansancio, especialmente a las mujeres que se embarazaban, quienes dejaban la cosecha y se dedicaban a ayudarla con los preparados de dulces y licores. También les permitió seguir con sus ritos, pero eso fue a cambio de que aprendieran la lengua española, de tal suerte que tuvo entonces una pequeña escuela a la que acudían todos los días. La verdad no está en los extremos, pensaba, es en el medio donde se logra el equilibrio.

El día que se contaban veinte y tres de septiembre de mil y seiscientos y cincuenta y nueve, el Reina del Caribe, bautizado ahora Douce Vengeance, se encontraba en aguas profundas, al Norte de la isla La Hispaniola. Allí fue alcanzado por un navío de bandera española de gran calado que se había salido de aguas seguras. La persecución fue mutua pero en cierto momento los españoles dispararon sus cañones al unísono y tras la cortina de humo espeso y agrio dejaron a Villafranca un agujero del tamaño de un proyectil en el casco a babor, apenas un poco por encima de la línea de flotación. Intentando reparar el daño los hombres no podían defender sus puestos, así que Villafranca optó por escapar siguiendo más al norte aún. Por esos lados había innumerables islas, el único problema de la zona era el mal tiempo. No había barcos porque las condiciones climáticas eran tan extremas que era casi un suicidio adentrarse. Poco a poco perdieron de vista al navío español, pero de pronto fueron alcanzados por una tormenta furiosa. El mar se alzaba por encima de las naves. Los mástiles temblaban. Todo podía pasar allí. Pero Villafranca no tenía tierra más cercana y necesitaba recalar su barco para repararlo.

—Te has vuelto loco, Villafranca —le decía François—, quien había perdido su barco recientemente y se había unido a su viejo amigo.

—No tenemos escapatoria. Además, no podemos dejar el licor en el fondo, los tiburones comen carne, no ron.

Atravesaron una densa bruma y se encontraron en medio de terribles vientos cruzados que hicieron entrar más agua en la bodega. Los hombres, que ya habían dejado de intentar tapar el agujero y ahora estaban poniendo obstáculos ante la portezuela que daba a la bodega para que no subiera el agua, se vieron propulsados con el violento movimiento hacia la escalera y cayeron de bruces en la creciente laguna.

De pronto la calma. La isla parecía estar desierta, y así debía ser, ya que en esa zona ni siquiera los caribes se habrían podido adentrar con sus canoas. Villafranca tomó un batel y desapareció por un largo rato.

En la isla no había más que una construcción a medio terminar, unos restos de una especie de fortaleza. Entonces estamos en la Isla de los Vientos, pensó Villafranca. Con el torbellino que los envolvió había dejado de leer su carta de marear. Un sobresalto se apoderó de él. Esa isla estaba maldita, había escuchado comentarios en las cantinas y en los puertos. ¿Sería allí donde debería cumplir con el segundo trabajo encomendado por la bruja? Era allí donde lo había traído el destino. Sus hombres no debían saber nada de todo eso así que debería hacer con rapidez, antes de que ellos mismos desembarcaran.

Se internó en el castillo inconcluso, las pilas de piedras habían sido castigadas por los vientos y las lluvias; hubiera sido un castillo magnífico, pero en ese momento se veía todo muy deteriorado. Vio un pequeño subsuelo abriéndose delante de él y bajó para no ser visto. El olor a humedad le hizo doler la nariz. Sacó el cuchillo que había afilado semanas atrás y las hojas de caoba que le había dado la bruja y llevaba en una bolsa atada a su cintura. Mojó el cuchillo con tierra mientras recitaba unas palabras. Cortó dos veces sobre su pecho y luego dos veces más sobre su frente. Al terminar esto puso las hojas de caoba sobre ambas heridas y las tapó con unos trozos de lienzo de su camisa.

Las consecuencias no tardaron en aparecer. Justo en el momento en que sus hombres desembarcaban en la orilla y gritaban su nombre, Villafranca era presa de una sensación de alejamiento como si estuviera dejando la vida. Oyó su nombre a lo lejos reiteradas veces. Por fin François se internó en el castillo y lo encontró mojado en sudores y con la piel fría, con el temblor de quien tiene una violenta fiebre.

—¿Qué ha pasado aquí?

—Nada, François. Simplemente me he caído.

François no le creyó. Vio su cuchillo aún ensangrentado. Lo miró fijamente, la mirada de Villafranca estaba cambiada. Ya no tenía ese brillo de siempre, se veía sombría y pétrea.

Villafranca le pidió que lo acompañara hasta un lugar luminoso, pero al salir a la luz, sus ojos sintieron una punzada aguda. Al volver a abrirlos su visión volvió a hacerse nítida, sin embargo…

—François, algo anda mal, veo las cosas como si les hubieran echado una lavada.

—No sé qué has hecho Villafranca, pero debiste haber confiado en mí.

François conocía de supersticiones, comprendió enseguida que lo que había hecho Villafranca tenía que ver con algún misterioso ritual.

La fiebre no bajaba y Villafranca estaba demasiado débil para volver al barco. Los hombres, al ver que la isla les ofrecía ricos frutos y un lugar donde guarecerse de las tormentas, decidieron pasar unos días allí, esperando que su capitán se mejorara.

Villafranca les indicó que vieran la forma de bajar el licor hasta el castillo. Sabían que esa isla era temida y que circulaban rumores de que estaba maldita pero, por lo mismo, sabían que ningún lugar sería más seguro. En eso estaban cuando uno de ellos comenzó a decir cosas extrañas.

—¿Qué dices Armand?

—Los tiburones se han llevado los bateles.

En efecto, los bateles habían desaparecido, pero no por causa de los tiburones que por otro lado no se veían en la cristalina agua, alguien les había soltado las amarras. Tal vez uno de ellos mismos, con ánimo de bromear.

Pero Armand seguía hablando de los tiburones. El pobre hombre había sufrido una conmoción vaya a saber por qué.

Philip siguió a Armand. Esta vez, los botellones de agua que habían bajado en los bateles habían desaparecido por una enorme boa que quiso engullírselos.

Y así, uno a uno fueron siendo víctimas de distintas excentricidades. François se disponía a rescatar uno de los botes cuando los hombres lo retuvieron diciéndole que un dragón marino estaba entre la costa y el barco. Que no lo dejarían marcharse para que el monstruo lo devorara. No pudiendo oponerse a la negativa de todo el grupo, François se volvió hacia ellos y, viendo que el resto se encontraba sentado sobre las piedras apiladas para la construcción de la torre, creyendo que el trabajo los distraería de sus pavores, los conminó a terminar la construcción del castillo.

Fue como un remedio inmediato porque el trajinar, el ir y venir con los pesos sobre sus hombros fue haciendo que dejaran de lado las ridículas historias.

Llegó la noche y François ya había recuperado los bateles. Villafranca estaba mejor, la fiebre había bajado gracias al preparado de hojas de caoba y ahora comenzaba a tener hambre. Pero no había nada que comer a simple vista así que volvieron a la nave a buscar unos víveres. Trajeron galletas, algo de carne salada y todo el ron que cargaban en las bodegas. Pasaron la noche embriagándose alrededor de una fogata.

La fiesta se estaba desarrollando sin problemas, tenían historias que contar y bebida que tomar. La luz del fuego prendido en la playa iluminaba sus rostros con un tinte mortecino. De pronto, nuevamente comenzaron a referirse a los monstruos de la playa. François no sabía como proceder, si bien él era algo supersticioso, no creía en monstruos y seres extraños, pero los hombres sí y se iban confundiendo unos a otros. Era preciso que dejaran el lugar cuanto antes. Así que no dudó en imponerse y mandarlos a dormir como si fueran niños, con la promesa de que él se quedaría en vilo toda la noche para espantar a cualquier alimaña que pudiera acercárseles.

La mañana trajo un fresco respiro a las angustias del día anterior. François examinó las heridas de Villafranca a la luz del día.

—Están algo hinchadas, parece que no cicatrizan muy bien, necesitarás medicinas.

—Amigo, aquí tengo algo más de caoba.

—Te limpiaré un poco y luego lo aplicamos. ¿Sigues viendo nublado?

—Sí, eso no cambia. Parece mentira que el mundo pueda perder su brillo tan de repente. Sin embargo, estoy más animado que ayer. Tengo muchas ganas de emprender la vuelta a Tortuga y organizar un buen banquete con esos señoritos de uniforme que siempre nos acechan. Antes de zarpar oí que hay un nuevo capitán, un tal Morgan que está planeando varios atracos. Dicen que no ha tenido una sola derrota.

—Así se habla, Villafranca, pero antes de ir a Tortuga debemos averiguar qué hacer con tus heridas, me siguen preocupando.

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