Isla de los Vientos – Capítulo XIV

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Palabras pendientes

La tarde venía cayendo sobre las caobas acaloradas, sus pequeñas flores traslúcidas tomaban los rayos del sol y los convertían en estrellas. Villafranca se dirigía hacia La Jagua, el lugar donde le habían indicado que encontraría a Esperanza. Había tenido que sobornar a un criado de Don José para que le revelara su paradero, pero no le importaba el dinero que le había costado; esos seis escudos, que representaban la paga del criado durante dos años, bien lo valían. Su pecho alborotado no toleraba ya más la lentitud del camino que, pese a no oponer demasiadas resistencias se mostraba ensortijado por momentos. Su caballo había protestado por la marcha incesante y había tenido que detenerse junto a los manglares del río para darle un respiro. Ella estaría en su casa, con los preparativos para la boda, ¿qué haría que no lo echara? Tal vez la nota que le enviara no le hubiera llegado o su respuesta se hubiera perdido. Él había emprendido la marcha con la certeza de que la falta de respuesta no era un no. Ahora se decía que eso era más que un no, era un no me interesa, un ya no pienso en tu existencia. Habían pasado meses desde la vez en que se distanciaran. ¿Cómo no podía ver lo que estaba haciendo su padre? ¿Qué pensamiento obstinado le hacía preferir la mentira a la verdad? Su actitud seguía demostrando que ella no confiaba plenamente en él, que no estaba dispuesta a enfrentar a sus padres ni siquiera por él.

Las caobas seguían sus pasos y se abrían formando un sendero. Se internó por allí y de pronto se encontró con que le cedían el paso a un bosque de jaguas. No pudo resistir la tentación de estirar el brazo para tomar un fruto maduro y comerlo. Tal como hubiera hecho de niño, se tiró bajo el árbol y lo disfrutó silenciosamente. Se demoraba a propósito. Estaba perdiendo el coraje, pero eso era parte de lo prometido a la bruja. Aunque él ya conocía la respuesta, tal vez fuera mejor volver. No. Era una tarea muy sencilla, solo tenía que presentarse ante ella y obtener la confirmación de sus labios de que no lo amaba. Tan solo eso. Estaba volviéndose loco, siguiéndole la corriente a semejante ridiculez. Pero bueno, ya estaba decidido. Se levantó, tironeó a su caballo que se había entusiasmado con la pastura y, forcejeando un poco con el animal, lo hizo retomar el camino.

Anochecía cuando llegó a La Jagua. Tenues luces asomaban por las ventanas de la casa. Algunos sonidos del interior se abrían paso en medio de la oscuridad, pero se confundían con los crujidos de la vegetación. Tendría que esperar que pasara la noche, no estaba bien presentarse a esas horas, pero no había podido manejar la hora de llegada porque estaba muy seguro de la distancia que tendría que recorrer. Por esos lados las distancias se medían en días de cabalgadura, pero esos días podían ser días serenos o días tórridos. Se apeó del caballo y lo dejó pastando junto a unas matas. Buscó un claro y se acomodó con la montura a pasar la noche allí.

De pronto oyó pasos de caballo, no estaba solo, se incorporó de un salto y miró a su alrededor. Un jinete se aproximaba a él. Venía con una mano sobre la cintura, tanteando un arma, su silueta se contorneaba con la luz de la luna. Dio unos pasos hacia la luz para hacerse más visible y se quedó esperando. El jinete bajó del caballo viendo que él no ofrecía resistencia y se acercó despacio.

—Qué horas para andar por estos parajes —dijo sin apartar la mano de la cintura.

—Vengo de lejos y me pareció más prudente llamar al alba.

—Entiendo, qué lo trae por aquí. Perdón, soy Fernando de los Ríos, prometido de la Señorita Esperanza Durán. ¿Usted es?

Villafranca sintió un doble nudo de pescador en la garganta. Lo miró de arriba abajo y esforzándose por no dejar traslucir su decepción respondió.

—Soy Alonso Villafranca. Vengo a hablar unas palabras con Esperanza.

Fernando se quedó mirándolo, esperando que lo reconociera. Pasó un minuto y al ver que no había reacción le dijo:

—Lo recuerdo de la trinchera, cuando la invasión, junto al río, ¿era usted verdad?

—Sí, tiene razón, ahora que lo menciona… —Una profunda sensación de contradicción se abrió paso en ese momento en su interior. Ese hombre lo había cubierto ante los disparos, en parte le debía la vida.

Fernando se quedó contemplándolo mientras Alonso se debatía internamente.

—Ya veo. Bien, Esperanza debe estar preparando la cena, yo venía a cenar justamente. ¿Preferiría hablar ahora?

—La verdad es que no lo sé.

—Lo dejo a su criterio. Yo creo que no es bueno andar por la selva a estas horas, le propongo que pase la noche a buen resguardo con nosotros y que trate sus asuntos con ella por la mañana. Después podrá partir, con la luz del día.

Villafranca lo siguió pesadamente, en su cabeza medía a su oponente y encontraba que sería muy difícil competir con alguien con tanto aplomo y gallardía. Entraron a la casa. Fernando lo hizo esperar en la recepción y se dirigió a buscar a Esperanza. Mientras iba hacia la cocina salieron a su encuentro Encarnación y Alfonso. Cruzaron algunas palabras de bienvenida con su amigo y comenzaron a escucharse exclamaciones de sorpresa. Pasados unos minutos se allegaron a la entrada para dar la bienvenida a Villafranca.

—No sé qué estoy haciendo aquí —balbuceó Villafranca.

—No se preocupe, es una hermosa noche y tendrá tiempo de hablar con Esperanza.

—Debería marcharme.

—Ahora se queda —dijo Encarnación con gran seguridad—. Vamos, la cena está casi lista, pondré otro cubierto.

Villafranca estaba por darse la vuelta y desaparecer, cuando vio entrar a Esperanza. Ella traía una fuente con ensaladas. Estaba preciosa. Tenía el cabello recogido en un rodete y unos mechones de cabello caían sobre los costados de su cara. No traía los ampulosos vestidos acuchillados que solía usar en la ciudad sino uno simple más parecido al de una campesina.

Ella no dio muestras de sorpresa, ya había sido prevenida por Fernando de su presencia. Hizo como si hubiera sido un visitante esperado. Le dirigió unas palabras de bienvenida y se dirigió al comedor a depositar la ensaladera sobre la mesa antes que se le cayera de las manos.

Durante la cena, los anfitriones no pudieron dejar de interrogar a Villafranca sobre su estadía con los piratas. Esperanza miraba a sus tíos atónita. Ella misma no se había permitido interrogarlo tan abiertamente. Fernando se sumó a los descarados inquisidores y puso su nota de humor cuando Villafranca comentara que en muchos aspectos los piratas tenían una moral más elevada.

—Pues, según dicen no les va mal con su moral en las tabernas.

—Villafranca asintió entre risas y miró a Esperanza que se encontraba a punto de abandonar la mesa.

—¿Es cierto que los botines los reparten en partes iguales?

—No, en realidad hay una escala, no falto a la verdad si digo que el reparto es equitativo. A lo menos, no hay muchas quejas.

—Ha de ser complicado lidiar con gente de tan distintas procedencias.

—Eso es lo más sorprendente y creo que es una muestra de que más allá de las banderas o las familias de nacimiento hay algo que es la persona y que, cuando se encuentran personas, no un español, un inglés o un holandés, cuando se trata de las criaturas, las coincidencias son posibles.

Esperanza escuchaba atentamente.

—¿Es cierto Villafranca, que liberaban barcos de esclavos?

—Ha ocurrido un par de veces, esos hombres, los que han logrado sobrevivir a la travesía a que los someten, son muy bien recibidos entre nosotros. Pero también es cierto que es muy difícil lograr capturar un barco de esclavos. Están armados fuertemente, tanto como naves de guerra, es un muy buen negocio.

Al llegar a este punto, Esperanza se retiró a la cocina, excusándose con los comensales. Inmediatamente la siguió su tía.

—No desesperes. Esto es nada más que un trance que has de pasar.

—Lo que me duele, es que darle la razón a él signifique tener el peor de los conceptos de mi padre. Y si le creyera también tendría que aceptar que él terminó siendo algo que detestaba solo por mí.

—No sabemos si sea cierto lo que él dijo. Por otro lado, tú ya has decidido el camino que has de seguir. ¿Cierto?

—Cierto. No podría estar con un hombre que es capaz de mentiras y engaños tales como los que me dijera.

—No era la respuesta que esperaba.

—¿Qué quería que dijera?

—Que te habías enamorado de Fernando.

—A Fernando lo quiero, tía, pero usted me conoce, no he de sentir lo mismo que por Alonso.

Al volver a la sala, las mujeres se encontraron con un Villafranca que seguía contando los pormenores de su vida de pirata. En ese momento se miraron, Esperanza no tuvo ningún problema en sostenerle la mirada. Se había decidido.

—Cuando estén cansados y quieran pasar a vuestras recámaras, ya está todo dispuesto. Nosotras nos retiramos.

—Esperábamos que se unieran a nosotros, aquí estamos enterándonos de cosas harto interesantes.

—Es mejor que sigan ustedes.

—Como quieran… Encarnación, ¿me traerías un poco de licor para animar la reunión?

—Sí, como no, aquí tienen el que preparamos la temporada pasada con Esperanza. Añejado lo suficiente para que lo disfruten.

Las mujeres se dirigieron a sus dormitorios. Alfonso seguía interesado en cada cosa que decía Villafranca, pero al verlas dejar la sala, fue rápido y directo.

—¿Qué lo trae por acá? Sea sincero.

—Una despedida —respondió Villafranca lacónicamente.

—Alfonso, no importunes a Villafranca, él conoce muy bien la conducta que es propia para un caballero. Yo voy a dejarlos, Turey, mi yegua, va a parir en cualquier momento. Quisiera estar presente, para prevenir cualquier problema que pudiera surgir.

Fue un gusto encontrarlo de nuevo, Alonso. Espero verlo en breve. Tal vez algún día vaya por Santo Domingo.

—El gusto fue mío, Don Fernando.

Habiendo salido Fernando de la casa, Villafranca tomó sus cosas y se despidió de Alfonso.

—Hombre, ¿a dónde piensa ir a estas horas?

—Sucede que mañana tengo que estar en Santo Domingo. Me urge retirarme.

—No, usted ha venido por algo importante.

—Sí, pero ya no es momento. Entiéndame, no se puede ser amigo del enemigo.

—No termino de entender, pero, ¿qué le digo a Esperanza?

—Que deseo su felicidad más de lo que deseo la vida.

—Lamento que no nos hayamos conocido en otras circunstancias.

—Lo mismo digo.

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