Isla de los Vientos – Capítulo XIII

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El nuevo camino

 

Villafranca comenzó a llevar la vida que Don José tenía prevista para él. Lejos de Esperanza nuevamente, ahora por obra y gracia de su astucia, se había convertido en el ejecutor perfecto para sus planes. No se arriesgaría aún a volver con los desertores del mar, todavía guardaría esperanzas de volver con su hija. Y conforme pasara el tiempo los piratas ya no lo mirarían con confianza, estaba a su merced. Sobre Villafranca recayó la delicada tarea de tratar con los contrabandistas que lo surtían de todo aquello que la Corona les negaba en territorio español, si algo se llegaba a saber en la colonia, Don José podría decir que Villafranca obraba a sus espaldas y sacaba provecho de su buena voluntad, ya que los contactos se hacían durante las travesías de la nave, en altamar, y Don José en ningún momento era quien daba las instrucciones, todo se manejaba a través de su capitán. Por otro lado, una vez llegado al puerto, nadie sabía cuál era el destino de los carros que llevaban la mercancía y que partían antes de que Don José se presentara a recibir la nao. No tenía necesidad de controlar los envíos, Villafranca le sería leal por el solo hecho de seguir cautivo de su hija.

Villafranca, por su parte, sabiendo de las malas intenciones que Don José tenía con él, fue abriéndose paso en los estamentos de la aristocracia española. Merced a su puesto de capitán, sus buenos modales y simpatía esforzada logró ser aceptado no solo entre los hombres que lo buscaban por su experiencia en los mercados de Indias, sino también por las mujeres que valoraban su espíritu emprendedor y valeroso, aunque ninguna de ellas le resultó lo suficientemente atractiva como para despertar en él algún sentimiento. Las españolas le parecieron muy artificiosas en sus costumbres, en el Caribe muchas de sus mañas habrían sido derretidas por el calor.

Bastó un viaje a España para que se le abrieran nuevos horizontes, allí trabó lazos con el amigo de su amigo Dante, Diego de Alcázar, quien le pintó el panorama mejor que nadie.

—Si deseas hacer negocios debes pensar como ellos. En estos momentos la Corona está quebrada, las minas americanas se agotaron, los mineros que subsisten no envían su quinto real y aquí tenemos tantos frentes abiertos y tantos parásitos que lo único que importa es el metal.

En poco tiempo logró darse cuenta de que, además de los encargos de Don José, podía dedicarse a sus propios negocios y se involucró en la reventa y el arrendamiento de oficios reales, que por ese entonces dejaban buenos ingresos a la Corona. Para eso solo le hizo falta disponer de algunos escudos para pagos a algún alto funcionario quien le preparaba las cédulas para realizar la transacción. Sabido era que la Corona en su necesidad de fondos recurría a la creación de oficios nuevos con el solo fin de venderlos, así que su intervención le aportaba ingresos de personas que contaban con algo de fortuna pero ningún contacto. Si bien los oficios que él podía conseguir no eran los más prestigiosos, pues éstos estaban reservados para la nobleza y los hidalgos, sus gestiones tuvieron que ver con la colocación de mercaderes en puestos de juraduría y escribanía de ayuntamientos.

“Pensad que por ochenta mil pesos os asegurareis los ingresos suficientes para toda la vida. Vuestro hijo os estará por demás agradecido por haberle legado una posición que lo pondrá en un pie de igualdad con la nobleza. Una vez adentro, ya tendréis oportunidad de subir los impuestos para resarciros de vuestros gastos…”  Ese era su principal argumento y con esas palabras definía los tratos con los prósperos comerciantes que acudían a él para lograr más rápido lo que en la plaza les costaría más que un sobresalto y regateos.

Además, la invalorable ayuda de Diego de Alcázar le fue dando poco a poco independencia de Don José, ya que como había constatado que este último no tenía reparos en comerciar con piratas franceses, él había montado una red con los piratas del Mediterráneo y se conectaba con sus viejos compañeros de Tortuga generando un comercio a mayor escala que la que había anticipado. Sin embargo, su mayor logro fue poner sobre aviso a sus amigos piratas para hacer que los tratos a Don José le resultaran más onerosos que a otros.

—Te estás buscando problemas, Villafranca.

—Ya los tuve y he salido airoso, no veo por qué ahora sería distinto. Además, ¿cómo podría enterarse? Don José no tiene tan buenas relaciones…

—Ese hombre no reparará en matarte.

—¿Acaso no te he contado de mi buena puntería?

—Él tiene forma de hacer que otros disparen por él.

—No le conviene meterse conmigo, yo sé muchas cosas.

—¿Por qué no usas eso para que arregle tu matrimonio con su hija?

Villafranca lo había pensado. Ciertamente, con lo que sabía él bien podría forzar a Esperanza a que volviera a su lado. Pero así no quería que fueran las cosas. Ella lo odiaba en esos momentos. No podía tolerar su odio, a ella sí le temía.

Prosperaba y se hacía conocido, sin embargo, a solas sentía que sus fuerzas no lo acompañaban, desde que se separó nuevamente de Esperanza su vida se había vuelto un martirio, ya no era la lejanía, la incertidumbre, las secretas esperanzas y rezos para reencontrarse, ahora el resentimiento, esa bestia acechante, lo estaba ganando. La inequívoca certeza de que ella no había podido superar la prueba de la realidad, no confiaba en él, no lo amaba.

Don José lo llamó desde el embarcadero. Villafranca volvía de uno de sus viajes con el cargamento importado que conseguía Don José, merced a las dispensas que había logrado.

—Tengo noticias para usted. Prefiero que se entere por mí.

—Le escucho.

—Mi hija Esperanza va a matrimoniarse.

—¿Por qué piensa que me interesa?

—Simplemente quería que lo supiera. Todavía guarda algún sentimiento por ella, lo sé. Es hora de que la deje a un lado y siga su camino —dijo escrutando la mirada de Alonso.

—Eso mismo he hecho, es lo único que he hecho, su hija para mí…

Villafranca se detuvo, su dolor era doble, pues era el dolor que le había generado la noticia sumado al dolor de tener que mantener la compostura delante del enemigo.

—Mi hija ya es inalcanzable, esta vez es decisión de ella. Tiene que superarlo. Tengo un encargo que hacerle. Es sumamente confidencial.

—Yo ya no puedo aceptar sus encargos. Está bien claro.

—No crea que será tan fácil volver con sus amigos ladrones.

—No intente alumbrar el sol con un candil.

—Le conviene seguir en estos rumbos. Esperanza no estará tan cerca como para que le incomode el verla.

—¿A qué viene tanta preocupación por mí? ¿Acaso está temeroso de que lo ponga en evidencia delante de las autoridades?

—No hay mella que pueda hacer a mi buen nombre, nadie podría confiar en alguien con tan dudosos antecedentes.

—Usted lo hizo, usted mismo ha reparado el daño que me causó. Nos volveremos a ver.

Villafranca se alejó con paso vencido. Sus pies lo llevaron a la taberna que solía frecuentar en su juventud. Allí encontró un poco de sosiego charlando con el cantinero, hombre desenfadado y franco que lucía una gran sonrisa infantil debido a sus mofletudos cachetes. Al verlo entrar no pudo contener la exclamación de alegría y sorpresa que le causó volver a ver a ese muchacho a quien recordaba contando cuentos de estrellas e instrumentos de astronomía y navegación modernos.

—Cuanto has cambiado, Villafranca.

—Tú estás igual.

—Bienvenido. Ha pasado mucho tiempo.

—Ron.

—Que sea doble. Yo invito.

—Que así sea.

—Te veo tan triste que no puedo dejar de preguntar, ¿qué es lo que te trae de malas?

—Nada que no tenga remedio, solo que aún no lo he encontrado.

—Yo conozco una persona que se ocupa en curar todo tipo de males.

—¿Un curandero?

—Podría decirse así. Solo tendrías que verlo un par de veces.

—Ciertamente, La Inquisición no ha puesto sus pies fuertemente en las colonias. ¿Tú crees en esas cosas?

—Hay que ver para creer, y yo lo he visto.

—Haces que me interese.

—Aquí tienes las señas de su casa. Acude y prontamente te tendremos de vuelta con nosotros. Piensa que un capitán no puede extraviarse por los caminos de la melancolía, si no qué sería de su nave…

Esas palabras fueron lo que decidió a Villafranca intentar la solución que le propuso el cantinero. Un capitán no puede extraviarse por los caminos de la melancolía, si no encontraba pronto un remedio su barco naufragaría, su vida sería arrastrada por una corriente contraria a cualquier rumbo que se fijara.

Villafranca caminó por las calles de la blanca ciudad sin poner atención a los cambios que se habían sucedido lentamente. La ciudad seguía extendiéndose hacia el norte, las casas se prolongaban en dos plantas, algunas calles ahora estaban empedradas, pero para él todo era indistinto. Caminó con una mezcla de indiferencia y desconcierto, indiferencia porque no pensaba que lograría obtener algún resultado de ese encuentro y desconcierto porque se sorprendía a sí mismo en la actitud sumisa que lo estaba conduciendo en ese momento.

Llegó a la casa, blanqueada y con dos ventanales cerrados. Lo recibió una mujer entrada en años, con atavíos oscuros y la cabeza cubierta con un pañuelo negro. Vio su cara como un ajado pergamino y sus ojos de mirada inquisidora. Ella lo atravesó de lado a lado de un vistazo y tan solo con escucharle la voz le presagió:

—Estás a punto de cometer el mayor error de tu vida.

A continuación lo hizo pasar al interior de la casa, le ofreció una silla y depositó sobre la mesa un par de copas. Lentamente sirvió algo que parecía un licor. Se tomó unos minutos para seguir observándolo sin pudor. Villafranca esperaba que ella volviera a hablar pero ella permanecía en silencio sentada frente a él, mirándolo como si le inspirara lástima.

—¿Cuál es ese error? —preguntó sin dejar de mirar a su alrededor. La casa de la bruja no se diferenciaba en nada de una casa humilde, salvo por la cantidad de plantas que le daban al interior un aspecto selvático. Las paredes estaban atestadas de cacharros y la mesa con sus sillas se imponía como único mueble de la estancia.

—Querer sacar de tu corazón a quien más amas —respondió con calma y se pasó el brazo por la frente para secar el sudor.

—Ella no me ama —su mirada se posó sobre un cacharro que hervía sobre la estufa.

—Si estás completamente seguro, entonces podré ayudarte —suspiró.

—¿Qué he de hacer? Dime y lo pondré en marcha inmediatamente.

Villafranca esperaba que le diera a tomar algo. Tal vez que lo hiciera recitar extraños conjuros o que lo enviara en busca de una prenda o de un mechón de pelo de Esperanza.

—Se trata de dos trabajos. El primero lo haría cualquiera que estuviera seguro de lo que hace. El segundo solo quien realmente se sienta tan desesperado como para poner en riesgo su propia vida.

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