Isla de los Vientos – Capítulo XII

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El reencuentro

Y allí estaba yo, apoyada sobre un pilote del muelle desvencijado. Uno de mis chapines comenzó a palpar un clavo que asomaba de la madera oscura y húmeda. Jugueteé unos instantes con el pequeño obstáculo que se me ofrecía y luego decidí que no podía dedicar esos instantes de singular riqueza a tales vulgaridades. ¡Cuánta riqueza hay en una espera! pensé, justamente porque los últimos minutos son los de mayor variedad de emociones.

El sufrimiento por una larga separación unido a la esperanza empecinada, la emoción adueñándose de mis ojos y mi pecho. Comencé a hacer un recuento de los meses transcurridos sin noticias, hasta que llegaron lejanos rumores… luego mi padre y entonces, ese mensaje… llegado por intermedio de Dante Mondejar y mi corazón se apuraba en carreras contra los minutos que faltaban.

El sol se plegaba al horizonte como amante que se recuesta suavemente sobre una almohada. El mar se hacía cómplice de rubores cada vez más intensos. No sentía el viento de la costa, apenas un lejano rumor como caracola marina.

Un pensamiento cruzó mi imaginación, un pensamiento guardado durante miles de años. ¿Eso era el amor? Sacudí la cabeza como tratando de disipar una niebla y fijé mi mirada en el horizonte nuevamente. Sí, seguramente lo era, tal como era sol el rojo que no distinguía fronteras entre el cielo y el agua.

Aquellos momentos, que preludiaban lo imposible algunos meses atrás, compensaban con creces la desesperación y el aturdimiento que me llevaron a un encierro concienzudo. Fueron meses y meses de negar el mundo. Como si un cortinado se hubiera descorrido delante de mis ojos, un velo que hacía del afuera un lejano murmullo que no llegaba a formar en mi mente una idea. Y lo impensado. La salida de ese mundo paralelo había venido de la mano de una situación de lo más simple. Mis tíos, siempre detrás de mí, intentando compensar la tristeza con trabajo y buena charla. Y esa yegua que se acercó a mí como si estuviera pidiéndome que la cuidara en su preñez. Ocuparme de ella había sido lo que necesitaba para dejar que mis sentimientos fluyeran de nuevo.

Lentamente un insignificante punto comenzaba a crecer y a desperezarse. Un barco, una bandera negra a fuerza de lejanía y unas gaviotas que en acrobáticas danzas jugaban con las velas. Eran ellas las verdaderas heroínas de los embarcados, las primeras en retornarles la sensación de estar en tierra nuevamente.

Afiné mi vista de novel águila en ese momento. ¿Estaría allí? La anterior certeza de que él estaría pensando en mí se fue esfumando para dejar lugar a la duda. Un período inconmensurable había pasado.

Rápidamente recorrí las noticias que circulaban en las últimas semanas, ese coro de voces que decían que la Corona había reclutado a algunos de los bárbaros que surcaban los mares para actuar bajo su égida. Lo recordaba aún con sus ideales libertarios intactos. ¿Se habría vendido para tornarse un títere de los deseos monárquicos? Recordé las palabras de mi madre nadie corre riesgos si no es por un buen motivo.

La nave se iba delineando con las sutilezas de un viento sureste que hinchaba las velas con determinación. Y sí, él estaría allí, estaría llegando libre al puerto. ¿Qué era eso llamado libertad? ¿Qué precio habría tenido que pagar por ella?

Comenzaba a parecerme totalmente inadmisible esa alternativa, mi Villafranca no habría comprometido sus ideas… ni siquiera por nuestro amor valía la pena arriesgar su vida. ¿Él estaría en la proa algo divertido al verme sufrir desde lejos? Estaría allí, saboreando esa mezcla de sensaciones que da el saberse retornando a la pequeña esclavitud que impone la tierra. ¿Estaría extrañando la inmensa libertad que le daría su pueblo de bellacos o estaría por fin saboreando el regreso a la vida que antes anhelaba?

De pronto un pensamiento oscuro volvió a apoderarse de mi mente. Mi padre había dicho que nos encontraríamos en casa. Él mismo abriría la puerta de entrada para darle paso. ¿Por qué entonces Alonso me citaba en este muelle?

Anclaron y los minúsculos bateles fueron echados al agua. Allí se distinguió la figura del capitán, incólume ante la desesperación de sus hombres que saboreaban la tierra y sus encantos. Fueron bajando desordenadamente y los botes comenzaron a recorrer el último tramo. Me alejé un poco para no estorbarles. Fueron pasando delante de mí en medio de comentarios y risas mal disimuladas. Yo los interrogaba, pero nadie me daba una respuesta. Por fin uno de ellos se me acercó y me invitó a acompañarlo a uno de los bateles. El capitán quería verme a bordo. Se me aflojaron las piernas. Logré sobreponerme y, finalmente, acepté su mano extendida.

Cientos de caballos se dieron a galope en mis venas. Tenía ahora la confirmación del final de mi pena. Sensación extraña. Algo no estaba bien. Él nunca había querido una mujer a bordo. Decían que era de mala suerte.

El barco dejó ver su bandera. Era bandera española. Me incorporé y, sin darme cuenta, estiré mis manos, deseosa de tocarlo. No veía rostros conocidos, todo estaba teñido por ese sol que preludiaba la muerte del día.

Él estaba en la proa, arreglando unos cabos que sus hombres habían ignorado por completo. Subí despacio y me fui acercando, tratando que no notara que ya estaba allí, disfrutando el verlo atareado. Fingió haber sido tomado por sorpresa, cuando volteó me vio y soltó todo lo que tenía en las manos. Casi desmayo entre sus brazos. Estaba esperándome. Era todo lo que necesitaba saber. Él pareció haber experimentado un sentimiento igual. Como si el mayor miedo no hubiese sido el no encontrarnos sino el encontrarnos cambiados.

Fuimos sin preámbulos a su camarote y recordamos cada pliegue de nuestra piel en abrazos desordenados y confusos al principio. En un largo derrotero de sales y selvas llevamos nuestro anhelo a los puertos recorridos en sueños. Se sentía morir el exterior con sus besos, una muerte plácida, temblorosa y desconcertante. Si el mar tenía un continuo movimiento nuestros cuerpos fueron mar y luego tormenta y luego dioses creando el mundo en oleadas. Finalmente, sus brazos me dieron la calma y el sosiego, la reconfortante sensación de que en la quietud anida un ave del paraíso, en la que los colores de su plumaje son variedades de sentimientos.

Un rato más tarde dejamos el camarote. El aire en cubierta estaba algo denso para esas horas. Ya no se veía el horizonte. Mirando hacia la isla, solo brillaban las luces de las velas en el interior de algunas casas. Se adivinaba música lejana y risas en abundancia. Me tomó de la mano y me llevó a caminar por la proa. Yo seguía sin hacerle la pregunta que me tenía en vilo. Me contó de sus complicaciones con la armada real, de sus pérdidas, muchos hombres habían sido tomados prisioneros y algunos desertaron ante la inminencia de algo peor. Yo lo escuchaba, me parecía un insulto plantearle un rumor. Pero él mismo fue llevando la conversación hacia el sitio de sus intranquilidades.

Sí, había sido atrapado por las argucias de un capitán que, a cambio de su retorno al lado español, había prometido librarlo de la condena. Lo habían desarmado por completo, nunca antes había pasado por cobarde o por traidor. Pero en esa oportunidad había tenido que hacer claudicar a su temperamento. Detestaba haber tenido que dejar a quienes lo habían acogido en su desgracia, pero nada equiparaba la posibilidad de estar allí conmigo en ese momento.

Lo escuché. No emití juicio sino hasta el final. Me resultaba incomprensible que hubieran tenido argumentos suficientes para hacerlo dejar la vida libre que se le había abierto. No me estaba contando todo. Enmudeció. No me miraba y solo repetía que no tenía otra opción.

Sentí deseos de abofetearlo. ¿Qué era lo que yo amaba de él? Me había seducido con la idea de que había algo más, además de lo conocido, de que lo que era no era lo que debería ser. Yo había hecho una elección importante en aras de esa idea. Un sentimiento por demás egoísta se apoderó de mí. Lo único que me interesaba era retener aquello que hacía que mi sentimiento hacia él no sufriera ningún contratiempo. Creo que él lo comprendió al instante, porque tomó mis manos y me dirigió una mirada comprensiva. ¿Qué era lo que no me estaba diciendo? ¿Por qué él podía comprenderlo y yo no? Pensé en ese momento que al menos lo tenía, ahí, conmigo, después de tanto esperar, pensé que estaba vivo, que seguiríamos juntos y que no importaba el color de la bandera que ondeara en su mástil, él para mí seguiría siendo el mismo. Pero no pude disimular la contrariedad que se abría camino en mi espíritu.

Dejé sus manos y me fui hacia el otro extremo de la nao. Las últimas palabras escuchadas de boca de mi padre resonaron en mi mente algún día entenderás el por qué de las cosas, cuando hayas dejado de pensar solo en ti misma, cuando tengas que obrar para el bien de tu familia.

—Tu padre… —comenzó a balbucear.

—¿Mi padre? ¿Qué ocurre con mi padre?

—No puedo ocultártelo más, tu padre negoció con los franceses.

—¿Qué es lo que negoció?

—La no resistencia en La Hispaniola, a cambio de…

—Continúa…

—A cambio de su posición en el gobierno y de rutas ilegales para su comercio.

—Es lo último que esperaría de ti —respondió decepcionada—, tratar de enlodar a mi padre es muy cruel.

—Lo que digo es verdad, Esperanza.

—No es cierto, ahora quieres venganza. Lo culpas a él de tus días de cárcel. Él no fue quien te condujo a Encadenada. Yo no puedo tolerar que mientas para que mi padre caiga en desgracia ante mis ojos.

—Tú sabes todo lo que hizo para separarnos.

—También sé que luego se arrepintió y, ahora, es él quien nos da su bendición para que estemos juntos.

—No seas ingenua, ¿tú piensas que me habría mandado llamar si no hubiera intereses más poderosos que lo guiaran?

—¿Él te hizo venir?

—Así es.

—¿Intereses más poderosos que mi bienestar?

—Tanto que te usa a ti para atraerme.

—No sigas.

—Al comprarme a mí, está comprando seguridad para sus negocios. Yo podría delatarlo delante de personas influyentes y eso a él no le conviene.

—¡Basta! No es para esto que quería tenerte entre mis brazos. Mientes. Ya no eres el mismo hombre del que me enamoré. Y si fuera cierto lo que dices, ¿tú estabas a la venta? —dijo aturdida.

—Hay ocasiones en las que lo que se ofrece puede ser tan preciado para nosotros que no hay precio capaz de reflejarlo.

—¿Y tus ideales? ¿Qué has hecho con el hombre que yo conocía? ¿Serás así un capitán justo y reconocido por tus pares? ¡Ahora me dirás que fuiste tú quien liberó a los presos de Encadenada!

—Eso es cierto, era inhumana la forma en que trataban a esos hombres. La vida me ha hecho ver más de lo que veía tiempo ha. Veo que tú estarías mejor con alguien como tu padre, que ahora también trafica negros.

—¡Eso es lo último que te permito! Mi padre nunca haría eso.

—Y cómo te explicas que haya logrado crecer tanto a los ojos de quienes gobiernan en la isla. ¿Cómo piensas que ha conseguido autorización para mi perdón?

—¿Él? ¿Cómo podría él conseguir tu perdón? Nunca, me escuchas, nunca más vuelvas a buscarme. No te perdonaré jamás que insultes de tal manera a mi padre.

—Eres una necia si no ves la verdad de lo que voy diciendo.

—El necio eres tú, con tus malas artes.

—Lo que yo diera porque me defendieras a mí como a tu padre. No ves lo que está ocurriendo a tu alrededor.

—No, Villafranca, veo en lo que te has convertido. Y estás muy lejos de llegar a ser como mi padre.

—Dios no lo quiera.

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