Isla de los vientos – Capítulo XI

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La vida continúa

La Jagua era una fiesta en esa época del año. Nacían potrillos de pie listos para correr, nacían cerdos macizos y rollizos, el maíz se elevaba por encima de los ojos con su sonrisa de mil y un dientes y todos se conmovían mirando esas flores, pequeñas y delicadas mariposas, que presagiaban la primera cosecha de cacao.

En la casa, canastos de jaguas eran amontonados poco a poco para las laboriosas mujeres que prontamente se dedicarían a hacer dulces, salsas y licores.

Alfonso prosperaba con los nuevos cultivos y andaba como enloquecido enseñando a sus nuevos trabajadores la forma en que debían atenderlos, regarlos, quitarles las alimañas y las plagas.

—Tiene una enorme paciencia, tío.

—Así es, debería haber sido monje, a estas alturas estaría pensando en las uvas de un viñedo en lugar del cacao —dijo entre risas.

—Cierto, usted es incurable.

—Verdad, la vida puede resultarte de distintas maneras, pero hay algo dentro de uno que pareciera inmutable.

—Sí, eso es así, aunque yo estuviera en casa de mis padres, seguiría siendo la misma con los mismos deseos de hacer cosas.

—Eso es algo que has recuperado, gracias a Dios. Y no sabes cuánto me alegra. Todavía recuerdo verte en algún sitio solitario llorando.

—Eso ya pasó. Lo peor que puede pasarle a alguien es no tener noticias de quien ama. De una forma u otra, saber le da a uno la posibilidad de lidiar con la realidad. El no saber lo llena a uno de conjeturas que no conducen hacia ningún lado.

—Pero hoy tampoco tienes certezas.

—Sin embargo, se dice que hay un pirata español que tiene a mal traer a nuestras naos.

—Sí, ¿tú crees que es él?

—Estoy convencida. Esa vida le va bien, creo que siempre fue un pirata en el fondo.

—¿Y así y todo lo amaste?

—Es que no había nada en él que fuera reprobable. Simplemente no se avenía a algunas de las costumbres que están tan arraigadas en el resto de la gente.

—No comprendo.

—El ama la libertad por encima de todo.

—Nunca me habías hablado así de él. Debo pensar que es un soñador.

—Algo así. Es muy difícil ponerle un mote. Él cree que las cosas podrían ser diferentes.

—Me hubiera gustado conocerlo.

—Le hubiera resultado muy agradable y hasta habrían congeniado en muchas cosas.

—Te veo tranquila, ¿acaso piensas que él se pondrá en contacto contigo?

—No lo creo, sin embargo, saberlo bien me tranquiliza.

—Perdona que te haga esta pregunta, pero… ¿tu cambio no tiene algo que ver con Fernando?

—No, tío, bueno, en alguna medida puede ser, pero no en el sentido que está imaginado.

—Yo no imagino nada. Él viene más a menudo últimamente. Antes lo veíamos pero no tanto…

—Tío… Él me está enseñando a cuidar a los animales que están por parir y esa tarea me ha devuelto las fuerzas que me andaban faltando. Fernando es un hombre muy prudente, me ha contagiado algo de su fortaleza.

—Bien sabes, o si no lo sabes te lo digo, él no es de los hombres que dicen que nadie echa vino nuevo en odres viejos, si me disculpas la comparación.

Esperanza rió con ganas.

—Sí, lo sé. Me lo ha dicho, aunque no con esas palabras —volvió a reír—. Es solo que… no puedo pensar en él como un hombre. Lo tengo por muy buen amigo.

—Hablando de buenos amigos…

En ese momento, Fernando deja la cabalgadura y se apresura hacia donde están Alfonso y Esperanza. Su andar confiado y despreocupado le sienta bien, pensó Esperanza.

—Buenos días, veo que ya tienen todo encaminado.

—Sí, estábamos hablando de ti, justamente.

—¿Bien o mal?

—Bien, por supuesto —respondió Alfonso.

—¿Es cierto? —interrogó Fernando mirando a Esperanza.

—Sí, completamente. Ahora si me permiten, me están extrañando en la casa.

—¿Se enteraron de lo que ocurrió en la prisión de Encadenada?

Esperanza había dado unos pasos en dirección a la casa, pero se volvió mirando a Fernando.

—Un pirata burló a los guardias y liberó a los presos de la isla.

—¿Cómo? —quiso saber Alfonso.

—Eso no se sabe, pero debe haber sido una situación muy embarazosa porque no se dice nada al respecto.

—¿Tampoco se sabe quién fue el pirata? —preguntó Esperanza.

—Dicen que el español.

Esperanza dio un brinco.

—¿El pirata español? ¿Por qué habría de liberarlos?

—¿Acaso no son todos bandidos? —respondió Fernando.

Alfonso miró a Esperanza y vio una nota de desilusión en su cara.

—Son todas habladurías —trató de suavizar Alfonso.

Encarnación salió en ese momento de la casa y los llamó a viva voz. Un caballo se acercaba por el sendero de entrada a la villa.

Ni bien el jinete se apeó del caballo se dirigió al grupo que lo estaba observando.

—Buenos días, vuesas mercedes, traigo un mensaje de Don José Durán para Don Alfonso de la Vega.

—Permítame —respondió Alfonso.

Leyó detenidamente la carta. A cada palabra su cara iba reflejando más y más contrariedad.

Los demás se encontraban expectantes, escrutándolo como si intentaran leer las líneas de su rostro.

Por fin extendió la carta en dirección a su mujer.

Encarnación leyó con algo de dificultad. No leía con frecuencia. Demoró unos minutos larguísimos en los que Esperanza estuvo en vilo casi sin respirar.

Finalmente, Encarnación le extendió la carta.

Allí su padre le indicaba a su tío que debía prepararla para volver a Santo Domingo lo antes posible, que se había puesto en contacto con Villafranca y que había decidido no oponerse más a su relación con él. Su madre la aguardaba ansiosa y él también.

—¿Qué se trae entre manos José? —susurró Alfonso al oído de Encarnación.

—No lo sé, pero es muy extraño.

Fernando, como convidado de piedra, seguía sin entender lo que ocurría, pero consideró oportuno despedirse hasta otro día. Miró a Alfonso, quien le devolvió una mirada comprensiva y fue en busca de su caballo.

Al día siguiente, Fernando llegó a La Jagua en un tordillo altivo y brioso. Dando un brinco de su caballo fue directamente a la caballeriza, donde se encontraba Alfonso.

—Buenos días, Alfonso.

—Sabía que vendrías, por eso me entretuve aquí un rato.

—Ciertamente soy más predecible de lo que me gustaría.

—Nadie está ajeno a tus intenciones con Esperanza. Ni siquiera ella.

—¿Qué ha pasado ayer con esa carta?

—Esperanza vuelve a Santo Domingo. José ha decidido aprobar su relación con Villafranca.

—Un cambio por demás inexplicable según lo que dijera en la otra dichosa carta que envió hace meses.

—Sí, sospecho que hay algo detrás de todo esto y que la única que saldrá perjudicada es ella.

—Podrías oponerte.

—¿A que se reúna con Villafranca?

—Y ¿si ella no deseara irse?

—Piensa bien, hombre, no creo que ese fuera su deseo. ¿Te arriesgarías a proponerle algo cuando sabes que ha pasado todo este tiempo pensando en él?

—Voy a hablar con ella.

—No te arrojes a un precipicio.

—No lo haré.

Fernando se dirigió a la casa. Llamó con unos golpes a la puerta que estaba entornada.

—Muy buenos días, Encarnación, me gustaría hablar unas palabras con Esperanza, si me lo permite.

Encarnación se sobresaltó e inmediatamente trató de averiguar el motivo de su apuro, pero él la tranquilizó diciéndole que no había nada de temer, que solo quería despedirse.

—Espérela aquí, Esperanza está preparándose para ayudar a Alfonso. En un momento saldrá de la casa.

Esperanza no apareció con su atuendo de costumbre por esos días. Le resultaba más cómodo para trajinar con los animales usar un faldón y una blusa, incluso a veces se la veía con calzas y una camisa muy larga de su tío, pero esa mañana lucía uno de sus aparatosos vestidos de ciudad.

Fernando sintió que se le caía el alma al piso y le pidió le diera un momento para pensar lo que iba a decirle.

—No me tenga sobre ascuas Don Fernando, si ha venido es porque ya sabe lo que quiere decir.

—Ciertamente no es fácil, aunque lo sé y lo siento, lo que quiero decirle es seguramente algo que ya sabe pero que no estoy cierto quiera oír —dijo nerviosamente.

—Me enreda el entendimiento, Don Fernando, pero no hable de cosas que no pueden ser. Me sentiría sobremanera culpable si le diera algún tipo de esperanza que no la hay.

—Perdóneme, yo sé que estaba ansiosa por recibir noticias de Villafranca. Por fin las ha recibido y sé que se reunirá con él en Santo Domingo.

—Así es, Don Fernando. No sé cómo ha ocurrido, pero mi padre lo ha aceptado finalmente.

—Si… por alguna razón se siente decepcionada, o si en su viaje se da cuenta de que su vida es más placentera cerca de sus tíos, le aseguro que yo estaría completamente feliz de volver a verla.

—Grande merced me hacen sus palabras, aunque no creo ser merecedora de tanta consideración. Le aseguro que le deseo el mejor de los augurios y que mi corazón velará por su felicidad estando aquí o allá.

—Si estuviera aquí conmigo sería para darme la más grande dicha del mundo.

—Lo tendré siempre en mi memoria, Don Fernando, ha sido mi sostén en mucho y, junto a mis tíos, han dado a mi vida nuevas alegrías cuando las había perdido. Pero vuelvo a Santo Domingo con la ilusión de ser la mujer del hombre que he esperado durante largos y desasosegados días.

La entrada en Santo Domingo se fue anunciando por el trajinar del agua cerca de la desembocadura del Jaina y la merma de la vegetación que hasta el momento atemperaba en algo los rayos del sol. El carro desfallecía bajo el bochornoso calor de la tarde y Esperanza fracasaba tratando de secarse con un pañuelo bordado por ella misma. Finalmente alzó la falda y tomó parte de la enagua para escurrir el sudor, al amparo de la mirada de extraños por las cortinitas de los ventanucos. Tendría que recuperar los modales puntillosos de su casa, pensó. Los sonidos de la plaza le devolvieron la sensación de estar en su hogar, el movimiento de gentes, animales, carros y mercancías hacía que la vida allí tuviera otra clase de intensidad. Santo Domingo era el movimiento continuo. Por un momento extrañó La Jagua. Pensó en sus tíos, de quienes tanto le costó despedirse, e irremediablemente pensó en Fernando y en el gran cariño que sentía por ese hombre tan digno.

La recepción en casa de sus padres fue muy emotiva. La primera que salió a su encuentro fue Aurora quien apenas la vio comenzó a dar brincos y mover sus manos como si se estuviera quemando.

—Cuánto te extrañé mi querida Aurora. Antes eras la primera persona que veía al despertar…

—Yo también amita. Fueron meses largos y tristes en esta casa. Su madre la extrañó tanto… vaya, vaya, la está esperando en la sala.

—¡Madre!

—¡Querida mía! ¡Cómo has crecido! Ya eres una mujer.

—¿Padre?

—Él está ocupado querida, no ha vuelto aún, pero estaba muy ansioso por verte. Estos últimos días no ha hablado de otra cosa que de tu retorno.

—Venga, cuénteme, ¿qué lo ha hecho mudar de opinión?

Las dos se alejaron en dirección a la sala de bordado de su madre y se quedaron hablando largamente.

Unas horas después llegaba Don José a su casa. Como hiciera los últimos días, lo primero que preguntó al ser recibido por Aurora fue si había noticias de su hija.

—Sí, amo, ella está en su cámara en este momento. ¿Quiere que le avise?

—Sí, dile que la estaré esperando en mi privado.

—Enseguida, señor.

Esperanza se dirigió con rápidos pasos al privado de su padre. No recordaba otra ocasión en que ellos se encontraran en ese cuarto. Su padre no querría que su madre estuviera presente en la conversación que mantendrían. Lo que no sabía Esperanza era que su padre no se atrevía a llevar adelante su mentiroso juego delante de su esposa, temía que ésta se diera cuenta del engaño.

Abrió la puerta con una sensación rara en el estómago. Su padre estaba de pie, inspeccionando unos pedidos de herramientas que le habían entregado.

—Adelante, hija, me alegra mucho que estés de nuevo con nosotros —extendió sus brazos y tomó las manos de su hija.

—Yo también me alegro, padre, aunque mi estadía con los tíos en realidad fue muy grata, me han tratado a cuerpo de reina y, sin dudas, he aprendido cosas que me han hecho valorar mucho la vida que ellos tienen allá.

—¿No te alegras de haber regresado?

—Claro que sí, padre.

—Por aquí se han calmado las habladurías, no había más razones para que permanecieras lejos de nosotros.

—Sin embargo, no fue por ese motivo que me llamó —respondió ella buscando su mirada.

Él soltó las manos de Esperanza y comenzó a buscar algo en uno de los cajones.

—No, ciertamente hubo otros sucesos que han influido en mi ánimo y me han hecho pensar en tu futuro.

—Padre, ¿es cierto que podré volver a ver a Alonso? —interrumpió ansiosamente.

—Me han llegado nuevas sobre su paradero. Según algunas personas del gobierno ha sido localizado y le han otorgado el perdón a causa de su buena actuación en el sitio de los ingleses. Parece después de todo que hay algo de valentía en él, se podría pensar en que es un hombre valioso.

—¿Tanto tiempo han demorado en reconocerle su mérito?

—Tengo entendido que su regreso se dilató por causas ajenas a su voluntad y la de las autoridades, por cierto.

—¿Le abrirá las puertas de esta casa?

—En lo que a mí concierne, le abriremos las puertas de esta casa a condición de que lleve una vida que yo considere digna y decorosa para el marido de mi hija.

—¡Entonces es cierto, padre! —Esperanza abrazó a su padre—. ¿Qué le va a pedir que haga para dar su beneplácito y hacerlo digno de su confianza?

—Solo he visto una salida a esta situación de bochorno a la que nos han conducido y es que él se incorpore a la tripulación de la nueva nao que ahora poseo. Son tiempos difíciles en la mar, entiendo que él será lo suficientemente diligente para sortear los peligros que ofrecen los piratas a nuestras naos.

—¿Lo enviará a oponerse a los que ahora son sus amigos?

—En la mar no existen los amigos, si él sabe lo que es bueno no dudará en aceptar.

Esperanza quedó algo confundida, pero estaba tan contenta que ni siquiera preguntó cuándo vería a Alonso. Ya estaba saboreando el reencuentro.

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