El agradecimiento

Posted on Actualizado enn

Desde muy chica me iniciaron en las artes de la numerología y la quiromancia. Toda mi familia posee dones que no deben ser revelados en público.

Esto es así porque vivimos en tiempos complicados. Hay mucha gente que nos persigue y trata de convencer al resto de que nosotros somos los culpables de los males de la época.

Hace unos días, un caballero pasó por la puerta de nuestra casa. Traía con él a un niño. Un niño pequeño que tenía la cara brotada de marcas rojas. Nadie se le acercaba. Al ver lo que parecían los primeros síntomas de la lepra, la gente escapaba. Pero el caballero nada temía. Su armadura plateada lo aislaba de los males terrenales…

El hombre golpeó a nuestra puerta. Imploró que le abriésemos. Mi padre, al ver que insistía tanto, abrió apenas para decirle que en esta casa no se hacían milagros.

Pero el caballero continuó insistiendo. Alguien le había dicho que nosotros practicábamos un arte oscuro y poderoso que aliviaba a los enfermos.

Mi padre volvió a decir que no había cosa que se pudiera hacer. Pero el caballero hizo un poco de fuerza y logró abrir la puerta de par en par.

Al entrar a la casa nos miró y comprobó que éramos gente como cualquier otra. Lo único que nos diferenciaba eran las habladurías… Entró y depositó a su niño sobre la mesa. Allí se quedó expectante. Aguardaba que alguno de nosotros hiciéramos algo.

Mi padre lo miró fijamente. El hombre tenía un aire de desesperación que se colaba por sus ojos oscuros.

─¿Quién es este niño? ─preguntó mi padre.

─Es mi hijo ─respondió el caballero.

─Hay médicos en palacio, ¿por qué no lo lleva con ellos?

─Ellos ya lo han dado por muerto.

Mi padre entonces puso manos a la obra. Tomó unas cuantas hojas de plantas que guardaba en una bolsa y una cacerola para preparar un caldo.

El caballero, quieto, mudo, miraba sin perder movimiento. Mi padre iba y venía. Revolvía, probaba, volvía a poner al fuego.

Al cabo de un rato, le dio una cucharada para que se la diera a tomar al niño:

─Que beba esto, que se lo beba todo. Algo bueno le hará y si no, ya habremos hecho algo.

El caballero abrió sus ojos muy grande y con una chispa de esperanza en la mirada tomó la cuchara y se la dio a beber a su niño.

─Es todo lo que yo sé hacer ─dijo mi padre.

─Gracias. Será un honor hacer algo por usted en algún momento.

Mi padre acompañó al hombre hasta la puerta. Lo vio montar su caballo con dificultad, ya que cargaba con el muchacho. Y así como había llegado, sin avisar, volvió a irse.

Hoy llegaron unos hombres del castillo. Eran de la guardia, venían con la orden de llevarnos a todos nosotros. No quisieron decir para qué. Solo comentaron que había alguien agradecido.

Una multitud se encontraba en el patio, esperando en medio de murmuraciones. Los señores del castillo, junto con los representantes de la Iglesia se hallaban delante de todos.

La ceremonia comenzó inmediatamente. Nos condujeron adelante, nos llevaron como si fueran a brindarnos honores…

Yo miré a la multitud. Estaban enfervorizados. Allí también estaba el caballero del otro día. Y su muchacho, parado junto a él, se veía saludable. Lo miré interrogándolo, pero nada ocurrió.

Un momento después, comenzó a arder el fuego y nuestro caballero, con la armadura brillante ahora, se alejó cabizbajo, mientras el jefe de la guardia le decía: “gracias”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s