Isla de los Vientos – Capítulo X

Posted on Actualizado enn

Conquistado nuevamente

Fueron muchos los días de travesías y luchas a mar abierto que le tocaron en suerte. Las mañanas llegaban, una tras otra, con el olor irreductible de la pólvora y las mechas quemadas. Su carácter antes afable y dispuesto a las bromas se fue haciendo distante, reconcentrado, como el de alguien que hace algo a su pesar. En el fondo había varias cuestiones que no le agradaban, como el trato a los pasajeros de los barcos que atracaban. Sus compañeros no le temían pero cuando él hablaba siempre lo tomaban en serio. Era moderado en sus pensamientos, demasiado prudente según algunos. El capitán recurría a él ante algunas situaciones.

—Dime, Alonso, ¿qué harías con las mujeres de este barco?

Alonso miraba a los hombres.

—Nadie debería tocarlas.

—Los demás van a creer que no te gustan las mujeres —insistía el capitán para probarlo.

—Que crean lo que les venga en ganas. Diles que no parecen del tipo que puedan alegrar una taberna y aunque lo fueran, hay un par de ellas que parecen provenir de familias adineradas, podríamos pedir un rescate.

—Eso los calmaría un poco pero nos echaría a los soldados encima.

—No, siempre que pongamos claramente las condiciones. Además, todo debe hacerse con suma diligencia.

—Siempre podemos echarnos atrás y dejarlas cerca de algún puerto.

—No, ten en cuenta que si no cumplimos con la condición de su entrega perderemos la oportunidad de repetir la situación en el futuro.

Entre sus compañeros de tripulación había quienes se preguntaban por cuánto tiempo permanecería bajo bandera pirata, algunos desconfiaban de su decisión pero, permanentemente, Alonso daba muestras sobradas de no tener ninguna piedad ni arrepentimiento con los barcos que atracaban.

—Echen a la bodega a todos los que colaboren, el resto se va por la borda.

Esa era su frase de siempre. No toleraba que nadie fuera herido fuera de combate. Ni siquiera por intentar escapar. Respetaba a los que se atrevían a desafiarlos, aunque no le gustaban los que trataban de huir a hurtadillas olvidándose de sus compañeros.

Así, un día tras otro, los soles del Caribe se iban desplegando ante su bandera, dejando atrás las largas agonías de su encierro y los dolorosos recuerdos de aquél perfume que impregnaba siempre la piel de Esperanza.

Después de cada atraco se dirigían a su isla, al norte de La Hispaniola, donde formaban la Hermandad, un frente unido con otros pillos que actuaban bajo la protección francesa. Allí iban a gastar lo ganado embriagándose y dándose retozones con las mujeres de la cantina, mientras se pasaban las noticias de las guerras incontables del viejo mundo, cosa tan cotidiana que nunca estaban del todo seguros de si la cosa era entre Francia y España o España e Inglaterra o Inglaterra con Francia o tal vez Holanda contra todas o…

Últimamente solo se hablaba de las debilidades de La Hispaniola para proteger su flanco noroeste, de lo fácil que resultaba la ocupación ante una España inerte y conflictuada por obra de los franceses. A nadie escapaba que la ocupación se estaba produciendo casi sin obstáculos y eso generaba muchos comentarios, sin embargo, no por ello no iban a aprovechar la situación para ir ganando terreno. Los franceses les tenían en gran estima, tanto que algunos piratas ya estaban operando con patentes de corso en retribución a sus invaluables servicios. Entre ellos Villafranca quien, pese a la ascendencia de su apellido, a la desconfianza de algunos y a la envidia de otros, se había hecho un lugar entre los bandidos lo suficientemente respetado. No lo veían como a un traidor, más bien como alguien que había sido traicionado y no se prestaba a que se repitiera la situación. Así lo había dejado en claro el capitán Parchan cuando le entregó el mando de uno de sus pataches, barco ligero y maniobrable que le había dado algunas satisfacciones en el Mediterráneo, y que ahora había decidido sumar a las fuerzas del Caribe a sugerencia de los franceses.

Una vez le llegaron noticias de Don José Durán.

—El muy pillo se vendió a cambio de protección para seguir con su comercio ilegal.

—¿Estás seguro?

—Lo dicen muchos y cuando el río suena…

—Parecía ser un hombre abocado más al gobierno que a la piratería.

—Esos del gobierno son los verdaderos piratas. Dicen lo que no hacen y hacen lo que no dicen. Nosotros… solo hacemos lo que decimos.

Alonso no daba crédito a lo que le contaban pero tampoco podía extrañarle en esos tiempos de traiciones permanentes. Por un momento pensó en lo que diría Esperanza si se enterara de los intríngulis en los que estaba metido su padre. Pero no pudo dejar de entristecerse, porque así como podría decepcionarse del padre, podría hacerlo de él mismo. Después de todo, ¿qué clase de vida estaba llevando?, libre, sí, pero una vida a la que no la podría llevar nunca con él.

Había intentado hacerle llegar una nota escrita con su dificultosa caligrafía de patas de araña, pero al no tener un medio de dar con su paradero la había guardado en el bolsillo de su camisa. Allí estaba, arrugada y descolorida por el trajín de la sal. Cada palabra era una promesa de volver. Algún día no muy distante lo haría.

La noticia de aquel español que iba a ser liberado de la cárcel y que había terminado uniéndose a los piratas no pasó desapercibida en la colonia. Debido al revuelo que armó el capitán del Golondrina luego del ataque, nadie que se hubiera cruzado con él dejó de escuchar el relato del ataque sufrido por su nao.

—Vuesa merced, verá usted, ¿cómo decir…?

—Diciendo, hombre…

—Pues, su encomienda no ha podido ser cumplida.

—¿Es posible que un simple cambio de nao le trajera complicaciones?

—Usted verá, esos truhanes franceses nos han traicionado, nosotros estábamos dispuestos a no abrir fuego pero… esos piratas se volvieron contra nosotros descargando toda su artillería y no pudimos hacer el intercambio tal y como estaba planeado. Se llevaron al reo, pero me dejaron la nao en las últimas. Esos no eran quienes nosotros esperábamos, eran piratas de la peor calaña que he visto y mire que he recorrido mares, esos…

(—Esos franceses, ahora me tienen en sus manos… malditos piratas…)

—¿Qué dice?

—Nada, le prevengo, no abra la boca. Aquí tiene lo prometido y unos ducados más para ayudar con los gastos de su nao.

El capitán del Golondrina estaba indignado por lo ocurrido y por lo poco que valía para Don José el mal trance que había pasado, no podía pasar por alto que su nao había quedado encallada en los arrecifes, al borde del hundimiento y que había sido socorrida solo porque la nave de las prostitutas se había adelantado y logró volver al puerto de Santo Domingo amenazando a los tripulantes con perder su negocio, mientras su propia nave, recalada en la playa de Encadenada, esperaba ser carenada. Así es que recurrió al alcalde.

—¿Ha hablado con Don José Durán? —dijo duramente el alcalde, a quien no le había hecho gracia alguna la visita y la chorrera de quejas que venía escuchando.

—Sí, vuesa merced, él ha hecho su contribución, pero usted entenderá que los daños han sido muchos y más principales de lo que Don José estimó.

—Ya veo, ¿cuál es el precio de su silencio?

—Yo no lo diría así, vuesa merced, yo solo necesito cincuenta ducados para las reparaciones.

—Yo le daré lo que pide, pero usted deberá hacerme la gracia de decir a cuantos se le acerquen que el hombre que iba a buscar iba a ser liberado teniendo en consideración que había sido un combatiente frente a los ingleses y que el ingrato en su mal tino decidió unirse a los piratas.

—Lo que vuesa merced diga.

Enterado de las distintas versiones que circulaban sobre el español que se había unido a los piratas, Dante Mondejar, quien seguía en contacto con Diego de Alcázar a través de los piratas del Mediterráneo, por medio de esa intrincada red de relaciones, había logrado hacerle llegar un mensaje que recorrió el camino de ida hacia España y luego de cruzar por varios puertos del Mediterráneo, volvió directo a Tortuga. En él le decía que Esperanza ya no vivía en casa de sus padres, que el comentario de la chusma era que se había ido de la isla y que probablemente hubiera ingresado en un convento. Además, le informaba que andaban circulando dos versiones muy distintas sobre su escape, que él  no creía que hubiera traicionado a sus compatriotas sino que esa era una treta de Don José y el alcalde para mostrarse a ellos mismos como los traicionados y por consiguiente seguir buscando la forma de perseguirlo y encerrarlo.

Villafranca leyó detenidamente las palabras de su amigo. No hubiera soportado la idea de que Esperanza se casara con algún allegado a su padre, pero menos hubiera tolerado que la destinaran a una vida de asperezas en un convento, ella no estaba hecha para los sermones y las penitencias, ni siquiera por él tendría que soportar esa pena. Sí, realmente prefería que la hubieran casado a que la hubieran confinado. Leyó la carta varias veces hasta que se convenció de que lo único que podía hacer era volver a la isla para buscarla, aunque resultara demasiado peligroso, porque, si las cosas eran como decía Dante y él se presentaba donde Esperanza, lo cazarían nuevamente.

Mientras tanto, Villafranca seguía ganándose a los suyos. Así como no tardó mucho en conseguir barco propio tampoco tuvo problemas con la tripulación, que lo eligió a él antes que él a ellos. Su fama fue creciendo en los mares y los puertos del Caribe como la del traicionado que buscaba justicia, después de todo, ¿no era ése el sentimiento que guardaban todos los piratas? Su objetivo eran las naves españolas que cubrían los intercambios entre las islas y el continente, sin embargo, se cuidaba muy bien de acercarse a aquellas naves que antes lo habían tenido a él como tripulante. Algo les debía, gracias a ellos había hecho sus primeras armas en el mar, era una cuestión de respeto y agradecimiento no meterse con sus antiguos compañeros que no habían tenido nada que ver con su imprevisible destino de tiburón errante.

A medida que fue ganando fama se fue corriendo la voz de que era mejor entregarse sin más al divisar su bandera, un corazón atravesado por dos espadas, ya que dejaba con vida a quienes no ofrecían resistencia, pero se mostraba completamente despiadado en caso contrario.

Cada vez que avistaba nao española, lo primero que hacía era recordar a sus hombres que si iban mujeres a bordo, no toleraría ninguna clase de atropello, así estuvieran desfallecientes de amores. En el fondo, esperaba encontrar a Esperanza en cualquiera de esas naves y la soñaba en la proa de una embarcación acercándose a él con la mirada anhelante y tibia hacia el frente, los ojos puestos en los suyos.

Entre las cosas que le rondaban la mente, además de buscar a Esperanza, pensaba en el momento de volver a Encadenada. Allí estaba López, quien pese a lo poco que se habían conocido se había convertido en su primer aliado para escapar. Pocos días después de su partida estaba previsto que llegara la nave de las prostitutas. Sin embargo, el plan contaba con él para desarrollarse, así es que López no habría conseguido llevarlo adelante, por lo menos en esa ocasión. Volvería a la isla y vería la forma de liberar a todo el grupo.

La oportunidad llegó, finalmente, cuando pudieron ponerse en contacto con los que organizaban la visita de las mujeres a la prisión. El capitán era un empedernido jugador de cartas. Lo localizaron en una pequeña isla al norte de Curaçao. Allí desembarcaron los piratas con beneplácito del hombre en cuestión, porque de inmediato se armó una partida de dobladillas. Al cabo de unas horas las apuestas alcanzaron fuertes sumas y la ventura quiso que el traficante de mujeres quedara verdaderamente desplumado.

—Tengo un negocio que proponerte —dijo Villafranca.

—Si con eso me permites cubrir la apuesta.

—Ciertamente.

—Pues bien, te escucho.

—Tenemos un particular interés por llegar a la isla Encadenada.

—Creo que no podremos hacer negocios, estimado señor, de esa isla depende buena parte de mis ingresos.

—Podría ofrecerte un nuevo puerto con el que reemplazarlo.

—Escucho con suma atención.

—A trueco de transportar algunos de mis hombres a Encadenada, te ofrezco un salvoconducto para entrar en Tortuga.

—¿Así que son piratas de la Hermandad? No sé qué es peor, traicionar a los soldados españoles o a ustedes…

—Digamos que si traicionas a los españoles solo perderás unos maravedíes.

—Claro, comprendo —miró por un momento a Villafranca, en el rostro de su interlocutor vio la determinación tranquila de quien sabe lo que está diciendo—. No se diga más, me has convencido, hombre. ¿Cuándo sería esto?

—¿Cuándo tienen planeado volver a la isla?

Anochecía, el barco comenzó a delinear su silueta en el horizonte y los soldados de la costa fueron dando voces para que en el interior se apresuraran a poner a resguardo a los presos. Rápidamente todos fueron conducidos a sus calabozos sin darles tiempo siquiera de tomar agua y limpiarse el sudor.

En el barco, algunos hombres de Villafranca habían sido elegidos para desembarcar con las prostitutas.

—No, capitán, no puedo ir con estos ropajes. ¡Me reconocerían enseguida! —protestaba uno.

—Cierto que necesitas una buena afeitada —respondió otro riendo con estrépito—. Pero te pondremos este hermoso paño rodeando tu cara, así tardarán un poco más en darse cuenta. Además, de noche todas las mujeres son hermosas…

Los hombres no podían dejar de reír y las mujeres festejaban la ocurrencia animadamente.

El plan era adelantarse a los soldados. Ellos solían enviar una comitiva de bienvenida que debía hacer una ronda por el barco, verificando que todo estuviera en orden. Luego de esto hacían señales a los puestos de cañones indicando que no había peligro, y finalmente, escoltaban a las mujeres a la playa. Ellos se adelantarían, so pretexto de que las mujeres estaban muy ansiosas por ir al excusado, desembarcarían algunas mujeres con algunos de los hombres y ellos se encargarían de inmovilizar a los guardias de la comitiva que se encontraran en la playa. De esa forma tendrían tiempo para que los bateles con el resto de los piratas desembarcaran. Una vez que todos estuvieran en la playa, se dirigirían unos a los puestos de cañones, otros entrarían en las instalaciones de los guardias e inmovilizarían al resto. El destacamento no contaba con demasiados guardias, en una relación de dos piratas por guardia la cosa estaría resuelta en poco rato.

Y así fue. Con trozos de tela arrancados de los vestidos fueron amordazando a los uniformados y atándoles las manos a la espalda. En un corto tiempo lograron escabullirse hasta el cuartel y terminar de maniatar a todos. Al capitán del destacamento tuvieron que propinarle un golpe en la cabeza porque el pobre desgraciado no paraba de gritar. Pero el resto estaba tan embobado con la preciosa carga que ni chistó cuando las mujeres los sometían, pensando que era parte del juego. Y así fue que las mujeres siguieron atendiéndolos mientras se encontraban atados para que no les quedara un mal recuerdo de ellas y por las dudas se volvieran a encontrar en otras circunstancias, de forma tal que mientras Villafranca y los piratas se dedicaban a abrir calabozos, en la sala de los guardias solo se escuchaban risitas y jadeos.

La noticia llegó rápidamente a La Hispaniola: Encadenada había sido liberada por piratas. Si bien no se sabía quienes habían sido los bandidos, ya se había corrido la voz de que el español renegado comandaba ahora una de las naves piratas que acechaban. Era cuestión de atar cabos. Las nuevas llegaron como reguero de pólvora a Don José, quien vio en ese hecho un creciente motivo de alarma que logró perturbar sus sueños por primera vez en su vida. Si por alguna razón ese pirata español, que no podía ser otro que Villafranca, llegaba a conocer de sus tratos con los franceses pondría en peligro su naciente posición de privilegio. Nadie más que ese pirata podría tener motivos para descubrirlo, y no pararía hasta perseguir sus navíos y destruirlo, como él mismo le había destruido la vida.

—Vuesa merced, necesito hacerle un pedido.

—Pues adelante, ¿de qué se trata? —inquirió el alcalde.

—Hay un pirata, un tal Villafranca, que es convicto de nuestra justicia. Ese hombre considera que yo tengo una deuda con él, él fue quien asesinó al prometido de mi hija.

—Ah, Villafranca —respondió el alcalde mirándolo de soslayo—, el que me solicitó trasladar a Encadenada y luego devolver a Santo Domingo.

—El mismo. Pues, considerando como se han sucedido los hechos, tengo para mi que no conviene que siga estando en nuestra contra…

—Dirá en su contra…

—Bien, es que estar en mi contra hace que nosotros nos veamos más vulnerables, además, que nuestros barcos sean asaltados por uno de los nuestros, nos hace ver como peleles.

—En eso tiene razón, y todo gracias a usted.

—Sí, reconozco mi culpa en el asunto —dijo Don José pensando que no iba bien encaminada la conversación.

—¿Se le ha ocurrido alguna forma de atraerlo de nuevo a nuestro lado?

—Pues, en realidad yo venía a pedirle que lo buscáramos para deshacernos de él.

—Tenga en cuenta de que ya son muchas las veces que le quito la soga del cuello. Nunca me dijo que había acordado con los franceses para que se lo llevaran. Obró a mis espaldas y ahora viene a pedir ayuda —en este punto fue más meditado su aplomo—. ¿Por qué debería yo interceder nuevamente? Tendrá que aportar usted mismo la solución.

Don José miró duramente al alcalde. Había una posible solución, solo que no le gustaba. Meditó un minuto sus siguientes palabras.

—Pues, sí, he considerado la posibilidad de ofrecerle un navío para cubrir mis rutas comerciales.

—¿Está demente? ¿No es demasiado riesgo acercarse tanto al enemigo? ¿Qué es lo que haría que él acepte y no se vuelva un perjuicio para nuestros menesteres?

—Tengo para mí que mi hija, vuesa merced —agregó con pesar.

El alcalde lo miró con satisfacción.

—Si puede poner en juego a su hija, no podría oponerme a que lo haga. De otra forma no lo hubiera considerado suficientemente seguro.

—Tenga la certeza de que aceptará.

El mensaje le llegó por un miembro de la milicia que se hizo pasar por fugitivo para introducirse en un campamento bucanero en el norte de La Hispaniola. Con la ropa hecha jirones, debido a los filos de las montañas que debió atravesar en el trayecto entre la última zona habitada por españoles y los campamentos de bucaneros del otro lado, alcanzó el villorrio de los franceses cuando estaban por dirigirse al puerto para embarcar. Allí lo recibieron como quien atrapa un puerco que se escapó del chiquero y lo metieron junto a los otros en el batel sin darse cuenta de que no era uno de ellos debido a la mugre que lo cubría de arriba abajo y a que supo mantener su boca bien cerrada.

Cuando se dieron cuenta de la presencia del polizón, ya estaba en la cubierta del Douphin rumbo a Tortuga y todos sabían que portaba un mensaje para Villafranca. Hicieron el intento de echarlo por la borda pero tuvieron que detenerse ante la realidad de que debía ser él mismo quien volviera con la respuesta al mensaje.

Cuando Villafranca lo recibió, hacía siete semanas que había sido redactado.

“…estoy cierto que aún cuando contraría mi propia voluntad, teniendo ante todo presente que mi hija Esperanza siempre lo recuerda y lo tiene en alta estima, y como muestra de que mi sentido de padre y mi amor por ella es lo más principal, le ofrezco una dispensa de su excelencia el Señor Alcalde, para usted, desde este mismo día…

…por ello, lo esperamos en el puerto de Santo Domingo, para que pueda ocuparse y entender de asuntos navales que conciernen a mi compañía. De esta suerte podrá  disponer de un sustento para llevar adelante sus deberes de caballero para con mi hija.”

Firmado: Don José Durán.

A Villafranca le dio un vuelco el corazón. El barullo de licores y mujeres había quedado relegado a un rumor distante. Releyó varias veces porque sentía que estaba malinterpretando las palabras, pero no había dudas de lo que decía. El mismísimo padre de Esperanza le hacía saber que habían revisado su caso ante la justicia a su pedido y que lo necesitaba. Pero ante todo estaba la autorización expresa para volver a ver a Esperanza, más que eso, él debía volver a cumplir con sus deberes con ella. Por un momento pensó que tal vez Esperanza hubiera tenido un hijo suyo y lo necesitaban, pero… ¿cuánto hacía que no la veía? Si esa hubiera sido la razón lo habrían llamado mucho antes…

—Entonces es cierto lo que escuché sobre él.

—¿Qué piensas hacer? ¿No crees que podría ser una trampa? —inquiría François.

—Según lo veo, primero debería escuchar cuál es el trato que intenta y por el que me requiere.

—Tu amor por esa niña no te traerá nada bueno.

—Solo Dios sabe lo que me traerá.

—¿Dejarás a tus hermanos por ella? Bien sabes que es aquí a donde perteneces.

—Es cierto, pero también sé que sin ella no soy nadie ni aquí ni en ningún lado.

—¡Ay! Villafranca… tráela con todo y enaguas… ¿Acaso no se avendría a vivir con nosotros sabiendo que es la forma de volver a estar juntos?

—No podría pedirle tal cosa.

—Entonces te avergüenzas de nosotros.

—No podría avergonzarme, solo que ella está acostumbrada a otra vida.

—Nada bueno puedo augurarte, Villafranca. Ese hombre solo quiere usarte y para ello también usa a su hija, es una alimaña de las peores que he visto.

—Así lo creo también, pero qué puedo hacer si es mi única carta para verla.

—Algo se nos puede ocurrir…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s