Isla de los Vientos – Capítulo VIII

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Encadenada

Encadenada era una miserable sucesión de casuchas rodeadas por una empalizada a modo de fortificación, la costa al frente, piedra y vegetación por detrás. Su aspecto era tan endeble que ni siquiera los cañones que estaban dispuestos y mal disimulados en algunas zonas de rocas altas le otorgaban algo de dignidad al conjunto. Se encontraba en una isla algo alejada de las grandes Antillas por lo que desde cualquier punto se veía el extenso mar. Había sido improvisada como cárcel a pedido del gobernador, ante la insuficiencia de los calabozos del presidio de la ciudad, siempre escasos debido al constante crecimiento de la población díscola y fullera, y a las innumerables escaramuzas entre españoles y franceses que hacían necesario más espacio.

Algunas docenas de hombres se encontraban allí confinados indefinidamente, en una especie de letargo ofídico, esperando alguna dispensa real que los sacara de la mala fortuna. Pero era algo totalmente ilusorio, nadie reclamaba por ellos, eran unos olvidados. En todo caso, debían de sentirse afortunados ya que en lugar de la horca habían sido enviados a ese sitio conservando algo de vida.

El barco que traía a Villafranca tenía la misión de observar los movimientos que se producían en esas aguas, aunque no era frecuente encontrarse con franceses u holandeses por esos lados, ya que no era zona de tránsito de zabras españolas. Si llegaban a avistar alguna nao en la lejanía corregían el rumbo para no acercarse demasiado. Era un viejo barco negrero, con apenas seis culebrinas, tenía su gran bodega dispuesta de forma tal de albergar unos cientos de hombres. Alonso, junto con otros desafortunados, iba en la bodega de babor, bamboleándose con los movimientos del oleaje. Alonso y los otros nunca se habían visto antes de esa ocasión. Había un par de ladrones de caballos que por mala fortuna habían sido apresados cuando uno de los animales se torció una pata y el otro se detuvo por costumbre de seguirlo. Otros tres eran jugadores de naipes, de mala bebida, además, que se habían trenzado en una rencilla en la taberna y fueron capturados cuando una de las botellas de ron que defendían con su propia vida fue a caer sobre la bota de un oficial que se encontraba mirando la contienda sin ánimo de intervenir, con tan mala ventura que la bota se hallaba descosida y el oficial sufrió una cortada en su pie.

—¿Alguno de ustedes tiene noticias de la isla a la que somos llevados? —preguntó Alonso.

—Algunos dicen que está tan lejos de todo que solo se ven los confines de la mar océana —respondió uno de los jugadores.

—Yo tengo oído de los guardias que no es lugar de donde se vuelva —agregó uno de los ladrones de caballos.

—Ya lo veremos con nuestros propios ojos. No es dable dar crédito a lo que digan los guardias —sentenció Alonso.

Al fondear la nao, se abrió la portezuela y fueron conducidos a cubierta unidos por una larga soga que sujetaron a los grillos de sus pies. Montarse en el batel para llegar a la costa fue una tarea lenta y engorrosa que requirió de un largo rato, porque no dejaban de enredarse y los tironeos de unos eran contrarrestados por los de los demás. Desembarcaron a pocos metros de la costa con sus grillos aferrados a los tobillos y las manos. El calor arreciaba, las muñecas ardían como fuego y las narinas estaban inflamadas por el perenne hedor.

—Bienvenidos a su nuevo hogar —saludó con malicia el oficial a cargo.

Villafranca miró a su alrededor, la furia que corría por sus venas en ese momento fue rápidamente aplacada por el súbito entendimiento de que ese no era un lugar inexpugnable como lo hubiera sido una cárcel de España. Un torrente de esperanzas le recorrió el ánimo y se dispuso a hacer su vida lo más llevadera posible mientras buscaba la manera de salir.

—Tenemos que ir despacio —le dijo un hombresote de sonrisa contagiosa.

—Pensamos lo mismo, me alegro.

—Calma. Por ahora a aguantar los latigazos.

—Sí, ciertamente.

Antes de ir a los calabozos, los guardias los dirigieron hacia una cueva cavada en la tierra. Al descender se encontraron con un espacio cuadrado cuyas paredes habían sido revestidas de piedras y por las que goteaban hilos de agua hacia el interior. Allí fueron amarrados a argollas aferradas a la piedra.

—Parece que esta es la recepción.

—¿Algún problema? —interrumpió el oficial.

Los dos lo miraron de frente pero sin decir nada.

—Pregunté algo.

—Nada señor.

—Mejor así. En este lugar esta prohibido hablar. Nunca lo olviden —y señaló hacia una de las paredes de la que pendían los restos de las lenguas de los que se habían atrevido a romper esa regla.

Las semanas que siguieron fueron un viaje subterráneo. El silencio solo roto por el sonido de las cadenas arrastrando contra el piso se iba amplificando hasta lo intolerable. Trataban de no mirarse por no tentarse a pronunciar una palabra. Ni siquiera levantaban la mirada del suelo por no exclamar ante la belleza inmisericorde de la vegetación o de las aves, ajenas a todo ese horror.

Alonso miraba hacia abajo, la cabeza gacha, los hombros vencidos hacia adelante. Eso pies que veía marchar a pocos pasos iban levantando minúsculas partículas de tierra. No había zapatos, las piedras se incrustaban e iban sumando cortaduras en las plantas, que se veían con un masacote de gotas de sangre y mugre. Los guardias no se alejaban más de dos palmos. En ningún momento, debajo del sol efervescente, les estaba permitido beber un poco de agua. Recién después de tres horas de acarreo continuo de piedras podían detenerse. De sentarse ni hablar. De pedir reducir el ritmo de trabajo tampoco. Como si una cadena cambiara la naturaleza humana en no humana, los carceleros los sometían a constantes repiques de látigos. Si bien era cierto que algunos habían cometido crímenes graves, también era cierto que quienes castigan los estaban cobrando con algo que no se parecía a la justicia. Era una forma de venganza, agravada por ser ejercida por quienes detentan el poder.

Por el rabillo del ojo, Alonso se solazaba viendo los penachos de una selva rica, voluptuosa, fresca y llena de claroscuros. Como una continuación de sus pensamientos por Esperanza, esa selva le llevaba la savia de la vida a sus ojos ardidos por el áspero sol. Cuanto más lo pensaba, menos podía explicarse cómo podía convivir tanta belleza con tanta brutalidad.

En la oscuridad de la noche se sentían aliviados. Mientras el guardia de la entrada emitía ronquidos como graznidos, podían intercambiar algunas palabras y fue así que Alonso se enteró de las dos fugas exitosas que habían ocurrido poco antes de que él llegara. La forma de fugarse había sido sin dudas interesante. Una vez al mes llegaba un navío con un cargamento especial, se trataba de un cargamento de mujeres que eran traídas para regocijo de los guardias. Esas noches eran las más esperadas por los oficiales y tras ruedas de licor y desbordes de apuros eran las más descuidadas en cuanto a controles. Fue así que, con la anuencia de un par de mujeres, las llaves del calabozo habían dejado la gruesa cintura del guardia y habían dado por caerse cerca de las manos que abrieron las puertas de hierro. Los presos se habían hecho humo en medio de los rumores de la noche llevándose unos bateles que estaban en la costa y no habían sido echados de menos sino hasta el otro día. Así había sido la última vez y pese a las reprimendas que se habían ganado los uniformados, nada podía persuadirlos de seguir adelante con su costumbre. Ahora se endurecería el control, sin dudas, pero era cuestión de esperar unas semanas a que la abstinencia de los guardias hiciera retornar el relajamiento acostumbrado.

Mientras tanto, los días se sucedían con la imagen de Esperanza que lo rescataba de su dolor. La veía en el balcón mirando hacia la mar. Humillada, ciertamente apesadumbrada por  los acontecimientos, relegada por un vecindario que no le perdonaría haberse corrido del lugar que estaba destinado a las hijas. Había sido culpa de él que ella tuviera que enfrentar semejante situación, él la había presionado para que ella lo siguiera. Pero sería por poco tiempo. Algo pasaría, sería cuestión de salir de la isla e ir a buscarla para continuar con sus planes de escapar a España. Y allí volverían a la vida. Tendría la posibilidad de darle todo lo que se había prometido.

—¿Qué te trajo a esta isla? Tú no pareces asesino ni ladrón —interrogó el jugador López en un susurro.

—Me han querido sacar de en medio, simplemente. Mi presencia no estaba en los planes de alguien.

—Dicen que luchaste contra los ingleses.

—Así es. Y eso me hubiera valido el indulto si no fuera por… por mi buena puntería.

—Ser diestro nunca puede ser una maldición. Ya verás que las cosas se arreglan. Verás tengo información sobre el barco…

Semanas después se encontraban excavando una zona de calizas, usadas para la construcción.

—¡Eh! Tú, mueve tus pies, te vas de viaje.

Alonso miró al guardia sin comprender. Rápidamente volteó hacia donde estaba López e intercambiaron miradas incrédulas. Un empujón en su espalda, asestado por uno de sus compañeros, lo puso en movimiento. Caminó hacia el guardia esperando alguna otra explicación. Solo recibió un puntapié que lo puso en tierra de rodillas.

—Ahí está tu barco, despojo maloliente. Te vas de nuevo a casa, me dicen. ¿No te alegras? Te esperan los grilletes de Santo Domingo.

Alonso no podía entender qué era lo que estaba ocurriendo. ¿Habría conseguido interceder Esperanza ante su padre?

Subió al batel que lo conduciría hasta la nao con un insistente temblor de sus piernas, producto de haber dormido acuclillado por temor a los insectos que la noche anterior rondaron los calabozos. Poco a poco sus pensamientos dejaron sus piernas para confundirse con los graznidos de las gaviotas, mientras iba creciendo en su interior la sensación de que algo andaba mal.

Subió a la nao y lo condujeron a otra bodega. No habían cerrado la portezuela cuando se escuchó una voz de alerta:

—¡Nao a estribor!  ¡Nao a estribor! —alertó el vigía.

El capitán ordenó no hacer nada. Esperaba a ese barco. Habían acordado con precisión lo que ocurriría, se producirían un par de disparos de alerta y ellos, sin ofrecer demasiada resistencia, entregarían algunas cajas de armas alojadas en la bodega y dejarían que el condenado pasara a la nueva nao. A cambio de esto unos cuantos maravedíes pasarían a su bolsa. Por qué recibía tan especial tratamiento ese infeliz y malaventurado no le interesaba, el pesado tintineo en su bolsa era respuesta suficiente.

Las naves se fueron acercando cada vez más. De pronto la nao entrante arrió su bandera española.

—¡Nao enemiga! —bramó el vigía con todas sus fuerzas.

Los hombres comenzaron a correr, a tomar sus puestos de combate. El capitán esperaba quedar varado tras los corales y ser abordado sin demasiada complicación. Los cañones de la costa estaban demasiado lejos para que abrieran fuego en su ayuda y en todo caso su nave estaba interponiéndose entre la playa y los atacantes. Así es que si él no indicaba iniciar fuego desde el barco…

—¡Corales a babor, con cuidado! —indicó el vigía del palo mayor.

La bandera pirata, jadeante ya en brazos del viento, disipó cualquier duda respecto de sus intenciones. Las troneras se abrieron una a una en franca señal de ataque.

—¡A los cañones! —bramó el capitán, en medio de una gran confusión de humo y astillas. —Esto no es lo que habíamos pactado —se decía para sí.

El barco español, sin lugar para virar y protegerse detrás de la barrera coralina, intentó una maniobra rápida para alejarse de la nao atacante.

—El reflejo del sol nos impide divisar los arrecifes, capitán.

En eso se escucha un sonido a casco rasgado.

—¡El casco ha cedido, capitán!

El capitán trataba inútilmente de pensar en alguna salida. El casco averiado, la cubierta también…

Alonso escuchaba a lo lejos el agitamiento e imploraba que no volvieran a la isla. Tenían que salir de allí. ¿O tendría que huir con los enemigos?

El barco se movía muy lentamente. Estaban atorados entre los corales, no podrían poner distancia con la otra nao. Un cañonazo sonó a babor y se escucharon nuevos juramentos. El barco no podía virar y apuntar sus cañones al atacante. Estaban a-corralados. Comenzaron a correr los minutos para el abordaje. Los tripulantes prepararon sus armas para cuando llegara el momento, mientras el capitán seguía detrás del timón, pensativo. La nao pirata puso proa hacia ellos y comenzó a acercarse a la popa del barco español.

—Pardiez, estos españoles no aprenderán jamás a hacer acuerdos.

—Ç’est vrais, mi capitán, pensarían que tendrían una visita de novio —rió estrepitosamente el marino.

—¡Al abordaje! —y fueron lanzando los ganchos para acercar más las naos.

Los españoles no tenían forma de defenderse de la cuantiosa horda que se aproximaba. Ellos eran veinticuatro, los otros parecían cientos… El capitán decidió que el acuerdo no incluía perder a sus tripulantes y ya que el barco no ofrecería interés a los piratas por estar averiado en su casco y también en el trinquete, rápidamente dio la orden de bajar los bateles y dirigirse hacia la playa abandonando la nao a su suerte. No dio instrucciones respecto del reo, precisamente porque era su intención que fuera llevado por los franceses, aunque si los franceses habían incumplido su trato, él bien podría… le habían destrozado la nave…

Alonso, aún cuando estaba maniatado, había logrado escabullirse hacia la cubierta, se encontraba en cuclillas detrás del castillo de popa observando cómo se retiraban los españoles, pero no contaba con que un marinero lo seguiría.

—Así que prefieres irte con los piratas… —le dijo el oficial.

—Prefiero la muerte antes que la cárcel.

—Pues si quieres morir…

Cuando los bandidos lo abordaron, encontraron al barco abandonado, la cubierta astillada en varios lugares, inclinado levemente hacia babor por el peso del agua que no cesaba de entrar. Tiraron ganchos, cabos y escalas y fueron saltando a la nave indefensa. Fue cuestión de revisar qué era lo que no se habían podido llevar consigo en los bateles. En una de las bodegas encontraron a Villafranca atado de pies y manos, unido por una cuerda a una argolla que pendía de una de las paredes, sumergido en el agua, mientras un par de ratas nadaba en busca de un piso.

El hombre que lo encontró puso cara de satisfecho al comprobar que el prisionero estaba en buenas condiciones.

—Mon dieu, tu est une soupe de os —y se rió con todas sus ganas.

De inmediato lo soltaron y lo llevaron con el capitán, un hombre alto de largos y lustrosos cabellos oscuros y ondulados, llamado Parchan. Villafranca se sintió a salvo a pesar de no entender palabra de lo que decía el capitán. Los otros hombres reían y le hacían señas para que se animara. Estaba claro que no tenía que esperar un mal trago, si bien no se conocían, tenían en común el estar prófugos de la justicia española.

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