Isla de los Vientos – Capítulo VII

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Pacto oscuro

Don José Durán se encontraba sentado frente a su escritorio de madera taraceada, de espaldas a la puerta de su gabinete. Gesticulaba mientras revisaba nerviosamente unos papeles sacados de uno de los tantos cajones. Sus negocios estaban sufriendo los avatares que aquejaban a la mayoría de los comerciantes del Nuevo Mundo. Los cada vez menos frecuentes viajes de La Flota hacían que hubiera faltantes de mercaderías y ya no podía lucrar con los precios exorbitantes, debido a que sus reservas se estaban agotando y el dinero de los compradores era cada vez más escaso. Sus cuentas personales no se equivocaban, las había revisado una y otra vez, debía obtener rápidamente una nueva fuente de ingresos.

El candelabro despedía luces de un tinte negruzco, arrojando espectros movedizos sobre la pared, impidiéndole fijar correctamente la vista, y el olor de la vela se había impregnado en su nariz. Escuchó pequeños golpes a su puerta e inmediatamente guardó los papeles en el cajón central. Se levantó y se dirigió a la entrada, estirando la parte baja del jubón que se había arrugado, también miró su calzado con disgusto, siempre le causaba molestia ese chirrido que emanaba del cuero al andar, ese cuero que era traído especialmente de España y que tenía que renovar constantemente debido al maltrato que las altas temperaturas infringían en las prendas de calidad, esos zapatos eran nuevos y aún no se habían adaptado a la diferencia anatómica de sus pies izquierdo y derecho.

La puerta emitió un leve crujido, tendría que avisar a su criado para que la ajustara. Al abrir la hoja, encontró al alcalde, Don Esteban de Quesada y Bobadilla, con su incipiente barriga estirándole los botones, sus ojos pequeños y astutos y una sonrisa a medias que denotaba una satisfacción que no podía ser exteriorizada por completo.

—Faltaba más, su merced, con solo enviarme un recado me hubiera hecho presente en la alcaldía de inmediato.

—Don José, tenía que venir personalmente a traerle las buenas nuevas. Los piratas siguen ocupando tierras y esos despojos de la Real Armada que nos han enviando no son suficientes para contrarrestarlos.

—Eso tengo para mí. El rey no está poniendo suficiente atención a estas tierras, está demasiado ocupado tratando de recuperar Barcelona. Y como si fuera poco, se habla de la inminente separación de Portugal.

—Tanto han corrido las nuevas… —reflexionó en voz alta el alcalde.

—Me temo que no hay muchos secretos bien guardados por la Corona, aunque estemos olvidados en esta isla, las novedades son como anguilas, se escapan de las manos de quien intenta retenerlas.

—Mientras tanto venía a comunicarle que ha sido aceptada su oferta para la compra del cargo que tanto ansiaba. Ya puede comenzar a vislumbrar nuevos albores en su vida. El cargo de tesorero le requerirá bien poco de su tiempo y su recompensa será por demás satisfactoria. Además, presto logrará también alguna dispensa comercial…

—¿Qué ha acontecido con su merced Don Danilo Fuentes y Quijada?

—Usted sabe que la vida en la colonia no es todo lo próspera y apacible que imaginan algunos. Don Carlos ha sentido como una fuerte contrariedad el asalto de los ingleses. Su esposa, esa tierna joven que imaginaba que hallaría un paraíso en estas tierras, pobrecilla, comenzó a sufrir indisposiciones cada vez más frecuentes, por lo que Don Carlos ha decidido volver a tierras civilizadas, con médicos que aplican sangrías y enemas ante cualquier dolencia y calles empedradas que son propicias para romper la espalda a cualquier viajante.

—Será un honor para mí poder recompensar a vuesa merced como es menester.

—Lo considero un amigo, Don José —dijo el alcalde recalcando el Don, cortesía solo reservada para los hijosdalgos—, un amigo a quien apreciaremos en su justa medida cuando se realice el ansiado encuentro con los franceses.

—Estoy ansioso ¿cuándo se producirá?

—En pocos días. Por ahora, los enviados de la corona parten con la idea de que es imposible que Francia saque partido de nuestras debilidades.

—¿Cómo explicará vuesa merced los hechos?

—Siempre hay chivos expiatorios, usted lo sabe. Nuestro gobernador… no es lo suficientemente cauto en lo que a seguridad se refiere.

Días después Don José zarpó en una zabra de mercaderes. Tenía como destino el puerto de San Miguel, en el extremo occidental de la isla. Era un lugar poco frecuentado debido a la dificultad que ofrecía a naves de gran porte y un sitio en el que se solían efectuar transacciones comerciales con piratas, por lo que su presencia en ese sitio, cuando mucho, lo podía relacionar con el tráfico ilegal mas nunca con su verdadera encomienda.

Don José, aferrado a la barandilla de proa, se dejaba llevar por las ansias de ese encuentro. No hacía mucho que el alcalde había reparado en él. Todo había sido producto de una conversación casual que mantuvieran en su comercio, un día en que el hombre había aparecido buscando unas herramientas para su establo. El alcalde se veía preocupado, no encontraba en quien confiar entre sus allegados al gobierno y tal vez pensó que poniendo su confianza en alguien de afuera de su entorno los peligros serían menores. Tal vez se hubiera enterado de sus negocios a espaldas de la Corona y pensara que era la persona adecuada dado que no mantenía una lealtad perruna hacia España, como otros. Lo cierto es que allí estaba, a punto de dar un giro a las relaciones entre los dos países, con la incertidumbre de quien pisa terreno cenagoso y la excitación de quien está actuando fuera de la ley. Si algo saliera mal, no sería quien cargaría con las culpas, en realidad, sabía que el alcalde había preparado el terreno lo suficiente, pero siempre quedaba la duda…  Si los franceses no aceptaban, si esperaban más, si querían imponer otras condiciones…

En la costa que dibujaba líneas quebradas lo esperaba un oficial de la armada francesa. El marino, luego de un saludo levemente marcial, fue acercándose al tema de la reunión.

—Me dicen que usted es una persona influyente en la colonia española.

—Me halaga, vuesa merced, pero no todo lo influyente que puede ser usted en Francia.

—Tenemos algo en común.

—El deseo de que no corra sangre.

—Por supuesto, por supuesto  —el francés pareció ser tomado por sorpresa ante la declaración de Don José, pero rápidamente se repuso—. Por ello la mejor manera de que lleguemos a un entendimiento es tratar de ayudarnos el uno al otro.

—Que así sea. Y yendo a la proposición, nosotros vamos a ceder el noroeste hasta la línea que une Puerto Real con los grandes lagos centrales, esa es nuestra postura.

El francés buscó rápidamente entre sus pliegos de mapas de la isla y, luego de mirar interrogativamente a Don José, respondió:

—Tengo órdenes de no aceptar menos que la mitad de la isla. Los picos de las montañas centrales parecen un buen divisor.

Regatearon por un rato. El regateo era su especialidad, tal vez por eso lo enviara el alcalde, pensó en ese momento Don José. Pero la negativa del francés se hacía muy dura y tenía órdenes de llegar a un acuerdo ese mismo día.

(No sabía realmente qué podía tener de provechoso quedarse con las montañas, el oro de la isla estaba en las corrientes de los ríos, pero por costumbre siguió regateando).

—Todo el oeste hasta la base de las montañas, es mi última oferta.

El francés lo miró detenidamente, las montañas eran un magnífico límite, además, allí seguramente habría algunos minerales de valor. Si bien le habían dicho que el oro se recogía de los lechos de los ríos, lo que ellos querían por sobre todo era un punto donde establecer una base comercial, no se dedicarían con tanto ahínco a producir sino a obtener provecho de sus vecinos a la usanza de los ingleses que de eso algo sabían…

—Nosotros agradecemos vuestra declinación —dijo el marino, poniendo punto final al acuerdo—. Ahora bien, hay algo que me preocupa en estos momentos, ¿será posible que el alcalde consiga que el gobernador no se interponga en nuestro acuerdo?

—En eso cuenta con mi palabra.

—El alcalde cuenta con nuestra merced para realizar los comercios que crea convenientes, en este mismo puerto dejaré dispuesto que así sea. ¿Qué puedo ofrecerle a usted en forma personal? ¿Le interesa algún tipo de mercadería de Oriente?

—Ciertamente le estoy agradecido, pero hay en realidad un pedido especial que quisiera hacerle.

—Parlez, lo escucho.

—Hay un hombre, alguien que puso a mi familia en la peor de las humillaciones, su nombre es Villafranca. Él cumple su condena en la isla de Encadenada, pero se rumora que no son pocos los que logran huir de esa isla y sería necesario trasladarlo a un lugar con mayor seguridad, lejos de estas tierras.

—¡Mon Dieu! ¿Qué clase de asesino es el que me quiere encomendar? —inquirió el francés achicando los ojos.

—Es quien terminó con la vida del prometido de mi hija. —respondió Don José hinchando el pecho.

—Ya veo. Es una cuestión delicada pero que tiene solución. Dígame cuándo y dónde lo embarcaremos y lo tendrá lejos de su familia sin demoras.

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