Isla de los Vientos – Capítulo IX

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El pirata

—Cuán delgada es la línea que nos separa entre reinos. Hora francés, otrora español, sabe Dios qué, luego. Como si lo único que hicieran las fronteras fuera delimitar los intereses y riquezas de algunos mientras que los que estamos afanados y diligentes en llevar una vida honorable quedamos a su merced y nos limitamos a aceptar sus condiciones y cláusulas, a no estorbar con tal de tener un pequeño espacio donde levantar un techo y respirar… Qué cárcel tan disimulada es nuestra vida, impalpables grillos las leyes, invisibles hilos los gobiernos, ya no somos el devenir de las familias que se entroncaban en un mismo árbol. Somos un enjambre de fulanos y menganos sin otro lazo y guía que la voluntad y deseo de hacer un frente común a las contrariedades. Si hubiera sido indio o negro, ahora sería un esclavo buscando la libertad, la vida me ha hecho convicto de un crimen que no he propiciado ni merecido. Bendita la mar océana que nos unió para ser una nación sin fronteras, sin otro propósito que el ser libres, señores de las olas y el viento, hermanos que prosperan contra las tempestades, bribones que aprovechan el desenfreno por las riquezas de aquellos que hacen las leyes para su propio provecho. Qué importa de qué color sea mi bandera si puedo sentir que es mi bandera.

Y diciendo esto, Villafranca se unió a los piratas…

La marea arrastraba sargazos luminiscentes a la playa. La isla, algo alejada de los lugares tradicionales de reunión, ofrecía un interesante atractivo en ese momento. Los piratas estaban agazapados tras unas rocas, muy silenciosos, observando la zona por donde aparecerían las tortugas. Ya habían avistado un cardumen entre los corales y era cosa de un momento a otro que comenzaran a aparecer sobre la arena blanca y tibia. Era un bello espectáculo ver aparecer a esos cuadrúpedos nadadores arrastrando sus caparazones pesadamente sobre la arena. Cada año, entre julio y octubre, con sus verdes carcazas, llegaban para desovar, hacían huecos en la playa y dejaban su camada de huevos para que siguieran desarrollándose. Ellos esperarían que terminara el desove. Mientras tanto comían restos de un cerdo salvaje que habían comerciado en Tortuga, proveniente de los bucaneros.

El capitán Parchan, con su elegante silueta recortada por el sol del atardecer pensaba en su nuevo destino. Villafranca ya hacía semanas que venía observando detenidamente al hombre que le demostraba una consideración similar a la que tenía para con sus hombres.

Mientras esperaban la aparición de las tortugas, se aproximó para hablarle. Necesitaba conocer las circunstancias en que llegaron a buscarlo.

—Esperaba que me preguntaras eso. La verdad es que me han dicho que un español pidió que te trasladaran a una cárcel francesa, para que nadie pudiera encontrarte. Pero el comandante consideró que podría ser más ventajoso que estuvieras cerca.

—No sé qué decir…

—Ese hombre que habló con el comandante es un demonio, mon dieu.

—Hay una sola persona que podría querer tenerme lejos.

—¿Sí? ¿Quién?

—El padre de la mujer que amo.

—El comandante mencionó su nombre, Duret, je croix.

—Quizás sea Duran…

—Tal vez, no recuerdo con facilidad los nombres españoles.

—Sí, es él.

—Pero no te preocupes, no se saldrá con la suya.

—Que me quiera lejos puede significar que Esperanza está en Santo Domingo.

—O que sea un malnacido solamente.

—Ciertamente.

—¿Qué llevó al comandante a torcer mi rumbo?

—El comandante es una persona muy honorable. No le gustó ese hombre traicionero e interesado.

—Entiendo… ¿Querrá tal vez tener una forma de presionar más a los españoles?

—Veo que comprendes perfectamente su modo de pensar.

—Yo ya no les debo ningún tipo de lealtad.

—Ahora tu lealtad es para contigo mismo.

—Y para con ustedes que me han liberado del encierro.

—Todos nosotros somos libres de tomar el camino que queramos, pero mientras estés aquí deberás estar de nuestro lado.

—Entiendo, así lo haré.

—Espero que no intentes tomar represalias contra ese Duret.

—No podría, por amor a Esperanza juro que no haré nada por buscarlo. Pero si él me llegara a encontrar distinto sería…

—Esas son cosas que no pueden saberse. ¿Y la joven?

—Ella es lo único que me preocupa. No sé dónde pueda estar ni cómo averiguarlo.

—En la mar océana hay muchas gaviotas. Alguna traerá noticias. Ya lo verás.

—Eso espero.

En eso se escuchó la voz de Chevallier en un susurro.

—Están aproximándose, no hagamos ruidos.

Villafranca y Parchan se aproximaron al grupo. Las torpes tortugas dejaban el agua con los últimos rayos del sol y se internaban en la playa.

Sería una noche de vigilia para esperar que volvieran al agua luego del desove, allí  atraparían algunas para la sopa.

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