Isla de los Vientos – Capítulo VI

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Perdida en la selva

Los días de Esperanza comenzaron a transcurrir entre las labores de cocina, que su tía alentaba como si fuera a prepararla para abrir una tienda de comida, y paseos a lo largo del río, un río que serpenteaba con destellos dorados. Se decía que el oro era el llanto que los dioses vertían en la montaña y esas gotas llegaban cuesta abajo y eran lo que los españoles llamaban pepitas. Los indios ya habían sacado lo suficiente como para que ellos tuvieran una vida cómoda pese a la sangría que representaba el quinto real, pero ellos habían decidido compartir sus tesoros con los nativos porque decían que se merecían algo más que una simple paga en retribución por su trabajo. Una idea por demás extraña en aquellos momentos ya que, a pesar de que los indios tuvieran su propio dinero, no eran bien mirados cuando se presentaban en los poblados sin su encomendero. Las gentes de los pueblos no estaban acostumbradas a ver indios en las tiendas. Si bien habían sobrevivido muy pocos y no ofrecían riesgos en esos tiempos, había un gran resentimiento contra los originarios, tal vez porque a los españoles les recordaban que toda su prosperidad provenía del hurto de sus riquezas. Mucha gente esgrime defensas de sus propias culpas culpando al otro y reduciéndolo a una condición de inferior para desacreditar lo que pudieran demandar…

Encarnación decía que pronto las cosas cambiarían y trataba de hacerles entender que para los españoles esas lágrimas del río tenían un valor de intercambio más allá del canje. Ellos comprendían que su valor residía en que podían ser canjeados por comida, ropa y bienes aunque para ellos esas cosas resultaran totalmente superfluas, cierto es que no conocían las hambrunas dejadas por las guerras y el exceso de población que asolaban a los españoles. Para ellos el oro era un elemento con el que ponían de manifiesto su respeto hacia los dioses, nunca se les hubiera ocurrido cambiarlo por algo que en la selva era tan abundante como una piña o tan innecesario como un vestido. Ni qué decir de acumularlas, eso era algo totalmente inútil ante sus ojos. Si la calidad de un hombre se medía por las cantidades de oro que acumulaba los indios serían irremediablemente pobres, sin embargo, los españoles habían dado sobradas muestras de pobreza con su desesperación por encontrar las piedras que brillan y, más aún, habían demostrado no solo pobreza sino incapacidad para innovar, al no encontrar otra manera de subsistir.

Pasaron semanas, meses… El tío de Esperanza se había embarcado de lleno en los menesteres de la creciente plantación y, como ocurría cada vez que se embarcaba en algo nuevo, su espíritu se tornaba más inquieto que el de un mono. No se detenía un segundo, reía solo de pensar las cosas que se le ocurrían, que eran muchas, así que reía todo el tiempo y bailaba con su mujer en cada ocasión que se cruzaba con ella. Encarnación lo dejaba hacer, ya lo conocía, era un perro con dos colas.

Era necesario desmontar, aprender a roturar la tierra y saber cuál era la época precisa para sembrar y cosechar. Para ello necesitaban más manos. Así fue que su tío emprendió un viaje repentino a Santo Domingo. Esperanza quiso acompañarlo pero se topó con una firme negativa.

—Parece mentira, tío, usted sabe cuánto ansío tener noticias de mis padres.

—Sí, Esperanza, pero no es una visita agradable lo que debo hacer y, sinceramente, prefiero que te quedes a acompañar a tu tía que tiene muchas labores entre manos.

—¿Podría hacer algunas preguntas en su viaje?

—Ciertamente. Dime a quién quieres que vea y lo haré, también pasaré por casa de tus padres para comentarles lo bien que te encuentras.

—Gracias, tío. Quisiera que en Santo Domingo se acerque al comercio de Dante Mondejar y pregunte…

—Sí…  acaso tu tío no sabe por quién ha de preguntar…

—Gracias. Estaré esperando ansiosamente su regreso.

Esperanza salió al frente de la casa para revisar que el equipaje de su tío estuviera completo.

—Esta muchacha no puede quedarse varada en la vida a la espera de un milagro. Debería conocer a alguien que le haga olvidar a ese marino. Ya se sabe que las fuerzas reales no olvidan una afrenta.

—Ya se presentará la oportunidad. Por ahora haz lo que te pide. Ese pobre muchacho debe estar pasando por un pequeño infierno y Esperanza parece su espejo, llorando por los rincones.

—No sé si convenga que ella tenga noticias de él.

—Sabes que yo pienso que las cosas han de saberse.

—No siempre mujer.

—Primero averigua qué ha sido de él y luego veremos.

—Como siempre obra tu prudencia y tu buen ánimo.

Mientras su tío se dirigía a Santo Domingo, las dos mujeres se abocaron a la cocina. Ya el licor de jagua había sido superado y perfeccionado por el afán de las dos. Ahora era la hora de las tortas de yuca o casabe que eran la base de la alimentación de los indios de la zona, preparados por las mujeres taínas según era su práctica desde cientos de años.

—Tía, usted siempre es franca conmigo —deslizó Esperanza, mientras presionaba con el peso de su cuerpo la barra que estiraba el tejido donde la yuca brava debía comprimirse para destilar el veneno.

—Sí, hija. Ten cuidado, debe quedar bien apretado —respondía su tía al tiempo que preparaba el tamiz para obtener la fina harina.

—Tía… ¿cuál fue el verdadero motivo para que el tío no me llevara a Santo Domingo?

—Tú sabes, a veces los hombres se ocupan de cosas que… déjame ayudarte un poco, esta es la parte más delicada… verás, tu tío conoce a un mercader que se ocupa de traer esclavos.

—¿Traerán esclavos?

—Sí, hija. Sabes que los indios no son suficientes, la plantación crece y los que buscan oro son de los pocos que van quedando en la isla. Veremos cómo se avienen a vivir juntos aquí. Nosotros tenemos un trato particularmente benevolente con los que trabajan, ellos se sentirán a gusto.

—Los indios tendrán que acostumbrarse también.

—También. Todos nos veremos en una nueva situación. Tal vez no sea fácil. Quién sabe qué costumbres traen esos hombres, dicen que adoran muchos dioses y que tienen rituales frenéticos. Los encomenderos de algunas plantaciones cercanas viven quejándose y el padre Timoteo no hace sino hablar de las bárbaras costumbres de los idólatras. Yo pienso que hemos de tener cuidado en no ofender sus creencias para que ellos acepten trabajar con algo de gusto.

—Y sus familias… ¿Qué es de sus familias cuando los traen? Recuerdo las discusiones que he tenido con Alonso sobre este menester, él estaba completamente en contra de la esclavitud. Yo no estoy segura, creo que son necesarios ¿cómo se haría el trabajo si no? Él decía que son tratados peor que animales.

—Y está en lo cierto, Esperanza, muchos los tratan como animales de tiro, pero ahí es dónde se puede hacer la diferencia. Sabemos que no podemos evitar que los arranquen de sus tierras, están aquí, por eso con tu tío hemos decidido que si hay familias vendrán todos, hombres mujeres y niños.

—Pero igual los traerán…

—La cuestión no es solo oponerse… anda, ya está, vamos a pasar la yuca al cernidor… Pon atención al tazón de veneno.

—¿A qué se refiere con solo oponerse?

—Tengo para mí que la cuestión es hacer algo para cambiar una situación dada. Yo no tengo forma de evitar que los traigan como esclavos, pero sí puedo darles el trato que se merece una persona tal y como nosotros, ya has visto que los indios se mueven libremente, se dice que van quedando pocos en la isla y parecería que esos pocos son los que están con nosotros, lo único que les pedimos es que trabajen y por ello los recompensamos.

—Ustedes no son lo que se acostumbra.

—No somos los únicos con este pensar aunque somos pocos, pero ya irán cambiando las cosas.

Mientras pasaban la yuca por el cernidor, Esperanza inquiría para sus adentros por qué los indios, y ahora los negros, tendrían que vivir en condiciones que los mismos españoles no aceptarían para sí. ¿Por qué estaban obligados a tolerar la presencia de ellos, unos extraños, como seres principales? ¿Por qué tenían que aceptar el dios de los conquistadores? ¿Por qué algunos creían en un único Dios y otros en la existencia de múltiples dioses que se ocupaban cada uno de sus intereses? ¿No era mejor que cada quien cuidara un aspecto de la vida, cómo se las arreglaba un solo dios para ocuparse de todo y de todos? ¿No era mejor que tuvieran que ponerse de acuerdo varios dioses en lugar de que uno solo decidiera todo? Los rituales de los esclavos negros no eran frenéticos como temía su tía, ella los había presenciado. Estaban llenos de alegría. ¿Cómo sería ser india o negra por un momento? ¿Cómo Dios nos hizo a su imagen y semejanza y no tiene él mismo una mujer? Ella había escuchado hablar sobre los dioses greco—romanos… ¿acaso ellos no tenían diosas, esposas, hijos e hijas? Por qué la idea de un único ser superior y hombre. ¿Sería una forma de que los mortales se conformen en la tierra a una organización en la que un solo hombre detente el poder por encima de todos? ¿Y las reinas? ¿No han demostrado que las mujeres también pueden estar a la cabeza de los reinos?

Al día siguiente, aprovechando que su tía se disponía a tomar un descanso después de atender el parto de la tordilla Asuba, salió a caminar y se encontró siguiendo un brazo del río que no conocía. A medida que se iba internando, se iba abandonando a la contemplación de tanta belleza, eso la hizo sentir dichosa como no se había sentido en largo tiempo. Todavía penaba días y noches, cuando pensaba en el destino que le habría tocado a Villafranca y cuando recordaba su voz susurrante, sus labios ardientes y sus manos seguras.

Tomó las precauciones de fijar en su memoria los cambios de rumbo que había realizado, pero, a pesar de esos recaudos, sus pensamientos alados la traicionaron y llegó al punto de sentir que ya no sabía por dónde tenía que volver. Anduvo tanteando caminos posibles hasta que, finalmente, se dispuso a pasar la noche allí, a la espera de claridad para seguir buscando el camino de regreso. No estaba demasiado lejos, pero el río parecía haberse empecinado en jugarle una mala pasada con sus muchos riachos y la luz que se filtraba entre la espesa vegetación iba menguando paso a paso.

Buscó cobijo debajo de una palmera y amontonando hojas de helecho se preparó para esperar la mañana siguiente. Cortó una orquídea celeste y la colocó a modo de adorno en la mesa de noche inexistente.

A medida que sus ojos dejaban de reconocer cuanto la rodeaba sus oídos se iban adueñando de la escena. Cientos de ruidos fueron penetrando en su mente sin poder distinguir la fuente de la que provenían. Sintió miedo, sin embargo, nada podía hacer. Tomó una rama para defenderse de un eventual ataque y trató de permanecer despierta, pero el sonido del río en su andar incansable la fue arrullando y al cabo de un rato la venció el sueño.

Los primeros rayos del sol la encontraron todavía durmiendo plácidamente. Esperanza se sobresaltó al abrir los ojos y encontrar a un indio algo inclinado sobre ella, escrutándola como si no pudiera distinguir si respiraba. Era un hombre corpulento de ojos tan negros como una pantera y cabellera abundante.

—Así que esta es la forma en que las jóvenes de ciudad eligen conocer a un caballero —dijo entre risas otro hombre parado a poca distancia.

—No sé quién es usted, pero… —Esperanza se incorporó viendo que eran cuatro hombres desconocidos.

—Soy Fernando de los Ríos, para servirle. Amigo de su tío Alfonso y también de su tía Encarnación. Y no tenga miedo de Macú, él es todo un caballero.

Macú extendió su mano para ayudarla a incorporarse.

—Esta mañana me dirigí muy temprano a casa de sus tíos pensando en encontrar a Alfonso, pero en lugar de ello me encontré con el pedido de su tía que me encomendó la buscara y la regresara sana y salva. ¿Le complace tener a todos en vilo? —agregó con un dejo de reproche.

—Sin dudas me he confiado demasiado, y mi memoria me ha fallado.

—Pues no crea que no ha sido afortunada —volvió a reírse—.

—Ya vemos que el exceso de confianza no es bueno para nadie —respondió tajante.

—Comprendo. Vamos, no es grande la distancia, presto estaremos de vuelta y no tendrá que seguir soportando mis comentarios.

Los indios que lo acompañaban discretamente lo hicieron a un costado para hablarle. Él asintió con la cabeza. Finalmente volvió a dirigirse a ella:

—Aquí mis amigos me recuerdan que tenemos una pequeña deuda con Yucahú.

—¿Yucahú?

—Sí, haga la merced de venir, le mostraremos.

La condujeron hacia un claro y la hicieron detenerse frente un gran ídolo de piedra al que se refirieron como Yucahú, el dios del bien. Aparentemente, lo que estaban haciendo era agradecer al dios por haber cuidado de ella durante la noche. Ya había escuchado que por la noche rondan malos espíritus, cosas que ella no creía, pero a la que los indios le daban suma importancia.

Al despedirse del ídolo uno de los hombres le entregó un pequeño objeto indicándole que lo usara colgando del cuello. Era una imagen del sol.

—Guaitio (amiga)— le dijo Macú.

El resto del camino fue silencioso e incómodo. Ella sentía que ese hombre de alguna manera la hacía sentir inquieta. Por un momento se encontró mirándolo y pensando que estaba mal apartar sus pensamientos de Alonso. Pero, finalmente, cedieron sus resistencias y entablaron una conversación sobre los cientos de variedades de orquídeas de esa parte de la selva, que duró el resto del trayecto.

Alfonso acababa de llegar de su viaje cuando se encontró con la noticia de que su sobrina estaba desaparecida. Al saber de la intervención de Fernando no pudo sino decirle a su esposa lo complacido que estaría si esa coincidencia diera frutos.

—¡Ella todavía no aparece y tú ya estás haciendo planes para su vida!

—Es que no son buenas las noticias que tengo sobre Villafranca.

—¿Le contarás?

—Sí. Es preciso que se quite de la testa la idea de reencontrarlo. Más aún cuando se abre ahora esta nueva posibilidad de que se interese por Fernando. No sé por qué no se me ocurrió traerlo antes.

—Ya basta, deja en paz a mi sobrina. Tal vez ni siquiera haya notado su existencia.

Al llegar a casa de sus tíos los recibieron con gran alborozo. Su tía la acompañó a su cámara para que se aseara y cambiara de ropas. Luego llevó zumos y casabe para la mesa. Su tío no dejaba de pedir detalles. En un momento ambos se miraron, estaban pensando lo mismo, y se rieron disimuladamente, levantándose a un tiempo y dejando solos a Don Fernando y Esperanza.

Él resultó ser un conversador incansable y después de largo rato se excusó y se retiró.

—Parece que se han entendido muy bien —apuntó Encarnación.

—Es un hombre muy agradable, y es educado, además —respondió Esperanza.

—Sí, es una joya dentro de la selva. Pobrecillo, su esposa falleció hace un par de años. No tiene hijos. Su plantación está muy cerca de aquí. Alfonso lo conoció un día que salió de cacería, comparten ciertos gustos, y luego resultó ser quien le dio ánimos para que se lanzara en la aventura del cacao. Conoce cada palmo de esta selva, por eso confiamos que él te encontraría.

—Además, ya sabe los motivos que te han traído con nosotros. Es una persona muy comprensiva en cuanto a amores se trata —agregó Francisco.

—Pues gracias, tengo para mí que estoy en deuda con él. Pero no hagan otros planes.

—¿A qué te refieres?

—Pues nada, nada…

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