Compartiendo algo

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La noche cerrada no dejaba pasar los sonidos. El vecindario estaba muerto, a excepción de un par de traficantes de droga que se encontraban apostados en una esquina, mitad basural, mitad aguantadero.

El hombre venía con pasos pesados, cargando las pisadas de sus botas con el peso de una pierna algo endurecida por un viejo accidente. Las manos en sus bolsillos, el cuello del saco levantado para evitar el viento de otoño.

Allá estaba la casa. Una casa de frente de ladrillos y balcones en las ventanas. Una casa que parecía como cualquier otra de la cuadra y sin embargo, era totalmente distinta. Los últimos días habían sido protagonistas de un menudo deterioro, el que hizo que las plantas se encontraran lánguidas y descoloridas.

El hombre no dudó. Traía información. Sabía que no había nadie allí. Solo le preocupaba que alguien fuera a asomarse y lo viera ingresando sin invitación. Miró a un lado y a otro. Cuando estuvo tranquilo forzó la cerradura con un destornillador y se metió. Apoyó una silla contra el picaporte, desde adentro. Así se aseguró que la puerta no volviera a abrirse por la corriente de aire.

Anduvo a tientas hasta que llegó a los dormitorios. Iba a registrar uno por uno. Nada se oía. Ni el sonido de su respiración, perdida hacía muchos meses. Apenas unos pasos de goma sobre las cerámicas.

Su adicción a las drogas lo tenía mal, le hacía perder la estabilidad de a ratos. No veía claramente, o lo hacía tener temores infundados. Todo eso se aclararía en unos minutos cuando encontrara las cartas que su mujer le había escrito a su amante. Allí podría confirmar que no estaba loco. Que parte de sus temores tenían una razón de ser. Que no era como ella le decía, que le ocultaba cosas. Le estaba haciendo un cuento para esconder su infidelidad.

Entró por fin a la habitación del amante. Encendió la luz y vio la gran cama. Sintió deseos de romper, rasgar, destruir, pero se contuvo. Buscaba algo preciso. Nada a la vista delataba su presencia, todo estaba ordenado como debía para un hombre que no tiene mujer en la casa. Ningún adorno, solo un par de cuadros, bellos marcos, con sendos caballos.

Y en un rincón. Entre un canasto para ropa sucia y un maletín, una caja de madera. Sola, como imponiendo su importancia al resto de la estancia.

Corrió hacia ella y la abrió. La dio vuelta sobre la cama. Cayeron fotos, cartas, un libro y un señalador. Todo ello tenía un nombre invisible: Ella. Imaginó que leería cada cosa, que comprobaría por su letra, por su estilo, que era de Ella. Pero no pudo. Se imaginó rompiendo con sus propias manos los vestigios de ese amor. Pero no pudo.

¿Qué haría, entonces?

Su corazón agitadísimo lo hizo sentar sobre la cama. El sopor que lo embargó no lo dejaba pensar. Tenía una certeza. Ese era el final de un viaje tortuoso por el que había perdido años de su vida. Sonó la alarma de su reloj. Sus pensamientos se confundieron más de lo que estaba. No esperaba encontrar cartas, en épocas de Internet. Pero allí estaban. Y Él las guardaba. Eso era terrible y denigrante.

Y allí surgió la idea.  Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsita recién adquirida.

La colocó en la caja. Tomó un papel y un bolígrafo que llevaba encima. Escribió:

“Esto es todo lo que te deja Ella. Una adicción.”

Salió tan sigiloso como había entrado. Pensando en el mañana. Ahora sí, compartiría su sufrimiento con alguien.

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2 comentarios sobre “Compartiendo algo

    Edgar Yera escribió:
    12 abril, 2015 en 9:24 pm

    Buen relato, bellamente narrado, una sospecha inequívoca, una adicción malsana, una infidelidad y un obsequio del merodeador nocturno, compartiendo su dolor. Un buen relato de intriga, una escena bien descrita.
    Un saludo.

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