Isla de los vientos – Capítulo V

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La Jagua

Encarnación, la hermana de su esposa, no era de las personas que más le agradaban. Si había algo a lo que podía atribuir la rebeldía de su hija era a ese germen metido en la sangre de la familia de su esposa y bien representado por esa tía que alardeaba de su amistad con los indios. Pero no había otra persona que pudiera darle asilo por un tiempo que consideraba indeterminado y sin oponer algún tipo de resistencia, en eso era confiable, quería mucho a su sobrina. Y su marido, un pequeño explotador de oro que nunca haría fortuna con el trato que le dispensaba a sus subordinados, aceptaría gustoso el dinero que él podría proveerles por tener una huésped en su casa. Esas cosas no se podían entender, ya en pleno siglo XVII, que hubiera quien se considerase a la par de unos energúmenos, como si la historia se hubiera escrito sobre la base de una igualdad indiscriminada. Hay seres que necesitan de la protección de otros más fuertes, que son como niños, no están preparados para enfrentar los desafíos del mundo, solo pueden aceptar órdenes, ser obedientes para obtener el cuidado de quienes en definitiva saben hacia dónde ir y correrán con los riesgos.

Don José redactó la carta cuidadosamente. Allí exponía con todo detalle los menosprecios y las vergüenzas a las que habían sido sometidos por obra y arte de un desconocido. Les solicitaba a sus cuñados que recibieran a su hija para que pase una temporada lejos de los comentarios y las habladurías del pueblo, sin olvidar mencionar que, de no resultar favorable su estadía en casa de sus tíos, la alternativa que quedaba era el convento, que ya tenía para sí que resultaría el mal menor pero que, en atención y respeto a los consejos del padre Romualdo, había decidido darle una segunda oportunidad a esa hija floja de entendederas que había resultado ser Esperanza.

Mientras esperaba la respuesta de sus cuñados, Don José definió un estricto régimen de actividades para su hija, quien solo podría salir de la casa para ir a la Iglesia siempre que fuera acompañada por su madre. Cualquier otra salida le estaba decididamente negada y fuera de cuestionamiento. Así es que no iría a la plaza, no visitaría a sus amigas ni concurriría a ningún tipo de reunión pública —que no las había desde la invasión— pero que así y todo los ingleses salieran volando por los aires ella no iría a ningún lado que no fuera a confesarse.

Esperanza, a quien su madre había puesto sobre aviso de los planes de su padre, no veía la hora de dejar el castigo. La entristecía el que no podría ver a su madre por largo tiempo pero, por otro lado, se sentía dichosa de salir de ese pueblo en el que todos parecían estar de acuerdo en que su conducta era por demás reprochable. Su criada Aurora, a quien habían alcanzado los milagros del padre Romualdo, había conseguido averiguar algo de la suerte de Alonso, quien en esas horas estaba ya confinado en el presidio, por lo que su estadía allí no tenía sentido más que para rememorar sus encuentros furtivos y sus proyectos incumplidos, ya que no podía hacer nada por cambiar la suerte de él y menos la suya propia.

El viaje hacia la pequeña villa comenzó una semana después a la expulsión definitiva de los ingleses. Su padre, apenas conocido el suceso, envió una cabalgadura a la estancia de sus cuñados con el fin de recoger la respuesta que daba por sentada.

Así, por un camino accidentado debido a que fuera recientemente recorrido por una caravana de hombres de los principales pueblos del interior, Santiago, Cotuy y La Vega, comenzó a alejarse de Santo Domingo sin fecha de regreso.

El viaje fue largo y tedioso. Los caminos, cuando no estaban por demás aporreados, apenas se dibujaban sobre las piedras o asomaban entre la abundante vegetación que colma las laderas bajas de las montañas del centro de la isla. El destino estaba cerca de Pueblo Viejo, a corta distancia del Cotuy, una zona poco habitada en el centro hacia el septentrión, un sitio en medio de un paraíso de locura, con montañas de rostros azules a un lado y selva de cabellera entre verde y carmesí al otro, con permanentes jolgorios de aves, siseos de lagartos, aleteos de mariposas y un golpeteo de agua de río de inquietante movimiento que acompañó todo el trayecto. En un pequeño claro, ya cerca de su destino, pidió al cochero que se detuviera. Bajó del carruaje y subió a una piedra que hacía las veces de mirador panorámico. Le llegó un perfume inexplicable que la enamoró inmediatamente del lugar. Era un abrazo dulce y suave que la envolvió desde allí en adelante hasta los fines de sus días.

Siguieron camino y, cuando ya creía que su espalda no resistiría más los saltos de piedra en piedra, se abrió delante de ellos un camino sorprendente que conducía hacia una casa en medio de un bosque de claroscuros. Estos árboles le van a salvar la vida muchas veces le dijo el cochero indígena. Yo mismo le explicaría todas sus bondades, pero tendrá que aprenderlas por sí misma. Vuesamerced, se va a sentir muy gustosa de vivir en este lugar. Me atrevería a decir que no querrá dejarlo.

Dios lo escuche se dijo a sí misma, en medio de un torbellino de lágrimas que de golpe se amontonaron en sus ojos. De repente, el final del viaje se transformó en el final de un trance en el cual su mente vagaba sin rumbo para estar ahora concentrada en una sola idea. Ella miró los árboles florecidos de amarillo y por un momento le pareció estar contemplando un amanecer. Si tan solo estuviera Alonso allí, para compartir esos momentos mágicos que estaba viviendo. Pero quien sabe a dónde lo habrían enviado, si es que seguía con vida. Ese pensamiento le desmoronó el espíritu y cuando su tía salió a su encuentro la encontró cargada de angustia y desolación.

—¡Qué manera de comenzar una nueva vida! —le rezongó entre risas, tratando de hacerla reír, mientras la rodeaba con un largo abrazo.

—Los recién nacidos son todos llorones —alcanzó a excusarse con una leve sonrisa.

—Sea.

—Querida tía, cuanto hacía que…

—Sí, sí, ha pasado demasiado tiempo… ¿Cuánto? ¿Dos años? Eras tan solo una niñita y ahora mírate. ¿Cómo está mi hermana? Pero, bueno, primero lo primero, vayamos entrando y dejemos que Tomás acomode tus pertenencias en la casa. Como recordarás no es un palacio pero es un buen lugar para vivir. Tenemos de todo, agua fresca, alimentos, frutos y licor en abundancia. Lo demás en las cantidades justas. Así que no has de temer por tu forma de vida. Y si es por pasearte con un vestido nuevo —dijo, mirando divertida el vestido con el que su sobrina había realizado el viaje— eso se podrá arreglar. Quien sabe cuánto tiempo permanecerás con nosotros, tu padre no nos dio muchas explicaciones. Solo dijo que era necesario para que comenzaras una nueva vida y se sabe que esas cosas pueden ocurrir de un momento a otro. Después me contarás los dimes y diretes. Yo no creo ni la mitad de lo que dice tu padre, pero tampoco quise incomodarlo con preguntas, no fuera que cambiara de idea, ya solo pensar en tenerte aquí con nosotros fue una gran alegría.

—Sí, tía, vayamos acomodando las cosas de a poco, ya le contaré. ¿El tío?

—Ah, ese pícaro pasa mucho tiempo en el río. Sabes que cada vez es más difícil encontrar oro, estamos teniendo algunos problemas con los indios, no quieren seguir adelante; además, tenemos intenciones de incorporar cacao en los conucos. Ahora los tratos pasan por allí. Yo también estoy bastante involucrada con el trabajo y realmente es apasionante. Trabajo a la par de mi marido y él de los demás. Ya te contaré cuáles son mis intenciones para contigo, no creas que vas a quedarte en un retiro de monasterio, tú vendrás a ayudarme… Ah, si tu padre se enterara, estoy cierta  que no te habría enviado con nosotros —agregó con picardía—, pero fui lo suficientemente cauta como para no darle indicios. Para él tú estarás tomando baños de sol y luna, leyendo la vida de los santos y ensayando labores de costura.

—Tía, es maravilloso, solo que no sé si mi ánimo me lo permita.

—Querida, el ánimo se alegra estando en movimiento. No hay nada peor para los dolores del corazón que un largo descanso. Por eso aquí vas a tener menesteres de qué ocuparte.

—Gracias, tía, comencemos cuanto antes entonces.

—Alcánzame unas jaguas, por favor.

—¿Jaguas?

—Sí, esas que están en la cesta.

—Ah, sí, el cochero me contaba que tienen muchas cualidades, pero pensé que se estaba mofando de mí.

—No, para nada, lo primero que vas a aprender es cómo utilizar lo que nos brinda la naturaleza. Yo tengo algunas amigas que me han enseñado menudas formas de prepararlas, mañana te las presentaré.

—¿Qué va a hacer con ellas?

—Hoy es día de cocina, con Matilda estamos preparando provisiones de dulces para unos meses y un… no le cuentes a nadie —agregó secreteando—, un licorcito que hemos descubierto. Es realmente estimulante tomar una copita cuando cae el sol y ya concluyeron los menesteres del día.

—Debe darme a probar un poco de esa bebida.

—Pues aquí tienes, para ir saboreando lo que vas a echarme una mano a preparar.

—¡Es delicioso! Pero… bastante fuerte —dijo Esperanza entrecerrando los ojos y dejando que el licor se escurriera lentamente por su garganta.

—Sí, con cuidado, no es para débiles.

Las dos mujeres se echaron a reír.

—Allí llega tu tío. Vamos a ver qué novedades trae.

—¡Querida Esperanza! ¡Qué bien que te ves tras el largo viaje!

—Gracias, tío, usted también se ve estupendo. Le ha crecido la barba, le sienta muy bien.

—Bueno, dejémonos de halagos innecesarios y cuéntame, qué es de la vida en la ciudad. ¿Has sabido cuántas bajas se han producido en la defensa de la ciudad?

—¡Alfonso, deja a tu sobrina, que todavía no se repone del viaje! Luego de cenar te contará con detalles.

—Claro, tú la pones presto a trabajar en la cocina y yo no puedo hacerle una simple pregunta…

—En tal caso, hemos estado mal los dos, pero que decida ella, y que conste que yo no voy a aceptar que la acapares —respondió alegremente la tía.

—Está bien, no se peleen por mi culpa, puedo mover las manos y hablar al mismo tiempo.

—Pero yo necesito toda tu atención —dijeron los dos al unísono.

Esperanza comenzó a reír con ganas, esa pareja sí que se entendía, pensó en sus padres tan silenciosos y por un momento sintió que no había mejor lugar para pasar esas horas que esa casa.

—Bueno, como te venía diciendo, primero vamos a extraerle las semillas, toma el cuchillo y separa el fruto en dos partes iguales.

Alfonso se retiró dejando a las mujeres el trajín con las frutas y se dirigió al cobertizo donde se dedicó a dar agua y pastura a los caballos. Estuvo allí hasta la hora de la cena. Cuando volvió se encontró con una mesa repleta de comida y aroma a jagua en toda la casa.

—Ahora sí. Cuéntame. ¿Tu padre ha hecho algún comentario sobre la invasión? Se sabía desde hace meses que los ingleses preparaban su flota. ¿Acaso no estábamos preparados?

—Tío, mi padre comenta muy poco, ya lo conoces, siempre está preocupado y atareado.

—Por acá no nos explicamos cómo ha sido tan sorpresivo todo. ¿Sabes que el rey envió soldados y armas?

—No lo sabía.

—Sí, parece que el embajador en Inglaterra ha logrado información secreta y ha dado aviso con tiempo. Pero acá siempre pensamos que nada nos puede ocurrir. Hemos tenido que salir a auxiliarlos desde los pueblos vecinos.

—Sí, he sabido que la ayuda que recibimos del interior ha sido lo que inclinó el fiel de la balanza.

—Ciertamente, el gobernador estaba urgido de contar con más apoyo y nosotros no nos hicimos esperar, como es nuestra costumbre. Claro, todavía seguimos preguntándonos qué fue de los hombres enviados por España.

—La gente de por aquí es muy sana, muy bien predispuesta y muy luchadora.

—Así es, como dice tu tío, hay mucha gente dispuesta a pelear por lo que es de todos. Sin ir más lejos un amigo muy cercano, Don Fernando de los Ríos, ha ido a prestar ayuda a Santo Domingo, con su gente. Volvió hace un par de días.

—Don Fernando suele venir a visitarnos con frecuencia, no tardarás en conocerlo.

—¿Qué te parece el sabor de la jagua preparada por tu sobrina?

—Una exquisitez digna de los mejores paladares.

—No es mérito mío sino de quien me ha enseñado y, sin dudas, de este rico fruto.

—No solo es rico, tiene tantas cualidades…

—¿Te ha contado tu tía la historia del guaili (niño) que estaba perdido en la selva?

—Algo me ha dicho tía Encarnación. Estaba enfermo cuando lo encontraron.

—Sí, parece que estuvo perdido y solo durante bastante tiempo, era muy pequeño y no había sabido proveerse de alimento estando solo, estaba tan pálido que parecía como si no tuviera sangre. Por ventura lo encontraron dos de mis indios y lo trajeron a la casa, sabes que no hay médicos cerca, consecuentemente recurrimos a los indios para que lo traten con sus saberes naturales. ¿Puedes creer que le dieron de comer solamente jagua y a los pocos días los colores volvieron a su cara? Alguna vez lo verás jugando por los alrededores, esos mismos indios que lo encontraron lo siguen cuidando, así que ahora tiene una familia.

—¿Es fácil perderse por aquí?

—El niño no pudo perderse de sus padres. Creemos que sus padres fueron muertos. Hay épocas en que sufrimos el asedio de piratas y filibusteros. Ellos se internan en busca de los poblados que extraen oro, aunque no es frecuente que lleguen tan lejos. Por lo general son piratas. Tengo para mí que no siempre son ladrones franceses, podrían ser las mismas fuerzas reales quienes saquean haciéndose pasar por piratas. Pero cómo saber. Por obra de unos y otros fue que algunos buscadores se quedaron sin posesiones y otros nos tuvimos que proveer de medios de defensa.

—Eso no lo sabía, por Santo Domingo solo transitan noticias de bucaneros y filibusteros asediando las aguas. Parece que Francia los envía y España está buscando siempre la forma de evadirlos sin conseguirlo.

—Entonces ¿no hablan de la ocupación del oeste?

—Nunca escuché tal cosa.

—¿No se dice que desde que tomaran Tortuga han venido ocupando espacios cada vez mayores? Además, las devastaciones de Osorio han sido un completo fiasco, no solo han alejado a los que naturalmente cuidaban de las tierras sino que han dejado el terreno libre para esos truhanes. Antes florecía caña de azúcar por donde miraras, ahora solo corre ganado cimarrón que esos forajidos arrían para su provecho.

—Mi señor padre nunca ha mencionado tal cosa.

—¡Es posible que no estén haciendo nada! —exclamó, indignado.

—Es posible que se hayan dado cuenta y que los dejen a trueco de algo más —agregó Encarnación.

—De esa guisa tendría que ser un mal peor, pero eso solo sería posible si estuviera en peligro el continente y por ello no pudieran dar el debido cuidado a estas tierras.

—Sería posible inquirir más estando en la ciudad principal —comentó Esperanza con la intención de que su tío dijera que iría a Santo Domingo.

—Tenemos amigos de grande confianza que de viaje en viaje nos visitan, yo mismo, al supervisar un próximo envío desde el puerto, tendré ocasión de anoticiarme. Se dice que en pocas semanas estará emprendiendo el tornaviaje la Flota de Nueva España y habrá que enviar a la Corona su quinto.

—¿Podré acompañarlo alguna vez, tío? —exclamó Esperanza con voz animada.

—No lo sé, tu tía y yo hemos de considerar si es conveniente, en virtud de lo que hemos pactado con tu señor padre.

Esperanza la miró con ojos interrogativos y Encarnación desvió la mirada.

—Ha de correr un poco más de agua por este río. No creas que esto es una cárcel, solo que no quisiera contrariar algunas recomendaciones que me diera tu padre.

—¿Le ha dicho que intentaría escapar…?

—No, no exactamente, que intentarías encontrarte con ese hombre que a él le pone piel de erizo.

—Imposible, él está en el presidio de Santo Domingo. Aunque, claro, quisiera anoticiarme de algunas cuestiones, quisiera saber si está bien y por cuánto tiempo estará encerrado. Me han dicho que estuvo luchando contra los ingleses. Se dictó una cédula por la cual los que estuvieran cumpliendo condenas serían perdonados si luchaban a favor de la Corona. Él debería salir libre entonces.

—Son preguntas atendibles y justas —dijo su tía, y como pensando en voz alta agregó— entonces lo que preocupa a tu padre es qué harías si sabes que fue liberado.

—En tal caso tendré que pensar cómo hacer para saber cómo está después de lo que ha pasado. Ahora mismo debe pensar que me he desentendido de él. Nada más equivocado, pero es lo primero que pensaría cualquiera al verse solo y sin noticias.

—Déjate de especulaciones, igualmente —dijo Alfonso—, yo estaré al tanto de cualquier novedad, eso te lo aseguro. Pero debes contarme un poco más de ese hombre. No sabemos nada al respecto.

El resto de la velada transcurrió entre los pormenores de su relación oculta con Villafranca y su desprecio por la idea de casarse con alguien a quien no amaba. Al comenzar a humear los cebos, todos los presentes se dieron por satisfechos por ese día y prometieron seguir al día siguiente.

Encarnación acompañó a Esperanza a la cámara que le había preparado y que estaba perfumada por las jaguas que asomaban del otro lado de la ventana.

—Ponte un poco de esto sobre la piel, es bueno para espantar los mosquitos.

—No me diga nada, es de jagua.

—Exactamente. No te rías. Hay muchas cosas para aprender de la selva.

—Que tenga buenas noches.

—Descansa. Mañana comienza tu nueva vida.

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Un comentario sobre “Isla de los vientos – Capítulo V

    Gonzalo escribió:
    1 mayo, 2015 en 3:24 am

    me enganche !! cuando hay mas capitulos??? espero que pronto.

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