Isla de los vientos – Capítulo IV

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Destino

Don José estaba en su despacho con uno de los clientes habituales de su comercio de herramientas, en el que también se trataban armas (aunque no a la vista). El reciente desembarco de la mercadería que le trajera la Flota lo tenía todavía con los bultos en mitad de la casa de comercio. Estaba buscando un empaque de  mosquetes y arcabuces para proveer a todo aquel que quisiera tomar parte activa en la defensa de la ciudad. Abrió un bulto, solo encontraba vizcaínas y tijeras de hierro labradas en Albacete, las había de uso médico, de uso doméstico, de escritorio, de costura. Se dijo que eso también haría menester llegado el caso y continuó buscando. En esas tareas estaba cuando uno de sus criados se presentó a la carrera y sin aliento.

—¡Don José, Don José, traigo nuevas terribles!

El mozo le decía Don a pesar de no ser un hidalgo y de esa forma siempre lograba predisponer de buen modo a su amo.

—¿No ves que estoy ocupado? Hoy es un día de diablos, Tomás, los ingleses no tienen piedad de mi hija que hoy debería matrimoniarse.

—¡Don José, es un asunto principal, ha ocurrido una tragedia!

Conocido el suceso, Don José Durán, el padre de Esperanza, despidió al mozo y siguió con sus menesteres por un par de horas. Al caer la tarde, se dirigió a su casa con gran lentitud en medio del revoltijo de gentes que buscaban refugio o se disponían a presentarse ante las autoridades para prestar su ayuda. Dudó traspasar el umbral de la puerta principal, dentro de sí se debatía entre la furia y la decepción, le costaba respirar y sentía los latidos acelerados en el pecho y en las sienes. Cerró con meditada suavidad la reja de la entrada. Pensó en lo trabajosa que había sido esa reja fundida con los arabescos que se habían puesto de moda últimamente. Apoyó levemente la hoja de la puerta de caoba y entró tratando de no ser notado. Aurora lo vio entrar y se ofreció a traerle una infusión, pero él se encerró en su gabinete y pidió no ser molestado por nadie que valorase realmente su vida. Allí, pasó las siguientes horas sin siquiera abrir para recibir la comida que su mujer le llevaba temiendo que pudiera sufrir una descompensación.

Aurora, enterada de todo por Esperanza, había sido quien explicara a Doña Isabel lo acontecido. De suerte que ya toda la casa estaba en alerta para el momento en que Don José abriera la puerta de su privado.

—Este hombre no dice nada —decía la criada a Doña Isabel—, no estalló, no gritó, se va a poner malo, se está tragando todo el veneno.

—Está buscando un culpable, Luisa. Y cuando lo encuentre no quisiera estar cerca.

Lo más fácil era culpar a su mujer. Ella había sido la promotora o la encubridora del desacato de su hija. Las hijas mujeres eran el peor mal que podía tener que enfrentar un padre. Ya lo había pensado él en el momento en que le dijeron que su primogénito no era varón. Lo había sobrellevado con la esperanza de que algún día Dios lo premiara con un niño. Pero parecía que Dios estaba en su contra porque no solo no le dio el varón ansiado sino que no le permitió tener más descendencia. Y ahora, lo enfrentaba a esta situación de oprobio que solo una mujer podía generar y que tenía una sola solución posible.

En la soledad de la habitación se quebró por la mala acción de su hija. Tantas esperanzas puestas en esa unión que, faltando pocas horas por concretarse, se había malogrado para siempre. ¡La vida se había arruinado la ingrata! ¿Quién de esa miserable ciudad no se habría enterado ya de los sucesos? El matrimonio arruinado. Sus planes con su futuro yerno arruinados. ¿De qué valía que él estuviera cosechando los frutos de su trabajo como comerciante? ¿No veía ella que la única forma de crecer a los ojos de los demás era unirse a alguien si no noble, con hidalguía? No había conseguido comprar un oficio real aún, primero había tenido que aprender a leer y escribir, luego tuvo que reunir la suma necesaria para comprar el cargo a perpetuidad y para cuando había cubierto todos los requisitos resultó que el puesto de tesorero había sido vendido a un recién llegado de la Metrópoli. Pero él venía de un linaje de mercaderes que, a fuerza de supremos esfuerzos, fue acrecentando fortuna hasta llegar a ser lo que era él, un próspero engranaje en el entramado del comercio de España con la isla. Desde tiempos inmemoriales el comercio había corrido por sus venas, desde las ferias que recorrían las ciudades siglos atrás, desde mucho antes tal vez. Si hasta se sospechaba que parte de su ascendencia había sido árabe por su increíble habilidad para convencer a los indecisos. Él no se dejaría vencer fácilmente.

Se abrió la puerta y Esperanza deseó haber sido ella quien muriera.

—Te has ganado el ingreso a un convento —dijo Don José con gesto gravísimo y sin mostrar la menor alteración.

—¡No, papá! ¡No me haga eso!

—Hija, cálmate, no contestes así —decía la madre entre lágrimas.

—Mamá, por favor, diga algo.

—Y en cuanto a esa criada, la venderemos sin más. Gracias a ella has logrado hacernos creer las más variadas falsedades y elaborados engaños para verte con ese hombre.

—¡No! Aurora ha estado siempre conmigo. No puede separarnos, padre.

—Claro que puedo y lo voy a hacer.

—Ella no tuvo nada que ver. Fui yo quien la obligaba a acompañarme.

—Entonces lo reconoces.

—Ella siempre me dijo que obraba mal, trató de disuadirme pero no podía ir en con-tra de lo que yo decía.

—¡Aurora!

—Sí, mi amo.

—Tú has sabido desde siempre de los enredos de Esperanza con ese hombre —Don José la atravesaba con la mirada.

Aurora estaba muda mirando hacia el suelo y transpirando.

—¡Responde por el amor de Dios! ¡Es una pregunta muy simple!

—Sí, mi amo, yo sabía que la amita se veía con ese hombre.

—Bien, empaca tus cachivaches, te irás de esta casa —dijo ahora con la misma voz con la que hubiera pedido una infusión a media tarde.

—Sí, mi amo.

Esperanza lloraba, su madre lloraba, Aurora lloraba. La escena grotesca se extendió por un rato mientras Don José comenzó a dar golpes contra las paredes blanqueadas.

—Tiene que entender, padre, que yo lo amo.

Ese fue el detonante.

—¿Qué sabes de amor? ¿Ése es el amor que tienes por tus padres? Engaño y mentira. Falsedades y contratiempos. Eso no es amor, no es respeto no es… nada.

—¡Basta, José!, se va a poner malo. Siéntese un poco y tome un respiro.

—¡Tú! Tú…  No vengas a decirme que tampoco sabías nada.

—No, José, para mí es tan sorpresivo como para ti.

—¿Qué haces en esta casa si ni siquiera sabes en qué menesteres anda tu hija?

—Yo la creía en la iglesia, José, ella siempre fue tan devota…

—¡En la iglesia! ¡En la iglesia! ¡Esa sí que es buena! Casi siento deseos de reír. Lo haría si no fuera porque la familia Herrera Hidalgo en pleno podría presentarse aquí a querer vengar a su hijo. Además, ¿quién va a querer tomarla por esposa ahora que su nombre y el nuestro corren por las calles del pueblo completamente malogrados y desgraciados?

No había forma de hacerlo entender que la vida de su hija no era su patrimonio personal y que no estaba a su disposición solo para calmar las habladurías que la habían puesto en el lugar de una cualquiera dispuesta a contravenir las mínimas normas sociales del momento. Su madre, en contraposición, se hallaba dispuesta a verla alejarse de su lado, pero no a condenarle la vida. Para eso había otras soluciones. Pero no podía enfrentar a su marido. Era demasiado riesgoso oponerse, cierto era que su marido le prodigaba atenciones y le brindaba todo tipo de consideraciones, ella no se limitaba a actuar como la organizadora de la casa, muchas veces, haciendo caso omiso de los comentarios que entre sus pares masculinos se vertían sobre el rol de las mujeres, le había preguntado su opinión en cuestiones de la hacienda familiar, pero no podía abusar de ello. Debía seguir al lado de ese hombre al que, por otra parte, le tenía gran cariño. Sentía, sin embargo, que ante el destino de su hija no podía quedarse con los brazos cruzados.

La acometida de los ingleses, que seguían acechando la entrada del puerto e incursionando con sus hombres por el río Jaina, hizo que las cosas se demoraran pero en ninguna medida que dejaran de seguir su curso. La madre de Esperanza se dirigió entonces a hablar con su confesor.

El padre Romualdo, pertenecente a la Orden de los Dominicos, había llegado a esas tierras desde su Andalucía natal para pregonar La Palabra entre una feligresía que distaba mucho de las buenas costumbres de la Metrópoli. Por España circulaban desde hacía tiempo las noticias de que los hombres de estas tierras vivían la más impúdica vida de pecadores. Algunos vivían en concubinato con indias o negras, otros habían recibido con beneplácito las costumbres indígenas de tener varias mujeres y todo hacía que los hijos ilegítimos fueran moneda corriente y sin miras de reducirse.

Isabel, la madre de Esperanza, era de sus más asiduas feligresas. Todas las semanas se acercaba al confesionario y, luego de su rigurosa confesión, se quedaba disertando con el prelado acerca de las mejores maneras de acercar a los fieles y la cuestionable labor de la Inquisición en España. A pesar de que la Inquisición fuera nacida de su propia orden, el padre tenía una particular manera de interpretar los juicios por brujería. Él decía que las brujas eran personas sin fe enviadas por el demonio, pero que no hacían otra cosa que probar que los milagros de Jesús habían sido verdaderos. Si es posible creer en la magia cómo no creer en los milagros… Y que la mayoría de quienes habían sido enjuiciados por la Santa Inquisición ni siquiera eran brujos, habían cometido el pecado de ser más prósperos que los mismos cristianos, por lo que la institución estaba totalmente desvirtuada y carecía de sentido. Y mientras discurría en indiscreciones acerca de la vida licenciosa del clero español, apreciaba las bondades de la gastronomía de Doña Isabel, quien siempre lo sorprendía con alguna delicia que saboreaba cual niño, ajeno a la culpa.

—Doña Isabel, Dios no le va a perdonar el pecado de tentarme a la gula.

—No se preocupe, padre Romualdo. No creo que Dios considere esta pequeñez como un pecado.

—Ciertamente no lo es.

—Padre, necesito pedirle un favor muy importante.

—Le escucho, por favor, tome asiento.

—Usted sabe que en nuestra familia ha acontecido un hecho por demás entristecedor que nos llena de congoja y pesadumbre.

—He oído del asunto. Lamentable, ciertamente. Su hija ha sido deshonrada por un desconocido. Las jóvenes de hoy día tienen un temperamento vulnerable a los dictados de las pasiones más perniciosas. Lamento profundamente que mis sermones no hayan alcanzado para orientarla hacia la buena senda.

—Yo también, padre, no se olvide que es mi hija y quien más se ha sentido decepcionada por su conducta soy yo misma. Me pregunto todo el tiempo cómo no pude vislumbrar lo que estaba por venir. ¿Qué hizo que la descuidara tanto?

—En todo caso hay que orar para que de ahora en más comprenda y sienta en su corazón el verdadero amor y respeto por su Dios y su familia.

—Justamente, es por eso que quería hablarle. Mi esposo, mi amado esposo, tiene la intención de hacerla tomar los hábitos y estoy segura de que lo tendrá prontamente por aquí.

—Ya veo… Usted no ve suficientes razones para tomar esa decisión, pero no puede oponerse a su esposo.

—Así es padre. Para mí es muy doloroso pensar que una muchacha como ella renuncie a la posibilidad de formar una familia.

—La comunidad eclesiástica también es una familia, no lo olvide.

—Es cierto, padre. Pero ya está demostrado que es una chica muy temperamental. ¿Usted cree que se avendría bien a tomar los hábitos? ¿No sería en realidad una invitación a una vida pecadora en el seno mismo de la Iglesia? No quisiera yo para mi hija una vida de silicio y penitencia permanentes. ¿No querría Dios que ella fuera su hija en condiciones menos exigentes?

—La vida en un convento tiene ventajas inmejorables en muchos casos, se obtienen muchas satisfacciones de ello. Piense también en la posibilidad de obtener una educación como no la tendría de otro modo.

—Es cierto, padre, la vida espiritual es un privilegio al que no todos pueden acceder. Lo cierto es que es el camino que muchos eligen para salir de malas. ¿Usted cree que Dios estaría satisfecho de contar con personas que no se acercan a él por verdadero sentir religioso?

—Querida Doña Isabel, bien sabe Usted que no se debe hablar por Dios, Él tiene misteriosos caminos para acercar las almas.

—Discúlpeme, padre. Estoy cayendo en pecado de soberbia.

—Lo que puedo entrever en sus palabras es que usted tiene una vida venturosa y apacible y desea lo mismo para su hija. Sepa que eso no me pasa desapercibido y voy a intentar hablar con su marido. Además, es muy cierto que cada vez hay más fieles ingresando a las órdenes y los conventos están repletos, con decirle que hemos tenido que inventar unas camas que se apilan unas sobre otras…

—Yo estoy segura de que cuando pase algo de tiempo, Esperanza tendrá la posibilidad de formar una familia cristiana. Quizás lejos de aquí…

—Lo que no entiendo, su merced, es cómo estos muchachos no han venido a pedir una dispensa, sabido es que desde la prédica de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia ha tomado una posición favorable a los matrimonios consentidos.

—No sé, padre…—dijo dona Isabel apretando los labios llena de remordimiento—, ciertamente las cosas no deberían haber llegado tan lejos.

El padre Romualdo asintió con un pesado movimiento de cabeza.

La visita de Don José al padre Romualdo no se hizo esperar. Un par de días después, atravesó la ciudad ensordecida por los disparos y entró en la iglesia haciendo rechinar los oídos de los santos con su paso decidido, repasándose los botones del jubón y dando grandes zancadas como si estuviera apremiado por la vida. Luego de inclinarse delante de la imagen del altar mayor, se presentó con una leve reverencia.

—¿Qué lo trae por aquí, Don José?

—Una hija descarriada, padre —dijo sin preámbulos.

—Ya veo. Es difícil ser padre.

—No sabe cuánto.

—Sí, lo sé. Tengo muchos hijos, Don José.

—Sí, claro, tiene razón. Discúlpeme. Estoy tan consternado.

—Entiendo sus sentimientos y pesares y creo saber por qué recurre a mí.

—Es la única solución que encuentro para la conducta de mi hija. Está visto que ni mi esposa ni yo hemos sabido inculcarle los valores necesarios para hacerla una mujer de bien.

—No tome decisiones apresuradas, Don José. Es posible que haya alguna otra solución. Hay días en que uno no encuentra respuestas, pero luego se produce el milagro.

—Todo el pueblo está comentando que es una perdida. Han llegado hasta mí comentarios que dicen que es una hereje y usted sabe cómo afectan esas murmuraciones, críate la fama y échate a dormir.

—Ah, eso no lo sabía. Hay quienes creen ver el diablo en aquellas cosas que desearían hacer y no se atreven.

—Padre, ¡no diga eso! Si mi hija no escarmienta, pronto la tendrán por hereje. Gracias a Dios la Inquisición no tiene tanto peso en estas tierras. Pero ha avergonzado y enlodado a su familia, y ella sigue fresca como una lechuga, no hace sino reclamar el derecho a estar con quien ella quiere.

—Hijo, solo debe escuchar a su corazón. Dios habla por medio del amor. ¿Cómo atender antes a las habladurías que al bienestar de su propia hija?

—Esas habladurías le harán la vida imposible en este lugar, padre. Yo no quiero que salga a la calle y tenga que ir escondiéndose. Además…

—Además, está su reputación, claro.

—No lo diga de esa manera. No es egoísmo sino amor lo que me mueve.

—Hijo, mi confesionario está lleno de almas arrepentidas cada semana. No hay quien pueda decir yo estoy libre de pecado. Ahora bien, si lo que quiere es hacerle un bien a su hija llévela lejos de las habladurías.

—Luego hablarán de su huída. Dirán que escondemos el deshonor.

—No es posible estarse todo el tiempo actuando por lo que van a pensar los demás. Mire el caso de la sobrina del gobernador. Nadie hubiera dicho que esa niña lenguaraz y desvergonzada, que se paseaba en las reuniones sociales con trapos de mendiga para horror de su familia, sería ahora la señora de uno de los muy principales señores de la cuidad. Tan solo un poco de paz, lejos de todos, hizo falta para que recapacitara y se enderezara.

—Padre, no puedo hacer de cuenta que nada ha pasado. La familia Herrero Hidalgo merece un desagravio.

—Y su hija no merece cargar con toda la culpa de lo que ha ocurrido. Bien sabe que los jóvenes que se baten a duelo lo hacen por ellos mismos.

—Sea, lejos de ese hombre —cedió Don José con pesar.

—Dígame… ¿Qué es tan malo en ese hombre?

—Es un don nadie. No tiene familia, es apenas un marinero que anda de puerto en puerto y no tiene donde caerse muerto, si hasta podría ser un aventurero, frecuentador de mancebías y vaya él, allá se lo dirán de misas, pero no quiero eso para mi hija.

—Claro, qué familia y qué hogar podrían tener…

—Mi hija merece mucho más.

—Piense que todavía es posible que le acuerde un matrimonio, cuando las cosas se hayan calmado. Ella es muy joven aún.

—Sí, aún sería posible… Alejarla por un tiempo…

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2 comentarios sobre “Isla de los vientos – Capítulo IV

    lapoesiademisovarios escribió:
    8 agosto, 2016 en 3:08 pm

    Me va gustando 🙂

    Me gusta

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