Isla de los vientos – Capítulo III

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Planes

Esperanza no estaba en posición de presentar a Alonso a su familia, él era apenas un aprendiz de hombre de mar. Había sido aceptado años atrás en la nave de un rico comerciante de la isla, a pesar de nunca haber navegado, porque le cayó en gracia al capitán que un joven de tan corta edad mostrara un singular conocimiento de la astronomía. Así que lo tomaron como marinero con la promesa de dejarlo aprender a usar las cartas de marear y el compromiso de poner a prueba ese instrumento novedoso, desconocido por la mayoría de los navegantes y que quienes conocían se rehusaban a usar en reemplazo del tradicional astrolabio, el sextante.

Alonso tenía a su favor su carácter decidido y afable, era rápido en sus respuestas y hábil con la pistola y sobre todo con el látigo que lo acompañaba en todo momento sujeto a su cintura, no importaba donde fuera. Pero por aquellos días esas características poco le valían si no venían acompañadas de un buen nombre o una buena fortuna.

—¿Cómo he de sentir que me amas si no eres capaz de presentarme a tu familia?

—No es posible hablar con mi padre. No es que no quiera hacerlo, lo conozco, ni siquiera me escucharía.

—Ni siquiera lo has intentado.

—Él está muy ansioso por crecer en la colonia, Alonso, y pretende que mi matrimonio le resulte en alguna clase de alianza. Debemos ser realistas. Hoy en día no es posible que una mujer elija con quien pasará su vida sin poner en riesgo la unidad de su familia.

—Le temes.

—No, en realidad… ¿Cuándo has visto que una mujer se oponga a su padre?

—Las hay. ¿Hablaste con tu madre, por lo menos? ¿Ella aprueba lo nuestro?

—No… ella no sabe nada.

—(Me llevan los demonios…) ¡Tú no quieres! Dices que me amas pero ni siquiera has intentado torcer la voluntad de tus padres.

—Te amo mucho más de lo que crees.

—Entonces pediremos dispensa de las amonestaciones. Así no podrán obligarte a otro compromiso.

—No podría hacerle eso a mis padres. No quiero seguir obrando a sus espaldas.

—Pero puedes hacérmelo a mí.

Es posible que tenga razón —se decía Esperanza en silencio—,  después de todo, diciéndole a mi madre no lo pondría en peligro. ¿Por qué no lo he hecho? ¿Es miedo o simplemente nunca creí que esto pudiera seguir adelante? ¿Qué clase de amor es el que no es capaz de mostrarse? Tiene razón Alonso en molestarse conmigo. Me estoy comportando como una chiquilla, mi padre no sería capaz de hacer nada que pudiera perjudicarlo, qué podría hacer… Primero hablaré con mi madre y veré cómo lo toma. Tal vez no sea tan terrible como yo creo. Tal vez hasta ella misma se ofrezca a hablar con mi padre. Siempre ha sido tan comprensiva conmigo, cómo habría de dudar de mi madre, y si ella pensara que no es conveniente aún hablar con él, esperaría pero habiendo dado el primer paso. Alonso merece que yo tome coraje y enfrente la situación. Y mi madre merece que yo me sincere con ella. Veremos, tal vez piense en ayudarlo de alguna manera. Es cierto que busca un marido con fortuna y posición, pero también es cierto que mi padre me ama. ¿No proviene él mismo de una familia de comerciantes que se fue abriendo paso lentamente? ¿Por qué no habría de tener la misma fe en Alonso? ¿Por qué no habría de tener fe yo misma? ¿O será ese el problema? ¿Dudo yo de él? Nunca me he puesto a pensar mi futuro junto a Alonso, cómo sería, cierto es que me he pensado siendo su mujer pero en qué condiciones, tendríamos una casa, él estaría más tiempo conmigo, tendría alguna otra forma de subsistir que no sea su vida de embarcado? Viéndolo desde otro lado, ¿cómo sería mi vida sin él, soportaría estar con alguien a quien solo le debo una vida cómoda? ¿Podría amar a alguien a partir del respeto? ¿O tendría que pensar en sumisión? ¿Qué hizo que me enamorara de Alonso? Fueron sus ojos y su voz, sus manos también, su capacidad para hacerme reír, pero si no fuera por su mirada nunca me hubiera detenido a pensar siquiera en entablar conversación. Y esas líneas que se le forman al reírse y sus dientes blancos y su suave barba rojiza y sus palabras por cierto y su gracia cuando se mofa de algo y su forma de caminar tranquilo y el palpitar de su corazón cuando me besa y su rostro en paz consigo mismo y la chispa de su sonrisa y sus brazos y mi sensación de no necesitar otra cosa que su piel y su voz suave y áspera y ese deseo de ser quien comande su vida y su mirada profunda…

Al mismo tiempo y con el mismo entusiasmo, la familia de Esperanza había hecho todos los arreglos para presentarle a su futuro marido, un muchacho de promisorio futuro en las fuerzas reales.

No le daría una gran fortuna pero sí un nombre respetable, había dicho su padre momentos antes de que llegara el novio para la presentación. Don José Durán conocía al futuro marido de su hija por medio del alcalde, quien a su vez era primo del padre de Francisco que, a su vez, estaba interesado en conseguir para su hijo una joven en mejores condiciones económicas que las propias. Don José estaba principalmente interesado en el árbol genealógico del pretendiente, que se remontaba hasta mucho antes de la unión de las Castillas. El tatarabuelo de Francisco Herrero Hidalgo había llegado al nuevo territorio español junto con las primeras expediciones. Si bien era sabido que los primeros en llegar no habían gozado de muy buena reputación en España, luego del descubrimiento se convirtieron, por obra y gracia de la Reina, en hidalgos con declaración de pureza de sangre y poseedores de tierras y riquezas en el Nuevo Mundo. Ya habían pasado casi dos siglos desde entonces y la numerosa prole de los Herrero (habiendo dejado en el olvido las habilidades que le habían dado origen a su estirpe) había consumido sin reproducir la mayor parte de las riquezas de la familia, pero su nombre era respetado y formaba parte de muchas reuniones de notables del lugar, además de ser una constante dentro de las filas de la milicia real. Por aquellos tiempos, tener un rango militar era bien visto en quienes pretendían acceder al gobierno de las colonias. Y Francisco Herrero tenía muchas inquietudes al respecto. Nunca le había gustado la vida militar, solo se había avenido a seguir tradiciones familiares con la idea de conseguir en el futuro una alcaldía en su ciudad y como primer paso en su carrera iba tras un puesto de cabildante, para lo que necesitaba cumplir con el requisito de “casa poblada”, es decir, además de ser vecino, tener una propiedad y ser padre de familia.

—Madre, tengo algo muy importante que decirle.

—Sí, hija, te escucho.

—He conocido a alguien y ahora… ahora es un buen momento para que ustedes lo conozcan. Es una gran persona, lo amo y estoy completamente segura de que es la persona con la que voy a seguir toda mi vida.

—No… no puede ser… ¿Dónde lo has conocido?

—Nos conocimos en la feria y presto nos enamoramos.

—Tu padre… ¿le has dicho algo?

—No todavía. Quería que usted lo supiera primero.

—Pues no creo que sea conveniente que le digas. Es más, tu señor padre y yo teníamos que darte una noticia en relación a tu futuro. Ahora con esto…

—¿De qué se trata?

—No debería anticiparme pero viendo tus intenciones te lo diré. Antes debes prometerme que cuando tu padre te hable no des razones de saberlo.

—Dígame, madre.

—En un par de días conocerás a tu futuro esposo.

—Mi futuro esposo es Alonso, madre. No necesito conocer a nadie más.

—No te opongas duramente a lo que hemos visto con tu padre que es tu bien. Sabes que no puedes casarte con cualquiera.

—Alonso no es cualquiera, él está en el comercio marítimo. Tiene una estupenda carrera por delante. Solo tenemos que darle algo de tiempo.

—Hija, tu padre nunca aprobará a ese hombre. ¿Cuál es su familia? ¿Los conocemos? ¿Son comerciantes o tal vez dueños de alguna embarcación?

—Alonso no tiene familia. Vivía con un tío que falleció hace un par de años. Ahora está solo, en una pequeña villa cerca de los límites de la ciudad, al norte de aquí, cerca del río.

—Ves, Esperanza, es imposible, un muchacho así, sin nadie que avale y pondere sus virtudes, es simplemente un villano…

—Usted debería hablar con él para conocerlo.

—Yo conozco a la familia de tu futuro, son gente muy honorable y presto lograrás encariñarte con ellos.

—¿Ni siquiera hará el intento de conocer a Alonso?

—Podría decirte que sí, dándote falsas esperanzas, sabes que no puedo contrariar en esto a vuestro padre. No te estoy pidiendo que hagas un sacrificio, piensa solo en darle una oportunidad.

—Una oportunidad es la que merece Alonso. Tan solo hablar con él se daría cuenta de por qué lo quiero.

—Por lo que me cuentas de él tu padre dirá que es un oportunista, que está buscando casarse con alguien de mejor posición.

—Eso no es cierto. Él solo me ama.

—¿Han pensado dónde vivirían? ¿Con qué medios te dará la vida que mereces? ¿Qué clase de amor te profesa?

—Nunca pensé que se opondría. Siempre creí que se había casado con mi padre por amor.

—Sí, hija. Claro que amo a tu padre, pero en mis decisiones nunca me aparté de lo que consideraban mis padres como prudente y juicioso.

—¿Alguna vez sintió que no podría pensar su vida sin mi padre?

—Sí, hijita. Con el tiempo uno se va haciendo cada vez más apegado al otro.

Esperanza se quedó mirando a su madre, esa mujer de facciones dulces y de ideas a veces flexibles y otras, como en esa ocasión, tristemente rígidas y anticuadas. En sus ojos no podía leer una chispa de reconsideración, la miraba como quien ve a un niño que está equivocado y todavía no descubrió su error. De repente la mirada de su madre se tornó desproporcionada al resto de sus rasgos.

—Dime, Esperanza, ¿qué tanto han llegado a conocerse tú y ese muchacho?

—Lo suficiente como para considerarme su mujer, madre.

—¡No puede ser! ¡Es que nada de lo que te hemos enseñado ha hecho efecto en tu espíritu!

—Madre, no se preocupe por mí, Alonso me ha tratado con toda la dulzura de que es capaz un hombre.

—No es eso lo que me preocupa, si no fuera así no estarías pidiendo por él. ¡Es tu futuro lo que has puesto en juego, niña insensata y cruel! ¿Cómo mancharás tu sábana el día de la boda?

—Me han dicho que no todas las mujeres manchan las sábanas, mamá.

—¿De dónde has sacado esa idea? ¿Qué oscuras razones hacen que indagues en cuestiones que no deben ser ventiladas?

—Me lo ha dicho Aurora. No se preocupe. Aunque nadie sino Alonso pondrá sus manos sobre mí. Usted sabe que la Iglesia está obligada a preguntar por mi consentimiento en la boda, si no, no tendría validez.

La madre de Esperanza la miró espantada. ¿Era esa su hija? ¿Qué clase de ideas le habían estado apareciendo? ¿Acaso la había descuidado tanto? Le acarició la cabeza de sedosos cabellos pensativa y no pudo sino encomendarse a Dios por el futuro de su hija.

—Tu padre no se quedará de brazos cruzados —alcanzó a susurrar en tono apesadumbrado.

Esperanza la miró asustada. Ya se le había cruzado la idea de que de alguna manera su padre pudiera hacer algo en contra de Alonso, no sabía bien qué, pero él tenía algunas influencias en la colonia. Su madre confirmaba sus miedos y eso la hacía completamente responsable. Su madre había tocado la cuerda de sus miedos, finalmente parecía haber encontrado el punto flaco que la haría recapacitar.

Al día siguiente comenzaron los preparativos para la presentación del novio.

Esperanza no se resignaba a perder la libertad junto a su abrumador visitante. Ya se había aprendido su genealogía de memoria y podía recorrerla al derecho y al revés, deletrearla y recitarla en verso, pues su padre mostraba un gozo pueril con las largas enumeraciones de apellidos de su futuro yerno.

—¿Sabe que mis tíos hacen que los indios que trabajan en la minería reciban una paga?

—Es una forma de pensar completamente equivocada.

—Ellos dicen que todo el que trabaja merece recibir una compensación.

—Si, así lo dictan las leyes, pero… Verá, no hay quien las cumpla y, por tanto, no son prácticas.

—Claro, ellos están cumpliendo con las leyes y con el deber humano para con los indios.

—Esas son bobadas que terminan de una sola manera, los indios se las arreglarán para no trabajar y exigirán que les den su paga igualmente, dejando a sus tíos en la pobreza— dijo en tono duro e inmediatamente volvió a decir conciliador—, pero… las mujeres como usted no tienen que preocuparse de esas cosas, usted debe tener presente que sin criados no hay orden posible. Las jerarquías están para que todos sepamos cual es nuestro lugar y cuáles son nuestras obligaciones. Eso es algo muy importante que hemos de inculcar a nuestros hijos.

Esperanza quedó en silencio mientras repasaba esas últimas frases y revisaba lo que podrían haber sido sus propias palabras. De pronto quiso saber:

—¿Cuántos hijos quiere tener?

—A lo menos un hijo varón, para que siga la tradición de ingresar al ejército y prolongar el apellido de la familia.

—¿Qué sucedería si tuviésemos solo una niña? ¿Se decepcionaría?

—Eso no va a ocurrir. Verá que tendremos la casa llena de niños y usted estará allí para ocuparse de las amas de crianza, la cocinera y las reuniones, mientras yo me ocupo de mis asuntos. Pero tenga bien presente lo que acabo de decirle, deberá entender que cuando yo diga algo debe cumplirse sin ningún miramiento. Si usted no cumple con sus deberes estará inflingiendo un daño grave a nuestros hijos.

—Tendré cuidado entonces —respondió mirándolo de reojo.

—Así me gusta. ¿Sabe? Me han dicho que las obras en la Catedral de Nueva España siguen avanzando con resultados inmejorables. Iremos a conocerla luego de nuestra boda.

—¿Me está preguntando si deseo ir a Nueva España?

—En realidad, ya estuve haciendo algunos arreglos para eso. ¿No la pone feliz?

Esperanza se mostraba cada día más distante con su familia, su mirada ensombrecía cuando el prometido concurría a las visitas semanales; en su pecho y en sus ojos se agolpaban las lágrimas saladas como la mirada de mar profundo de su marinero.

—Hija, debes alegrarte y contentarte, tu prometido es un hombre cabal y de bien. Nos tiene en muy alta estima y consideración aunque… hay algo que le inquieta. ¿Sabes qué me ha dicho el martes pasado?

“Su hija es distinta a otras mujeres. Tiene algunas preocupaciones que no son habituales ni necesarias. Espero que eso no interfiera con sus deberes de esposa y de madre. Usted debería hablar con ella, en mi familia las mujeres han sabido siempre seguir con las tradiciones y ocuparse debidamente de su casa.”

—¡Eso os ha dicho! ¿Qué pretende? ¿Que me quite esta ropa y comience a usar uniforme? Dígame madre, ¿cómo ha hecho para lidiar con ese afán de los hombres de tener lacayos en lugar de esposas?

—Con paciencia hija, si tu padre supiera las cosas de las que hablamos a veces, no estaría contento conmigo. Pero la discreción siempre ha sido y será una virtud bien recompensada en cualquier mujer. Por eso, no temas, este hombre quiere lo mejor para ti y su familia.

—Pero madre, no tolero ya verlo siquiera. Tiene siempre esa sonrisita a flor de labios, se me hiela la espalda, siento erizárseme los cabellos cuando me mira.

—Exageras.

—Además, parece que se sintiera superior a los demás, ¿ha visto su mirada de ave de presa?, y apenas alguien lo saluda mira hacia otro lado y muestra grande disgusto y displicencia.

—Es un buen hombre.

—Yo no digo lo contrario. Solo que yo nunca podría sentir algo por él.

—Esas cosas se aprenden, hija mía. En cuanto reconozcas que él se preocupa por ti sentirás deseos de agradecer sus cuidados.

—No, madre, le ha dicho a usted que está preocupado por mí, ni siquiera ha sido capaz de hablarlo conmigo, no soy una persona para él.

—No es así, solo recurrió a quien considera que te dará buen y prudente consejo y a quien sabe que escucharás.

—Eso solo indica que no piensa en mí como un igual.

—La igualdad es algo que se gana, ya lo ves, tu señor padre en muchas cosas me tiene por su igual pero debes meditar sobre aquellas cosas en las que pides igualdad. Habrá muchas otras en las que invocarás privilegios y entonces, ¿qué será de la tan mentada igualdad?

—La igualdad es poder elegir, madre.

—La igualdad es responder ante las dificultades sabiamente.

—Yo estoy presta a responder ante cualquier dificultad.

—¿Ya te has despedido de ese muchacho Alonso?

—Sí, madre. ¿Acaso no es esa la voluntad de ustedes?

La madre escudriñó un poco en la mirada de Esperanza.

—No sé, por tu felicidad espero que sea cierto.

—Está equivocada madre, es mi felicidad la que están ignorando.

Alonso no dejaba de proponer alternativas cada cual más descabellada a la mujer que lo amaba pero no se atrevía a arriesgarse por él.

—Me desharé de tu prometido, podríamos decir que trató de atacarte y yo te rescaté, o le pagaremos a alguna mujer para que lo desacredite frente a tu familia, así tu padre lo echará de la casa… construiré una escalera tan alta que nos fugaremos a la luna… podríamos huir hacia la Metrópoli en uno de los galeones de la flota —fue la última, desesperada y menos disparatada de sus propuestas.

Los galeones a la Metrópoli no eran cosa de todos los días. Si bien el único tráfico autorizado de mercancías para las colonias españolas era a través de ellos, en los últimos tiempos se habían reducido debido al alto costo que implicaban los convoyes de más de veinte naos, ya que la única medida defensiva que tenían contra el corso y la piratería era la formación de flotas con escoltas de guerra. Así y todo, la flota de Nueva España, después de más de dos meses de derrota, había recalado en la Isla Hispaniola. Eso había ocurrido siete días atrás y luego de hacer aguada y reunir víveres había continuado hacia su destino en Nueva España, Veracruz. Allí se demoraría algunos días con la descarga de mercancías y otros tantos con el llenado de sus bodegas de metal precioso, cacao y los preciados productos de la nao de China que entraban por Acapulco. Era menester trasladarse a Veracruz antes de su partida para contarse entre sus pasajeros. De no coincidir con la flota en esos días ya no habría posibilidades de realizar el tornaviaje debido a que la próxima flota tardaría uno, dos o más años en llegar.

—Tenemos que obrar con mucha cautela, deberás empacar pocas cosas y dejarlas al cuidado de tu criada hasta mañana, cuando seremos transportados a Veracruz.

—¿Confías ciertamente en que nos llevarán?

—Con ropas de hombre y hablando lo menos posible será fácil salir de La Hispaniola sin levantar sospechas, una vez embarcados en Veracruz ya podemos considerarnos libres de todo. Dante conoce al capitán del Nova Terra, es un hombre honrado y confiable que le debe algunos favores.

—Y allá, Alonso, ¿qué nos espera?

—Una vez remontemos el Guadalquivir, haremos uso de la recomendación que el mismo Dante me ha escrito para incorporarme al servicio de  Don Diego de Alcázar, el comerciante marítimo de Barcelona que nos estará esperando.

Dante Mondejar era un comerciante de telas que se había instalado en América una década atrás, cuando el comercio florecía en las nuevas tierras. Había viajado desde Barcelona dejando atrás una familia que seguía esperando que los enviara a buscar. Sin embargo, el nuevo continente lo había recibido con tanto ardor que terminó por convencerse de que convenía más realizar envíos de dinero a su mujer e hijos que trasladarlos hasta allí. Él no había sufrido grandemente la separación, ya que Rosa, su mujer, había tomado el hábito de “complicarle la vida” diariamente. Cada vez que pasaban de las siete de la noche y no aparecía por su casa lo iba a buscar a la taberna. Y eso ocurría con tanta frecuencia que ya se había hecho costumbre que, cuando ella llegaba, el tabernero le hacía una seña para que se escabullera por los fondos con la joven de turno. La mujer le hacía una rabieta de vuelta en su casa, porque se daba cuenta de la triquiñuela y recibía por total compensación un paño de tela de los más recónditos lugares que se pudiera imaginar. Con ello, tras los años que llevaban de matrimonio, Doña Rosa se había hecho un surtido que era la envidia de cualquier tendero. Con lo cual, la ausencia de Don Dante no le resultaba del todo perniciosa ya que inició el comercio por su cuenta y con la total libertad de hacer y deshacer a su antojo.

Dante recibía de España envíos de paños segovianos, ingleses y los más buscados, los holandeses. Tampoco se privaba de tejidos de oriente, más raros y exóticos, que le enviaba don Diego de Alcázar, gracias a sus contactos con piratas mediterráneos. Él y Villafranca se habían conocido en una taberna. Dante prosperaba en su afición a las mujeres y, por ese entonces, daba sus primeros pasos en el mundo de los puertos del Caribe. El hombre obtuvo varias veces la ayuda de Alonso para volver a su casa, luego de una abundante ingesta de ron que lo dejaba semidesmantelado y a merced de almas poco caritativas. Fue así que trabaron una sólida amistad, rondas de ron de por medio, y era Dante el único que sabía de su relación con Esperanza.

—Si tuviera tus años… No sabes cuan enamorado estaba yo en aquella época…

—¿De tu esposa?

—¡No! ¡Válgame Dios! Rosa fue un premio o un castigo que llegó después. Se llamaba Prudencia. Era la moza más hermosa de toda Barcelona. Pero tenía una familia la pobrecilla… La enviaron a un convento. Decían que preferían verla enclaustrada a que se convirtiera en la mujer de un comerciante. Nobles… ¡bah! Tanto que denostan el trabajo. ¿Qué sería de ellos sin nosotros? ¿A dónde irían a parar sin guerras? Serían todos vagabundos pidiendo limosnas. No saben ni procurarse la comida… Eso sí, para la diversión y gastar las arcas del reino no hay quien los iguale…

—Entonces tú no hiciste nada para estar con ella.

—No, Alonso, y no sabes cómo lo resiento. Por eso, si puedo ayudarte, me estaré ayudando un poco a mí mismo también.

La idea de marcharse dejando atrás todo lo conocido no fue lo que malogró los planes de Alonso y Esperanza. Fue la irrebatible realidad del bloqueo de las naos inglesas el día que se contaban veinte y tres de abril de mil y seiscientos y cincuenta y cinco. Dos escuadras, de más de cincuenta bajeles en total, se distribuían a lo largo de la costa, frente al puerto, impidiendo el ingreso y el egreso de cualquier barco en la zona.

La ciudad se había despertado de un sueño para entrar en una pesadilla de gritos y apuros. Pese a todo, no pudieron dejar de reunirse. El mismo día de la boda, creyendo que sus cuerpos se hacían invisibles en medio del tumulto por el asedio de las naves inglesas se encontraron en la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros, ésta vez para rezar juntos.

—Juro ante ti, Señora, que mi vida será siempre para honrar a este hombre.

—Juro ante ti, Señora, que siempre estaré unido a esta mujer.

—Y aún cuando esté atada a otro hombre, me bastará mirar hacia la mar océana para estar a su lado.

—Todavía puedes negarte.

—Aquí soy de mi padre.

—Es un momento propicio para que escapemos. ¿Quién socorrerá a tu padre para buscarte en medio de estas turbas? Conseguiré cabalgaduras e iremos hacia el norte.

Al salir del templo se enfrentaron al prometido. Don Francisco y otros oficiales, recorrían las calles de la ciudad alertando a las monjas de los conventos que se mantuvieran en sus claustros y a las familias que no dejaran salir a sus mujeres. Luego de pasar por la casa de Esperanza para comunicar las nuevas, se había dirigido a la Iglesia esperando encontrar a su prometida orando por su próximo matrimonio. Al verlos salir juntos, tomadas las manos, no pudo dar crédito a lo que ocurría. El mismo día de su matrimonio su prometida estaba allí, abofeteándolo frente a testigos, con la mirada impúdicamente serena de quien revela su culpabilidad en secreto de confesión sin sentir que es culpable.

Todo lo demás fue rápido como el latigazo de Villafranca  para zafarse de los brazos que lo rodeaban.

—¡Alto! —dijo Don Francisco. —No intervengan.

—No puedes enfrentarte honorablemente a este truhán, quién sabe si conoció alguna vez el significado de la palabra honor.

—No importa, yo soy quien honrará mi apellido.

—¿Te das cuenta que te expones a un castigo por desafiar a ese malnacido?

—Veremos.

—No merece la pena y ni siquiera tiene padrino.

—Olvida esas formalidades por un momento.

—Caballeros —interrumpió Alonso, visiblemente cansado de escucharlos discurrir—, puede ser que mi apellido no valga nada para ustedes, pero está en juego lo más preciado para mí. Así que dispongan la forma de concluir esta situación.

Don Francisco se acercó un poco más a Alonso y le dio un bofetón. A lo que Alonso respondió con otro a mano descubierta a falta de guante. En ese punto Don Francisco extendió un brazo en dirección a sus amigos quienes le facilitaron un palo a falta de caña. Tal actitud, innecesaria dadas las circunstancias, pretendía dotar a la situación de cierta formalidad según las reglas del desafío y, además, era la forma de evitar la condena eclesiástica cuando llegara a conocerse.

Luego de asestarle un golpe con el palo, que Alonso no esquivó intencionalmente:

—Elige las armas —dijo Don Francisco—, ves que te estoy dando ciertas ventajas, pues me correspondería a mí la elección por ser el agraviado.

—De acuerdo —respondió Alonso—, aunque la ventaja la necesitarás tú.

—Y tú, mujer, ya es hora de que enfrentes tu destino. Por lo que a mí respecta eres libre ya que esto que defiendo no es tu honor, que no lo tienes, sino el mío.

Esperanza, que llevaba largos minutos observando el ridículamente ceremonioso desarrollo del desafío, se lanzó a llorar. La calle se volvía de un gris plomizo, cada vez más gente pasaba visiblemente alterada por la situación de la ciudad y, al verlos, se alejaba aún más confundida. Esa situación no terminaría allí, era la antesala de algo peor, tan malo para ella como para Alonso. De salir airoso su amado, su familia no permitiría que siguieran adelante con la relación y, de vencer el prometido, habiéndola rechazado, sería duramente juzgada por la comunidad; de cualquiera de las dos maneras terminaría en un convento de los tantos que florecían en Nueva España. Por un momento se sintió cobarde, mezquina al tener esos pensamientos. Estaba a punto de desear nunca haber conocido a Villafranca, pero no podía, aunque lo deseara, no podía sentir eso.

Alonso escogió las pistolas. Eran lo que más rápido resolvería la cuestión. El ruido de las armas preparándose la hizo estremecerse. Estaban listos.

El duelo se realizó sin demora y la certera puntería de Alonso disipó todas las dudas. Esperanza sintió un dolor agudo en su pecho. Los oficiales que acompañaban a Don Francisco se aproximaron rápidamente a Alonso y lo aferraron para que no intentara escapar. Esperanza trató de separarlos pero la hicieron bruscamente a un lado. En medio de forcejeos llevaron a Villafranca ante las autoridades, mientras Esperanza corría a su casa bañada en lágrimas y andando sobre nubes de tristeza.

En el presidio, Alonso no se encontró con ladrones sino con varios extranjeros que habían sido encarcelados preventivamente por orden del gobernador, mientras resistían la invasión.

El trajinar de los soldados no cesaba. Si bien la milicia había sido reforzada por los enviados desde la Metrópoli meses atrás con provisiones de armas y cuerdas, no eran suficientes para detener por sí solos la avanzada que ya sabían era enviada por Cromwell. Sin embargo, conforme pasaban los días, las tropas de resistencia se incrementaban debido a que la gente del interior de la isla había sido alertada de inmediato. Lanceros de Cotuí y de Santiago se habían unido a las fuerzas de Santo Domingo que, atrincheradas en el río Jaina y desde el Castillo de San Gerónimo, reducían a los ingleses.

El último bando dictado por su Excelencia el Señor Gobernador era claro, todos debían alistarse, mancebos de catorce años en adelante, blancos, negros, libres o esclavos; hasta los esclavos fugitivos en las tierras del Dariel era menester saliesen para que se les diera la libertad si defendían la Isla.

La reja de la cárcel se abrió en ese momento para dejar salir a Villafranca quien, mosquete en mano, fue conducido a la zona de trincheras cercana al río.

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