Isla de los vientos – Capítulo II

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Esperanza

De la Croix fue uno de los prisioneros que años atrás huyeron de la justicia española y los avatares de la vida llevaron a la isla. En aquel tiempo lo conocían como Alonso Villafranca. Había terminado en el destierro ya que tuvo el mal tino de batirse a duelo con un soldado del Rey y la mala fortuna de salir airoso de la contienda.

Antes de eso, su vida era bien distinta, transcurría entre barcos, licor y un creciente número de mujeres. Era un joven por demás atractivo, usaba una barba prolijamente recortada a tijera y un discreto bigote, su cabello largo destellaba llamaradas al contacto con la luz y siempre andaba bien arreglado pues le gustaba eso de inspirar suspiros en las damas jóvenes de la colonia. Y lo conseguía, con su porte y su elegancia premeditada impactaba a primera vista, mientras que con su voz áspera, sus palabras suaves y su mirada penetrante hacía el resto. Pero llegó un día en que su vida despreocupada comenzó a virar hacia un puerto de aguas poco profundas, donde su nave quedaría varada por mucho tiempo, sin proponérselo.

En su recorrido desde el puerto solía pasar por la plaza principal, donde se agolpaban las pocas pero refinadas casas de los colonos más prósperos. Era una hermosa vista pues las muchachas de buenas familias salían a dar un paseo por la tarde acompañadas de sus criadas. Era una distracción para sus ojos, mas no le otorgaba otra importancia que esa a su pasatiempo, ya que estaba prevenido de intentar cualquier romance con aquellas chiquillas que solo tenían ojos para los oficiales y los abogados. A corta distancia de allí, el caserío se iba haciendo menos pretencioso, con cada paso las profusas líneas barrocas se iban estilizando, mientras se imponía lentamente una austeridad más parecida a las líneas musulmanas. Entre estas últimas sobresalía una casona distinguida, como muchas erigidas a orillas del Mediterráneo, con un gran portón de madera oscura y grandes aldabones de hierro, paredes blancas y ventanas sin arabescos pero con herrajes de los cuales pendían macetas con flores siempre blancas. En la planta superior había un balcón donde todas las tardes se veía una joven de negro cabello trenzado haciendo labores con su mirada posada sobre el horizonte, mitad selva mitad mar, que se prolongaba más allá del puerto.

Era difícil sustraerse a la tentación de mirar a aquella joven. Su boca carnosa y bien delineada sería el reflejo de un carácter firme pensó una de esas tardes el joven Alonso, y sus colores, en nada se parecían a los languidecientes colores de la época, rebosaba salud, sin dudas. En ese mismo instante la mujer bajó la mirada que se enfrentó por solo unos segundos con la de él pues ambos se sorprendieron y desviaron la atención instantáneamente, ella por reflejo de su educación, él por la sorpresa de haber sido pescado embobado ante la imagen que le quitó el aliento.

—Parece que Villa anda en un lío de polleras —decían sus compañeros.

—Es cierto, se lo ve poco por la taberna en estos días  y cuando va se mantiene tan ensimismado en sus pensamientos que no oye cuanto ocurre a su alrededor.

—Podríamos seguirlo y averiguar qué se trae entre manos.

—¿Qué andan susurrando? ¿Piensan que no les oigo?

—Mi querido muchacho, nos traes muy preocupados… —comentó el marino propinándole una generosa palmada.

—No hay motivo para que se preocupen, yo puedo arreglármelas tranquilamente.

—No haces más que confirmar nuestras sospechas. ¿Qué te trae tan reservado? ¿Quién te ha robado las ganas de divertirte? Mira a tu alrededor…

—Harían mejor en preocuparse por sujetar las amarras e ir en busca de víveres. Que nuestro próximo viaje no nos encuentre con las bocas secas por culpa de esa curiosidad de infantes.

—¿Han oído al aprendiz de capitán en persona? ¡Jajajaja!

—Cálmate chiquillo, que no hay hombre en este barco que vaya a pasar sed. Mas, si de necesidades se habla, y tu llegaras a necesitar consejo, aquí están estos viejos marinos. Por tu cara sé que en algún momento vas a necesitar de alguna ayuda, no me gustan nada esos ojos.

—Pues, ahora que lo mencionan, sí, tengo algo que consultarles. ¿Dónde se pueden conseguir vestidos y enaguas? Les sentaría muy bien a su nueva disposición de comadronas.

Y en medio de las risas con las que fue recibido su comentario, Alonso seguía pensando en la forma de acercarse a esa mujer que le desvelaba el pensamiento y el sueño.

—Niña Esperanza, ya sabe que su padre no aprobaría que venga conmigo.

—Mi padre nunca se va a enterar. Eso es seguro. Está demasiado ocupado con el cargamento de mercancías recién llegadas. Además, la única que podría delatarnos es mi madre y ella sabe que no hacemos nada malo.

—Esperanza —dijo su madre al escucharla—, te estoy escuchando y no puedo creer que insistas en lo mismo. Sabes que no es por mí que te digo que no vayas. Tu señor padre está trabajando muy duramente para conseguir mayor reconocimiento del gobernador y no estaría bien visto que te reunieras con los esclavos a celebrar sus costumbres. Por otro lado, ¿qué diría nuestro confesor?

—Pero madre, usted misma sabe que la fiesta de San Juan es algo especial, prometo que mañana a estas horas estaremos en misa como debe ser. Padre ha comentado hace pocos días que el gobernador está pensando en instaurar un quinto para solventar corridas de toros como hacen en algunos lugares de España. Por qué no habría yo de ir a bañarme al río, sabe que dicen que tiene un poder protector.

—¿Bañarte en el río? ¿No se te habrá ocurrido desnudarte como dicen que hacen algunos?

—No, mi amita, yo no dejaría que usted hiciera eso —se anticipó la criada.

—No, prometo solo danzar un poco y recibir el rocío de la madrugada.

—¿Por qué no te contentas con asomarte a la ventana? ¿No es eso lo que dicen, que el día de San Juan verás pasar al verdadero amor? —sugirió su madre sonriente—.

—Ay, mamá, sabe que eso es lo que menos me preocupa.

—Pues debes hacerte a la idea de que pronto habrás de tener un novio y desposarte.

—¿Oye, mamá?  Comienza a elevarse el sonido de los tambores. Ya está iniciando la víspera de San Juan. Prometo que nadie se va a enterar. ¿Ve? Tengo ropas que me ocultan ¿Promete no decir nada a mi padre?

—¡Hay! niña, qué dolores de cabeza me traes.

—No se oponga madre, bien sabe que cuando esté matrimoniada no podré ir.

—Bien, en contra de mi voluntad irás, si tu padre llegara a enterarse diré que nada sabía, y tendrás que aceptar el castigo que él decida. Yo no haré nada por favorecerte —protestó con firmeza.

—¡Sabía que lo entendería!

—Solo te pido una cosa.

—Sí, mamá, lo que quiera.

—Traigan de la feria algunas velas para la ceremonia de mañana.

—Rápido, Aurora, traigamos rápido el recado de mamá y no nos perdamos los festejos.

Corría un suave viento cálido. La plaza aún estaba repleta de vendedores que cantaban sus pregones pegadizos. Un poco más lejos comenzaban a ensayar los primeros redobles los tambores de San Juan. Esperanza, junto a su criada, caminaba abriéndose paso lentamente. El puesto de las velas que le gustaban a su madre estaba un poco más adelante. En el camino, pasaron por puestos de hilados de Holanda y chucherías de Oriente, que llegaban subrepticiamente, burlando las inútilmente rígidas normas comerciales de la Corona Española. Andando a cortísima distancia estaba Alonso, que la había seguido desde su casa y esperaba el momento oportuno para acercarse. No sabía qué le diría, pero estaba seguro de que ese era el día indicado. La noche anterior había visto una constelación de estrellas nueva para él y ese hecho lo había convencido de que se iniciaban buenos tiempos y le había dado el coraje necesario para tomar la iniciativa de acercarse.

De repente un puestero se atravesó en su camino, separándolo de ella y haciéndolo caer en medio de un revoltijo de canastos y gallinas. Miró nerviosamente a su alrededor, por suerte ella no lo había visto, pero la había perdido. Se incorporó rápidamente, haciendo caso omiso de los improperios que le dispensaban los puesteros. Uno de ellos lo sujetó del brazo exigiéndole que pagara por los daños. Trató de desembarazarse del hombre, pero se le vinieron encima varias mujeres regañándolo por los desmanes que había hecho con las mercancías. Pidió disculpas como cien veces y alargando una mano robó unas flores de un puesto vecino y se las extendió a las damas que dieron en reírse con tal actitud y lo soltaron al punto. Comenzó a recorrer los pasillos, llevado por el instinto solamente. Los vendedores se esforzaban por atraer la atención de los transeúntes y por todos lados se veía gente gesticulando y regateando. Dobló en una encrucijada y volvió a doblar más adelante. Un par de veces le pareció volver a verla, pero luego resultaba ser otra mujer. Esperanza lo había visto apenas llegaron al mercado y, a propósito, se había dedicado a recorrer los intrincados senderos que separaban los puestos. Divertida al ver que el joven se había embarcado en una carrera de obstáculos decidió darle un respiro. Salió a su paso a un lado de una vendedora de piñas, pidió una bien fresca y la sorpresa que él tuvo al tenerla enfrente se le imprimió en la cara que pasó a tener un tinte rojo fuego. Ella siguió comprando, pidió a la negra algunas mandiocas y cuando estuvo listo el pedido tropezó dejando caer algunas.

—¿Me permite? —dijo él, invitándola a apoyar su mano sobre la suya para recuperar el equilibrio.

—Disculpe pero yo no lo conozco —respondió Esperanza conteniendo la risa que le hacía sentir el corsé más apretado que nunca.

—Eso tiene remedio, soy su humilde lacayo Alonso Villafranca.

—¿Acostumbra a recorrer de esta manera las ferias?

A él le divirtió la pequeña burla y tratando de no resultar demasiado atrevido le dijo:

—Es que hay mujeres que hacen las cosas más ridículas y fascinantes cuando quieren que un hombre las alcance —y le señaló la rara mezcla de mercancías que había en su canasta.

—Es bastante imprudente y falto de cautela. —respondió ella con tono de ofendida.

—Y usted muy escurridiza.

—¿Qué le hace pensar que debía alcanzarme?

—Simplemente que valía la pena el intento.

—Y si le dijera que habría de superar otra prueba para alcanzarme realmente.

—Estaría dispuesto a navegar a ciegas con tal de hacerlo.

—Pues… usted mismo lo ha dicho —respondió presto y sacando de su bolso un pañuelo le cubrió los ojos a Alonso— ¿Esta dispuesto a seguirme?

—¿Así?

—Sí, así  —y se alejó unos pasos dejándolo en medio del lío para que la siguiera—.

Alonso trastabilló un par de veces, pero viendo que el juego iba en serio se decidió a seguirlo. Al principio se sintió torpe, los puesteros lo empujaban a uno y otro lado, pero luego decidió que tenían que ayudarlo y comenzó a preguntar por la joven de falda verde y cabellos negros que le había puesto una prueba. Con la complicidad de algunos mercaderes fue ganando terreno y sorteó los escollos en cuestión de minutos.

—Debí haber imaginado que usted era un fullero.

—Usted no dijo que no podía preguntar.

—Podría ponerle otra prueba.

—Y yo volvería a cumplirla. ¿Le divierte verme a sus pies?

—Me divierte su seguridad, quien no teme hacer el ridículo no le teme a nada.

—No crea, a usted le temería. Lo único ridículo del caso es que todavía no sé su nombre.

—Esperanza. Tengo que volver a mi casa.

—¿Cuándo volveré a verla?

—¿Estará en los festejos de San Juan?

—Ciertamente, pensaba en caminar sobre brasas —respondió riendo.

—Pues, si lo dijera seriamente no lo dudaría.

—¿Qué le hace pensar que soy tan valiente?

—Quizás piense que es imprudente.

—Y usted no anda con rodeos ni remilgos. Vale.

—¡Vamos, niña, su madre estará muy impaciente!

—Sí, Aurora, vamos, el caballero ya se marchaba.

—¿Cuándo nos veremos?

—En cualquier momento.

—¡Vamos, niña! —dijo la criada tironeándola de un brazo.

Comenzaron a rodear la plaza para volver a la casona. Esperanza volteó y vio que Alonso la seguía con mirada de cordero degollado.

—¡Hay! niña, ¿quién es ese hombre? Nunca antes lo habíamos visto. Me mete miedo el pobre. Tiene una mirada muy fuerte. ¿No le habrá pegado el mal de ojo?

—Calla, Aurora, es alguien que pasó frente a mi ventana, ¿no decía mamá que así conocería el amor de mi vida?

—Se está buscando una buena rezongona de su madre.

—Sabes, Aurora, siento como si lo conociera desde hace mucho.

—¡Niña, puede ser un loco, un ladrón, un mujeriego! ¿Qué sabe de él?

—¿No has visto sus ojos? Me miraba con una mezcla de ternura y picardía…

—Es uno de tantos hombres que andan a la caza de niñas inocentes.

—Pues tendrá que averiguar que no soy tan inocente.

—¡Qué cosas dice!  ¡La virgen la perdone!

—¡Vamos!  Llevemos las velas y preparémonos para esta noche. Los tambores no dejan de llamar.

Ella va a estar en los festejos, se decía Villafranca. Estuvo a punto de decirme que nos encontráramos pero luego se arrepintió. No es una mujer remilgosa, se nota que tiene voluntad propia y además un excelente sentido del humor. Pero dónde la encontraré, tendría que recorrer todos los puntos de reunión. O tal vez no la busque esta noche, para que ella tenga que pensar un poco más en mí.

A la orilla del río se habían agrupado cantidad de esclavos. Muchos habían salido subrepticiamente de casa de sus amos que, en su mayoría, no aprobaban esas costumbres. Lo cierto es que esos festejos iban siendo cada vez más cosa de negros, ellos le habían comenzado a poner el color que tenían últimamente y, si bien todo giraba en torno al Santo cristiano, todos sabían que ellos festejaban una mescolanza de cosas que involucraban desde un homenaje al sol hasta una especie de danza sensual que nada tenía que ver con el Bautista. Pero la noche se entonaba con distintos ritmos y en el río se reunían los que iban a pedir dones y favores.

Esperanza y Aurora salieron antes de la medianoche, ni bien se aseguraron que en la casa todo el mundo dormía. Recorrieron las calles inundadas de ese sabor que da la alegría y atravesaron el pueblo hasta la ribera llevadas en andas por la música. Una vez allí, Aurora fue ama y señora. Esperanza era solo una convidada.

Aurora se reunió con otros de su raza e intercambiaron saludos y buenos augurios. Era tal el gentío que la orilla no se alcanzaba a distinguir. La noche estaba algo fría, las aguas del Ozama corrían incansablemente. La negra entonces se volvió hacia su ama.

—Debe pensar bien lo que va a pedir.

—Sí, lo he pensado por días, Aurora.

—No lo diga. Eso es algo que ha de quedar entre usted y el río.

El contacto con el agua fue estremecedor. El frío le puso la piel de gallina, temblaba irremediablemente. Cerró los ojos y lo único que ocupó su mente por minutos fue su pedido.

De pronto, sintió que la sujetaban de los brazos y la llevaban a la orilla.

—Niña, no se vaya a enfermar. Está demasiado frío para quedarse mucho en el agua. ¿Alcanzó a hacer su pedido?

—Aurora, ¿crees que pedir por uno mismo es demasiado egoísta?

—No, niña, porque si uno es feliz y sano puede llevar felicidad y salud a los demás.

—Gracias. Es lo que yo deseaba.

—Ahora la voy a acompañar a su casa. Esta fiesta sigue y cada vez mejor, pero usted esta temblando.

—No, Aurora. Quedémonos en el baile.

Alonso había estado recorriendo la plaza y siguiendo la procesión de tambores, el tam tam encendía los pasos y los latidos iban acostumbrándose al rítmico diálogo. Pese a haber decidido no buscarla, mezclado entre el gentío se pasó la noche mirando las caras de todas las mujeres con la ilusión de que alguna fuera Esperanza.

—Mejor así —se dijo finalmente, y se marchó en busca de sus compañeros de tripulación.

Nadie hubiera dado dos céntimos por aquel romance pero Esperanza comenzó a corresponder a las insinuaciones de Alonso quien desde aquél día se plantaba al pie de su balcón algunas noches, esperando que, luego de apagar las tenues luces de candelabro de su habitación, ella descorriera el cortinado para regalarle una mirada de luna llena.

Aurora ofició de mensajera, aún contra su voluntad y, breves líneas mediante, comenzaron a verse a escondidas en la Iglesia, después del rosario matutino, porque Aurora se veía a escondidas con un mulato que estaba al servicio del sacerdote y, si a ella no la habían descubierto, ellos correrían la misma suerte. Y así fue, mientras su amor iba creciendo entre la penumbra y el olor a cirio, su pasión se avivaba con las reiteradas ausencias de Alonso, que solía embarcarse en bajeles que transportaban las mercancías provenientes de la Metrópoli a los distintos puertos que salpicaban el Mar Caribe.

—Algún día seré el dueño de una nave hecha de finos robles de los montes españoles, ¿sabes que se necesitan cuando menos quinientos robles para un buen navío?

—¿No son demasiados árboles para una sola embarcación?

—No si quieres una resistente a largas travesías y copiosas tormentas. El galeón que está en mi imaginación tiene cañones de bronce y una tripulación que será la mejor de todo el Caribe. Seré un capitán justo y honorable y tú serás la mujer más respetada de la colonia.

—Cuidado Alonso, la avidez de riquezas y de poder se alimentan mutuamente, el avaro es la semilla del tirano decía Santo Tomás.

—No voy tras la riqueza, sabes que lo que me llama es la mar, es sentirme parte de ese mundo en movimiento. Algunos mercaderes han llevado demasiado lejos sus ansias de poder, sobre todo los que entraron en el negocio de esclavos, yo no soy una persona de tal talante, me conoces.

—Creo que malinterpretas lo que digo. Yo creo que han de existir personas que sirvan a otras, no es posible que todos ocupemos el mismo sitio, pero no me refería a ello, creo que el hombre de caudal es necesario, es el encargado de que todo esté en su justo lugar, sin embargo ése no ha de ser el principal motivo de sus actos.

—Creo reconocer algo de las enseñanzas de tu padre en lo que dices y no acuerdo que sea así. Las empresas son para obtener rentas pero lo importante es la empresa misma. El trabajo es la fuente de la vida y tanto trabaja un esclavo como su amo, no veo por qué ha de imponerse uno sobre la vida del otro. Es derecho de todos poder llevar una vida satisfactoria y feliz.

—¡Ay, mi Alonso! eres un soñador en el fondo.

—Tendrías que vivir unos días como esclava, cambiarías tu opinión ciertamente.

—Ser mujer en este mundo es casi como ser esclava.

—No sabes lo que dices, mientras tú tienes quien resuelva los problemas cotidianos para tener tiempo de hacer labores de costura, rezar y tocar el piano, hay quienes solo pueden aspirar a las durezas de la vida.

—Pero el buen trato que le dispensamos a nuestros sirvientes…

—Buen trato sería darles la libertad de tener una vida propia.

—Ellos tienen una vida.

—Una vida en la que no pueden tener un lugar propio donde vivir con su familia. Para ello deben huir y vivir entre la selva escondidos y perseguidos por los perros.

—La vida te traerá más de un problema y tendrás que ser muy fuerte para enfrentarlo si quieres defender tus valores en un mundo en el que todos van tras del oro sin pensar nada más.

—Tras del oro voy, el oro de tus besos…

Y tras las cortinas de la sacristía recorrían sus sabores con la piel de la penumbra…

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